miércoles, 5 de mayo de 2021

(1412) El cacique Casqui acompañó con muchos indios a Hernando de Soto y sus hombres. Sentía aprecio por los españoles, pero su principal intención era aprovechar su presencia para vengarse cruelmente de un viejo enemigo: el cacique Pacaha.

 

       (1002) Inca Garcilaso se suele mostrar muy providencialista, pero, al margen de sus interpretaciones, cuenta hechos contrastados: "He contado estas cosas con tanta particularidad porque pasaron así, y porque tuvieron cuidado el gobernador y los sacerdotes que andaban con él de que se adorase la cruz con toda la solemnidad que les fuese posible, para que viesen aquellos gentiles la veneración en que la tenían los cristianos. Todo este capítulo de la adoración, lo cuenta muy largamente Juan Coles en su relación y dice que llovió quince días. Acabadas estas cosas, haciendo ya unos nueve días que estaban en aquel pueblo, mandó el gobernador se apercibiese el ejército para caminar el día siguiente y continuar descubriendo nuevas tierras. El cacique Casqui, que era de edad de cincuenta años, suplicó al gobernador le diese licencia para ir con él y permitiese que llevase gente de guerra y de servicio, los unos para que acompañasen al ejército y los otros para que hiciesen de porteadores. El gobernador le agradeció su ofrecimiento y le dijo que hiciese lo que más su gusto fuese, con lo cual salió el cacique muy contento y mandó preparar gran número de gente de guerra y de servicio".

     El cacique Casqui estaba sinceramente agradecido por el 'milagro' de la lluvia, pero, una vez más, se ve que las tribus indias que fueron amables con los españoles a veces lo hacían por temerlos, pero, con frecuencia, lo que buscaban era protección frente a otros indios dominantes: "Es de saber, para mayor claridad de nuestra historia, que este cacique Casqui y sus padres y antecesores, de mucho tiempo atrás tenían guerra con los señores de otra provincia llamada Pacaha (el cronista la llama Capaha), que confinaba con la suya. Los cuales, porque eran más poderosos de tierra y vasallos, tenían siempre a Casqui arrinconado y casi rendido. Pues, como ahora veía la buena coyuntura que se le ofrecía para con la fuerza ajena vengarse de todas las injurias pasadas, y él era sagaz y astuto, pidió al gobernador lo que hemos dicho, con la cual, y con la intención de vengarse, sacó cinco mil indios de guerra bien provistos de armas. Llevó, además, tres mil indios cargados de comida, pero teniendo también sus arcos y flechas".

     El cacique Casqui, tras pedirle permiso a Hernando de Soto, y con la excusa de que lo hacía para descubrir si había enemigos por la zona, se adelantó al ejército español, y, al cabo de tres días, llegaron todos a una ciénaga difícil de atravesar. Era el lugar que hacía de frontera entre los dos caciques enemigos, Casqui y Pacaha. Lograron pasarla, y, tres días después, llegaron a su objetivo: "El cacique Pacaha, cuando vio a los indios enemigos, pensó que, estando su gente desprevenida y no teniendo tanta como fuera menester, no podían resistir a sus contrarios, de manera que se metió en una de las canoas que en el foso tenía y se fue por un canal hasta el Río Grande (el Misisipi) a guarecerse en una isla fuerte que en él tenía. Los indios del pueblo que disponían de canoas fueron en pos de su señor. Y, los que no, huyeron a los montes que por allí cerca había. Otros, más tardíos y desdichados, se quedaron en el pueblo. Los del cacique Casqui, hallándolo sin defensa, entraron en él, aunque con temor a alguna celada, pues, aunque contaban con la ayuda de los españoles, temían a los de Pacaha, ya que muchas veces habían sido vencidos por ellos, y esta dilación dio lugar a que mucha gente del pueblo, hombres, mujeres y niños, escapasen huyendo".

 

     (Imagen) Había un rencor ancestral entre los indios de dos caciques enemigos. Uno de ellos, Casqui, envalentonado por su amistad con los españoles, quería vengarse del otro, Pacaha, quien, al verlos llegar, dejó abandonado su pueblo. Inca Garcilaso nos muestra hasta dónde podía llegar el odio de aquellas tribus. "Después de que los de Casqui se aseguraron de que no había en el pueblo quien los frenase, mostraron bien el odio que a sus moradores tenían, porque mataron a más de ciento cincuenta, y les quitaron las cabelleras para llevarlas a su tierra como trofeo. Saquearon todo el pueblo, y apresaron muchos muchachos, niños y mujeres, y entre ellas dos hermosísimas mozas, mujeres de Pacaha. No contentos con ello, fueron al templo, que era donde estaban enterrados todos los que habían sido  señores de aquella provincia, y, sabiendo lo mucho que Pacaha había de sentirlo,  hicieron todas las ignominias que pudieron, saqueando todo lo que de valor había en el templo. Derribaron por el suelo todas las sepulturas y, para afrenta de sus enemigos, echaron por tierra los huesos y cuerpos muertos que en las arcas había, y hasta los pisaron y cocearon con todo vilipendio. Quitaron muchas cabezas de indios de Casqui que los de Pacaha habían puesto como señal de triunfo y victoria en puntas de lanzas, y, en lugar de ellas, pusieron otras cabezas que ellos aquel día cortaron de los vecinos del pueblo. En suma, no dejaron de hacer cosa que fuese venganza de ellos y afrenta de Pacaha. Quisieron quemar el templo y las casas del cacique y todo el pueblo, mas no osaron por no enojar al gobernador Hernando de Soto. Todas estas cosas hicieron los del cacique Casqui antes de que el gobernador entrase en el pueblo, el cual, cuando supo que Pacaha se había ido a una isla del río para fortalecerse, le envió mensajes de paz y amistad con indios suyos a los que habían apresado, pero él no quiso aceptarla, sino que hizo llamamiento de su gente para vengarse de sus enemigos". Hernando de Soto sabía que el conflicto entre Casqui y Pacaha presagiaba un final sangriento, pero da la impresión de que se mantenía al margen, procurando no implicarse en sus rivalidades. Prueba de ello es que, aunque parezca imposible, logrará, haciendo de intermediario, que ambos caciques acepten mutuamente la paz. En la imagen vemos la proximidad entre Casqui y Pacaha, en la ruta de Soto y a orillas del Misisipi.




martes, 4 de mayo de 2021

(1411) Los españoles fueron muy bien recibidos por los indios en Casqui, los cuales les pidieron que le rogaran a Dios que pusiera fin a una sequía. Tuvieron la suerte de que, después de organizar una espectacular procesión, no dejó de llover durante varios días.

 

     (1001) Hernando de Soto continuó con su ejército en dirección hacia el oeste: "Habiendo caminado cuatro jornadas por tierras despobladas, al quinto día vieron desde cerros altos  un pueblo de cuatrocientas casas asentado a la ribera de un río mayor que el Guadalquivir por Córdoba. En toda la ribera de aquel río, y su comarca, había muchas sementeras de maíz, y gran cantidad de árboles frutales que mostraban ser la tierra muy fértil. Los indios del pueblo, que ya tenían noticias de la ida de los castellanos, salieron en comunidad, sin personaje señalado, a recibir al gobernador, y le ofrecieron sus personas, casas y tierras, y le dijeron que de todo le hacían señor. Poco después vinieron de parte del cacique dos indios principales acompañados de otros muchos, y de nuevo, en nombre del señor y de todo su estado, ofrecieron al gobernador su vasallaje y servicio, el cual les recibió con mucha afabilidad y les dijo muy buenas palabras, con lo que se volvieron muy contentos. Este pueblo, toda su provincia y el cacique señor de ella tenían un mismo nombre, y se llamaban Casqui".

     El cacique vivía a siete leguas río arriba de donde se produjo el encuentro entre indios y españoles, y, tras descansar unos días, fueron Hernando de Soto y los suyos a visitarlo. El encuentro fue sumamente cordial por ambas partes, y, cuando estaban los españoles instalados placenteramente en el lugar, ocurrió algo sorprendente y muy provechoso: "El cacique, acompañado de toda la nobleza de su tierra, se presentó ante el gobernador y, habiendo él y todos los suyos hecho una grandísima reverencia, le dijo: 'Señor, como nos haces ventaja en el esfuerzo y en las armas, creemos que también nos la haces en tener mejor Dios que nosotros. Por ello, te suplicamos tengas por bien pedir a tu Dios que nos llueva, pues nuestros sembrados tienen mucha necesidad de agua'. El gobernador respondió que, aunque pecadores, todos los de su ejército y él suplicarían a Dios Nuestro Señor les hiciese esa merced. Luego, en presencia del cacique, mandó al maestro Francisco Genovés, gran oficial de carpintería y de fábrica de navíos, que, de un pino, el más alto y grueso que en toda la comarca se hallase, hiciese una cruz. Tal fue el que por consejo de los mismos indios se cortó, que, después de labrado, quiero decir quitada la corteza y redondeado a más ganar, como dicen los carpinteros, no lo podían levantar del suelo cien hombres. El maestro hizo la cruz en toda perfección y sin quitar nada al árbol de su altura. Salió hermosísima por ser tan alta. Pusiéronla sobre un cerro alto, hecho a mano, que estaba sobre la barranca del río y servía a los indios de atalaya, y sobrepujaba en altura a otros cerrillos que por allí había. Acabada la obra, que gastaron en ella dos días, y puesta la cruz, se ordenó el día siguiente una solemne procesión en la que fue el general y los capitanes y la gente de más cuenta, y quedó a la mira un escuadrón armado de los infantes y caballos que para guarda y seguridad del ejército era menester".

