martes, 11 de diciembre de 2018

(Día 698) Gracias a un chivatazo, los almagristas apresan a Perálvarez Holguín y a casi todos sus hombres. Alonso de Alvarado, temeroso de que lo traicionen más soldados, los anima con buenos argumentos. Cieza lamenta los males que las traiciones trajeron al Perú.


     (288) Los traidores que se habían pasado de bando ya le habían avisado a Chaves de cuánta gente llevaba Perálvarez Holguín y de la mejor forma de reducirlos: “Se hizo como aconsejaron, de manera que Perálvarez, al ver a los enemigos, quiso ponerse en defensa y aun hacerles frente, pero se vio cercado por todas partes, y al no poder tener ningún provecho, suspendió el herir con las lanzas, e retuvo su brazo no cobarde, sino de español valeroso. E como fuesen tan pocos los que venían con Perálvarez, los cercaron e los prendieron, aunque se escaparon tres que, por tener caballos ligeros, pudieron salir de las manos de sus enemigos. Llegaron adonde Alonso de Alvarado, le contaron lo corrido e dijéronle que los de Almagro los estaban aguardando encubiertos en la bajada de un cerro, y que no sabían por quién les pudo ir aviso de su salida de Abancay”.
     Alonso de Alvarado disimuló  su decepción y se ocupó de lo más importante. Reforzó la defensa del puente de Abancay enviando varios hombres bajo el mando de Villalba y del capitán Gómez de Tordoya (al que, como acabamos de ver, le tenía un ‘cariño’ especial D. Alonso de Enríquez), y, sabiendo que algunos de sus soldados coqueteaban con pensamientos traicioneros, insistió en las justas razones de la causa del Gobernador Pizarro: “Les dijo que, si él viera que Almagro tenía razón en lo que pedía, y que Su Majestad ordenaba darle la ciudad del Cuzco, ya habría ido a entregarle las banderas y a meterse debajo de su estandarte, mas, puesto que conocían al Gobernador Pizarro e lo tenían por tal, no sería cosa justa desechar al verdadero para recibir al movedor de las guerras. Y añadió: ‘Ya que el Adelantado Don Diego de Almagro ha querido romper la amistad y la alianza que tenía con el Gobernador, yo prometo que  ni sus prometimientos ni sus exhortaciones harán que yo deje de servir al Emperador ni de cumplir el mandato de mi Gobernador, pues está puesto en esta tierra como su lugarteniente”. Respondieron los capitanes y los soldados que estaba muy bien hacer lo que decía, e que todos le servirían; mas no hablaban aquello con verdad, pues los ánimos de muchos estaban puestos en la buena o mala fortuna de la guerra”.
     A medida que lo relata Cieza, se llena de indignación y lástima por lo que va a ocurrir. Y se desahoga con grandes verdades: “¡Oh gente del Perú! (se refiere a almagristas y pizarristas). Cuánta gracia y merced le ha hecho Dios al Virrey, a los gobernadores y a los capitanes, que podrían vivir sin tener necesidad de personas tan inconstantes como vosotros, pues jamás guardasteis mucho tiempo vuestra fidelidad. Y estos de quienes vamos hablando, por una parte le decían a su capitán que le habían de servir lealmente, y por otra le enviaban ofrecimientos al que venía, para pasarse a él”.

     (Imagen) Veo en PARES algo que ocurrió en 1548, cuando el grueso de las guerras civiles ya había terminado (años después se inició la última). Aunque sucedió diez años más tarde de lo que nos está contando Cieza, es muy revelador de la enrarecida convivencia social de aquellos tiempos revueltos. Ya sabemos que Alonso de Alvarado y el licenciado (y juez) Cianca fueron encargados de juzgar al derrotado Gonzalo Pizarro, y  que lo condenaron a muerte. Pues bien: solo unos meses después, Cianca estuvo a punto de cortarle la cabeza a Alvarado por un asunto menor, y eso que era Mariscal (el poder de los jueces era enorme). La sensatez del gran Pedro de la Gasca lo impidió. Un funcionario real lo cuenta en una carta dirigida a Carlos V. La imagen muestra parte de su texto, y nos  aclara los hechos: “Dicen que el licenciado Cianca tenía preso en el Cuzco al Mariscal Alonso de Alvarado, y que, si este no acudiera al presidente Gasca, le habría cortado la cabeza a causa de dos criados suyos, por lo que hicieron a una mujer honrada, viuda, por cierta cosa que hubo sobre (la preeminencia de) los asientos en la iglesia con la mujer del dicho Alvarado, y a la madre de esta viuda le cortaron los cabellos, y a una hermana, las faldas por encima de la rodilla, y sacaron los huesos del marido de la viuda de la sepultura y los echaron por ahí, cosa que dicen dio grande escándalo. Y que la causa por la que tan recio se mostró el licenciado Cianca, fue porque, reprendiéndole este negocio, Alvarado había dicho ciertas palabras, y porque un criado de Alvarado dijo muchas palabras contra el oidor (Cianca) de grande escándalo, al que el oidor lo prendió, y dicen que lo ahorcó”.



lunes, 10 de diciembre de 2018

(Día 697). Almagro temía que Alonso de Alvarado estuviera ya en el Cuzco. Viendo que no, decide ir a liberar a los apresados por Alvarado, quien envía a Holguín para vigilar a Almagro. Le espera Chaves en una celada. El intento de Enríquez de calmar las cosas se frustra porque Almagro empieza a disparar.


