jueves, 26 de abril de 2018

(Día 678) Cuando fue apresado Hernando Pizarro, mandó a Francisco de Maldonado adonde Enríquez para que consiguiera de Almagro que lo dejara en libertad. (En este punto finalizo la primera parte de la conquista de Perú. Pasados unos dos meses, seguiré con la segunda, la de LAS GUERRAS CIVILES).


     (268) Alonso Enríquez de Guzmán va a entrar ya de lleno en la primera batalla de las guerras civiles. Diré de paso que fue de los pocos que se libraron del desastre porque se volvió pronto a España, aunque, incluso quedándose, quizá su capacidad de maniobra le habría permitido salvar la vida.
     Volveremos a recurrir a Enríquez cuando hable de la muerte de Almagro, porque la describe con verdadero dramatismo. Pero le voy a permitir ahora un refinado desahogo: “Después de que el nuevo gobernador (Almagro) prendió al desaforado, soberbio en grado superlativo y tirano Hernando Pizarro, aquel que, como tengo dicho, ni a Dios ni al Rey tuvo en mucho, a todos los demás en poco y  a mí menos que a nadie, desde su prisión, me envió un criado suyo o solicitador, de nombre Francisco de Maldonado,  para halagarme y rogarme que tuviese piedad de él, que no le fuese contrario ni mirase los sinsabores que me había hecho, sino quien yo era”. Ya vemos que, en medio de sus exageraciones, está mostrándonos lo que en el Cuzco ocurría. Es de creer que  Hernando estuviera buscando aliados entre los del bando de Almagro para que le ayudaran a escapar, pero solo quedaría libre mucho más tarde en un trato nefasto para Almagro. Tampoco miente Enríquez al mostrar a Francisco de Maldonado como un hombre de confianza de Hernando Pizarro, pues también lo será de Gonzalo Pizarro en las guerras civiles, hasta el punto de que lo envió a España con la intención de que le convenciera a Carlos V de que no estaba actuando como un rebelde a la Corona.
     Le vamos a conceder a DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN el honor de terminar, con las palabras que acaba de decirnos, esta PRIMERA PARTE DE LA CONQUISTA DE PERÚ. La segunda parte resultará también apasionante, pero profundamente trágica por la desastrosa deriva que tomaron las insensatas guerras civiles. Haré uso de numerosas crónicas y referencias, pero me serviré principalmente de los textos de PEDRO CIEZA DE LEÓN, porque son extraordinarios.
     Aunque volveremos a escuchar  a DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, como he dicho antes, cuando describa  la muerte de Almagro, acentuando la crueldad de Hernando Pizarro, creo que  personaje tan peculiar, excéntrico, valiente y valioso merece que recordemos el comentario que le dediqué hace ya mucho tiempo. En su día, escribí lo siguiente:

     (Imagen) DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN se incorporó a la campaña de Perú con mucho retraso, llegando con su hermano Luis a Lima unos tres años después de la muerte de Atahualpa. Aunque con muchas miserias (entre otras, la de ser un descarado gorrón), Alonso fue un tipo fuera de serie. Escribió su autobiografía, que, dada su personalidad estrambótica, no resulta del todo creíble, pero basta lo constatado como real para reconocerle una valía personal de primerísimo orden. Su vida fue tan estrepitosa y agitada como la del Capitán Alonso de Contreras y la de Catalina de Erauso (la Monja Alférez), con la diferencia de que Enríquez de Guzmán, aunque venido a menos en su rama familiar, estaba emparentado con lo más aristocrático de España, y trataba frecuentemente con Carlos V y Felipe II, que le tuvieron en gran aprecio, aunque les cargaran sus mañas de bufón y vividor. Hombre contradictorio, también era religioso a su manera, confiando en el valor del arrepentimiento en la última hora. En una nota confiesa que, al ser nombrado Caballero de Santiago y tener medios para vivir a la altura de la calidad de su persona, ya no necesitaba de su ingenio y su palabrería para ser aceptado en la Corte. Fue un distinguido militar en las guerras de Italia, África, Flandes y Alemania. Siempre se me presenta su figura como la del Falstaff de Shakespeare, pero menos entrañable. Fueron igual de vividores, aunque Enríquez le superó en valentía y en revoltoso. Los dos eran de noble linaje, y los dos se ganaron la amistad de sus inmaduros príncipes herederos, lo que fue visto con gran preocupación por los reyes. Carlos V siempre pensó que tuvo una mala influencia (vertiente juerguista) sobre su joven hijo, el Príncipe Felipe.



miércoles, 25 de abril de 2018

(Día 677) Alonso Enríquez de Guzmán se llena de argumentos para justificar que Almagro decidiera ocupar el Cuzco, y le manda ocultamente una carta diciéndole que se va a pasar a su bando. Cuenta que, al entrar Almagro en el Cuzco, fue recibido triunfalmente, y que a él le dedicó especiales atenciones.


     (267) Luego Enríquez resulta casi cómico por su falta de objetividad, dando por cierto lo que era dudoso, pero en lo que va contando hay un trasfondo real de los hechos que ocurrieron: “Y luego, gobernando esta ciudad como si fuera suya, no siéndolo, ni tampoco de su hermano, se puso en armas y enseño a los indios amigos a pelear contra cristianos para que no entrase don Diego de Almagro con su gente, el cual tenía derecho a la ciudad por ser suya la gobernación, según las provisiones del Emperador, alegando Hernando Pizarro que no había tomado posesión de ella anteriormente (cuando partió Almagro para Chile). Pero eso fue por tres cosas: porque entonces no habían llegado las provisiones de Su Majestad, pues las trajo muy despacio el dicho Hernando Pizarro (era cierto); porque el gobernador del Nuevo Reino de Castilla era su compañero don Francisco Pizarro (y no quería enemistarse con él), y porque el dicho don Diego estaba deseoso de descubrir  nuevas tierras, ensalzar la fe católica y aumentar los reinos al Emperador”. Las cosas fueron así, pero no tan ‘puras’. Principalmente, lo que le animó a Almagro a volver fue haber fracasado en Chile y agarrarse como una lapa al sueño de poseer el Cuzco (en el mejor de los casos, con dudosos derechos).
     Nos cuenta después con claridad cómo se pasó al bando de Almagro de forma inmediata y sin la menor duda, aunque ocultándoselo a Hernando Pizarro hasta que su ‘adorado’ entró en la ciudad: “Viendo Almagro que le impedían entrar en su casa, le tuvimos cuatro días convenciéndonos desde unos andenes, encenagados él y su gente en lodo como puercos, lloviendo y venteando; y en verdad, si no fuera por nuestro tirano, nosotros nos diéramos a este requiebro, según estaba trabajando, y por sus buenas costumbres (otra exageración: había muchos, si no la mayoría, partidarios de Hernando)”. Y entonces el sin par Enríquez hizo la maniobra de traicionar  a su odiado jefe: “Por tercera persona, le escribí a su real y le dije que yo era suyo, aunque con miedo del dicho mi padre (es un zumbón: como si él fuera una doncella que se entrega y Hernando su temible padre)”.
    Como sabemos, Diego de Almagro entró por la fuerza en el Cuzco y apresó a Hernando Pizarro, a su hermano Gonzalo, y a varios capitanes suyos: “Don Diego de Almagro fue recibido en el Cuzco con el Te Deum Laudamus, en paz de la Santa Madre Iglesia, en servicio del Rey y por honra y contento de  todos nosotros (no cuenta que el Cabildo se vio obligado a recibirlo como gobernador). Comenzó a gobernar usando sus buenas obras e intenciones, honrando, haciendo mercedes y agradando a todos, no dejando de castigar a los que se habían excedido contra el servicio del Rey. A mí me abrazó y recibió como a un hijo, y me dijo: ‘Señor don Alonso, por ser criado del Emperador y por vuestra persona y naturaleza, os tengo que tratar como a quien sois y os pido por merced que no dejéis de aconsejarme en mis secretos temporales y espirituales, porque en todo os he de favorecer y ayudar”.

     (Imagen) Es tan desconcertante el personaje de DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, que resulta imposible saber lo que había en su interior. Su trepidante vida estuvo llena de aventuras y de comportamientos contradictorios. Tuvo trato directo con Carlos V y con Felipe II, quienes tampoco supieron cómo catalogarle: era demasiado escurridizo. Hernando Pizarro le envió a Carlos V unas acusaciones contra Enríquez porque colaboró con Almagro para facilitarle la ocupación del Cuzco. El rey mandó de inmediato una orden a las autoridades de la ciudad, cuyo texto resumo: “Conviene que Don Alonso Enríquez, participante en la prisión de Hernando Pizarro en el Cuzco, y culpable de las alteraciones y de todo lo demás que de la entrada de Don Diego de Almagro en esa ciudad resultó, venga a estos reinos. Por ende, yo vos mando que lo prendáis y lo enviéis a nuestros oficiales que están en Sevilla en la Casa de la Contratación de Indias, para que le pongan preso en dicha casa y nos avisen de su venida”. Pero, oh sorpresa: salió en su defensa FRANCISCO PIZARRO. Le dice en una carta a Carlos V: “Don Alonso Enríquez siempre estuvo a vuestro real servicio en las alteraciones de Don Diego de Almagro, por lo que le he favorecido. Lo manifiesto para que se conozca que las culpas que de él se sospechaban, han resultado méritos, los cuales obligan a que Vuestra Majestad le haga mercedes”. Un artista de la prestidigitación DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN.



martes, 24 de abril de 2018

(Día 676) Alonso Enríquez de Guzmán nos da su versión de la llegada de Almagro, a cuyo bando se pasa, justificando que se apoderara del Cuzco, y lo alababa sin medida. Luego muestra su odio personal contra Hernando Pizarro, acusándolo de incitar a la gente a que lo mataran a él.