 

     (Imagen) Como ya comprobó Álvar Núñez Cabeza de Vaca en la larguísima odisea que protagonizó recorriendo en su totalidad la actual frontera entre México y Estados Unidos, aquellas tribus de indios eran muy supersticiosas. Hemos visto que los que acaba de encontrar Hernando de Soto le pidieron que terminara con la sequía que padecían. Y ocurrió el milagro: " El gobernador, con el cacique y muchos indios, acompañados todos  por clérigos cantando letanías, a las que respondían los soldados, caminaron un buen trecho hasta que llegaron donde estaba la gran cruz que había hecho Francisco Genovés. Delante de ella, todos, incluso el cacique, se hincaron de rodillas, y luego la adoraron y la besaron. En la otra parte del río había unos quince mil indios de ambos sexos y de todas las edades, los cuales alzaban los ojos al cielo haciendo ademanes como si pidieran a Dios que oyese la petición de los cristianos. Toda esta solemnidad y ostentaciones hubo de una parte y otra del río al adorar la cruz, las cuales al gobernador y a muchos de los suyos movieron a mucha ternura, por ver que en tierras tan extrañas, y por gente tan alejada de la doctrina cristiana, fuese con tanta demostración de humildad y lágrimas adorada la insignia de nuestra redención. Habiendo todos adorado la cruz de la manera que se ha dicho, se volvieron con el mismo orden de procesión que habían llevado, y los sacerdotes iban cantando el Te Deum Laudamus hasta el fin del cántico, con lo que se concluyó la solemnidad de aquel día, habiéndose gastado en ella cuatro horas largas de tiempo. Dios Nuestro Señor, por su misericordia, quiso mostrar a aquellos gentiles cómo oye a los suyos cuando de veras lo llaman, pues la noche siguiente, de media noche adelante, empezó a llover muy bien y duró el agua otros dos días, de lo que los indios quedaron muy alegres y contentos. Y el cacique y todos sus principales, a la manera de la procesión que vieron hacer a los cristianos para adorar la cruz, fueron a rendirle gracias al gobernador por tanta merced como su Dios les había hecho por su intercesión, y, en suma, con muy buenas palabras, le dijeron que eran sus fieles servidores, y que, de allí en adelante, se jactarían y preciarían de serlo. El gobernador les dijo que diesen las gracias a Dios, que crio el cielo y la tierra, y hacía aquellas misericordias y otras mayores". En la imagen, en la parte superior y junto al Misisipi, subrayo en rojo (sobre la ruta de Hernando de Soto) el emplazamiento  de esta población india, llamada Casqui.




lunes, 3 de mayo de 2021

(1410) El cacique de Chisca y sus indios calmaron su ira para evitar la guerra con los españoles, quienes les devolvieron lo saqueado. En el Misisipi tuvieron algún problema. El recuerdo de Hernando de Soto permanece indeleble en los Estados Unidos.

 

     (1000) Habían sido demasiadas las contrariedades sufridas por los españoles, de manera que no era el momento de meterse en otro conflicto: "El gobernador, sus capitanes y soldados, que de todo el invierno pasado venían hartos de pelear y traían muchos heridos y enfermos, ninguna inclinación tenían a la guerra, y, con el deseo de paz, confusos por haber saqueado el pueblo y enojado al curaca, le enviaron otros muchos recados con buenas palabras, porque, además de los inconvenientes que los españoles traían consigo, vieron que en el pueblo se habían juntado con el cacique casi cuatro mil hombres de guerra, y temieron que llegarían muchos más. Vieron asimismo que el lugar era muy favorable para los indios y malo para los castellanos, porque, por los muchos arroyos y montes que había, no podían aprovecharse de los caballos. Y lo que les era de mayor consideración era ver que con las batallas no medraban nada, sino que se iban consumiendo, porque de día en día les mataban hombres y caballos, por todo lo cual buscaban la paz con mucho deseo. Por su parte, entre los indios había muchos que deseaban la guerra porque estaban lastimados con la prisión de sus mujeres e hijos, hermanos y parientes, y con la hacienda robada, y hasta algunos querían la guerra también por el deseo orgulloso de salir victoriosos. Hubo otros indios más pacíficos y cuerdos que deseaban aceptar la paz y amistad que los españoles ofrecían porque con ella, más seguramente que con la guerra y enemistad, podían recuperar las mujeres e hijos presos y la hacienda perdida. Este consejo venció a los demás, y el cacique se inclinó a él, y, guardando su enojo para cuando se ofreciese mejor ocasión, respondió a los mensajeros del gobernador que le dijesen qué era lo que los castellanos querían y, siéndole respondido que solamente tener alojamiento en el pueblo y que les diesen la poca comida que necesitaban, porque ellos pasaban de camino y no podían parar mucho en su tierra. Entonces les dijo que se alegraba de concederles la paz y amistad que le pedían, pero con condición de que soltasen a sus indios presos y restituyesen toda la hacienda que les habían tomado".

     A nadie le convenía la guerra, y eso hizo que el paso por el poblado de Chisca resultara algo solamente anecdótico: "Los nuestros aceptaron las condiciones porque, además, no necesitaban a la gente que habían apresado, y la hacienda robada era una miseria de gamuzas y algunas mantas, pocas y pobres. Se les restituyó todo, sin que faltara ni una olla de barro, como pedía el cacique. Los indios desocuparon el pueblo y dejaron comida a los castellanos, los cuales, para que los enfermos descansasen, pararon en aquel pueblo llamado Chisca seis días. El último de ellos, el gobernador, con permiso del cacique, que ya estaba menos enojado, lo visitó y le agradeció la amistad y hospedaje, y, al día siguiente, continuó su viaje de descubrimiento y conquista. Habiendo salido el ejército del poblado, anduvo cuatro jornadas pequeñas de a tres leguas, pues la indisposición de los heridos y enfermos no consentía que fuesen más largas. Finalmente encontraron un paso por donde se podía ir hasta el Río Grande, porque hasta entonces se lo impedía un monte grandísimo que tenía barrancas de una parte y de la otra muy altas y cortadas, por las que no podían subir ni bajar.

 

     (Imagen) Descubrieron, pues, los españoles con asombro el gran río Misisipi, que, en su prolongación con el Misuri, pasa de los 6.000 km y se convierte en el cuarto más largo del planeta, tras el Amazonas, el Nilo y el Yangtsé. Semejante cauce fluvial  tuvo que impresionar a todo el ejército, pero su prioridad era avanzar, conquistar, fundar poblaciones, enriquecerse y evangelizar. Así que, de momento, el gran río era un problema añadido, porque necesitaban atravesarlo. Los indios que les vieron llegar mostraron un comportamiento cambiante: "En la otra orilla del río había más de seis mil indios de guerra, bien apercibidos de armas, y gran número de canoas para impedirles el paso". No obstante, al día siguiente se presentaron cuatro emisarios del cacique en son de paz, y, ceremoniosamente, hicieron una gran reverencia al sol, otra a la luna, y una última, menos aparatosa, a Hernando de Soto: "Todo el tiempo que los españoles estuvieron en aquel lugar, que fueron unos veinte días, sirvieron estos indios al ejército con mucha paz y amistad. Con gran diligencia y trabajo, los nuestros echaron al cabo de veinte días cuatro barcas al río, acabadas de todo punto, y de noche y de día las guardaban con mucho cuidado para que los enemigos no se las quemasen". La desconfianza era lógica: "Durante el tiempo en que los españoles se ocupaban en su trabajo, no cesaron de molestarlos lanzándoles desde sus canoas muchas flechas, y los nuestros se defendían con los arcabuces y las ballestas. Los infieles, reconociendo que no podían impedirles el paso, decidieron irse a sus pueblos. Los españoles, sin contradicción alguna, pasaron el río en sus piraguas y en algunas canoas que con su buena industria habían ganado a los enemigos. Y, deshechas las barcas para guardar la clavazón, que era muy necesaria, continuaron adelante su viaje". Volverán un año después al Misisipi, y el río quedará históricamente enriquecido con el cadáver de HERNANDO DE SOTO sumergido en sus aguas. La placa de la imagen conmemora, sobre un puente, que Hernando de Soto, el día 18 de junio de 1541, atravesó por allí el río Misisipi, estando el punto situado entre el Condado de Coahoma y el Condado de DeSoto (cuyo nombre es recordado en muchos lugares de aquel gran país).




sábado, 1 de mayo de 2021

(1409) Los españoles, irritados por lo que les pasó en Chicasa, saquearon después el poblado de Chisca, provocando la ira de su anciano cacique. La diversidad de lenguas exigía numerosos intérpretes.

 

     (999) Sin duda, la tropa de españoles, atenazada por el fuerte liderazgo de Hernando de Soto, y después de haber partido de España dos años antes, seguía avanzando atormentada por el desánimo de ver que en aquellas tierras no aparecía el oro por ninguna parte, pero sí gran abundancia de indios extraordinariamente belicosos, a los que iban venciendo, pero a costa de un porcentaje muy alto de soldados muertos ('tó pa ná', que diría el castizo). Sigue contando el cronista: "Los indios de esta provincia de Chisca, por la guerra continua que con los de Chicasa tienen y por el despoblado que entre las dos provincias hay, no sabían cosa alguna de la ida de los españoles a su tierra, por lo que estaban descuidados. Los nuestros, luego que vieron el pueblo, sin guardar orden arremetieron a él y prendieron a muchos indios e indias de todas edades, y saquearon todo lo que en él hallaron, como si fuera de los de la provincia de Chicasa  donde tan mal les habían tratado".