     (287) Nos anuncia, pues, Enríquez que va a haber batalla y que la perderá Alonso de Alvarado. Lo vamos a ver con Cieza, pero recojo ahora un último detalle de lo que explica Enríquez, que tiene especial relieve porque ningún otro cronista lo indica con tanta precisión. El intento de hablar con Almagro se fue al garete porque hubo un inesperado cruce de disparos de artillería: “En cuanto llegamos, comenzó a jugar la artillería de una parte y de otra, habiéndolo empezado la de Don Diego de Almagro. Se enojó mucho el capitán Alvarado y nos mandó volver a la prisión”. Está claro que la batalla de Abancay se inició en ese preciso momento y que fue Almagro quien tomó la iniciativa.
     Toca en este punto enlazar de nuevo con la sabrosa crónica de Cieza. Nos cuenta que Almagro, a los cuatro días de haber salido del Cuzco con su ejército decidido a luchar, se alarmó porque le dieron la equivocada información de que Alonso de Alvarado se había puesto ya en marcha, y temió que se hubiese apoderado de la ciudad, liberando a Hernando Pizarro y al resto de los numerosos presos. Le daba sudores fríos la idea de que Hernando estuviera de nuevo al mando de la situación. Dio la vuelta rápidamente, y no le faltó el reproche de Rodrigo de Orgóñez: “Le dijo que, puesto que no había querido hacer lo que le había aconsejado (liquidar a Hernando Pizarro), que se quejase de sí mismo si algún daño notable le sobreviniese. El Adelantado le respondió que creyese que, si era verdad que Alonso de Alvarado iba con intención de entrar en el Cuzco, él mandaría cortarle la cabeza a Hernando Pizarro”. Fue un arranque ante el temor a un peligro inminente, pero Orgóñez y Almagro van a repetir ese mismo guión varias veces, el primero, machacón con su insistencia de que había que matar a Hernando Pizarro, y el segundo, sin atreverse a hacerlo, hasta llegar, error insuperable, a dejarlo en libertad, como veremos.
     Pero enseguida se comprobó, con gran alivio, que había sido una falsa alarma, y Almagro, pasados unos días para que descansasen los caballos, puso de nuevo en marcha su ejército: “Determinó ir al puente de Abancay a liberar a Diego de Alvarado y a los que con él fueron. Por su parte, Alonso de Alvarado mandó que fuese más gente a guardar el puente del río, y al capitán Perálvarez Holguín le dijo que, tomando treinta de a caballo, fuese hacia el Cuzco para ver si los de Almagro venían”. Pero en la tropa de Alvarado hubo dos desertores: “Dos soldados, Francisco Núñez y Lemos, habían tenido grandes pláticas con los apresados por Alvarado, y deseaban salir del campamento para pasarse al bando de Almagro, de lo que también habían hablado con el capitán Pedro de Lerma y con otros de la misma opinión”. Por delante de Almagro, avanzaba hacia Abancay su capitán Francisco de Chaves con sesenta de a caballo: “Supo que venía cerca el capitán Perálvarez, y mandó a su gente que se pusiese a cubierto en un collado, diciéndoles que se diesen toda buena maña, de suerte que lo apresaran sin derramar sangre española ninguna”.

     (Imagen) Como siempre, nada mejor que recurrir a PARES (Portal de Archivos Españoles), un tesoro (digitalizado) de nuestra documentación histórica, para ver cómo se confirman algunos datos ya comentados sobre PEDRO ÁLVAREZ HOLGUÍN, del que dije que fue especialmente ambiguo en sus lealtades, y que murió en 1542 luchando contra el hijo de Almagro. Son especialmente biográficos los expedientes relativos a los méritos y servicios de los conquistadores, y hay uno que trata exclusivamente de él a lo largo de más de 100 folios. En las peticiones de mercedes al Rey, era habitual presentar, no solo los merecimientos propios, sino también los que correspondían a los antepasados. En una sola página (la de la imagen), aparecen los siguientes méritos alegados por sus herederos, añadiendo luego otra larga lista: 1.- Hablan de la salida de Holguín (que ahora nos ha contado Cieza) por mandato de Alonso de Alvarado con treinta de a caballo para ir hacia el Cuzco, siendo apresado por la gente de Almagro. 2.- Dicen que Pizarro lo envió después a una conquista (pero escamotean el hecho de que antes Holguín le había sido infiel pasándose al bando de Almagro, que fueron derrotados en las Salinas, y que Pizarro le perdonó a él la vida). 3.- Añaden que, estando en la campaña encomendada, al enterarse de que Almagro el Mozo había matado a Pizarro, dio la vuelta para reunir gente en el Cuzco, con la que fue, en nombre del Rey, hasta la ciudad de Huamanga y allí luchó contra Diego de Almagro el Mozo. 4.- Para mostrar su caballerosidad, cuentan que Almagro el Mozo le envió mensajeros con grandes promesas pidiéndole que se pasara a su bando, pero Holguín los rechazó, y no los mató.