     (266) Creo que merece la pena escucharle parte de lo mismo (resumidamente) a Alonso Enríquez de Guzmán, pues, aunque todo lo caricaturiza con un apasionamiento que daña su objetividad, siempre tiene un fondo de verdad en los hechos, y sabe contarlos. Recordemos que estuvo en el Cuzco luchando bajo el mando de Hernando Pizarro todo el tiempo que duró el cerco de los indios. Pero no lo tragaba  porque Hernando era hombre soberbio, y él, acostumbrado a tratar de tú a tú a la más alta aristocracia, no admitía su prepotencia.  Así que, en cuanto apareció Almagro por el Cuzco, se pasó a su bando. Días atrás vimos que Enríquez hablaba elogiosamente, y se supone que sinceramente, de Pizarro. Ahora le pondrá por las nubes a Almagro, y le arrastrará por el fango a Hernando Pizarro. En ambos casos, habrá que aplicar una criba a sus exageraciones para que nos quedemos con la verdad. Probablemente, eliminando lo añadido por su corazón apasionado, veremos la auténtica cara de los personajes. Don Alonso era mal enemigo, pero un tipo muy valioso. En varias ocasiones hizo de mediador entre Pizarro y Almagro para que reinara la paz, pero nadie lo habría conseguido.
    Empieza hablando del viaje de la vuelta de Almagro de Chile, dedicándole unas alabanzas disparatadas por la proeza (que lo fue) de su viaje a Chile: “Había avanzado hacia Chile ochocientas cincuenta leguas, con quinientos hombres, todos hidalgos, y por esto, así como por la calidad de su persona (no tenía nada de aristocrático), esfuerzo, liberalidad y lealtad a su Rey, lo podemos comparar con el Cid, Ruy Díaz, de gloriosa memoria y de famosas hazañas, pues como sabréis por los que de él hablen y escriban, ni el dicho Cid, ni Salomón, ni Alejandro le han hecho ventaja (qué pasada)”.
     Trata también de justificar, tergiversando los verdaderos motivos, que Almagro ocupara el Cuzco, y se despacha a gusto con Hernando Pizarro: “Don Diego de Almagro, que fue parte principal con su persona y su hacienda de la primera conquista de estos reinos de  Perú, quiso acabar de ganarlos, y al saber que  estábamos afligidos y cercados, volvió de Chile y entró en esta gran ciudad del Cuzco, donde halló por capitán a Hernando Pizarro, hombre poco temeroso de Dios, y menos de  nuestro rey. El cual quiso hacerme matar solamente porque se había deslenguado contra Dios, el Rey y su Consejo, pues es hombre fanfarrón, y temía que, siendo yo criado del Rey (con acceso muy directo al soberano), se lo dijese a Su Alteza, y los de su Consejo le quitasen cien mil castellanos de oro que había robado a los caciques de esta tierra amenazándolos, quemándolos y atormentándolos, que fue por lo que se alzaron los indios y se marchó de esta ciudad Manco Inca (como ya vimos, su motivo principal era el intento de recuperar el imperio). Por las cuales cosas trataba de que los vecinos del Cuzco se revolviesen contra mí y me matasen, o yo matase a alguno (era peleón y había tenido numerosos desafíos ya antes de llegar a Perú), cuya conclusión sería que muriese mi cuerpo y mi crédito”.
    
     (Imagen) Poco falta para terminar esta primera parte de la conquista de Perú, y lo vamos haciendo de la manita de DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN. Qué personaje tan complejo, en sus grandes virtudes y grandes defectos. Si alguien le tenía ganas a Hernando Pizarro, ese era Enríquez. Vimos hace tiempo que le montó un pleito en España por la ejecución de Almagro. En 1540 (antes del asesinato de Pizarro) ya andaba por Sevilla. En los archivos de PARES veo otras referencias curiosas. Experto en ‘enchufes’ y en dar sablazos (económicos), cuando partió para las Indias (año 1526), el rey dio orden al tesorero de México para que le entregara 400 ducados de oro. En Perú, le reclamó judicialmente a Francisco Pizarro 700 pesos de oro que le había ganado jugando a la pelota. A su vez, a Enríquez lo procesó Villalobos, fiscal del Consejo de Indias, por haber traído a España plata y oro sin registrar. Vino también con dos cartas de recomendación para presentarse ante el rey. En una de ellas se aseguraba que Enríquez tuvo el mérito de conseguir que Manco Inca abandonara su rebeldía contra la Corona. Lo que de verdad ocurrió fue que Almagro lo envió ante Manco Inca con la misión de negociarlo, pero fracasó. En la otra (la imagen muestra su primera página) el Tesorero Manuel de Espinar cuenta un hecho cierto, pero, siendo tan apasionado almagrista como Enríquez, afirma categóricamente que PIZARRO fue el gran culpable de los graves conflictos civiles. Le dice al rey que el que lleva la carta, ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN, fue apoderado por el difunto ALMAGRO  para tratar con FRANCISCO PIZARRO sobre los límites de su jurisdicción, lo cual no tuvo efecto por los chismes de FRAY FRANCISCO DE BOBADILLA (las cosas  no fueron tan simples), quien encendió los ánimos de Pizarro y su gente, y fue la causa de la muerte de Almagro y 200 hombres suyos.



lunes, 23 de abril de 2018

(Día 675) Diego de Alvarado aplaca los exaltados ánimos consiguiendo que Almagro Y Hernando Pizarro acuerden una tregua hasta la llegada de una respuesta de Francisco Pizarro. Al apresar después a Hernando, Almagro está a punto de matarlo por consejo de sus capitanes. Diego de Alvarado y otros le quitan la idea. Almagro se hace nombrar Gobernador del Cuzco.


     (265) No es de extrañar que me haya sido imposible encontrar algún cronista que lo dejase claro. Pasaban como de puntillas por el problema de los límites. Desgraciadamente Pizarro y Almagro solo pensaron en sus intereses, convirtiendo el Perú en un territorio sin ley para zanjar la cuestión con la brutalidad de las guerras civiles.
     Hasta Inca Garcilaso se cansa de tantas discusiones: “En estas demandas y respuestas anduvieron muchos días los unos y los otros. Y habrían llegado muchas veces a las manos si no fuera por don Diego de Alvarado, que era un caballero principal muy discreto y muy cuerdo, tío del Adelantado don Pedro de Alvarado y de Gómez de Alvarado (se equivoca: era primo segundo de ellos), y que había ido a Chile con don Diego de Almagro. El cual, deseando paz y concordia, porque  imaginaba el mal que a todos vendría  si llegaban a una ruptura, intervino para concertarlos, y al final de muchos intentos, consiguió que se pusieran de acuerdo para que Hernando Pizarro escribiese al Marqués, su hermano, lo que Don Diego de Almagro pedía, y que, mientras respondía, estuviesen todos en paz en sus alojamientos, sobre lo cual se establecieron treguas por ambas partes”.
    Ya vimos que Almagro hizo la barbaridad de no respetar las treguas (algo sagrado militarmente), y tal acto, como una bola de nieve, va a provocar el enorme alud de las guerras civiles que arrastrará a todos. De cualquier manera, lo más probable era que, tarde o tempano, se produjeran inevitablemente. Porque no solo era cuestión de Pizarro y Almagro: los dos estaban rodeados de hombres que querían, como ellos, conseguir sus deseos por la fuerza. Y nadie se fiaba de los demás. Como ejemplo, vale lo que cuenta Garcilaso de la situación que se creó cuando Almagro apresó a Hernando Y Gonzalo Pizarro: “Los ministros de la discordia aconsejaban a don Diego de Almagro que matase a Hernando Pizarro. Decíanle que se acordasen de que siempre, desde la primera vez que vino de España, se había mostrado su enemigo y nunca había hablado bien de él, y que era hombre áspero y vengativo, de muy diferente condición que sus hermanos, y que se había de vengar si pudiese. Almagro estuvo por hacerlo, mas Diego de Alvarado, Gómez de Alvarado, Juan de Saavedra, Bartolomé de Terrazas, Vasco de Guevara, Jerónimo de Costilla, y otros que eran amigos de paz y de quietud, lo estorbaron diciéndole que no era razonable quebrar tan del todo con el Marqués habiendo sido tan buenos compañeros en todo el pasado. Le decían también que hasta el haber tomado la posesión del Cuzco se podía tolerar, aunque no dejaba de parecer mal haber quebrantado las treguas puestas; pero que matar a Hernando Pizarro sería cosa muy odiosa a todo el mundo y de gran infamia para él. Con estas razones y otras semejantes, aquietaron aquellos caballeros a don Diego de Almagro, el cual se hizo jurar como gobernador del Cuzco por el cabildo de la ciudad y de cien leguas de extensión, conforme a la provisión de Su Majestad (en realidad eran doscientas leguas)”.