     Inca Garcilaso comenta, de pasada, que, a medida que los españoles avanzaban, el sistema de traducción de los idiomas era cada vez más complicado: "Es de advertir que, cuando el gobernador llegó a Chicasa, por la mucha variedad de lenguas que halló conforme a las muchas provincias que había pasado, eran menester más de diez intérpretes para hablar a los caciques e indios. Y pasaba la comunicación desde Juan Ortiz hasta el postrero de los intérpretes. Con este trabajo y cansancio, pedía y recibía el gobernador las relaciones de las cosas que de toda aquella gran tierra le convenía informarse (un sistema muy poco fiable). Pero este trabajo no se hacía con los indios e indias particulares que de cualquier provincia los nuestros para su servicio prendían, porque, en menos de dos meses de estancia con los españoles, entendían a sus amos lo que en la lengua castellana les hablaban, y ellos en la misma lengua se daban a entender. Toda esta habilidad mostraban en el lenguaje, y, para cualquier otra cosa, la tenían muy buena todos los de este gran reino de la Florida".

     Dicho lo cual, veamos lo que ocurrió después del saqueo de los españoles en Chisca: "A un lado del pueblo estaba la casa del cacique, en la cual se refugiaron muchos indios. Otros fueron a un monte muy bravo que había entre el pueblo y el Río Grande. El señor de aquella provincia se llamaba Chisca, como ella misma. Estaba enfermo en la cama y era ya viejo. El cual, sintiendo el ruido y alboroto que en el pueblo había, se levantó y salió de su aposento, y, al saber del robo y prisión de sus vasallos, tomó un hacha y quiso descender gritando que había de matar a cuantos en su tierra hubiesen entrado sin su licencia. Hacía estas bravatas, pero no tenía el triste fuerzas ni para matar un gato, porque, además de estar enfermo, era un viejecito pequeño de cuerpo. Sus mujeres y criados se asieron de él, pidiéndole con lágrimas y ruegos que no bajase. Y los indios que subían del pueblo le dijeron que, para vengar su injuria, llamase a la gente que había en la comarca y aguardase mejor coyuntura y que, entre tanto, fingiese amistad con los extraños. Con estas razones, lograron que no bajase a pelear con los cristianos, peo él quedó tan enojado, que no quiso oír un mensaje de paz que le envió el gobernador".

 

     (Imagen) El historiador David J. Weber hizo una gran labor en su extenso libro La frontera española en América del Norte, pero abrevia mucho lo que fue la campaña de HERNANDO DE SOTO en La Florida. No obstante, aporta algunos datos interesantes sobre lo que estamos viendo ahora, aunque varios resultan imprecisos. Habla con razón del fuerte golpe moral que sufrieron los españoles en la batalla que tuvieron con el cacique Tuscaluza en el poblado de Mabila, pero se limita a decir que los españoles y los indios sufrieron grandes bajas. En realidad, Inca Garcilaso explicó que casi todos los indios murieron, y que, incluso, del bravo Tuscaluza nunca más se supo. Y también hizo referencia el cronista a un hecho que Weber recoge: "Curamos aquella noche nuestras heridas -recordaba uno de los participantes- con el unto (la grasa) de los indios muertos, pues no nos había quedado otra medicina". Y añade Weber: "Además de hombres y caballos, Soto perdió víveres, ropa y botín, incluido un baúl de perlas que llevaban cargado por el camino desde Cofitachequi". Saca después una conclusión de lo que ocurrió tras el desastre, que estaba desembocando en un motín, porque un grupo de soldados querían dejarlo todo y volverse a casa: "Un líder menos decidido que Hernando de Soto habría abandonado también, porque tenía la oportunidad. El intérprete Juan Ortiz le había dado a conocer la ubicación de barcos de abastecimiento en el Golfo de México, que podían haber sacado a lugar seguro a los españoles, pero Hernando de Soto se guardó la información, y condujo a sus maltrechos hombres rumbo al norte". Acierta Weber al subrayar la tenacidad de Hernando de Soto, pero nadie tenía que decirle al gran capitán que había barcos disponibles para volverse a casa, porque lo sabían de sobra él y sus soldados. Lo que sí hizo fue no entrar en discusiones con nadie, y, utilizando la fuerza de su liderazgo, dar la orden inapelable de continuar avanzando hacia tierras nuevas, una actitud que en las Indias se vio repetida durante situaciones muy comprometidas de otros grandes capitanes, como Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Nos acaba de decir Inca Garcilaso que todo su ejército, tras otros duros reveses, tiene ya a la vista, al sur de Arkansas (8 de mayo de 1541), el que llamaron Río Grande (el Misisipi). Podía servirles para tirar la toalla y volverse al Golfo de México, pero no lo harán, sino que lo van a atravesar para seguir buscando el gran triunfo que nunca lograrán.




viernes, 30 de abril de 2021

(1408) Hartos de tantos ataques, los españoles, tras derrotarlos, se ensañaron con los temibles indios de Alibamo. No obstante, hubo un duelo caballeresco entre un indio y Juan de Salinas. Se pusieron en marcha y llegaron a Chisca, junto al Misisipi.

 

     (998) El cronista da los últimos detalles de la derrota de los indios de Alibamo: "Dentro del fuerte fue grande la matanza de indios, pues, como los españoles los viesen encerrados y se acordasen de las muchas pesadumbres que sin cesar les habían dado, los apretaron malamente con la ira y enojo que contra ellos tenían, y a cuchilladas y a estocadas, con gran facilidad, por ser gente que no llevaba protección corporal, mataron gran número de ellos. Los demás huyeron por donde podían. De esta manera se desembarazaron de los del fuerte en poco tiempo, y los que pudieron pasar el río, sintiendo que estaban ya seguros, se pusieron en escuadrón, y los nuestros quedaron de esta otra parte". Lo cual dio origen a un desafío singular. Uno de los indios se adelantó y, dando gritos, consiguió que los españoles entendieran que quería retar a uno de los suyos en un duelo a muerte. Y no faltó un bravo soldado que se ofreciera voluntario: "Uno de los nuestros, que se llamaba Juan de Salinas, hidalgo montañés, salió muy a prisa de entre los españoles, y fue río abajo para colocarse frente al indio. Luego puso una jara en su ballesta y apuntó al indio para tirarle, el cual hizo lo mismo con su arco. Ambos soltaron los tiros a un mismo tiempo. El montañés dio al indio por medio de los pechos, de manera que fue a caer. Llegaron los suyos a socorrerle y se lo llevaron en brazos más muerto que vivo. El indio había acertado al español por el pescuezo, atravesándole la flecha por la cerviz, pero volvió adonde los suyos muy contento del tiro que había hecho en su enemigo. Los indios, aunque pudieron, no quisieron tirarle a Juan de Salinas, porque el desafío había sido uno a uno (nobleza indígena)".

     El lance individual había sido caballeroso por ambas partes, pero otra cosa era la guerra sin cuartel: "El gobernador, que había deseado castigar la desvergüenza y atrevimiento de aquellos indios, llamando a los de a caballo y pasando el río por un buen vado que estaba arriba del fuerte, los llevaron alanceando por un llano adelante más de una legua, y no habrían cesado hasta acabar con todos, si la noche no lo impidiera quitándoles la luz del día. Mas, aun así, murieron en este trance más de dos mil indios, y pagaron bien su osadía para que no pudiesen quedar loándose de los castellanos que en su tierra habían matado ni de la mucha molestia que en todo el invierno pasado les habían dado. Habiendo seguido al alcance, se volvieron los españoles a su alojamiento y curaron los heridos, que fueron muchos, por cuya necesidad tuvieron que parar allí cuatro días".

     Llegó el momento de partir:  "Del alojamiento de Alibamo, que fue el postrero de la provincia de Chicasa, salió Hernando de Soto con el ejército, y caminó por un despoblado llevando siempre la vía del norte por huir de la mar (sin duda, para evitar tentaciones de motín). Llegó a dar vista a un pueblo llamado Chisca, el cual estaba cerca de un río grande que, por ser el mayor de todos los que nuestros españoles en la Florida vieron, le llamaron el Río Grande (el Misisipi). Juan Coles, en su relación, dice que este río se llamaba, en lengua de los indios, Chucagua, y más adelante haremos más larga mención de su grandeza, que será de admiración".

 

     (Imagen) Pronto nos va a hablar Inca Garcilaso de que, según avanzaban los españoles, se veían obligados a utilizar todo un equipo de intérpretes porque aquello se iba convirtiendo en una torre de Babel, en la que los idiomas se multiplicaban. Había tribus dominantes, pero ninguna tenía la dimensión imperial de los aztecas y los incas. Veo un artículo (escrito por Don C. East) que hace referencia, entre otras cosas, a las principales poblaciones que ahora estamos recorriendo con Hernando de Soto por la zona de Alabama (de ahí que hubiera un poblado llamado Alibamo). Menciona nombres que acabamos de ver, aunque con la fonética inglesa, que nos resulta insegura (pero algo se parece a la que recoge Inca Garcilaso). Y va citando las tribus más importantes, aclarando a qué ramas lingüísticas pertenecían sus idiomas. Empieza con los indios Coosa, establecidos a orillas del río del mismo nombre, cuyos descendientes, junto a los Alibamo, parientes suyos, viven desde el siglo XVIII cerca de Livinston (Texas), en la reserva de indios Alabama-Coushata. El  autor dice que "muchos de estos indios, junto a los de Mabila, fueron aniquilados por Hernando de Soto cuando se enfrentó al cacique Tuscaluza en una gran batalla". No obstante, los descendientes de estos indios de Mabila desarrollaron a principios del siglo XVIII un léxico comercial que tuvo mucha influencia en todas las tribus del sudeste, convirtiéndose en el modo de comunicación de todos los traficantes de la zona, blancos incluidos. Los indios Alibamos quedaron sometidos a los indios Creeks cuando estos emigraron a Alabama, "cuya tribu era la más numerosa y poderosa de todo el sudeste; hacia mediados del siglo XVII, los agresivos Creeks ocupaban extensos territorios de Alabama, Georgia, Florida y Carolina del Sur (ver imagen), sometiendo a todas las demás tribus, aunque permitiéndoles que residieran en la zona. A pesar del poderío de los Creeks, sufrieron una rebelión interna, en la que surgió una nueva tribu, formada por los famosos Semínolas. Lingüísticamente, se podrían reducir todos los idiomas de los indios que conocieron Hernando de Soto y sus hombres a unas cinco ramas principales, pero, cada una de ellas, con muchas derivaciones dialectales. No son de extrañar, pues, las dificultades que encontraba el bueno de JUAN ORTIZ (el inspirador de la historia de Pocahontas) en su labor de intérprete oficial de los españoles.





jueves, 29 de abril de 2021

(Día 1407) Los indios de Alibamo prepararon su fuerte con la intención de que no pudieran entrar los caballos. Murieron varios españoles, pero fueron muy superiores las bajas de los indios. Tiempo atrás, los españoles habían sufrido una extraña enfermedad.