sábado, 8 de diciembre de 2018

(Día 696) Don Alonso de Enríquez hace una crítica brutal de Gómez deTordoya. Al saberse que Almagro piensa atacar, Enríquez, esta vez sensato, consigue de Alonso de Alvarado que le deje ir a hablar con Almagro para que no se precipite.


     (286) Don Alonso de Enríquez nos cuenta lo que hizo entonces Alonso de Alvarado, al que vuelve a insultar, no dejando de tener su gracia las pestes que echa contra Tordoya: “Recibido el mensaje de Don Diego de Almagro,  el perezoso y cabezón capitán Alonso de Alvarado dijo que no quería tomar consejo con nadie sino con Gómez de Tordoya, un viejo bellaco que estuvo desterrado de todos los reinos y señoríos del Emperador  nuestro  señor, y sentenciado a mil muertes, condenada y confiscada toda su hacienda por traidor, un hombre de mala traición, codicioso de bregas y revueltas, enemigo de paz y de justicia, así por nacer en este signo (astrológico) y criarse en esta condición, como porque sabía que, teniéndola, le habían de hacer cuartos como a los malhechores, ejecutando las penas de sus sentencias por sus maleficios, lo cual le había consentido sin castigo Don Francisco Pizarro por ser de Extremadura, de donde es él, y por necesitar gente en la tierra, que estaba rebelada de indios. La respuesta de Alonso de Alvarado fue que ellos no conocían otro gobernador sino a Don Francisco Pizarro, y que no quería oír las provisiones de Su Majestad, ni entregar a los prisioneros, sino que, por el contrario, pensaba enviar al Cuzco a soltar por fuerza a los que Almagro tenía”.
     Sin duda, Enríquez, que tenía trato personal con Calos V y Felipe II (entonces Príncipe) rezumaba sentimientos de mucha superioridad sobre el común de la tropa. Se daba también la circunstancia de que, tanto los encarcelados Hernando y Gonzalo Pizarro, como Enríquez y sus compañeros en su papel de rehenes, se encontraban en alto riesgo de ser ejecutados. Fue un milagro que salvaran la vida.
     Aunque enseguida vamos a conectar con Cieza para ver en directo el desarrollo de la batalla de Abancay, voy a seguir un poco más con Enríquez porque nos muestra sus angustias personales en esa situación previa, y hasta su sensatez (que también la tenía):      
     “Entonces el Gobernador  Don Diego de Almagro, viendo su justicia y razón, partió con cuatrocientos cincuenta hombres, se puso de la otra parte del río Abancay, asentó su artillería, y envió a su confesor a decir a Alonso de Alvarado que no fuese causa de tanta muerte de españoles como allí se esperaba. Respondió el capitán que había mandado trece de a caballo para comunicar a don Francisco Pizarro el estado del negocio, y que no haría nada hasta que viniese o mandase lo que quisiese. Cuando supimos esto los prisioneros, considerando que Don Diego de Almagro se aventuraba a perder por nosotros su buena y justa justicia, como la mala e injusta que estos tenían, enviamos a decir al cabezón capitán que queríamos ir dos de nosotros al puente del Abancay a pedir a nuestro Gobernador que se volviese y esperase, pues ellos se concertarían. Lo cual consintió el capitán Alvarado, y fuimos el licenciado Prado y yo con él. Cuando bajamos por el camino, yo le dije al capitán: ‘Mirad, señor, que, aunque sea verdad que contra justicia estén presos los hermanos de vuestro dueño, a los que reclamáis con fuerza armada, no sois juez de esta causa ni os afecta a vos, y, aunque venzáis, seréis vencido, y, por los daños que de ello sucedieran, seréis castigado. Ni esta reprensión ni otros buenos consejos que le daba, no quiso tomar, como hombre desatinado, y así Dios le dio su pago”.

