lunes, 2 de noviembre de 2015

(60) - Heme aquí, ansioso por llegar. Le “encajaste” un libro a tu dentista y quiero  que veas la dedicatoria que le he puesto por vía cuántica.
     - Tu llegada siempre es un placer. Seguro que le habrá gustado mucho, pero deberías haberme pedido opinión, por si las moscas.
     - Con mucho amor, le puse: “Os dedico esta mi apasionante biographía a vos, Dom A. A., doctor del ilustre e temido gremio de los sacamuelas, a quienes la Humanidad les debe un total agradessimiento por haber puesto santo remedio a nuestras adoloridas e despobladas bocas. Fecho en Villasana, a veinte e sinco días del mes de agosto del año 2015 del nassimiento de Nuestro Señor Jhesuxristo”. Y lo firmé de mi puño y letra. ¿Qué tal?
     - Precioso, Sancho, pero lo de “sacamuelas” es mejorable.
     - Vale: la próxima vez te consultaré, porque estuve a punto de poner “barberos-sacamuelas”. Sigamos ahora sufriendo: Martín Lutero.
     - Tú, querido Sancho, como casi todos, vivías en una feliz ceguera. Pero otros se asfixiaban en aquel mundo de contradicciones. El colérico Lutero, siendo muy joven, ingresó en la orden de los Agustinos, donde llegó a tener varios monasterios a su cargo. Angustiado crónica­mente por escrúpulos de conciencia (en esto se pa­recía a San Ignacio de Loyola), encontró alivio en un amigo que le hizo confiar en la redención de Cristo. Leyendo la Biblia, fue llegando a la conclusión de que las antiguas enseñanzas estaban pervertidas, de forma que la jerarquía habría eliminado la libertad de conciencia y de opinión por motivos interesados. No cabe duda de que creó una teología a la medida de su necesida­d de curarse del sentimiento de culpa, la de un Cristo que salva a través de la fe. Y lo fundamentó con una argumentación muy lógica, que, además, se apoyaba en la generosidad y el poder del Salvador: si hemos heredado sin culpa el pecado original, Cristo vino a enderezar este entuerto y a salvarnos gratuitamente con su propio sacrificio omnipotente, siendo, por otra parte, nuestras obras indignas de merecernos la gracia. Así que vio que tendría que enfrentarse a un estamento religioso que llegó a convertir Roma en una cloaca infecta. Había visitado la ciudad “santa” en 1510, y él, que se sentía un indigno pecador, se quedó perplejo. A la vuelta, comentó: “Sin haberlo visto, no se podría creer que en Roma se cometan tantos pecados y acciones infames, y, por lo mismo, allí acostumbran decir: ‘Si hay un infierno, no puede estar sino debajo de Roma, y de ese abismo salen todos los pecados”.
     - ¡Qué desastre, jovencito! Esto fue una jugarreta del azar: el sensato Erasmo hacía esa misma crítica sin pretensiones de ruptura, pero fue el drástico Lutero quien ganó la partida.
     - Mañana hablaremos del mejor intelectual de la época. Ciao, caro.



     Lutero a los 46 años, pintado sin complacencias por Lucas Cranach. Tenía muchas razones válidas Martín, pero vaya berengenal religioso que montó. Necesitó un esquema religioso de libertad y de esperanza para su turbulento carácter. Me temo que, de conocerlo, me habría arrastrado a su consolador refugio para almas pecadoras. ¡Ay, jovencito!: somos padres de nuestras creencias. A pesar de ese careto, bastante brutal, tuvo una inteligencia extraordinaria.

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