 

     (997) Los indios acababan de construir el fuerte en Alibamo con la sola intención de enfrentarse a los españoles. El cronista describe sus características, enfocadas sobre todo a impedir el paso de los caballos: "Era cuadrado, y la parte frontal tenía tres puertas pequeñas y tan bajas, que no podía entrar hombre de a caballo por ellas. Tras cada una de estas tres puertas, había otras tres, para que, si los españoles ganasen las primeras, se defendiesen en las siguientes. Las últimas salían a un río que pasaba detrás del fuerte. El río, aunque angosto, era muy hondo y de barrancas muy altas, que con dificultad se podían subir y bajar a pie y de ninguna manera a caballo. Y éste fue el intento de los indios: hacer un fuerte en el que los castellanos no les atacasen con los caballos, sino que peleasen a pie, porque a los infantes no les tenían temor alguno, por creerse superiores a ellos".

     Hernando de Soto repartió a su gente para que, a un tiempo, atacasen en las tres puertas de entrada, confiando los grupos a los capitanes Juan de Guzmán, Alonso Romo de Cardeñosa y Gonzalo Silvestre. Aparecieron en cada puerta cien indios con la vistosidad de los gallos de pelea: "Traían grandes plumajes sobre las cabezas y, para parecer más feroces, venían todos ellos pintados a bandas las caras y los cuerpos, brazos y piernas, y con toda  gallardía arremetieron a los españoles. Con las primeras flechas derribaron, hiriéndolos en las piernas, a Diego de Castro, natural de Badajoz, y a Pedro de Torres, natural de Burgos, ambos nobles y valientes, los cuales iban en la primera hilera, a los lados de Gonzalo Silvestre. Francisco de Reinoso, caballero natural de Astorga, viendo solo a Gonzalo Silvestre, que era su caudillo, se pasó de la segunda fila a la primera por no dejarle ir solo. En el segundo escuadrón, donde iba por capitán Juan de Guzmán, derribaron de otro flechazo con arpón de pedernal a otro caballero llamado Luis Bravo de Jerez. Al capitán Alonso Romo de Cardeñosa, que iba a combatir en la tercera puerta, le quitaron de su lado a uno de sus dos compañeros, llamado Francisco de Figueroa, muy noble en sangre y en virtud, natural de Zafra, el cual fue asimismo herido en el muslo, pues estos indios tiraban a los españoles de los muslos abajo, que era lo que llevaban sin protección. Estos tres caballeros murieron poco después de la batalla, y causaron con su muerte mucha lástima (los heridos de flecha fueron cuatro; habrá que suponer que el cronista se refiere a los tres últimos), porque eran nobles, valientes y mozos, ya que ninguno de ellos llegaba a los veinticinco años.  Viendo los nuestros que seguían tirando a las piernas, atacaron en tromba a los contrarios para impedirles que lanzasen sus flechas, con que tanto daño les hacían, y así, acometiéndolos con toda furia y presteza, los retiraron hasta las puertas del fuerte".

     Hernando de Soto nunca rehuía el cuerpo a cuerpo: "El gobernador, puesto a un lado  de los escuadrones con veinte de a caballo, y los capitanes Andrés de Vasconcelos y Juan de Añasco al otro lado, con otros treinta caballeros, arremetieron contra los indios. Uno de ellos tiró una flecha al general, que iba delante de los suyos, y le dio sobre la celada, encima de la frente, un golpe tan recio, que confesó después haberle hecho ver relámpagos. Por esta arremetida de los españoles, los indios se retiraron hasta la pared del fuerte, donde, por ser las puertas tan pequeñas y no poder entrar dentro todos los indios, fue grande la mortandad de ellos".

 

     (Imagen) Cuenta Inca Garcilaso algo que ocurrió antes de que los hombres de Hernando de Soto llegaran a Mabila. La explicación que da  de los hechos parece increíble, pero lo que no tiene duda es que murieron muchos soldados: "Es de saber que, luego que nuestros españoles salieron de la gran provincia de Coza y entraron en la de Tuscaluza, tuvieron necesidad de sal, y, habiendo pasado algunos días sin ella, sintieron que les hacía mucha falta, y algunos, cuya complexión debía de pedirla más que la de los otros, fallecieron por este motivo con una muerte extrañísima. Les daba una calenturilla lenta, y, al tercero o cuarto día, no había quien a cincuenta pasos pudiese sufrir el hedor de sus cuerpos, que era más pestífero que el de los perros o gatos muertos. Y así perecían sin remedio alguno, ya que no llevaban médico ni tenían medicinas ni, aunque las hubiera, les habrían servido de provecho, pues, cuando sentían la calenturilla, ya estaban corrompidos, y tenían el vientre y las tripas verdes como hierbas desde el pecho abajo. De esta manera empezaron a morir algunos con gran horror y alarma de sus compañeros, por cuyo temor muchos de ellos usaron del remedio que los indios hacían para preservarse y socorrerse en aquella necesidad, y era que quemaban cierta hierba que ellos conocían, y de la ceniza hacían lejía, y en ella, como en salsa, mojaban lo que comían, y con esto se preservaban de morir podridos como los españoles. Muchos de los enfermos, por ser soberbios y presuntuosos, no querían usar de este remedio, pareciéndoles cosa sucia e indecente a su calidad, y decían que era bajeza hacer lo que los indios hacían. Y estos tales fueron los que murieron, y, cuando en su mal pedían la lejía, ya no les aprovechaba, por haber pasado el tiempo en el que podía evitar que viniese la corrupción. Así murieron más de sesenta españoles en la temporada que les faltó la sal, que fue casi un año". Luego el cronista censura su altanería con una dura moraleja, quizá ofendido como mestizo: "Es castigo merecido de soberbios que no hallen en la necesidad lo que despreciaron en la abundancia". Parece extraño, pero no cabe duda de que una grave hiponatremia (escasez de sodio) puede llevar a la muerte (especialmente por lesión cerebral), aunque no he logrado comprobar que sea a través de los espantosos síntomas que Inca Garcilaso describe. Es posible que la verdadera causa fuera otra.




miércoles, 28 de abril de 2021

(Día 1406) Los indios de Chicasa seguían acosando. El frío era terrible y al soldado Juan Vego se le ocurrió hacer unas esterillas para dormir cubiertos. Tras salir de Chicasa, los españoles llegaron a Alibamo, donde los indios los esperaban en un pequeño fuerte para otro ataque.

 

     (996) Sigue contando el cronista: "En estas refriegas que cada noche tenían, aunque siempre hubo muertos y heridos de ambas partes, no acaecieron cosas particulares notables que poder contar, si no fue una noche en que un escuadrón de indios fue a dar donde estaba el capitán Juan de Guzmán y su compañía, el cual salió a ellos a caballo con otros cinco de a caballo y algunos infantes. Juan de Guzmán, que era un caballero de gran ánimo, pero delicado de cuerpo, arremetió con el indio que traía el estandarte, al cual tiró una lanzada. El indio, hurtando el cuerpo, le asió la lanza con la mano derecha y se la quitó, y luego, dándole un gran tirón, lo arrancó de la silla y dio con él a sus pies, haciéndolo todo  con mucha presteza y sin soltar la bandera que llevaba en la mano izquierda. Los soldados, cuando vieron a su capitán en tal aprieto, arremetieron contra el indio y lo hicieron pedazos, por lo que se desbarató su escuadrón, aunque los españoles no quedaron sin daño, ya que los indios dejaron muertos dos caballos y heridos otros dos. Hubo un español que inventó un remedio contra el frío que padecían en Chicasa. Con estas batallas nocturnas, que por ser tantas y tan continuas causaban intolerable trabajo y molestia, estuvieron nuestros castellanos en aquel alojamiento hasta fin de marzo, donde, además de la persecución y afán que los indios les daban, padecieron la inclemencia del frío, que fue rigurosísimo en aquella región. Y, como pasaban todas las noches puestos en escuadrones y con tan poca ropa de vestir, que el más bien parado no tenía sino unas calzas y jubón de gamuza, y casi todos estaban descalzos de zapatos y alpargatas, fue cosa increíble el frío que padecieron y milagro de Dios no perecer todos. En esta necesidad contra el frío se valieron de la invención de un hombre harto rústico y grosero llamado Juan Vego, natural de Segura de la Sierra (Jaén), a quien en la isla de Cuba, al principio de esta jornada, le pasó con Vasco Porcallo de Figueroa un cuento gracioso, aunque para él riguroso, que, por ser de burla y donaires (se supone que de mal gusto), no lo  diré, pero lo menciono para indicar que Juan Vego, aunque tosco y grosero, daba en ser gracioso. Burlábase con todos, y les decía donaires y gracias desatinadas, conforme a la aljaba de donde salían. Vasco Porcallo de Figueroa, que también era amigo de burlas, le hizo una pesada, y, para compensarle, le dio en La Habana, donde pasó la burla, un caballo alazano que después, en la Florida, por haber salido tan bueno, le ofrecieron muchas veces hasta ocho mil pesos por él para pagárselos cuando encontraran oro y lo fundiesen, porque las esperanzas que nuestros castellanos tenían a los principios de la conquista fueron así de fantasiosas. Pero Juan Vego nunca quiso venderlo, y acertó en ello, porque no hubo fundición, sino muerte y fracaso de todos ellos, como la historia lo dirá. A este Juan Vego se le ocurrió hacer una estera de paja para protegerse del frío de las noches, y echaba la mitad por debajo como colchón y la otra mitad encima, y, como se hallaba bien en ella, hizo otras muchas para sus compañeros. Y, de esta manera, los que hacían guardia por las noches resistieron el frío de aquel invierno, confesando ellos mismos que hubieran perecido si no fuera por el socorro de Juan Vego. Ayudó también a llevar el mal temporal la mucha comida que había en aquella comarca, pues los españoles, aunque padecieron el rigor del frío y las molestias de los enemigos, que no les dejaban dormir de noche, no tuvieron hambre, ya que hubo abundancia de bastimentos".