     (Imagen) A pesar de las críticas que le hizo Don Alonso de Enríquez en su apasionada crónica, Alonso de Alvarado era uno de los mejores capitanes de Perú. Fue precisamente su sensatez lo que le llevó a protagonizar un hecho escalofriante. Siempre fiel a los Pizarro y gran amigo suyo, tuvo que luchar contra Gonzalo Pizarro para no traicionar a la Corona Real. Veremos que, derrotado Gonzalo, el Rey les confió a Alonso y al licenciado Cianca que presidieran el proceso al que fue sometido. Hubo sentencia de muerte, como consta en la última página del expediente (la que muestra la imagen): “Condenamos a Gonzalo Pizarro a pena de muerte, que será dada en la forma siguiente: será sacado de la prisión caballero sobre una mula, atado de pies y manos, e traído públicamente a este real, con voz de pregonero que manifieste su delito. Será llevado al tablado que está hecho en este real. Allí será apeado, e cortada la cabeza por el pescuezo, e después de muerta naturalmente, mandamos que la dicha cabeza sea llevada a la Ciudad de los Reyes (Lima), como ciudad más principal de estos Reinos, e sea puesta clavada en el rollo de la dicha ciudad, con un rótulo de letra gruesa que diga: “Esta es la cabeza del traidor Gonzalo Pizarro, que en el valle de Jaquijaguana dio la batalla campal contra el Estandarte Real queriendo defender su traición e tiranía. Ninguno sea osado de la seguir, so pena de muerte natural”. Mandan también que se le confisque a Gonzalo bienes que consideran robados. Terminan diciendo: “Por esta  nuestra sentencia definitiva, así lo mandamos Alonso de Alvarado y el Licenciado Cianca”. Fue ejecutado en abril de 1548.



viernes, 7 de diciembre de 2018

(Día 695) Al ser apresados por Alonso de Alvarado, Don Alonso Enríquez de Guzmán protestó, y le dijo que Pizarro no tenía derechos sobre el Cuzco. Enterado Almagro, envió mensajeros exigiendo con amenazas que los liberara.


     (285) El espíritu ventajista y apasionado de Don Alonso Enríquez de Guzmán (muy amigo de sus amigos y muy enemigo de sus enemigos) intenta ‘colar’ en su crónica que, sin duda alguna, Almagro tenía derecho a la posesión del Cuzco: “Nosotros le respondimos a Alonso de Alvarado que Hernando y Gonzalo Pizarro estaban presos por delitos que habían hecho, por quejas que de ellos se daban de fuerzas y cohechos, y por haber levantado la tierra con mano armada contra las provisiones reales, las cuales llevábamos con nosotros y se la presentamos (a Alvarado) diciéndole que nosotros éramos mensajeros y que no teníamos culpa ninguna. Las cuales provisiones no quiso ver ni a nosotros acabar de oír, diciendo (de hecho, con absoluta lógica y buen criterio) que era menester que el Emperador enviase un repartidor de los límites de las gobernaciones, y que dejásemos las espadas, las cuales, aunque nos pesó (ya hemos visto la reacción altiva de Diego de Alvarado), nos quitó, y nos puso en grillos y cadenas a todos, con grandes guardas de centinelas. Con muchos indios, nos hizo una cárcel de cal y canto, no dejando que entrase nadie a vernos ni hablarnos, para que no alumbrásemos a la gente que estaba en su compañía y se pasase al otro bando al oír la justicia que tenía Don Diego de Almagro y la traición que cometían sus contrarios contra las provisiones de Su Majestad. Y puso en la cárcel a dos hidalgos para que no nos dejasen escribir, ni hablar con los que hacían guardia alrededor. Cuando lo supo Don Diego de Almagro, envió desde el Cuzco un alcalde, un escribano y el procurador para requerirle de parte del Rey que le devolviese a sus mensajeros que tenía presos y oyese las provisiones reales que de Su Majestad tenía, en las que le hacía Gobernador de esta tierra, con apercibimiento de que, si no lo hacía, (Almagro) iría con mano armada a hacérselas oír, a sacar a los prisioneros y a castigarles a ellos como a traidores”.
     Según Enríquez, Alonso de Alvarado solamente consultó con un capitán la respuesta. Se trataba de GÓMEZ DE TORDOYA DE VARGAS, lo que le va a servir al cronista y preso para despacharse a gusto con su estilo viperino contra este, sin duda haciendo una caricatura del personaje, pero, como siempre, partiendo de hechos ciertos. Tordoya era extremeño y había llegado a Perú junto a Hernando Pizarro, que lo había reclutado en su tierra. Era un hombre duro, y permaneció siempre fiel a los Pizarro, como veremos a lo largo de estas guerras civiles, muriendo al servicio de Gonzalo Pizarro en la batalla de Chupas. Allí también perdió la vida, en el bando contrario,  el hijo de Almagro, Diego de Almagro el Mozo. Fueron muchos los que acabaron trágicamente arrastrados por la espiral de las venganzas, y pocos como el Mozo tuvieron tan poderosos motivos para entrar en esa dinámica. Siendo un adolescente, sufrió al lado de su padre la enorme tensión de las rivalidades con Pizarro, y el insoportable drama de que lo ejecutaran. Se vengó organizando el asesinato de Pizarro, y su rebelión contra Vaca de Castro, el representante del Rey, le costó la cabeza.
    