     (Imagen) Hablemos de alguien que ya mencionamos: DIEGO DE ALVARADO EL BUENO, llamado así porque lo era, y para distinguirlo de otro del mismo nombre. Fue un bravo capitán, pero de los caballerescos. Su calidad humana le jugó una mala pasada (quizá sea ese el mayor problema de las democracias con los tramposos). Eligió el bando de ALMAGRO y le fue fiel sin veleidades. Cuando entraron en el Cuzco, apresaron a HERNANDO PIZARRO, quien durante largo tiempo vivió con la angustia permanente de que lo mataran. Muchos de los hombres de Almagro le aconsejaban que lo hiciera, especialmente, y hasta obsesivamente, el magnífico capitán RODRIGO ORGÓÑEZ (que fue, nada menos, uno de los que apresaron en Pavía a Francisco I). Pero Diego de Alvarado y otros le convencieron para que le perdonara la vida. Siguiendo nuevamente su opinión, también aceptó dejarlo libre previo juramento de mantener la paz. ¿La paz? Hernando Pizarro no tuvo el menor escrúpulo en atacar, vencer  y ejecutar a Almagro; pero  respetó a Diego de Alvarado. Sabía  que estaba vivo gracias a él y pagó su deuda. Pero eso no pudo evitar que Diego de Alvarado fuera a España para acusar a Hernando del sucio asesinato de Almagro. La imagen de hoy, que está muy borrosa, da fe de su denuncia, presentada a finales de 1540, poco antes de que Alvarado muriera en extrañas circunstancias. En el documento, Don Carlos y Doña Juana ordenan la presencia de algunos testigos en “un pleito de Diego de Alvarado  contra Hernando Pizarro sobre la muerte de Don Diego de Almagro, Gobernador que fue de Nueva Toledo”. DIEGO DE ALVARADO no pudo saborearlo, pero triunfó después de muerto: el proceso le costó a Hernando veinte años de presidio.



sábado, 21 de abril de 2018

(Día 674) No solo los límites estaban confusamente situados: había también un error en lo que medía cada legua (o en las leguas que tenía cada grado geográfico). Incluso los documentos señalaban cosas contradictorias: indicaban la distancia de 270 leguas, pero llegando hasta unos territorios indios que estaban más lejos.


     (264) Hernando Pizarro, con toda razón, insistió en que era un engaño medir las distancias como Almagro pretendía: “Por lo cual le dijo que había que medir por los grados del cielo, como miden los marineros el mar. De esta manera, dando a cada grado diecisiete leguas y media, había ciento noventa y dos leguas y media desde la línea equinoccial (sobre la que está Quito) hasta la ciudad de Lima, y  doscientas cuarenta y cinco leguas hasta el Cuzco”. Este era el sistema correcto, pero Garcilaso comete un error. Se estima que en aquel tiempo una legua medía 5,5 km. De manera que, cada grado (que hoy sabemos son 113,3 km) no equivalía a 17,5 leguas, sino a 20,6, lo cual resultaría catastrófico para las pretensiones de Pizarro, porque las 270 leguas solamente ocuparían 13,10 grados. Es posible que también equivocara desde dónde había que tomar las medidas, porque todo indica que había que considerar como punto de partida, no Santiago de Quito, sino la población de Santiago, situada junto a lo que hoy es línea fronteriza con Colombia. Fue tal el desmadre de la precipitación, que veremos a los de Almagro, no solo apoderándose del Cuzco, sino pretendiendo hacer lo mismo con Lima, lo cual ya era totalmente disparatado.
    Aunque todo se resolvió ‘a la brava’, no vendrá mal hacer una última consideración. Con los datos actuales, no hay duda de que el Cuzco correspondía a la gobernación de Almagro si lo concedido a Pizarro eran estrictamente 270 leguas (incluso contando desde la ciudad de Quito, lo cual era ventajoso para el trujillano): la distancia aérea Quito-Cuzco es de 1.648 km, y 270 leguas son 1485 km. Pero en los mismos documentos del emperador hay, desgraciadamente, ambigüedades que dieron pie a la tragedia porque los actores del drama no se comportaron cono nobles caballeros.
     Ocurre, además, que, cuando Hernando Pizarro consiguió de Carlos V otras setenta leguas (para llegar hasta doscientas setenta), pidió también que se dijera expresamente que se consideraba incluido el Cuzco dentro de los límites. Los miembros del Consejo de Indias no quisieron pillarse los dedos y evitaron pronunciarse, pero hicieron una indicación que lo embrolló todo. Hernando consiguió que manifestaran que el límite de la gobernación de Pizarro incluía los territorios de los caciques Coli y Chepi. Nadie sabe con exactitud cuánto ocupaban esos territorios, pero el gran historiador peruano Raúl Porras Barrenechea tenía una certeza, y sacó sus conclusiones. Escribió textualmente: “Puesto que el Cuzco se hallaba muy al norte de donde pudieran situarse los poblados de esos caciques, quedaba indiscutiblemente dentro de la gobernación de Pizarro, que Almagro intentó usurpar descaradamente en la guerra de las Salinas”. El historiador Esteban Mira Caballos (que no da estos detalles concretos) dice tajantemente en su reciente biografía de Francisco Pizarro que Barrenechea se equivocaba, dando por hecho que la razón estaba de parte de Almagro. Más bien parece que el esperpento de la confusión puede seguir en pie: según la medición técnica, Almagro tenía razón, pero, según las ambigüedades de los documentos, la tendría Pizarro. O eran 270 leguas estrictas, o era, como añade textual e imprecisamente el documento, ‘hasta aquellos territorios (los de Coli y Chepi), que estarán a unas 270 leguas”.




viernes, 20 de abril de 2018

(Día 673) Almagro, con la absurda forma de medir que exigía, no solo reclamaba el Cuzco, sino también Lima. Hernando Pizarro le contestó que, sin el permiso de su hermano Francisco Pizarro, no podía entregarle el Cuzco.


     (263) Como ejemplo de lo dicho (que luego veremos en versiones de otros cronistas), sigamos el texto de Inca Garcilaso, donde, al hablar de la osadía de Almagro cuando se apoderó del Cuzco, expone luego el conflicto de las interpretaciones (interesadas) acerca de lo que el emperador había concedido a Pizarro y Almagro respectivamente: “Don Diego  de Almagro y Hernando Pizarro, viendo que Manco Inca había deshecho su ejército, mostraron sus pasiones y volvieron contra sí las armas, el uno por mandar y reinar, y el otro por que no reinase ni mandase, porque este oficio no soporta que haya nadie mayor, ni aun igual (atina Garcilaso: ambas partes estaban dispuestas a trampear para conseguir el poder). Almagro requirió a Hernando Pizarro que le dejase libre la ciudad del Cuzco, alegando que entraba en su gobernación. Decía que las doscientas leguas (en realidad eran 270) de la gobernación de don Francisco Pizarro se habían de medir por la costa, siguiendo las puntas y los senos que la mar hace en la tierra, y que si quisiesen medirlas por tierra, se había de hacer por el camino real de los incas que va de Quito al Cuzco. Proponían estas medidas los de Almagro porque, con cualquiera de las dos maneras, la jurisdicción del Marqués no llegaba a Lima, y mucho menos al Cuzco”.
     El planteamiento era totalmente abusivo, puesto que la medición, como luego se hizo (y ni así hubo conformidad), tenía que ser en grados geográficos con un peritaje de pilotos profesionales. Ya veremos que, inevitable guerra aparte, desgraciadamente, y a pesar de que se afinaron las medidas, el Cuzco parecía quedar tan centrado en el límite de las gobernaciones, que solo una decisión imperial podía haber establecido a quién le correspondía su dominio.
     ¿Cómo se solucionó el conflicto? Con la muerte de los protagonistas (por este orden: Almagro, Pizarro, el hijo de Almagro, el virrey Blasco Núñez Vela, Gonzalo Pizarro, y muchísimos soldados de los bandos enfrentados). Terminado el desaguisado,  Carlos V anuló las gobernaciones, quedando establecido en todo el territorio el Virreinato de Perú, aunque todavía hubo que liquidar a otro rebelde, Francisco Hernández de Girón. Un balance delicioso.
       Conviene repetir que, al menos temporalmente, lo correcto habría sido que Almagro hubiese respetado la posesión del Cuzco que ya tenía Pizarro, como, con claridad meridiana, le había advertido Carlos V (en la carta que ya hemos visto), ordenándole que saliera de la ciudad injustamente ocupada. O el documento llegó tarde, o Almagro atacó sin darse por enterado.
     Continúa diciendo Garcilaso: “Estas medidas y razones inconsistentes imaginaron Almagro y los de su bando para precipitarse en abandonar Chile y volverse al Cuzco, donde tantos males causaron a su vuelta. Hernando Pizarro (recordemos que Francisco Pizarro se encontraba en la lejana Lima), con el parecer de los suyos, respondió que él no estaba con su autoridad, sino con la del gobernador, a quien había hecho pleito homenaje (juramento solemne y tradicional de los caballeros) de no entregar la ciudad del Cuzco a otro sino a él. Por lo que no cumpliría con la ley de caballero ni con la obligación militar si se la entregase”.

     (Imagen) Se podría decir que las guerras civiles las empezó ALMAGRO apoderándose del Cuzco y apresando a HERNANDO y GONZALO PIZARRO. Hubo que esperar  nueve años para que llegara el hombre providencial que iba a acabar con todas las rebeldías: PEDRO DE LA GASCA. Qué poco se habla de él y qué grande fue. Era un clérigo que había sido soldado. Y un extraordinario político al que con toda justicia se le llamó El Pacificador. Toda esa experiencia tuvo que ponerla otra vez en práctica en Perú para conseguir lo que parecía imposible, derrotando con astucia a Gonzalo Pizarro, para después ocupar a todos los capitanes en seguir conquistando tierras nuevas bajo una única bandera. Fue duro cuando hizo falta, pero nunca por venganza. No necesitó más que cuatro años para dejar el Perú encarrilado. Se volvió a España en 1551, y Carlos V lo llevó consigo  en su viaje a Flandes, sin duda agradecido. Fue nombrado sucesivamente obispo de Palencia y de Sigüenza, donde murió con 74 años. BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO cuenta algo irrepetible y maravilloso. Para reunirse con FELIPE II (todavía Príncipe), hacían antesala cuatro personajes magníficos de las Indias: el propio BERNAL, el apocalíptico BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, el gran humanista y defensor de los indios VASCO DE QUIROGA y PEDRO DE LA GASCA. Vasco le reprochó a Pedro haber sido demasiado blando ante los abusos de los españoles contra los nativos. Pedro le contestó bromeando, porque se equivocaba: hasta en eso fue modélico, y los indígenas lamentaron mucho que tuviera que marcharse.



jueves, 19 de abril de 2018

(Día 672) En su discurso, Manco Inca (según Garcilaso) dijo que los españoles les vencieron con ayuda de los dioses, por lo que era inútil luchar contra ellos. Manco Inca decide abandonar las batallas y retirarse a Vilcabamba, que era un sitio seguro.