 

     (Imagen)  Era desesperante salir de una batalla terrible, la de Mabila, y haber tenido que sufrir de inmediato otra algo menos espantosa,  la de Chicasa, siendo en ambas vencedores, pero con el nefasto resultado de 122 españoles muertos, y, no obstante, tener que continuar avanzando entre indios tan belicosos. Inca Garcilaso nos anuncia que se cumplieron los malos presagios: "El gobernador y sus capitanes, viendo que, pasado el mes de marzo, era ya tiempo de seguir adelante la campaña de descubrimientos, decidieron salir de la provincia de Chicasa, pues la mayoría de la gente lo deseaba para verse fuera de aquella tierra donde tanta guerra les habían hecho, y siempre de noche, durante los cuatro meses que allí estuvieron los españoles invernando. Partieron, pues, a primeros de abril de 1541, y, al día siguiente, pararon lejos de todo lugar habitado, pareciéndoles que los indios de la provincia de Chicasa, viéndolos ya fuera de sus pueblos, les dejarían de perseguir. Mas ellos tenían otros pensamientos muy diferentes y ajenos a toda paz, como luego veremos". Pronto se desengañaron: "Cuando los españoles pararon para alojarse en aquel campo, enviaron por todas partes jinetes para que recorriesen la tierra y viesen lo que había alrededor del alojamiento. Los cuales volvieron con aviso  de que cerca de allí había un fuerte hecho de madera, con gente de guerra muy escogida, que, al parecer, serían como cuatro mil indios. El gobernador, eligiendo cincuenta de a caballo, fue a reconocer el fuerte y, habiéndolo visto, volvió a los suyos y les dijo: 'Caballeros, conviene que, antes de que la noche cierre, echemos del fuerte donde se han fortalecido a nuestros enemigos, los cuales, no contentos con la molestia y pesadumbre que tan porfiadamente en sus poblados nos han dado, quieren, aunque estamos fuera de ellos, molestarnos todavía, por mostrar que no temen nuestras armas, pues las vienen a buscar fuera de sus términos. Por lo cual será bien que los castiguemos y que no queden esta noche donde están, porque, si allí los dejamos, saliendo por tandas, nos flecharán toda la noche sin que podamos reposar'. A todos les pareció bien, y así, dejando un tercio de la tropa para guarda del real, fueron los demás con el gobernador a combatir el fuerte, que se llamaba Alibamo". En realidad, era un poblado con ese nombre, en el que hicieron los indios el fuerte. En la imagen lo vemos subrayado en rojo sobre la ruta de Hernando de Soto.




martes, 27 de abril de 2021

(Día 1405) Los españoles habían vencido en Chicasa, pero el resto del invierno fue atroz, casi no tenían ropa y los indios, que siguieron acosando sin tregua, estuvieron a punto de derrotarlos, por lo que decidieron marcharse a Chicasilla.

 

     (995)  Las consecuencias del incendio habían dejado a los españoles desprovistos de muchas cosas necesarias: "En aquel pueblo pasaron con mucho trabajo lo que les quedaba del invierno, el cual fue rigurosísimo de fríos y hielos. Y los españoles quedaron de la batalla pasada desnudos de ropa con que resistir el frío, porque no escapó del fuego sino la que acertaron a sacar vestidos". Por entonces, Hernando de Soto dio otra muestra de rigor: "Cuatro días después de la batalla quitó el gobernador su cargo a Luis Moscoso y se lo dio a Baltasar Gallegos, porque, haciendo pesquisa secreta, supo que en la ronda y centinela del ejército había habido negligencia y descuido, y que por esto habían llegado los enemigos sin que los sintiesen, y hecho el daño que hicieron, que, además de la pérdida de los caballos y muerte de los compañeros, confesaban los españoles habrían sido vencidos por los indios, si no fuera porque la bondad de algunos particulares y la necesidad común les había hecho volver por sí y cobrar la victoria que tenían ya perdida, aunque la ganaron a mucha costa propia y poco daño de los indios, porque no murieron en esta batalla más de quinientos de ellos". Recordemos que Luis Moscoso tenía el cargo de maestre de campo porque Hernando de Soto se lo había  quitado a Nuño Tobar cuando, sin su permiso, se había casado con Leonor de Bobadilla. A pesar de todo, los dos fueron hombres muy valiosos y leales. Tobar morirá pronto, y Hernando de Soto, cuando le llegó también la última hora, mostró la confianza que le tenía a Moscoso dejando en sus manos el mando de toda la tropa, a la que supo conducir de vuelta a México en un difícil viaje.

     Pero, a pesar de haber ganado esta batalla los españoles, no cesaron los indios de incordiar: "Pues, como los enemigos sabían el daño y estrago que en los castellanos habían hecho, cobrando más ánimo, dieron en inquietarlos todas las noches con hasta cuatro escuadrones. Los españoles, para que no les quemasen el alojamiento como lo habían hecho en Chicasa, estaban todas las noches fuera del pueblo, puestos en cuatro escuadrones y velando, porque no había hora segura para poder dormir, pues venían dos y tres veces. Aunque la mayoría de las batallas que daban eran ligeras, nunca dejaban de herir o matar a algún hombre o caballo, y de los indios también quedaban muchos muertos, pero no escarmentaban por eso. El gobernador, para asegurarse de que los enemigos no viniesen la noche siguiente, enviaba cada mañana, por amedrentarlos, cuatro y cinco cuadrillas de a catorce y quince caballos, a que corriesen todo el campo en contorno del pueblo, los cuales no dejaban indio con vida, ya fuese espía o que no lo fuese, pues a todos los alanceaban, y volvían a su alojamiento cuando se ponía el sol, y más tarde, dando cuenta de que, en cuatro leguas en circuito del pueblo, no quedaba indio vivo. Pero cuatro o cinco horas después, ya los escuadrones de los indios andaban revueltos con los de los castellanos, los cuales se admiraban grandemente de que, en tan breve tiempo, se hubiesen juntado y venido a inquietarlos".

    

     (Imagen) Inca Garcilaso añade algún detalle más sirviéndose de lo que contaban en sus pequeñas crónicas los dos soldados que se las facilitaron: "Todo lo que de esta nocturna y repentina batalla de Chicasa hemos dicho, lo dice Alonso de Carmona en su relación, con grandes encarecimientos del peligro que los españoles aquella noche corrieron por el sobresalto no pensado y tan furioso con que los enemigos acometieron. Y dice que la mayoría de los cristianos salieron en camisa por la mucha prisa que el fuego les dio. Hasta el punto de que huyeron sintiéndose vencidos, pero que la persuasión de un fraile les hizo volver, y que milagrosamente lograron la victoria que habían perdido. Comenta, asimismo, que el gobernador, a caballo, peleó solo durante mucho tiempo con los enemigos hasta que le socorrieron, y que llevaba la silla sin cincha. Y JUAN COLES (que también tuvo el mérito de estar allí y recoger datos) concuerda con él en la mayor parte de esto, y confirma que el gobernador, como buen capitán, peleó solo". Luego recoge otro largo párrafo de Alonso de Carmona: "Estuvimos allí tres días, y, al cabo de ellos, acordaron los indios volver sobre nosotros y morir o vencer. Y no pongo duda en que así sería, si su determinación viniera a efecto, pues nos llevarían a todos en las uñas por la falta de armas y sillas de montar que teníamos. Fue Dios servido que, estando a un cuarto de legua del pueblo cuando iban a dar contra nosotros, vino un gran golpe de agua que Dios envió de su cielo y les mojó las cuerdas de los arcos, por lo que no pudieron hacer nada, y se volvieron. Y a la mañana siguiente, corriendo la tierra, se halló el rastro de ellos, y se apresó a un indio que nos declaró todo lo que los enemigos querían hacer, y que habían jurado por sus dioses morir en la demanda. Y así, el gobernador, visto esto, determinó salir de allí e irse a Chicasilla, donde luego, a gran prisa, hicimos rodelas, lanzas y sillas, porque, en tales tiempos, la necesidad a todos hace maestros. Hicimos de dos cueros de oso fuelles, y con los cañones que llevábamos armamos nuestra fragua, templamos nuestras armas y nos preparamos lo mejor que pudimos". Una vez más, Inca Garcilaso deja constancia de su respeto al texto: "Todas son palabras de Carmona, sacadas a la letra".




lunes, 26 de abril de 2021

(Día 1404) También vencieron los españoles en la durísima batalla de Chicasa, pero a un alto precio: perdieron muchos caballos, y murieron cuarenta soldados y la única mujer española que los acompañaba.