     (Imagen) De GÓMEZ DE TORDOYA se sabe también que en España había dejado mala fama, teniendo cuentas pendientes con la justicia por haber matado a un funcionario real. Sin embargo, sus herederos consiguieron que su herencia fuera respetada. El documento que vemos parcialmente en la imagen es del año 1546, corresponde a la petición de derechos que los hijos de Tordoya enviaron al Rey, y aclara algunos datos que parecían dudosos: 1.-  Quien dirigió la confabulación para matar a Pizarro fue Diego de Almagro el Mozo. 2.- Después Tordoya mantuvo el Cuzco en orden hasta que llegó Vaca de Castro, el representante del Rey. 3.- Tordoya murió de un arcabuzazo en la guerra de Chupas cuando luchaba en el ejército de Vaca de Castro contra el Mozo. Así razonaban los herederos (resumido): “El Capitán Gómez de Tordoya hizo muchos servicios a Vuestra Alteza. Cuando Don Diego de Almagro (el Mozo) mató al Marqués Don Francisco Pizarro, (Tordoya) fue con gente al Cuzco e hizo que la ciudad estuviese en servicio de Vuestra Alteza hasta que fue el Licenciado Vaca de Castro. Después, en el reencuentro que tuvo Vaca de Castro con el dicho Don Diego, iba con él Gómez de Tordoya al servicio de Su Majestad, y lo mataron con un arcabuzazo”. El expediente tiene 31 folios, llenos, como de costumbre en estos casos, de declaraciones de testigos, las cuales sirvieron para que los hijos de Gómez de Tordoya lograran su propósito.



jueves, 6 de diciembre de 2018

(Día 694) Pintoresca versión (como siempre) de Don Alonso Enríquez de Guzmán sobre cómo él y otros enviados de Almagro fueron apresados por Alonso de Alvarado, del que hace una caricatura partidista.


     (284) Ya de entrada, muestra Don Alonso Enríquez de Guzmán un total y tendencioso convencimiento de que el Cuzco le correspondía por derecho a Almagro, cuando, en realidad, el asunto era sumamente confuso: “El Gobernador Don Francisco Pizarro pretendía corresponderle esta provincia del Cuzco por haberla descubierto y conquistado. Sin embargo, el que ahora era Gobernador de ella (evita decir que la ocupó por la fuerza), Don Diego de Almagro, colaboró en descubrirla y conquistarla con su persona y hacienda, porque en trabajos e intereses han sido compañeros desde hace mucho tiempo, y el Emperador nuestro señor le había hecho gobernador de esta provincia a Don Diego de Almagro, declarando en su provisión que se cumpliesen los límites con la gobernación de su compañero. Pero  Don Francisco Pizarro creyó que Don Diego había muerto cuando fue a descubrir a Chile, y quiso poseerlo todo, no solo por lo que tengo dicho, sino también por la compañía con la que nos criamos, que es la señora Codicia. Don Francisco Pizarro, por socorrer a sus hermanos, Hernando y Gonzalo, y a los cristianos que estábamos en el Cuzco cercados por los indios (Enríquez no había traicionado todavía a los Pizarro), reunió gran cantidad de gente, y, quedándose él en Lima con gran refuerzo porque la ciudad estaba rodeada y apretada por los indios, envió quinientos hombres con un capitán montañés (cántabro) y necio, cabezón sin medios ni remedio, como adelante veréis. Su nombre, Alonso de Alvarado (en realidad, como vimos, era uno de los más brillantes capitanes y de las mejores personas de la campaña de Perú)”.
     Y sigue desprestigiando a Alonso de Alvarado: “Cuando Don Diego de Almagro supo que este perezoso capitán y su gente estaban a veinticinco leguas del Cuzco, acordó salir a recibirlos con otros quinientos hombres, y, a seis leguas de ellos, envió a decirles que no era menester que socorrieran la dicha ciudad, porque ya lo había hecho él, pero que eran bienvenidos. Para lo cual tomó como mensajeros a Juan de Guzmán, Diego Mercado, el licenciado Francisco Prado, Diego de Alvarado, Gómez de Alvarado, Hernando de Sosa, escribano, para que diese fe de todo lo que pasara, y a mí. Caminamos una  noche y llegamos donde ellos, que estaban en una sierra muy fuerte, con un río de grandes corrientes (el Abancay), que se pasaba por un puente, en el cual tenían mucha cantidad de artillería y gente. El capitán Alonso de Alvarado nos recibió con gran cortesía y amor. Nos convidó a comer y después, estando presentes sus principales, nos dijo: ‘Señores, yo venía a socorrer la ciudad del Cuzco por orden del gobernador Don Francisco Pizarro, mi dueño, porque lo tiene como de su gobernación, y porque creyó que don Diego de Almagro había muerto cuando fue a descubrir Chile. Ahora hemos sabido que ha entrado por fuerza en dicha ciudad, tomándola y haciéndose obedecer como gobernador de ella, apresando a Hernando y Gonzalo Pizarro, hermanos de nuestro dueño, para cortarles la cabeza. Por lo cual, nos ha parecido necesario prender a vuestra mercedes hasta que Su Señoría nos los dé”.