     (262) Sigue Garcilaso poniendo palabras en el solemne discurso de Manco a sus hombres: “Todo lo que dijo mi padre ha salido verdad, pues cuando entraron los extranjeros en nuestro imperio, enmudecieron nuestros oráculos, lo que es señal de que se rindieron a los suyos. Y sus armas también han rendido las nuestras, pues aunque al principio matamos a algunos de ellos, los ciento setenta que quedaron nos resistieron, y aun podemos decir que nos vencieron. Pero no se pueden loar de habernos vencido ellos, sino las maravillas que vimos. Porque el fuego perdió su fuerza, sin quemar la casa donde ellos moraban, y quemó todas las  nuestras (menciona también las otras ayudas ‘celestiales’ que tuvieron). Todo lo cual, bien  mirado, nos dice a las claras que no es obra de hombres, sino del Pachacamac (dios creador de la tierra). Y pues él los favorece y a nosotros desampara, rindámonos voluntariamente para que no veamos más males sobre nosotros. Yo me voy a las montañas de los Antis (los Andes) para que su aspereza me defienda. En ellas viviré quieto, sin enojar a los extranjeros para que no os maltraten por mi causa”.
     Sigue diciendo Garcilaso: “Con esto acabó Manco Inca su plática. Sus principales derramaron muchas lágrimas, pero no le respondieron, ni osaron resistirle, porque vieron que aquella era su determinada voluntad. Luego despidieron a la gente de guerra, mandándoles que se fuesen a sus provincias y que obedeciesen y sirviesen a los españoles. Manco Inca  recogió a todos los que pudo de su sangre real, y se fue a las bravas montañas de los Antis, a un sitio que llaman Vilcabamba, donde vivió en destierro y soledad hasta que un español (a quien él amparó de sus enemigos y de la muerte que le querían dar) lo mató, como en su lugar veremos”. En realidad, Manco Inca siguió dirigiendo escaramuzas, y ese español que lo mató formaba parte de un grupo de almagristas que huían de la amenaza de los pizarristas. Pero como dice Inca Garcilaso, “en su lugar lo veremos”.
     Se puede decir, pues, que el inicio de las guerras civiles fue el imprudente paso de Almagro al ocupar por la fuerza el Cuzco y apresar a Hernando y Gonzalo Pizarro, entre otros. Pero una visión conjunta del problema lleva forzosamente a considerar que tanto él como Pizarro fueron responsables de aquella catástrofe (la más desastrosa entre españoles), sobre todo por haber pasado a la acción sin esperar la última palabra del emperador. El primer ‘metepatas’ fue Almagro, y con ello perdió en gran medida la legitimidad que tenía para protestar contra los muchos abusos que había sufrido por parte de Pizarro y de su hermano Hernando. A lo que hay que añadir la mala gestión del asunto desde la Corte Española, que, por una falta de previsión (o por la fatalidad de que no llegara a tiempo la orden dada a Almagro de que devolviera el Cuzco a Pizarro), solo consiguió apagar el fuego cuando la situación era ya catastrófica. Para darse cuenta de lo sumamente difícil y discutible que resultaba saber entonces de qué parte estaba la razón en cuanto a los límites de ambas gobernaciones, basta con observar un detalle de los cronistas. Hablan y hablan de los numerosos documentos que se fueron redactando para zanjar el asunto, pero ninguno (salvo algún dogmático) se define sobre quién tenía la última razón, escurriéndose por la ambigüedad. Incluso los historiadores han defendido posturas contrarias, y lo siguen haciendo.
   
      (Imagen) La vuelta de ALMAGRO desde Chile solo tuvo una ventaja. MANCO INCA, que estaba ya desmoralizado al ser expulsado por HERNANDO PIZARRO de la gran fortaleza de SACSAHUAMÁN, viendo ahora que las tropas españolas aumentaban, decidió refugiarse en las abruptas montañas de la también fortalecida VILCABAMBA. Allí sostuvo su rebeldía, pero solamente en plan guerrillero, aunque su resistencia y la de sus sucesores durará treinta y cinco años. Aquello era como lo de PELAYO en COVADONGA: un reducto montañoso en el que defender los rescoldos de una dinastía monárquica, frente a unos enemigos que no entraban en él para atacarlos pero los vigilaban de cerca. Algunos  miembros de la familia real se integraron en la cultura española. Pero hubo cuatro que continuaron manteniendo su título imperial, en medio de treguas y peleas con los conquistadores: MANCO INCA, SAYRI TÚPAC, TITU CUSI YUPANQUI y TÚPAC AMARU, con quien se puso fin a la rebelión porque llegó a Perú el hombre capaz de hacerlo, DON FRANCISCO DE TOLEDO, quizá el mejor virrey, aunque desprestigiado en la memoria histórica de los peruanos. Trató, sin éxito, de lograr la paz con Túpac Amaru. Envió una  nueva embajada, y todos sus componentes fueron liquidados. El virrey decidió atacar. Quien recibió el encargo fue el gran MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA (sobrino nieto de SAN IGNACIO). Apresó a TÚPAC AMARU, y lo ejecutaron. Ocurrió en 1572,  y vino a ser prácticamente el final de la rebeldía inca, así como el nacimiento en el imaginario popular de un héroe y un villano: el emperador inca y el virrey español.



miércoles, 18 de abril de 2018

(Día 671) Manco Inca no se atrevió a matar a Almagro en la entrevista que tuvieron, ni quiso asociarse con él. Hernando Pizarro también fracasa al intentar que Saavedra se pase a su bando con los hombres de Almagro. Manco Inca, sabiendo que, si atacase a un bando, se unirían todos los españoles, decide renunciar temporalmente a la guerra.


     (261) Nos habla Garcilaso del momento en que Diego de Almagro se presenta en el Cuzco: “Cuando Almagro llegó , Manco Inca había aflojado del todo el cerco del Cuzco al creer que iba a socorrer a los suyos, sin saber la intención que traía contra los Pizarros. Don Diego procuró hablarle para atraerle a su bando, porque se conocían de antes. El Inca consintió en verle con propósito de matarlo, porque pensaba que así podría matar más fácilmente a los demás. Se vieron y hablaron, mas ninguno salió con su intención, porque don Diego, como soldado prudente, fue bien acompañado de los suyos, ni el Inca quiso inclinarse al bando de don Diego”.
     También entre los españoles andaban las argucias: “Hernando Pizarro envió un mensajero con el fin de que tentase a Juan de Saavedra, que había quedado solo con la gente de Almagro (mientras este visitaba a Manco Inca), para que se la entregase, diciéndole que le haría grandes favores y honra. Mas Juan de Saavedra, que era caballero de la muy noble sangre sevillana de este apellido, y él por sí de gran bondad y virtud, no hizo caso de las promesas por no hacer cosa contra su honra”.
          Explica muy bien Inca Garcilaso la situación de los tres personajes que van a entrar en terrible discordia: “Así quedaron los tres bandos mirándose unos a otros sin querer avenirse. Manco Inca veía que don Diego de Almagro había vuelto de Chile con más de cuatrocientos cincuenta españoles, aunque allá había perdido casi doscientos en el paso de la sierra nevada y en la conquista de aquel reino, y que, si en tantos meses de cerco del Cuzco no había podido someter a ciento sesenta españoles, menos podría ahora con seiscientos, aunque estuvieran enemistados, pues en cuanto acometiera a una de las partes, se habían de juntar todos contra los indios, lo que sería su destrucción. Consideraba que en poco más de un año que llevaban alzados, faltaban más de cuarenta mil indios, que habían muerto a manos de sus enemigos, de hambre y  de los demás trabajos  que la guerra trae consigo. Habiendo consultado estas cosas con los pocos parientes que tenía, resolvió dejar la guerra”.
     De la misma manera que vimos cómo Cieza, aunque informado por testigos, compuso la arenga que Manco Inca echó a los más notables de su pueblo cuando decidió alzarse contra los españoles, también ahora Inca Garcilaso recrea las palabras que utilizó para justificar la sensatez de abandonar la lucha. La narración de Cieza abrió el escenario del alzamiento indio y la de Garcilaso lo cierra (temporalmente), aunque  imagina un discurso más propio de alguien que ve en el triunfo de los españoles un designio divino, porque nos muestra a Manco Inca diciéndoles a sus oyentes que era inútil seguir luchando contra unos hombres que habían sido favorecidos por grandes milagros (el fuego que no ardía, etc.), y que ya su padre Huayna Cápac había profetizado que “gentes no conocidas habían de quitarnos nuestro imperio, y que su ley sería mejor que la nuestra”.