 

     (994) Aunque a los indios les había ido bastante bien en su ataque, vieron que se cambiaban las tornas, porque la reacción de los españoles había sido muy valiente y eficaz, a pesar del gran castigo que sufrieron: "Al no poder frenar la fuerza de los españoles, volvieron las espaldas huyendo a todo correr. Acabada esta furiosa batalla, la cual duró más de dos horas, el gobernador dio la vuelta para ver el daño que los indios habían hecho, y halló más del que se pensó, porque hubo cuarenta españoles muertos y cincuenta caballos (por si fuera poco lo perdido en Mabila). Alonso de Carmona dice que fueron ochenta los caballos entre muertos y heridos, y que más de veinte de éstos murieron quemados o flechados en las mismas pesebreras donde estaban atados". También algunas previsiones para la alimentación, e incluso con vistas al desarrollo de futuras poblaciones, se fueron al traste: "El  gobernador llevaba ganado prieto (probablemente porcino) para criar en la Florida, y lo tenía con mucha guarda para sustentarlo y aumentarlo, y, por tenerlo en este alojamiento de Chicasa más guardado de noche, habían hecho un corral de madera para los animales dentro del pueblo. Pero, como el fuego de aquella noche de la batalla fue tan grande, los alcanzó también a ellos y los quemó todos, escapando solamente los lechones que pudieron salir por entre palo y palo del cerco. No se sintió esta pérdida menos que las demás, pues nuestros castellanos padecían mucha necesidad de carne y, además la guardaban también para el regalo de los enfermos".

     A los españoles les asombraba la potencia con que los indios disparaban sus flechas. Penetraban en la carne de forma increíble, y, terminada la batalla, fueron al campo para examinar los caballos que habían muerto. Vieron que era extraordinaria la profundidad de las heridas que tenían todos. Pero hubo un caso tan especial, que Hernando de Soto quiso dejar constancia es un documento: "Otro tiro hallaron de extraña fuerza, y fue que un caballo de un trompeta llamado Juan Díaz, natural de Granada, estaba muerto de una flecha que le había atravesado por ambas tablillas de las espaldas y pasado cuatro dedos de ella de la otra parte. El cual tiro, por haber sido de brazo tan fuerte y bravo, pues el caballo era uno de los más anchos y espesos que en todo el ejército había, mandó el gobernador que quedase memoria de él por escrito y que un escribano real diese fe y testimonio del tiro. Así se hizo, de manera que luego vino un escribano que se decía Baltasar Hernández (que yo conocí después en el Perú), natural de Badajoz e hidalgo de mucha bondad y religión, cual se requería y convenía que lo fueran todos los que ejercitaran este oficio, pues se les fía la hacienda, vida y honra de la república. Este hidalgo en sangre y en virtud asentó por escrito y dio testimonio de lo que vio de aquella flecha, que fue lo que hemos dicho".

     Luego abandonaron aquel matadero: "Tres días después de la batalla acordaron los castellanos mudar su alojamiento a otra parte, a una legua de donde estaban, Y lo hicieron con mucha presteza y diligencia. Trajeron madera y paja de los otros pueblos comarcanos, y acomodaron lo mejor que pudieron un pueblo que (el cronista y testigo) Alonso de Carmona llama Chicasilla, donde dice que a mucha prisa hicieron sillas, lanzas y rodelas, porque todo esto les quemó el fuego, y que andaban como gitanos (es curiosa la alusión), unos sin sayos y otros sin zaragüelles. Estas palabras son todas suyas". (Inca Garcilaso era respetuoso con el texto de los demás).

 

      (Imagen) Habla el cronista de un hecho especialmente lastimoso ocurrido en Chicasa: "Además de la pena que nuestros españoles sintieron por la pérdida de los compañeros y muerte de los caballos, que eran la fuerza de su ejército, tuvieron lástima de un caso particular que aquella noche sucedió, y fue que, entre ellos, había una sola mujer española, que tenía por nombre Francisca de Hinestrosa, casada con un buen soldado que se llamaba Hernando Bautista, la cual estaba en días de parir. Pues, como el ataque de los enemigos fue tan repentino, el marido salió a pelear, y, acabada la batalla, cuando volvió a ver qué era de su mujer, la halló hecha carbón porque no pudo huir del fuego". Mejor suerte tuvo un tipo pintoresco: "Lo contrario sucedió en un soldadillo llamado Francisco Enríquez, que no valía nada, y, aunque tenía buen nombre (lucía un apellido ilustre), era un cuitado que valía más más para truhán que para soldado, de quien se burlaban muchos compañeros, el cual estaba enfermo en la enfermería, y con frecuencia lo tuvieron que llevar a cuestas. Cuando sintió el fuego y el ímpetu de los enemigos, salió huyendo de la enfermería y, a pocos pasos que dio por la calle, topó con un indio que le dio un flechazo por una ingle, que casi le pasó a la otra parte, y le dejó tendido en el suelo por muerto, donde estuvo más de dos horas. Después de amanecer, lo curaron, y en breve tiempo sanó de la herida, que se había tenido por mortal, y también de la enfermedad, que había sido muy larga y enfadosa. Por lo cual, burlándose después de él los que acostumbraban hacerlo, le decían: 'Tienes demasiada suerte, pues, para ti, que no vales dos blancas, hubo doblada salud y vida, y hubo muerte para tantos caballeros y tan principales soldados como han muerto en estas dos últimas batallas (la terrible suma de ciento  veintidós)'. Enríquez lo sufría todo y les decía otras cosas peores". Aunque los españoles, en esta enfrentamiento de Chicasa, volvieron a vencer a los indios, la mortandad que sufrieron fue muy alta, y, si  ya en la victoriosa batalla de Mabila hubo españoles desmoralizados por el número de bajas, es de suponer que entonces su moral quedara aún más resentida. Charles Cobb, el arqueólogo norteamericano de la imagen, trata de encontrar, basándose en la crónica de Inca Garcilaso, el antiguo emplazamiento de CHICASA.




sábado, 24 de abril de 2021

(Día 1403) Eran muy duras las normas indias contra las mujeres adúlteras. Muertos 82 compañeros en Mabila, y tras recuperarse los muchos heridos, los españoles llegaron a Chicasa, donde tuvieron otro durísimo enfrentamiento.

 

     (993) El cronista nos habla de pasada de las leyes que se aplicaban en aquellas tribus a las mujeres adúlteras. Da dos ejemplos de poblaciones distintas, ambos muy duros, y uno de ellos especialmente cruel, pero coincidentes en amparar sobre todo al marido engañado (real o supuestamente): " En toda la gran provincia de Coza era ley que cualquier indio que creyese a su mujer adúltera, estaba obligado a dar noticia de ella al señor de la provincia, el cual hacía información secreta con varios testigos y, hallando culpada la mujer en los indicios, la prendían y luego mandaban pregonar que toda la gente del pueblo saliese y formara una calle. Luego, en presencia de todos, el marido la desnudaba hasta dejarla como había nacido y le trasquilaba los cabellos". En los extremos de la fila dejada libre por los vecinos estaban unos jueces, y la adúltera tenía que ir de unos a otros  mientras los indios, hombres y mujeres, le tiraban de todo para humillarla. El castigo era siempre el destierro del poblado, y al marido se le daba autorización para casarse de nuevo. En Tuscaluza, como pueblo más violento, la pena para la adúltera era de muerte, y se encargaba la misión de matarla a flechazos a su propio marido. Está claro que tuvieron que morir así muchas mujeres inocentes, como presuntas culpables, por lo que viene muy a cuento lo que apunta Inca Garcilaso a finales del siglo XVI: "El que me lo contó (Gonzalo Silvestre) no supo decirme la pena que daban al cómplice o al casado adúltero. Debió de ser porque siempre en todas naciones estas leyes son rigurosas contra las mujeres y en favor de los hombres, pues, como decía una señora de este obispado, que yo conocí, las hacían ellos, temerosos de la ofensa, y no ellas, pues, si las mujeres las hubiesen de hacer, de otra manera serían establecidas".

     Sigue la narración Inca Garcilaso, y nos señala que el ejército no tuvo más opción que obedecer las órdenes del gobernador, quien desechó la ruta que, en dirección sur, llevaba directamente al puerto de Achusi, y se puso en marcha hacia el norte, empezando pronto nuevas complicaciones: "Pasados unos veinticuatro días que los españoles habían estado en el alojamiento de Mabila curándose las heridas, salieron de la provincia de Tuscaluza y, después de tres jornadas, entraron en otra llamada Chicasa (zona de los indios chickasaw), llegando a un pueblo que no era el principal de ella. Los indios no quisieron recibir de paz al gobernador, y respondieron a los mensajeros que les habían enviado que querían guerra a fuego y a sangre. Cuando los nuestros llegaron cerca del pueblo, vieron delante de él un escuadrón de más de mil y quinientos hombres de guerra, los cuales salieron a escaramucear con ellos, pero pronto se retiraron al río desamparando el pueblo, que lo tenían desocupado de mujeres e hijos porque habían determinado no pelear con los españoles en batalla campal sino impedirles el paso del río, pues, por ser de mucha agua y de grandes barrancas, les parecía que podrían obligarles a irse por otro camino".