     (Imagen) La situación entre los pizarristas y los almagristas se iba enturbiando tanto que hasta el intachable Alonso de Alvarado, para evitar que fueran ejecutados Hernando y Gonzalo Pizarro, dejó de lado su caballerosidad y apresó a los mensajeros que le había enviado Almagro. Más tarde, todos se verían libres (también los Pizarro). Dos de ellos eran JUAN DE GUZMÁN y HERNANDO DE SOSA. El primero fue siempre un almagrista sin fisuras. Había sido uno de los que apresaron a Hernando Pizarro en su casa del Cuzco. En la batalla de los Salinas fue encarcelado, y, aunque luego lo dejaron libre, mantuvo su deseo de venganza hasta el punto de formar parte del grupo que preparó el asesinato de Pizarro, por lo que el representante del rey, Vaca de Castro, lo procesó, pero no fue condenado. Después pudo actuar dentro de la ley luchando en las fuerzas leales a Carlos V contra Gonzalo, el único que quedaba en las Indias de su odiada familia de los Pizarro. Por su parte, el madrileño Hernando de Sosa, aunque era escribano, estuvo entre los soldados que apresaron a Atahualpa. Había sido secretario de Pizarro, pero luego lo fue de Almagro. Algo serio tuvo que ocurrir para que se cambiara de bando. Francisco Pizarro lo expulsó después del Cuzco, y él se fue a España para dar una versión muy crítica contra la actuación de los Pizarro en Perú, especialmente virulenta en lo que se refería al comportamiento de Hernando Pizarro, a quien estas denuncias, junto a otras, como las de Diego de Alvarado, le supondrían más de veinte años de cárcel.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

(Día 693) Orgóñez quiere que Almagro mate a Hernando Pizarro y ataque a los pizarristas para liberar a sus mensajeros. Almagro se opone a la ejecución de Hernando. Orgóñez obedece, pero le profetiza lo que le va a ocurrir. El ejército de Almagro se pone en marcha.


     (283) Veamos el primer botón de muestra de la insistencia machacona de Orgóñez sobre un mismo tema. Cuando Almagro reunió a sus principales capitanes, les pidió su opinión sobre lo que convenía hacer puesto que todo indicaba que Alonso de Alvarado había apresado a sus enviados. Les planteó la situación: “Bien sabéis que, por consejo vuestro, envié al puente de Abancay a Diego de Alvarado y a los otros para que requiriesen a los capitanes que allí estaban que, cumpliendo las provisiones del Rey, me recibiesen como Gobernador, y, según veo, he deducido que ellos están presos y no pueden venir con la conclusión del negocio; por eso, os pido que digáis lo que os parece que debemos hacer”.
     Quien tomó la palabra fue Rodrigo Ordóñez: “Dijo que tenía por cosa cierta que estaban presos, y que, puesto que, ya la guerra había comenzado, que matase a Hernando Pizarro y que saliesen todos a liberarlos, pues tenían allá muchos amigos que, viendo sus banderas, se habían de pasar a ellas. A la mayoría de los capitanes les pareció muy bien el parecer de Orgóñez. Pero Almagro, deseando solamente tener la Gobernación sin mucho daño, que él creía pertenecerle, y como las guerras no estaban tan encendidas, ni se tenía en tan poco matar a los hombres como después, aunque él quisiese mal a Hernando Pizarro, temía que el Rey se airase y lo castigase, y en alguna manera se condolía del Gobernador Don Francisco Pizarro y no quería darle tan gran pesar. Por estas causas, dijo que no quería que se hablase más en lo referente a la muerte de Hernando Pizarro”.
     Como todos los conquistadores de las Indias, también Almagro era un hombre curtido en batallas implacables, y  nunca le tembló el pulso cuando tuvo que ahorcar a alguno de sus soldados, pero está demostrando ahora que siempre actuó noblemente como socio de Pizarro, quien, sin duda potenciado por la influencia de sus hermanos, sobre todo la del soberbio y duro Hernando, en varias ocasiones había sido injusto con él. También tenía razón al temer la ira del emperador si ejecutaba a Hernando Pizarro (quien luego sería castigado por matarlo a él), y, en teoría, no era ninguna insensatez tratar de evitar que el conflicto desembocara en terribles enfrentamientos. Pero quien lo veía todo claro, con la infalibilidad de un  profeta iluminado, era Rodrigo Orgóñez, militar de una sola pieza que había vivido demasiado para dejarse engañar por los sentimientos: “Le respondió a Almagro que no se mostrase tan piadoso, porque Hernando Pizarro era tal hombre que, si viviese, se vengaría a su voluntad. El Adelantado le respondió que no quería que lo tuviesen por cruel ni sanguinario. Le dijo que ordenara a la gente que se preparase y que se  tocaran los tambores para que saliesen las banderas el día siguiente. Rodrigo Ordóñez dijo que lo haría como se lo mandaba, e todos salieron de la ciudad dejando por teniente a Gabriel de Rojas, con recaudo convenible para que guardase a Hernando Pizarro y a su hermano Gonzalo Pizarro”.
      No vendrá mal oír ahora al ‘figura’ Don Alonso Enríquez de Guzmán hablar de lo que había ocurrido después de que Almagro apresara a Hernando Pizarro, puesto que fue protagonista importante en estos cruciales hechos, aunque, como siempre, hay que separar el trigo de la paja porque le encanta denigrar a quienes odia o desprecia.