     (Imagen) Vale: la ilustre sangre de JUAN DE SAAVEDRA sería sevillana (como dice Inca Garcilaso), pero él no. Lo que sí resulta incuestionable es que fue un hombre sensato y humano. Por ser uno de sus capitanes de confianza, Almagro, durante la campaña de Chile, le confió la misión de avanzar explorando hacia el sur  en aquel barco que, como ya vimos, había traído con refuerzos Francisco Noguerol de Ulloa. Llegaron los dos hasta una bahía a la que Saavedra le puso el nombre de VALPARAÍSO. Sería muy hermosa, pero ha quedado así llamada porque Saavedra nació  en un pueblín de Cuenca llamado VALPARAÍSO DE ARRIBA. Dicen que la patria de un hombre es la infancia, y en medio de las batallas constantes, los horrores, el sufrimiento y la enorme lejanía del lugar en el que vino al mundo, Juan de Saavedra mostró su agradecimiento por lo que más amaba. Cuando, como veremos, Almagro apresó a Hernando Pizarro, Saavedra fue uno de los que se opusieron a que fuera ejecutado. En las guerras civiles (las aborrecía) solo fue fiel a los almagristas hasta que se rebelaron contra la Corona. Siempre escogió lo que le parecía más correcto. Tuvo que abandonar las tropas de Almagro el Mozo y pasarse a las de Gonzalo Pizarro para ser fiel a la Corona. Y, lo que son las cosas, muerto ya ‘el Mozo’, decidió luchar junto al virrey contra Gonzalo por su clara rebeldía. Consta que en 1551 vivía en el Cuzco, pero pronto partió para España, muriendo el año 1554 en el conquense pueblo de sus amores, Valparaíso de Arriba. La chilena VALPARAÍSO (hoy con un millón de habitantes) la fundó PEDRO DE VALDIVIA ocho años después, pero respetó el nombre que Saavedra le puso a su bahía. Bien hecho.



martes, 17 de abril de 2018

(Día 670) Inca Garcilaso nos sitúa de nuevo en la trama de Manco Inca para atacar ya a los españoles que iban con Almagro a Chile, mientras él lo haría en Perú. Al no surgir la oportunidad, huye Villahoma y se queda Paullo (quien más tarde será un aliado fiel de los españoles).


     (260) Garcilaso nos sitúa en los tres escenarios que estaban en ebullición simultánea: las andanzas de Almagro en Chile, el cerco del Cuzco y el cerco de Lima. El personaje de Manco Inca está infravalorado. Tuvo el mérito excepcional de ser quien más dificultades ocasionó a los españoles, movilizando en su rebeldía cientos de miles de indios, y logrando poner literalmente en jaque a los invasores. Y todo ello a pesar de que solo tenía unos veinte años. Se le puede considerar, con toda justicia, un emperador inca tan valioso o más que los míticos Atahualpa y Huayna Cápac, porque se atrevió a batallar contra un enemigo superior, frente al que fracasó, pero con honor, y habiendo estado cerca de alcanzar la victoria. Tan cerca estuvo, que Pizarro se vio obligado a llamar urgentemente a todos los capitanes que estaban en otras lejanas campañas, como la de los chachapoyas y la de Quito, y a pedir desesperadamente ayuda exterior, enviando cartas a Santo Domingo, México,  Nicaragua y Panamá.
     Inca Garcilaso, hablando de las andanzas de Almagro por Chile, nos recuerda la traición que tenía preparada el gran líder de los incas: “Atrás dijimos que el Príncipe Manco Inca envió un mensaje a Chile avisando a su hermano Paullo y al sacerdote Villahoma de la determinación que tenía de matar a todos los españoles que había en el Perú para recuperar su imperio, y diciéndoles que ellos hiciesen lo mismo con don Diego de Almagro y con sus hombres. Los mensajeros llegaron, pero Paullo y los suyos, habiendo entrado en consulta, no se atrevieron a hacer cosa alguna contra los españoles, por parecerles que tenían pocas fuerzas para acometerles a descubierto por haberles ahogado y muerto el frío y la nieve más de diez mil indios en la Sierra Nevada, como ya vimos. Tampoco se atrevieron a acometerles de noche secretamente, porque veían que los españoles andaban vigilantes. Por lo cual acordaron disimular su intención y servir a los españoles fielmente hasta que se les ofreciese la ocasión de ejecutar su deseo. Pero cuando se vieron en la población de Atacama, fuera ya de los despoblados de Chile, acordaron que Villahoma huyese, y que Paullo se quedase, aunque solo fue para dar aviso a Manco Inca de lo que los españoles quisiesen hacer contra él”.
     Esto deja claro algo que parecía confuso. Como veremos más adelante, Paullo Inca, por oportunismo o por convicción de que la cristiana era una cultura superior, terminó aceptando el papel de emperador nombrado por los españoles, e incluso bautizándose (ya lo comenté), rompiendo totalmente cualquier implicación con la rebeldía de su hermano Manco Inca. Pero todo indica que, durante su estancia en Chile, se mostró fingidamente colaborador para llegar sano y salvo al Cuzco. De manera que, si no intentó acabar con los españoles, fue porque le pareció una tarea imposible. Caso muy distinto fue el de Villahoma, puesto que, llegado a Perú, se convirtió en una figura estelar de la sublevación general liderada por Manco Inca.

     (Imagen) En la imagen vemos una biografía de MANCO INCA. Es uno de los héroes nacionales de Perú porque, con su rebeldía, estuvo a punto de dar jaque mate a los españoles en su cerco del Cuzco y de Lima. Pero hay que reconocerle también un mérito extraordinario al Sumo Sacerdote VILLAHOMA, otro miembro de la familia real de los incas. Su influencia sobre el jovencísimo Manco Inca era poderosa, y todo hace suponer que, aunque actuando en segundo plano, fue él quien le quitó de la cabeza las absurdas ilusiones de que los españoles le devolvieran todo el poder imperial sobre el pueblo inca, y lo convenció de que, sin más dilaciones, se levantara en armas para acabar con ellos. Había acompañado antes de forma astuta a Almagro en su viaje a Chile, yendo junto a Paullo, un hermano de Manco Inca, con la retorcida intención de que los miles de indios que llevaban destruyesen a los españoles. Pero no su surgió la oportunidad. VILLAHOMA huyó, se juntó con Manco Inca, y fue, actuando como capitán, un hombre decisivo en el impulso de la rebelión general de los incas. A punto estuvieron de triunfar, pero se les tornó la suerte. En 1539 VILLAHOMA fue apresado por los españoles y conducido a la ciudad del Cuzco. Tras negarse a mediar para que Manco Inca se rindiera, PIZARRO lo mandó quemar vivo en el valle de Yucay, junto a varios capitanes incas. He visto en PARES que, ya en 1543 (muerto también Pizarro), CARLOS V le escribió a MANCO INCA (quien, al parecer, quería negociar una paz) diciéndole que se presentara ante el virrey BLASCO NÚÑEZ VELA, que tenía orden de “no hacerlo preso, sino, por el contrario, favorecerlo, honrarlo y hacerle mercedes”. De nada sirvió, porque Manco Inca murió asesinado dos años después.



lunes, 16 de abril de 2018

(Día 669) Hernando Pizarro y los pocos que estaban con él se resistieron al ataque de Almagro, pero fueron rendidos quemando la casa. Los apresaron y luego soltaron a todos, menos a Hernando y a su hermano Gonzalo.


    (259) Sigamos con los penosos momentos que van a vivir el desesperado Hernando Pizarro y sus hombres: “Pues estando Hernando Pizarro en un galpón (cobertizo) en medio de las casas en que vivía, al oír el ruido de Almagro con su gente, él y los que le acompañaban salieron armados y se pusieron a la puerta. Queriendo Almagro y los suyos prenderle, estuvieron peleando un gran rato, y aunque los que estaban con Hernando Pizarro eran pocos, no pudieron entrar. Almagro llevaba más de trescientos hombres. Hernando Pizarro tenía poca gente porque, como he dicho, creyó que Almagro respetaría la tregua. Visto que Hernando Pizarro no se quería rendir, Almagro mandó poner fuego al galpón, que era de paja, y hasta que empezó  a caerse abajo con el fuego, no quiso entregarse, y lo hizo porque le dijeron que se condenaría si allí se quemaba (se supone que por falta de confesión, pues eran los incas quienes tenían ese temor por el hecho de ser quemados vivos). Almagro lo entregó al capitán Rodrigo Orgóñez y a algunos de sus amigos de los que más se fiaba, y lo metieron en una casa fortalecida y tapiada, en la que dejaron solo un postigo pequeño por donde cupiese un hombre”.
     Tomaron posesión completa del Cuzco y empezaron las precauciones y el mal trato: “Al día siguiente, los de Almagro nos llamaban traidores a los que estábamos con Hernando Pizarro,  siendo nosotros los que estábamos con Hernando Pizarro sirviendo a Su Majestad en la defensa del Cuzco contra los indígenas. Don Diego de Almagro mandó quitar las armas y los caballos a los sospechosos de enemistad y a los que estábamos con Hernando Pizarro. Asimismo, prendió a algunos amigos y parientes de Hernando Pizarro, como Gonzalo Pizarro, Pedro Pizarro, Alonso de Toro y otros, y así los tuvo algunos días, excepto a Hernando Pizarro y a Gonzalo Pizarro, pues no los soltó hasta después, como adelante diré (Gonzalo huyó)”.
     Así como Pedro Pizarro siempre adorna la figura de los Pizarro y critica ásperamente a Almagro, hay alguien que carga las tintas en sentido contrario: don Alonso Enríquez de Guzmán. A Francisco Pizarro lo respetó, e incluso le dedicará algunos elogios, pero  mostró un odio furibundo contra Hernando Pizarro. También estaba en el Cuzco, y en cuanto pudo, se pasó al bando de Almagro. Más que oportunismo de traidor, pareció ser la ocasión perfecta para abandonar a un Hernando Pizarro que le resultaba insoportable, quizá porque lo ninguneó a pesar de ser tan linajudo; pero Enríquez era mal enemigo, y aunque cuenta hechos ciertos, sus rencores dañan la objetividad. En cuanto a Almagro, que generalmente fue muy criticado por los cronistas, Enríquez lo ensalza de forma exagerada, elevándolo a un pedestal casi mítico. Recogeré bastantes cosas de las que cuenta Enríquez, pero no estará de más seguir ahora con la crónica de Inca Garcilaso, retrocediendo algo, y llegando después al punto en que estamos. Quizá sea el más equilibrado (junto con Cieza) al hacer juicios de valor sobre Pizarro y Almagro, reconociendo que los dos tuvieron grandes virtudes, pero sin ocultar los errores que cometieron.