 

     (Imagen) Ya repuestos de la batalla de Mobila, pero con 82 españoles muertos, Hernando de Soto, para evitar la desmoralización y posible motín de algunos de sus hombres, puso en marcha su ejército hacia el norte y llegaron a Chicasa, donde volverán a pasar por otro calvario. Como más de mil indios les impedían atravesar su caudaloso río (ver imagen), cien españoles con habilidades semiprofesionales construyeron en doce días dos grandes barcazas. El primero que saltó en la otra orilla "fue Diego García, hijo del alcalde de Barcarrota, un soldado valiente y en todo hecho de armas muy determinado, por lo cual todos sus compañeros le llamaban Diego García de Paredes (el conocido como Sansón de Extremadura, del que ya hablamos)". Luego todo el ejército consiguió pasar. Llegaron al poblado de Chicasa, y estaba abandonado, por lo que construyeron con madera y pajas unos cobertizos para alojarse. Tras dos meses de tranquilidad, durante los cuales enviaban, inútilmente, mensajes al huido cacique para viniera en son de paz, "a finales de enero del año de 1541, aprovechando que les era muy favorable el furioso viento que aquella noche corría, vinieron los indios en tres escuadrones, con el cacique al frente". Lo que ocurrió después fue una réplica de la trampa en la que habían caído los indios de Mabila al incendiar los españoles su pueblo, pero ahora sucederá a la inversa: "Arremetieron los indios contra  el pueblo, y echaron muchas flechas encendidas sobre las casas y, como ellas eran de paja, con el recio viento que corría se encendieron al instante. Hernando de Soto salió el primero a caballo, y solo contra tanta multitud de enemigos, porque nunca los tuvo miedo. Los indios de los dos escuadrones entraron en el pueblo, y, con el fuego que en su favor traían, hicieron mucho daño, pues mataron muchos caballos y españoles que no tuvieron tiempo de valerse. El gobernador atacó a un indio, y, habiéndole herido con la lanza, para acabarle de matar cargó sobre el estribo derecho y, con la fuerza que hizo, cayó con la silla en medio de los enemigos. Los españoles, viéndole en aquel peligro, fueron en su socorro con tanta presteza y pelearon tan varonilmente, que lo libraron de que los indios lo matasen, y, ensillando el caballo, lo subieron en él y volvió a luchar de nuevo. Y ocurrió porque el gobernador había peleado más de una hora con la silla mal sujetada, por la prisa de sus criados ante el fuego, habiéndole valido la destreza que como jinete tenía, que era mucha".




viernes, 23 de abril de 2021

(Día 1402) Vencieron en Mabila, pero aquel horror desanimó a muchos. Al saber Hernando de Soto que algunos querían amotinarse, cambió bruscamente la ruta prevista. No parece muy justa la crítica que le hace Inca Garcilaso.

 

     (992) Como indiqué, había otro origen de la desmoralización: "A este disgusto se añadió la fiereza increíble de la batalla de Mabila, que les había asombrado, por lo que deseaban dejar la tierra en cuanto pudiesen, pues decían que era imposible domar gente tan belicosa ni sujetar hombres tan libres, que por lo que hasta allí habían visto les parecía que ni por fuerza ni por maña podrían hacer con ellos que entrasen debajo del yugo y dominio de los españoles, que antes se dejarían matar todos y que no había para qué andarse gastando poco a poco en aquella tierra sino irse a otras ya ganadas y ricas como el Perú y México donde se podrían enriquecer sin tanto trabajo, para lo cual sería bueno, luego que llegasen a la costa, dejar aquella mala tierra e irse a la Nueva España (México). Estas cosas, y otras semejantes, murmuraban entre sí algunos pocos de los que hemos dicho. Y no pudieron tratarlas tan en secreto que no las oyesen algunos de los que con el gobernador habían ido de España y le eran leales amigos, los cuales le dieron cuenta de lo que en su ejército pasaba y cómo hablaban firmemente de salirse de la tierra luego que llegasen donde hubiese barcos".

     Al prestigioso Hernando de Soto le parecía increíble que hubiera indicios de motín: "El gobernador no quiso, en cosa tan grave, dar entero crédito a los que se la habían dicho sin primero certificarse en ella por sí mismo. Con este cuidado dio en rondar solo de noche, y más a menudo de lo que solía, y en hábito disimulado, para no ser conocido. Andando así, oyó una noche al tesorero Juan Gaytán y a otros que con él estaban en su choza que decían que, llegando al puerto de Achusi, donde pensaban hallar los navíos, se habían de ir a la tierra de México o del Perú, o volverse a España, porque no se podía llevar vida tan trabajosa para conquistar tierra tan pobre y mísera. Lo cual sintió el gobernador gravísimamente, porque comprendió que los suyos querían desampararlo, como lo hicieron al principio de la conquista del Perú con el gobernador y marqués don Francisco Pizarro, quien se quedó con solo trece hombres en la isla de Gorgona, y que, si los que entonces tenía se le iban, no tenía posibilidad de hacer un nuevo ejército y quedaba descompuesto de su grandeza, autoridad y reputación, gastada su hacienda en vano y perdido el excesivo trabajo que hasta allí habían pasado en el descubrimiento de aquella tierra".

     Aquello fue para el extraordinario conquistador un gran mazazo que no se esperaba, y tomó, sin consultar a nadie, una decisión tajante: "Las cuales cosas, consideradas por un hombre tan celoso de su honra como lo era el gobernador, causaron en él precipitados y desesperados efectos, y, aunque por entonces disimuló su enojo, reservando el castigo para otro tiempo, quiso de inmediato evitar que se hiciera lo que deseaban quienes tenían sus ánimos flacos y acobardados. Y así, con toda la buena industria que pudo, sin dar a entender cosa alguna de su enojo, dio orden de volver a entrar tierra adentro y alejarse de la costa, para quitar a los mal intencionados la ocasión de desvergonzársele y amotinar a toda su gente". Una decisión tan inesperada, repentina y sin explicaciones, cuando ya faltaba poco camino para llegar al ansiado puerto de Achusi, tuvo que ser demoledora para todo el ejército.

 

     (Imagen) Los españoles ganaron la batalla de Mabila, pero las consecuencias van a ser fatales para la expedición, y más todavía para el gran Hernando de Soto, que lo perderá todo, incluso la vida. Unas intrigas de motín lo alarmaron. Dice Inca Garcilaso: "Esta fue la causa principal de perderse este caballero y todo su ejército. Y, desde aquel día, como hombre descontento a quien los suyos habían traicionado sus esperanzas, cortando el camino a sus buenos deseos y borrando el plan que para poblar la tierra tenía hecho, nunca más acertó a hacer cosa que bien le saliese, ni se cree que la pretendiese, sino que, movido por el desdén, anduvo de allí adelante gastando el tiempo y la vida sin fruto alguno, caminando siempre sin orden ni concierto, como hombre aburrido de la vida, deseando se le acabase, hasta que falleció según veremos adelante. Perdió su contento y esperanzas, y, para sus descendientes y sucesores, perdió lo que en aquella conquista había trabajado y la hacienda que en ella había empleado, provocando que fracasasen todos los que con él habían ido a ganar aquella tierra. Perdió asimismo el haber dado principio a un grandísimo y hermosísimo reino para la corona de España, y el haberse aumentado la Santa Fe Católica, que es lo que más se debe sentir. Porque habría sido muy acertado, en negocio tan grave, tomar consejo de los amigos que tenía, de quien podía fiarse, para hacer con prudencia y buen acuerdo lo que al bien de todos más conviniese. Podía este capitán haber remediado aquel motín castigando a los principales culpables, con lo cual escarmentarían los demás de la liga, que eran pocos, en lugar de perderse y dañar a todos los suyos por gobernar solamente con su parecer apasionado, que causó su propia destrucción. Y así, aunque era tan discreto como hemos visto, hizo del problema causa propia, y de forma apasionada, por lo que no pudo regirse y gobernarse con la claridad y juicio libre que las cosas graves requieren, olvidando que, quien huyere de pedir consejo, debe desconfiar de acertar". A pesar de que  estaban arraigando pensamientos de motín, aún  no había  cuajado una intención seria, por lo que la fuerte autoridad que Hernando de Soto tenía como gobernador le permitió obligar a todo el ejército, sin consultarlo con nadie, a desechar el viaje desde Mabila hasta el cercano  puerto de Achusi (actualmente, Mobile, a unos 150 km de distancia), y ponerse en marcha por una ruta nueva.




jueves, 22 de abril de 2021

(Día 1401) Aunque vencieron los españoles en la devastadora batalla de Mabila, sufrieron muchas bajas. Con tantas calamidades, había riesgo de un motín. Sorprende la profunda religiosidad de aquellos rudos conquistadores.

 

     (991) La batalla de Mabila fue espantosa. Ochenta y dos españoles muertos era una gran tragedia, pero la soberbia y el engaño  de Tuscaluza provocó la casi desaparición de sus indios: "Veintitrés días estuvieron nuestros españoles en Mabila mientras se curaban los heridos, que eran casi todos. Los que menos lo estaban salían a correr la tierra y buscar de comer por los pueblos que en la comarca había, que eran muchos, aunque pequeños, donde hallaron asaz comida. Por todos los pueblos del contorno hallaron muchos indios heridos, sin que nadie los curase. Al parecer, venían algunos de noche para hacerlo y se volvían de día a los montes. Los castellanos no maltrataban  a los indios heridos, sino que compartían con ellos la comida que llevaban. Por los campos no aparecía indio alguno, pero los de a caballo, buscándolos, prendieron a unos veinte para que sirvieran de intérpretes. Habiéndoseles preguntado si en alguna parte se hacía junta de indios para venir contra los españoles, respondieron que, por haber perecido en la batalla pasada los hombres más valientes, nobles y ricos de aquella provincia, no había quedado en ella quien pudiese tomar las armas. Y pareció ser verdad, porque en todo el tiempo que los nuestros estuvieron en este alojamiento, no acudieron indios de día ni de noche".

     Pero, como consecuencia de la terrible batalla y de la gran frustración de los soldados por la nula rentabilidad del largo viaje hecho, el gran Hernando de Soto tendrá otra dolorosa experiencia, a pesar de su enorme carisma: "En Mabila tuvo noticias el gobernador de los navíos que los capitanes Gómez Arias y Diego Maldonado traían descubriendo la costa, la cual relación tuvo antes de la batalla, y, después de ella, se certificó por los indios que quedaron presos, de los cuales supo que la provincia de Achusi, en cuya demanda iban los españoles, y la costa de la mar estaban a poco menos de treinta leguas de Mabila. El gobernador se alegró mucho, pues podría dar comienzo a la nueva población que en Achusi pensaba hacer para recibir y asegurar los navíos que de todas partes allá fuesen, y fundar otro pueblo más adentro, para desde allí empezar a reducir a los indios a la fe de la Santa Iglesia Romana y al servicio y aumento de la corona de España".