     (Imagen) Algunos datos más sobre RODRIGO ORGÓÑEZ. Aquellos que se rebelaron contra la legalidad de la Corona en las guerras civiles, no solo perdieron sus bienes y fueron castigados con prisión, a galeras o desterrados, sino que, en muchos casos, perdieron la vida. Incluso, gran parte de su historial militar desapareció de los archivos históricos. Orgóñez lo sufrió todo. En la página de archivos PARES encuentro un dato referente a su llegada a las Indias en el mismo barco que el Gobernador de Santa Marta (Colombia), García  de Lerma, y junto a un sobrino de este al que ya conocemos, Pedro de Lerma. Veremos que los dos, Pedro y Rodrigo, murieron trágicamente al servicio de Almagro. Como muchos otros, Orgóñez, que desembarcó en las Indias ya muy zurrado de las guerras europeas, sufría las dificultades de quienes fueron hijos de nobles pero con los inconvenientes de la bastardía, y vivían obsesionados con alcanzar la gloria y la riqueza escribiendo páginas heroicas en el libro de la Historia. Pero, a veces, ni eso era suficiente: tuvo que enviarle mucho dinero a su padre para que lo legitimara, y así poder convertirse en Caballero de Santiago. Con varios amigos, partió en una nave desde Nicaragua atraído por el prometedor Perú. Se puso a las órdenes de Almagro y jamás lo traicionó, haciendo con él la frustrante campaña de Chile, de donde volvió ya convertido en el más importante capitán de aquella tropa. Nunca titubeó en su fidelidad a Almagro, ni siquiera en las guerras civiles, en las que los dos murieron como consecuencia de la batalla de las Salinas.



martes, 4 de diciembre de 2018

(Día 692) Almagro sospecha que Alonso de Alvarado ha apresado a sus mensajeros. Cieza pone a los Alvarado como ejemplo de familiares enfrentados en las guerras civiles. Hubo mucho chaqueteo. Ejemplo de lo contrario fue Rodrigo Orgóñez, fiel a Almagro hasta la muerte.


     (282) Como otras veces, Cieza, sabiendo que estos Alvarado eran buena gente, saca su moraleja: “Estará bien que el lector tenga un poco de atención en mirar cuánto pueden las guerras, pues arrastran también a los sabios, a los humildes y a los pacíficos, y toda clase de gente a hacer lo que ellas mandan. Una vez que las banderas se despliegan e los tambores suenan, no hay cosa en el mundo que logre que los que están en ella la dejen de seguir; bien claro se ve por estos capitanes, pues siendo todos tan amigos desde que vinieron de Guatemala en compañía del Adelantado Don Pedro de Alvarado, ya había ahora entre ellos la enemistad que habéis visto”.
     Naturalmente, Almagro se inquietó en extremo cuando ya habían pasado ocho días sin que sus hombres regresaran. Mandó aviso a los soldados suyos que iban hacia el puente de Abancay para que extremaran sus precauciones ante un posible ataque de Alonso de Alvarado: “Por medio de dos indios que habían apresado, supieron que los enviados habían llegado al río de Abancay, y que llevaban allí muchos días con los otros cristianos que tenían asentado el campamento (los pizarristas). Oyéndolo, Almagro creyó que sus emisarios debían de estar presos, y, muy pesaroso por haberlos enviado, llamó a consulta a su General, Rodrigo Orgóñez, e a los capitanes Juan de Saavedra, Francisco de Chaves, Salcedo, Vasco de Guevara, el maestre de campo Rodrigo Núñez, Lorenzo de Aldana, D. Alonso de Montemayor, Gabriel de Rojas y algunos otros”. Vemos por los nombres que menciona cómo, ya desde los inicios de las guerras civiles, aparecen algunos tránsfugas importantes. Con el paso del tiempo, y a medida que la situación se vuelva más dramática, el ‘baile’ de cambios de bando será tan intenso, que resultará difícil seguirles la pista a los `volubles’. De los almagristas recién nombrados, dos habían sido fieles servidores de Pizarro: Lorenzo de Aldana, hombre de mucha valía, pero con gran habilidad para arrimarse a las estrellas ascendentes, y Gabriel de Rojas, también un brillante capitán, a quien, como vimos en su día, envió Pizarro a Chile para que discretamente observara las andanzas de Almagro. Todo lo contrario va a resultar Rodrigo Orgóñez; le será fiel a Almagro hasta la muerte (literalmente). Como dije en su día, tuvo un historial militar muy importante, y, después de batallar incansablemente por Honduras, llegó a Perú (cuando Atahualpa ya había sido apresado) en uno de los viajes de ida y vuelta que hacía Almagro, siempre como eficaz suministrador de hombres y provisiones para Pizarro (lástima que tan buenos socios acabaran desastrosamente). Y recordemos que Orgóñez era también un veterano de las guerras europeas, luciendo el timbre de gloria de estar en el pequeño grupo que apresó en Pavía al rey Francisco I de Francia. Personaje tan aguerrido, y conocedor de que un exceso de confianza o de ‘piedad’ podía ser fatal, tenía entre ceja y ceja la idea obsesiva de que era necesario ejecutar al peligroso e implacable Hernando Pizarro. Ahora le va a pedir por primera vez a Almagro que lo haga, pero después lo repetirá hasta la saciedad. No consiguió su deseo, tuvo que aceptar las órdenes de su Gobernador, y eso les costará la vida a los dos; así de simple.