     (Imagen) La imagen es parte de la primera página de una carta muy importante (abril 1538) que he encontrado en PARES, y que nunca he visto mencionada. Es de CARLOS V y va dirigida a DIEGO DE ALMAGRO. Le dice, entre otras cosas, que “volviendo Vos de la conquista de las tierras de vuestra gobernación, os habéis venido a la ciudad del Cuzco, adonde estaba Hernando Pizarro, hermano del gobernador Don Francisco Pizarro, con otros españoles en su compañía, los cuales estaban cercados de los indios naturales de la tierra…”. El Rey  le van contando lo que ocurrió, porque todo lo sabe: la exigencia de Almagro a Hernando para que le entregue el Cuzco, cómo terminaron los dos comprometiéndose a una tregua, y de qué manera Almagro la rompió violentamente, apresando a Hernando y a los oficiales de la Corona. Hasta cuenta que DON ALONSO ENRÍQUEZ DE GUZMÁN hizo algo más que pasarse al bando de Almagro, como contó en su libro. Hernando lo había enviado junto al licenciado Prado para negociar con Almagro. Y dice Carlos V (que conocía de sobra las ‘mañas’ de Enríquez): “Los cuales, dejando de hacer lo que se les había encargado y debían, se concertaron con Vos para entregaros la ciudad del Cuzco”. La carta tiene gran valor porque, en ese momento inicial de los conflictos, el Rey, con justo criterio jurídico, le ordena tajantemente y con amenazas a Almagro que le devuelva la ciudad a Pizarro. Se supone que la importantísima carta no llegó a tiempo a su destino. Empezaron las guerras y tres meses después Almagro fue derrotado. Lo que no se entiende es que HERNANDO PIZARRO (sin duda con la conformidad de PIZARRO) lo ejecutara de inmediato (julio 1538). De  no hacerlo, habrían tenido para siempre un respaldo de la Corona tan sólido como el que aparece en esta carta.



sábado, 14 de abril de 2018

(Día 668) Almagro se planta frente al Cuzco. Hernando Pizarro, temiendo lo peor, le envía mensajeros para que no haga nada hasta que se sepa lo que decide Francisco Pizarro. Se establecen unas treguas, pero Almagro las viola y entra en el Cuzco por la fuerza. Rodea la casa en la que se encuentra Hernando con su hermano Gonzalo y otros capitanes.


     (258) La reacción de Hernando Pizarro fue inmediata: “Entendiendo  lo ya dicho, dimos la vuelta sin parar, temiendo que don Diego de Almagro entrase en el Cuzco. Cuando llegamos, Almagro no había salido aún de Yucay, y al otro día por la mañana se juntaron con los de Urcos para ir contra el Cuzco”. El cronista deja caer  otro comentario sobre la ‘nobleza’ de Hernando: “Bien habría podido, si quisiera, desbaratar a los españoles que habían quedado en Urcos, pero creyó que Almagro guardaría el juramento que tenía hecho con el Marqués Francisco Pizarro, y no lo hizo para no faltar al deseo de Su Majestad, pues bien comprendió él la mala intención que Almagro tenía (más parece que le frenara el desesperado deseo de no provocar al poderoso enemigo)”.
     Dando otro paso, Almagro va a abrir la caja de los truenos que serán la maldición de Perú durante muchos años, algo que Pedro Pizarro jamás olvidaría porque estaba allí presente: “Luego Almagro vino con todos sus hombres y se asentaron junto al Cuzco, donde está ahora el monasterio del bienaventurado San Francisco”. Hernando Pizarro tenía que estar muy angustiado porque sabía lo que pretendía Almagro y se encontraba en inferioridad para la batalla. Intentó negociar. Le envió a Almagro mensajeros para que nada se hiciera hasta que Pizarro estuviera al corriente de la situación y se manifestara sobre el conflicto: “Almagro  no lo aceptó, y le pidió a Hernando Pizarro que le dejara el Cuzco libre. Hubo muchos mensajes por parte de Hernando Pizarro, que bien entendía que no lograba estorbar el propósito de don Diego de Almagro, el cual nunca quiso entender en lo que se trató, sino solo en que le habían de dar el Cuzco libre. Estando en estas discusiones, pusieron treguas entre ellos para poner orden en lo ya dicho, y estando las treguas puestas, don Diego de Almagro, a medianoche, con tambor y pífano, entró en el Cuzco por tres partes, y lo tomó. Después de entrar en la plaza sin encontrar resistencia (lo que solo se entiende por la escasez de la tropa de Hernando Pizarro), fue luego Almagro con la gente más principal a las casas donde Hernando Pizarro vivía, para prenderle, y estaba  entonces con algunos amigos”.
     Nos encontramos en el mismísimo inicio de las guerras civiles y es oportuno hacer un comentario. El proceso de este desastre va a ser muy complejo debido a dos cosas: la falta de precisión al señalar el rey el límite entre las dos gobernaciones, la de Pizarro y la de Almagro, y (lo que fue más decisivo), la precipitación egoísta de intentar zanjar el asunto con argumentos viciados por el interés. Los dos van a tomar decisiones sin fundamento suficiente. Los dos se verán potenciados por la enorme fuerza de la ambición de sus propios seguidores. Los dos tratarán de hacer trampa, y quizá el menos culpable resulte a la larga Almagro. Pero una cosa es cierta: el primer paso en falso en esta locura lo acaba de dar Almagro porque, por mucho que se aferrara al argumento de que la provisión del rey dejaba claro que el Cuzco le pertenecía a él, no era así, ya que hacía falta la decisión de pilotos competentes que señalaran con exactitud si el Cuzco le pertenecía a uno o a otro. Y de no aceptarse por ambas partes su peritaje, habría sido necesario esperar la aclaración definitiva del rey, quedando, naturalmente, las cosas como estaban, es decir, con el Cuzco en poder de Pizarro. Es evidente que, quien encendió la mecha que iba a producir la enorme explosión, fue Almagro. Con el agravante jurídico de que nadie puede quitar algo por la fuerza a quien lo posee, y menos aún si sus derechos de propiedad son muy dudosos.

     (Imagen) Al margen de sus hipotéticos derechos, Almagro cometió un atropello jurídico al apoderarse del Cuzco violentamente  y apresar a Hernando Pizarro. Pronto volaron cartas hacia la Corte denunciándolo (también de Almagro intentando justificar lo imposible). La imagen es una comunicación al rey de una de las cartas recibidas. Y dice (resumido): “Hernando de Zaballos, en nombre del Marqués don Francisco Pizarro y de Hernando Pizarro, dice que Vtra. Majestad, siendo informado de las alteraciones que ha hecho el Mariscal don Diego de Almagro, mandó sus provisiones dirigidas al dicho don Diego de Almagro para que luego (pronto) él y la gente que tenía en la ciudad del Cuzco saliesen de ella y la dejasen libre al dicho Marqués, y soltase a Hernando Pizarro y a las otras personas que tiene apresadas, so ciertas penas de apercibimientos en las dichas provisiones contenidas. Y porque podría ser que el dicho Mariscal don Diego de Almagro, por estar tan lejos de Vtra. Majestad, o por causa de algunas personas que están con él, bulliciosas, no quisiese cumplir las dichas provisiones, y de ello se recrecieran otros muchos alborotos, para evitarlos y para que se cumplan las dichas provisiones, conviene que se nombren cuatro personas de letras y conciencia para que se las hagan cumplir, porque si se hubiese de venir hasta acá a poner remedio, la tierra se perdería antes”. DESESPERADA LLAMADA DE AUXILIO. La Corona no actuó con energía para eliminar el fuego incipiente. Años después tuvo que apagar un monstruoso mar de llamas.



viernes, 13 de abril de 2018

(Día 667) Pedro Pizarro llega a decir (temerariamente) que Almagro había matado a dos hermanos de Manco Inca para congraciarse con él. Hernando Pizarro se da cuenta de que Almagro quiere aliarse con Manco Inca, pero lo cierto que este lo atacó, teniendo que volverse Almagro a Yucay (cerca del Cuzco).


     (257) Sigamos conociendo lo que cuenta Pedro Pizarro: “De allí a pocos días de recibir la noticia de que Don Diego de Almagro volvía de Chile, supimos que había llegado a Urcos, a seis leguas del Cuzco, y desde allí mandaba mensajeros para hacer tratos con Manco Inca, que era su amigo, como tengo dicho, por los dos hermanos que, según se dijo, le mató a ruego suyo antes de ir a Chile (nuevamente hace una dura acusación -que ya la soltó antes- no mencionada por otros cronistas)”. En lo que sí coinciden los cronistas es en que Almagro había tenido buena relación con Manco Inca antes de partir para Chile (también Pizarro) y trataba de establecer una alianza con él. Por eso mandó a Ruy Díaz que fuera a visitarle para proponerle algún trato. Pedro Pizarro lo cuenta, pero deforma los hechos: “Almagro envió a un Ruy Díaz como mensajero ante Manco Inca, para rogarle que saliese de paz, pues era su amigo. Llegado Ruy Díaz adonde Manco Inca estaba, le recibió muy bien”. Quizá fuera así, pero no menciona que Manco Inca estaba decidido a acabar con todos los españoles y apresó a Ruy Díaz (como ya comenté). Es cierto que Almagro planeaba fortalecerse aliándose  con Manco Inca, y hasta es posible que le alentara en ese sentido el inca Paullo, hermano suyo, con el que había compartido el largo viaje de dos años por Chile. En cualquier caso, Pedro Pizarro deja claro que pronto se produjo el enfrentamiento entre Manco Inca y Almagro, prueba evidente de que no existía tal relación de compinches por favores mutuos: “Mientras duraban estos tratos entre Manco Inca y Almagro, fueron falsos de parte del Inca, pues pensaba coger a los españoles divididos y matarlos. Salió mucha gente de guerra contra Almagro, y tras una pelea, se fue a Yucay (cerca del Cuzco), dejando parte de sus hombres fortalecidos en Urcos. Sabiéndolo Hernando Pizarro, nos mandó que fuésemos a Urcos para entender cuál era la causa por la que se había quedado allí, sin venir al Cuzco (no sabía que Almagro estaba en Yucay)”.
     “Pues llegados que fuimos a un llano que hay  a la entrada de Urcos, salieron algunos españoles a hablar con recato a Hernando Pizarro y le dijeron que Almagro no estaba allí porque había ido a verse con Manco Inca;  entonces entendió la mala intención con que venía, que era la de tomar el Cuzco por fuerza, no guardando el juramento que tenía hecho con su compañero, el Marqués, y habiendo podido poblar en Charcas, Arequipa y Chile, no lo hizo, aunque los suyos se lo pidieron, y se entendió que fue para venir con más pujanza a tomar el Cuzco, como lo hizo”. No hay duda de que Almagro, al fracasar en su campaña, rompió el casi sacrílego juramento de eterna amistad que habían hecho él y Pizarro antes de salir para Chile. Pero en esta dramática historia veremos que uno y otro van a recorrer un largo camino de negociaciones sin salida, con cartas marcadas, intentando conseguir dentro de la legalidad y la paz lo que deseaban, pero dispuestos a orillarlas si no quedaba  más remedio para lograr sus ambiciones. Va a ser un angustioso y lamentable espectáculo que nos brindará Cieza en su espectacular crónica. Una auténtica fatalidad.