          Contento con la noticia, Hernando de Soto dejó en libertad al cacique de Achusi, al que había mantenido preso (con buen trato) durante todas las peripecias sufridas desde el lejano día en que pasaron por dicha población. Y fue entonces cuando Hernando de Soto sufrió el gran desengaño: "Todos estos deseos que el adelantado tenía de poblar la tierra, y el orden y las trazas que para ello había fabricado en su imaginación, los destruyó y anuló la discordia, como siempre suele arruinar y echar por tierra los ejércitos, las repúblicas, reinos e imperios donde la dejan entrar. Y la puerta que para los nuestros halló fue que, como en este ejército hubiese algunos personajes de los que se hallaron en la conquista del Perú y en la prisión de Atahualpa, viendo aquella riqueza tan grande que allí hubo de oro y plata, y hubiesen dado noticia de ella a los que en esta expedición iban, y como, por el contrario, en la Florida no se hubiese visto plata ni oro, aunque la fertilidad y las demás buenas partes de la tierra fuesen tantas como se han visto, no sentían el menor interés en poblar ni en establecerse en aquellos lugares".

 

     (Imagen) Recoge el cronista un detalle que pone de manifiesto, quizá contradictoriamente, la profunda fe cristiana de aquellos duros conquistadores: "No solamente lamentaron los españoles la muerte de sus compañeros y la pérdida de muchos caballos , sino también la de otras cosas que ellos estimaban en mucho por el uso al que las tenían dedicadas, lo cual era un poco de harina de trigo, en cantidad de tres fanegas, y cuatro arrobas de vino, de lo que  no tenían más cuando llegaron a Mabila. La harina y el vino lo traían muy guardado y reservado para las misas que les decían, y, para que estuviese a mejor recaudo, lo guardaba el mismo gobernador en su recámara. Todo lo cual se quemó con los cálices, aras y ornamentos que para el culto divino llevaban, y, de allí adelante, quedaron imposibilitados de poder oír misa, por no tener materia de pan y vino para la consagración de la eucaristía. Aunque entre los sacerdotes, religiosos y seculares, hubo opiniones teológicas sobre si podrían consagrar o no el pan de maíz, fue de común consentimiento acordado que lo más cierto y seguro era guardar y cumplir en todo y por todo lo que la Santa Iglesia Romana, madre y señora nuestra, en sus santos concilios y sacros cánones nos manda, debiendo ser el pan de trigo y el vino de vid, y así lo hicieron estos católicos españoles, que no procuraron hacer remedios que fueran dudosos en cuanto a la obediencia a su madre la Iglesia Romana Católica. Y también lo dejaron porque, aunque que tuvieran pan y vino para la consagración de la eucaristía, les faltaban cálices y aras para celebrar. Pero, de allí en adelante, se componía y adornaba un altar los domingos y fiestas de guardar, cuando había lugar para ello, y se revestía un sacerdote de ornamentos que hicieron de gamuza a imitación del primer vestido que en el mundo hubo, que fue de pieles de animales, y, puesto en el altar, decía el introito de la misa, y la oración, epístola y evangelio, y todo lo demás, hasta el fin de la misa, sin consagrar, y la llamaban estos castellanos misa seca, y el mismo que la decía, u otro de los sacerdotes, leía el evangelio y sobre él hacía su plática o sermón. Y, con esta manera de ceremonia que hacían en lugar de la misa, se consolaban de la aflicción que sentían de no poder adorar a Jesucristo Nuestro Señor y Redentor en las especies sacramentales, lo cual les duró casi tres años, hasta que salieron de la Florida a tierra de cristianos".





miércoles, 21 de abril de 2021

(Día 1400) Llegó el resto de la tropa de Hernando de Soto, y se incorporó a la terrorífica batalla de Mabila, en la que murieron casi todos los indios, numerosos españoles y, de extraña manera, el bravo portugués Men Rdríguez.

 

     (990) Cuando el resto de la tropa de Soto se iba acercando a Mabila, oyeron las trompetas de guerra, dieron por hecho que los españoles estaban sufriendo un ataque de los indios de Tuscaluza, y aceleraron la marcha para ir en su ayuda. Como acabamos de ver, justo al llegar ocurrió la tragedia de Diego de Soto. Sus compañeros se unieron de inmediato a la batalla, en un momento en el que muchos indios habían escapado del incendio del poblado para luchar en campo abierto: "Los españoles de la retaguardia, caballeros e infantes, llegaron y todos arremetieron a los indios que en el campo andaban peleando y, después de haber batallado gran espacio de tiempo, y a pesar de muchas muertes y heridas que recibieron, pues, aun llegado tarde, les cupo muy buena parte de ellas, desbarataron a los indios y mataron a la mayoría de ellos, aunque algunos se libraron huyendo. Ya cerca de ponerse el sol, todavía sonaban los gritos de los que peleaban en el pueblo. Al socorro de los suyos, entraron muchos de a caballo repartiéndose por las calles, pues en todas ellas había que hacer, y, arrollando a los indios que en ellas peleaban, los mataron, pues ninguno quiso rendirse ni dar las armas, sino morir con ellas luchando como buenos soldados. Este fue el último encuentro de la batalla,  con el cual acabaron de vencer los españoles al tiempo que el sol se ponía, habiendo peleado ambas partes nueve horas de tiempo sin cesar. Ocurrió el día del bienaventurado San Lucas Evangelista, año de mil quinientos cuarenta, y este mismo día, aunque muchos años después, escribí la relación de lo ocurrido".

     El cronista hace un cálculo (no se sabe hasta qué punto fiable) de los nativos que murieron en la tremenda batalla: "El número de los indios que en este rompimiento perecieron a hierro y a fuego se entendió que pasó de once mil personas, porque alrededor del pueblo quedaron tendidos más de dos mil y quinientos hombres, y entre ellos hallaron a Tuscaluza el mozo, hijo del cacique. Dentro del pueblo murieron a hierro más de tres mil indios, y las calles no se podían andar de cuerpos muertos. El fuego consumió en las casas más de tres mil y quinientas ánimas, porque en sola una casa se quemaron mil personas, ya que el fuego tomó por la puerta y los ahogó y quemó dentro sin dejarlos salir fuera, que era compasión ver cómo los dejó, y los más de estos eran mujeres. En un círculo de cuatro leguas en circuito, en los montes, arroyos y quebradas, no hallaban los españoles sino indios muertos y heridos en número de dos mil personas que no habían podido llegar a sus casas, y era lástima hallarlos aullando por los montes sin remedio alguno. Del cacique Tuscaluza, que fue el responsable de esta tragedia, no se tuvo noticia alguna, porque unos indios decían que había escapado huyendo y otros que se había quemado, y esto fue lo que se tuvo por más cierto y lo que él mejor merecía. Porque, según después se averiguó, desde el primer día que tuvo noticia de los castellanos y supo que habían de ir a su tierra, había determinado matarlos en ella, y con este propósito había enviado al hijo a recibir al gobernador al pueblo de Talisi, y con esa excusa, hacer de espía, para luego llevar a cabo la traición que pensaba hacerles".

 

     (Imagen) En la durísima batalla de Mabila, murieron la inmensa mayoría de los indios del cacique Tuscaluza, incluso su hijo, pero no se supo con certeza nada de él, pensándose que habría muerto abrasado en el incendio de la población. Inca Garcilaso dio también el dato de los españoles muertos y de los numerosos heridos: "Acabada la batalla, el gobernador Hernando de Soto, aunque salió mal herido, mandó que los españoles muertos se recogiesen para enterrarlos y que los heridos se curasen, pero había tanta falta de lo necesario, que murieron muchos de ellos antes de ser curados, porque se calculó que hubo mil setecientas setenta y tantas heridas de cura, y llamaban heridas de cura a las que eran peligrosas. Además, para curar tanta multitud de heridas, solo había en todo el ejército un cirujano, y  no tan hábil y diligente como fuera menester. Se tardó cuatro días en curarlas, y en este tiempo murieron trece españoles por falta de medios. En la batalla fallecieron cuarenta y siete, de los cuales fueron muertos dieciocho de heridas de flechas por los ojos o por la boca, pues los indios, sabiendo que tenían protegidos los cuerpos, les tiraban al rostro. Sin contar los que murieron antes de ser curados y en la batalla, perecieron después otros veintidós cristianos por la mala evolución de las curas. De manera que podemos decir que murieron en esta batalla de Mabila ochenta y dos españoles. A esta pérdida se añadió la de cuarenta y cinco caballos que los indios mataron en la batalla, que no fueron menos llorados que los mismos compañeros, porque veían que en ellos consistía la mayor fuerza de su ejército". Uno de los fallecidos tuvo una extraña muerte, y el cronista ensalza su valía: "Un portugués llamado MEN RODRÍGUEZ, hombre  de familia noble, natural de la ciudad de Yelves (Elvas), que había sido soldado en África en las fronteras del reino de Portugal, y era de la compañía del capitán Andrés de Vasconcelos, peleó todo el día a caballo como muy valiente jinete que era e hizo en la batalla cosas dignas de memoria, y, a la noche, acabada la pelea, se apeó y quedó como si fuera una estatua de palo, y sin más hablar ni comer ni beber ni dormir, pasados tres días, falleció de esta vida sin herida ni señal de golpe que le hubiese causado la muerte. Debió de  ser que se vació con el mucho pelear. Por lo cual, se decía que este buen hidalgo había muerto de valiente y animoso por haber peleado y trabajado excesivamente". (Habrá que dedicarle la imagen a este olvidado héroe).