    (Almagro) Qué poco le queda de vida a Almagro. Se va a meter en una batalla contra Pizarro en la que terminará ejecutado. Estaba tan deteriorado físicamente (por la edad y, entre otras cosas, también por la sífilis) que no pudo participar en ella, sino solamente ver desde un montículo el desarrollo de su catástrofe. Tuvo un enorme mérito su aportación a la conquista de Perú, y más todavía lo que padeció durante dos largos años en la terrorífica campaña de Chile, con el flamante título de  mariscal. También era gobernador, y la disputa con Pizarro por los límites de sus competencias provocará las guerras civiles, probablemente porque, aunque eran grandes conquistadores, ninguno de los dos tuvo sabiduría política. Es posible que, de no haber muerto el sensato clérigo Hernando de Luque, el tercer socio de la gloriosa empresa, no hubiese estallado el fatal conflicto. El sufrido Almagro tuvo siempre que luchar contra vientos desfavorables, y terminó trágicamente. Pero llegó a tocar el cielo cuando supo que Atahualpa había sido apresado después de NUEVE AÑOS de penas sin fin. Era tan grande lo conseguido, que, cuando llegaron al Consejo de Indias unas cartas del licenciado Espinosa y del deán de Tierra Firme contando aquel milagro, sus miembros le escribieron al secretario del Rey (texto de la imagen) diciéndole que, por parecerles todo tan extraordinario, no pensaban enviárselas a Su Majestad hasta que tuvieran una confirmación estricta de los hechos por medio de cartas de Pizarro y de Almagro.



jueves, 12 de abril de 2018

(Día 666) Garcilaso cuenta anécdotas: Gonzalo Pizarro salva su vida con la ayuda de su hermano Hernando y de Alonso de Toro. Un indio muy bravo pone en ridículo a dos españoles, Gonzalo va a por él, pero no deja que le ayuden los otros. El indio al ver el gesto de Gonzalo se rinde agradecido y se convertirá en su fiel criado.


     (256) No vendrá mal enlazar en este punto con Inca Garcilaso de la Vega porque cuenta también bastantes anécdotas sobre el cerco que sufrieron los españoles en el Cuzco: “Con la muerte del buen Juan Pizarro (Garcilaso siempre ensalza los méritos), cobraron ánimo los indios viendo que era hermano del Gobernador y hombre tan principal y valiente. Los cristianos tenían que salir porque, mientras duró el cerco, siempre tuvieron necesidad de comida, pues la que traían los criados indios no bastaba para sustentarlos. Un día, saliendo Gonzalo Pizarro con veinte de a caballo con más animo que prudencia, pues eran pocos,  le atacaron tantos indios que, aunque su lanza fue de las mejores que hubo en el Nuevo Mundo, lo tuvieron casi rendido, y se salvó porque le socorrieron Hernando Pizarro y Alonso de Toro”. Cuenta después un caso en el que un indio dejó en ridículo a dos españoles, y tiene la delicadeza de no decir sus nombres: “Hubo una gran batalla en la que casi todos los indios huyeron, pero quedaron algunos capitanes que tuvieron por mejor morir ante su Inca, que los miraba desde un otero, que huir en su presencia. Contra uno de estos arremetió encima de un caballo y con una lanza un caballero que yo conocí, y el indio le asió de ella y se la quitó. Al verlo otro caballero, le atacó tirándole una lanzada, y el indio se la quitó también para defenderse de los dos, cuyos nombres se callan por respeto de sus descendientes, que uno de ellos fue mi condiscípulo en la gramática”. Lo que ocurrió después fue muy notable. Había visto lo que pasaba Gonzalo Pizarro (nos acaba de decir Garcilaso que era un artista con la lanza) y fue derecho hacia el indio gritando a los dos chasqueados que se apartaran. También le agarró la lanza, pero sin tanto éxito: “Gonzalo Pizarro, por no perder la lanza, echó mano de de ella con la mano izquierda,  y con la derecha sacó la espada para cortar las manos del enemigo. El indio, viendo la espada sobre sí, soltó la lanza y se agachó para coger una de las otras.  Los dos caballeros, que estaban mirando, arremetieron para matarle, pero Gonzalo Pizarro a grandes voces les dijo que el indio no merecía que le hicieran daño, sino mucha merced. Los caballeros se detuvieron, y el indio, dándose cuenta de que las voces de Gonzalo Pizarro le habían socorrido, soltó la lanza en señal de que se rendía, fue hacia él, le besó la pierna derecha y le dijo: ‘tú eres mi Inca, y yo soy tu criado’. Desde entonces, le sirvió lealísimamente, y Gonzalo Pizarro le amaba como a su hijo, hasta que el indio murió en la campaña de la Canela. Esto me contó Francisco Rodríguez de Villafuerte, que se hallaba en aquella batalla, y Gonzalo Pizarro decía que nunca luchando se había visto en tanto peligro como aquel indio le había puesto”. En varias ocasiones, los españoles admiraron el valor de algunos indios y procuraron salvarles la vida. La campaña de la Canela fue una terrible aventura de Gonzalo por el Amazonas (más adelante lo veremos), donde no solo murió el valiente indio, sino la mayoría de los integrantes de la expedición, pero que, sin embargo, le dio la oportunidad a Francisco de Orellana de seguir río abajo hasta convertirse en el primero que lo recorrió entero.

     (Imagen) GONZALO PIZARRO tenía ansias de alcanzar las alturas con vuelo propio. Hasta el punto de que le escribió una carta  al rey (la de la imagen) pidiéndole que le confiara alguna misión. En la misiva, le habla con muchos rodeos sobre la labor que ha hecho junto a su hermano Hernando Pizarro consiguiendo que la tierra esté como está, ya pacificada. Le pide que lo premie enviándolo a servir en más partes “porque quien ha podido con guerra ganar la paz, celoso de ella, servirá mejor a Vuestra Majestad para conservarla”. Seguro que ni le contestó, porque la petición era del todo inoportuna, ya que esa paz de la que habla Gonzalo había sido lograda a costa de una guerra entre españoles y de la ejecución de Almagro. Pero, pocos meses después, fue el propio Francisco Pizarro quien le dio su gran oportunidad. Le otorgó poderes como gobernador de Quito y licencia para lanzarse a una gran aventura: el descubrimiento, por el terrible cauce del Amazonas, del país de la canela y del mítico Dorado. La aventura terminó con éxito para Francisco de Orellana río abajo, y con un tremendo, aunque heroico, fracaso para Gonzalo. Murieron casi todos sus hombres, y también el bravísimo indio que le servía, al que (como hemos visto hoy) le perdonó la vida por su extraordinario valor. Durante ese tiempo, estando ausentes Hernando y Gonzalo, moría asesinado el gran Pizarro en medio del mayor desamparo.



miércoles, 11 de abril de 2018

(Día 665) Llegan noticias de que Almagro y su tropa vuelven de Chile. Pedro Pizarro culpa injustamente a Alonso de Alvarado por haber llegado al Cuzco más tarde que Almagro. También dice que Antonio Picado consiguió darle el puesto de capitán general quitándoselo a Pedro de Lerma.


     (255) Antes de pasar a la llegada de Almagro al Cuzco, Pedro Pizarro anota un último recuerdo que se refiere a cómo se enteraron, con gran preocupación, de que venía: “Un día, saliendo Gonzalo Pizarro con seis de a caballo a saber si venía socorro de Lima (para eliminar el cerco de los incas), tomó dos indios, por los cuales tuvimos noticia de que don Diego de Almagro volvía de Chile con toda la gente que había llevado, que no debiera, porque con su vuelta se puso fuego  en este reino, y fue el principio de las batallas que en él ha habido, y causa de que surgieran tantos pretendientes y con tan pocos méritos como tenían la mayoría de ellos. Muchos lograron por estas batallas lo mejor de la tierra, y los desventurados que la conquistaron, lo menos y más ruin”. Pedro Pizarro, una vez más, es injusto por lo que no cuenta. Sin duda la catástrofe de las guerras civiles se inició por la vuelta de Almagro, pero tampoco Pizarro quiso esperar a que el Rey zanjara el conflicto que había ente ellos sobre el límite de sus gobernaciones.
     Y para incidir más en su falta de objetividad, acto seguido critica al extraordinario Alonso de Alvarado: “También supimos por estos indios que Alonso de Alvarado, tras salir de Lima para socorrer el Cuzco, y por ruegos de Picado, el secretario que lo hizo capitán quitando a Pedro de Lerma, le prometió no salir de Jauja sin dejar antes pacificados unos indios que el Picado tenía en encomienda, no entendiendo que antes de que la cabeza, que era Manco Inca, fuese desbaratada, era imposible pacificar ninguna provincia. Pues debido a que Alonso de Alvarado estuvo en Jauja con este fin que tengo dicho cuatro o cinco meses, Almagro entró en el Cuzco antes que él. Si hubiera llegado primero Alonso de Alvarado, Hernando Pizarro habría estado pujante de hombres, sin que don Diego de Almagro se atreviera a hacer lo que hizo en el Cuzco, y así ni a él lo mataran ni hubieran sucedido tantas batallas y desventuras como de aquí procedieron”. Los hechos ocurrieron más o menos así, pero Pedro Pizarro sigue camuflando datos. Aunque Antonio Picado mandaba en la sombra casi tanto como Pizarro, de ninguna manera ordenaría algo contra su voluntad. Alonso de Alvarado quizá le debiera el favor mencionado a Picado, pero, como dicen otros cronistas, no era él quien tenía que decidir dónde estar, sino cumplir lo que le mandaban. En lo que sí tendrá razón Pedro Pizarro es en cuanto a que le asignaron a Alvarado el puesto que tenía Lerma, quien, probablemente por resentimiento, fue uno de los que se pasaron al bando de Almagro. No obstante, el gran mérito de Pedro Pizarro como cronista es el de haber participado en los acontecimientos que narra, a lo que se añade el hecho de que, por ser tan tardío su trabajo (año 1571), conoció las obras de sus colegas. Resulta chocante que el gran historiador peruano Raúl Porras alabe, entre las virtudes de Pedro como cronista (que las tuvo), la de la sinceridad, sin matizar que se dejó llevar por las filias y las fobias en cuanto a su evidente partidismo a favor de los Pizarro y a su inquina en contra de Almagro.

     (Imagen) ANTONIO PICADO, nacido en Ciudad Rodrigo, fue polivalente, soldado y escribano. Anduvo luchando por Nicaragua bajo el mando del cruel Pedrarias. Allí conoció a Pizarro, y eso,  más tarde, le cambio la vida. Ya vimos que llegó a Perú con Alvarado y lo traicionó, pasándose a las tropas de Almagro. Seguro que en su cabeza bullían sueños de prosperidad, y acertó. Para bien y para mal, su destino quedó trabado con el de Pizarro. Fue su principal secretario. Pizarro se apoyó en él tanto, que Picado se convirtió en una especie de valido lleno de poder en la sombra, con lo que se libró de los enormes peligros de las batallas y pudo enriquecerse sin medida. Hasta lo designó en el testamento su albacea testamentario, y gobernador interino durante la ausencia de sus hermanos y la minoría de edad de sus hijos. Pero llegó la fatídica hora. Cuando asesinaron a Pizarro, se refugió en casa del poco recomendable tesorero Riquelme, quien lo traicionó avisando a los almagristas. Lo apresaron, lo torturaron para que dijera dónde estaban las riquezas de Pizarro, dijo que no sabía nada, y decidieron ejecutarlo. ANA SUÁREZ, una vampiresa de legendaria belleza, era su amante, y Antonio Picado se casó con ella antes de que lo mataran agarrotado. Parece ser que la ‘hechicera’ lo heredó todo, aunque consta que estuvo casado y tenía un hijo (quizá ya hubiesen fallecido). Pero hubo pleito, porque veo en PARES un triste documento, dos años posterior, que lleva este encabezamiento: Real Cédula del príncipe (Felipe II) a la Audiencia de Lima para que se dé lo que pide a Elena Martínez, vecina de Ciudad Rodrigo y madre de dos hijos residentes en el Perú, Antonio y Francisco Picado; al primero le mandó matar Diego de Almagro (el Mozo) y al segundo lo mataron los indios, de los cuales quedaron muchos bienes que reclama como legítima heredera”.



martes, 10 de abril de 2018

(Día 664) Pedro Pizarro sigue recordando escuetamente a los quince mejores españoles que lucharon junto a él. Habla también de sí mismo. Decía Hernando Pizarro que había allí setenta hombres con los que se atrevería a acometer al triple de los indios que cercaban el Cuzco.


     (254) Sigue Pedro Pizarro ‘pasando revista’: “El Marqués llevó consigo a tres hermanos: Hernando, Juan y Gonzalo (casi nunca se menciona a otro hermano de madre de Pizarro que fue muy querido por él y que murió a su lado, Francisco Martín de Alcántara). Hernando Pizarro era hombre de buen cuerpo, valiente, sabio y animoso, aunque pesado a la jineta (se ahorra que era muy soberbio). Juan Pizarro era valiente y muy animoso, gentilhombre, magnánimo y afable. Gonzalo Pizarro era valiente, sabía poco, tenía muy buen rostro y buena barba; hombre apretado y no largo, y muy buen hombre de a caballo”.
     “Hernando de Soto era hombre pequeño, diestro en la guerra de los indios, valiente y afable con los soldados (habrá que recordar con qué mimo sumergieron sus compañeros su cuerpo en las aguas del Misisipi), dicen que era de Badajoz (de la provincia). Este Soto fue el que partió después a la Florida como gobernador. Gabriel de Rojas era hombre muy prudente en la guerra; dijeron que era de los principales Rojas. Hernán Ponce de León era hombre bien dispuesto, cauteloso, no de a caballo; se le tenía por hidalgo; era hombre bien entendido y buen soldado”.
     Cita a otros, y da algunos datos de sí mismo: “Juan de Pancorbo es vecino del Cuzco. Alonso de Mesa era buen soldado. Valdivieso era buen hombre en la guerra y tenido por hidalgo, natural de Toro. Pedro Pizarro era hombre en la guerra, muy buen hombre de a caballo; lo llevó el Marqués don Francisco Pizarro como paje, de edad de quince años (nació en 1515), y cuando tuvo que ejercerse en la guerra tenía dieciocho años; señalose en algunas cosas; es de los buenos Pizarros de Extremadura; nació en Toledo; fue vecino en Jauja, después en el Cuzco, y ahora (año 1571) de Arequipa”. Se acuerda también con elogios, sobre todo militares, de Hernando de Aldana (toledano), Alonso de Toro (trujillano y muy importante en las guerras civiles del lado de Gonzalo Pizarro), Juan Julio (burgalés), Cárdenas, Castenda, Miguel Cornejo (salmantino), Solar, Tomás Vázquez, Juan Román, Figueroa y Villafuerte. Pero es una lástima que Pedro no contara más cosas de todo lo que conoció sobre el destino de los compañeros a los que recuerda, ni de los acontecimientos históricos de las guerras civiles (quizá no le agradara tocar el tema). Todo apunta a que, por ejemplo, Tomás Vázquez fuera uno, del mismo nombre, cuyos herederos reclamaron, en 1572, los bienes que se le habían confiscado al condenarlo a muerte por haber sido cómplice en el alzamiento de Francisco Hernández Girón contra la Corona. Por otra parte, dada su trayectoria y su parentesco, aunque lejano, se nota en su crónica una fuerte tendencia a ensalzar a los Pizarro y criticar a Almagro,  siendo lógico que apreciara especialmente a los pizarristas.
     Hace una última aclaración sobre este listado: “De otros muchos pudiera hablar, pero por no ser prolijo he dicho de estos porque fueron señalados como hombres especiales en la guerra para un peligro tan grande como era  ir desde el Cuzco hasta Lima, estando la tierra alzada y los caminos quebrados”. Aporta un dato humano: “En el Cuzco hubo setenta hombres señalados en la guerra, y decía Hernando Pizarro que con ellos se atrevería a acometer al triple de indios. He escogido los quince que tengo dichos, y de estos quince hoy están vivos tres: Pedro Pizarro en Arequipa, y Juan de Pancorbo y Alonso de Mesa en el Cuzco”.

     (Imagen) Al margen del gran protagonismo de Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, FRANCISCO MARTÍN DE ALCÁNTARA contó con la máxima confianza, y quizá también la mayor proximidad, de su también hermanastro FRANCISCO PIZARRO (su madre común era Francisca González), quien lo reclutó en 1530, durante su viaje a España, para ir a Perú junto a los otros tres. Fue su confidente, y luchó con bravura (siendo capitán) cuando hizo falta, como en el cerco que Manco Inca puso a la ciudad de Lima. En 1592, Pizarro lo nombró en su testamento uno de sus albaceas. No sospechaba ninguno de los dos cuánto los iba a unir la muerte. Dos años después, fueron asesinados juntos en un furibundo y sangriento ataque de los almagristas. Se extendió el pánico por Lima, donde muchos huyeron o se ocultaron. Pero hubo una increíble mujer, INÉS MUÑOZ, que se atrevió a llamar a la cara traidores a los asesinos, a sepultar los dos cuerpos, y a esconder a los hijos de Pizarro. Era la esposa de FRANCISCO MARTÍN DE ALCÁNTARA. Se casó después con ANTONIO DE RIBERA, Caballero de Santiago. Volvió enviudar, y fundó el Monasterio de la Concepción, donde terminó sus días como abadesa. Mujer emprendedora, ella fue la que llevó el trigo a Perú, y en el documento de la imagen la vemos peleando para que, entre otras cosas, se reconocieran los méritos de sus dos maridos. Naturalmente, lo consiguió. (En la imagen aparece primero ella, con el apellido Ribera, luego Antonio de Ribera, y después Francisco Martín de Alcántara).