     (Imagen) Hablemos de nuevo de FRANCISCO DE CHAVES, pero haciendo hincapié en su proceso de fidelidades e infidelidades, originadas por las circunstancias más extremas. Estuvo en México con el ejército que envió el Gobernador de Cuba para someter al rebelde Hernán Cortés. Iba al mando la trágica figura de Pánfilo de Narváez, rápidamente derrotado por el hábil y expeditivo Cortés (también aquello fue una pequeña guerra civil). Casi todos los hombres de Narváez se pasaron a las tropas del enemigo, y, entre ellos, Chaves, quien, tiempo después, encontró en Panamá a su paisano Pizarro. No lo dudó un momento: partió con él para vivir intensamente el tramo definitivo de la conquista de Perú. Asistió al apresamiento de Atahualpa, e incluso fue de los pocos que intercedieron (sin éxito) para que no fuera ejecutado. Veremos que, el hecho de acompañar a Almagro en su expedición a Chile, le obligó a luchar contra Pizarro a la vuelta al surgir las guerras civiles, y que va a ser uno los capitanes derrotados en la batalla de las Salinas. Pizarro fue comprensivo y le perdonó la vida, confiándole nuevas aventuras. En una de ellas, vencido por los indios, no lo ejecutaron porque sabían que había intentado salvar a Atahualpa. La última fidelidad de Chaves a Pizarro fue heroica: murió junto a su viejo amigo, tratando de retener a la entrada de la casa a los conspiradores que llegaban para asesinar al Marqués y Gobernador Don Francisco Pizarro, quien, a su vez, vendió cara su vida. Con esa nobleza y valentía acabaron las vidas de estos dos ilustres trujillanos.




lunes, 3 de diciembre de 2018

(Día 691) Alonso de Alvarado recibe bien a los embajadores de Almagro. Ante su pretensión de que traicione a Pizarro, les rechaza la idea. Luego le ordenan, si no acata la autoridad de Almagro, que salga de su gobernación. Se niega de nuevo. Tras consultar a sus capitanes, Alvarado apresa a los embajadores.


      (281) Se produjo el encuentro al lado del río. Al verse, se abrazaron, y tras invitarles Alvarado, subieron juntos a su campamento. Alonso Enríquez de Guzmán, siempre tan charlatán, le preguntó a un soldado llamado Beltrán de Salto si tenían muchos barriles de conservas. La respuesta fue desafiante: “Sí, señor, muy buenos y gustosos barriles llenos de afinada pólvora y redondas pelotas de arcabuz por si traéis buenas ganas”. Pero el pendenciero Enríquez le replicó a su estilo: “Tan buenas ganas traemos de eso como de lo otro”.
     Como era de prever, el encuentro terminó en fracaso, y además poniendo de relieve que el envío de la embajada había sido una increíble imprudencia. La tensión alcanzó niveles extremos y los de Almagro pagaron un alto precio. Le entregaron a Alonso de Alvarado las cartas de su Gobernador, y trataron de conseguir que traicionara a Pizarro: “Pero no tenía tal pensamiento, e respondioles que él era capitán general del Gobernador Don Francisco Pizarro, y por ninguna codicia o cualquier otra cosa negaría la amistad que tenía puesta en él. Tratando estas cosas, comieron todos en mucha paz, aunque los corazones de muchos deseaban verse ya al servicio de Almagro”. Luego los emisarios dieron un paso más atrevido: “Mandaron a su escribano que notificase al General Alonso de Alvarado y a sus capitanes las provisiones de Su Majestad que traían (recordemos que eran muy imprecisas), requiriéndoles que las obedeciesen y que se pusiesen bajo el mando del Adelantado Don Diego de Almagro, pues estaban dentro de los términos y jurisdicción de su gobernación, y si no, que saliesen fuera e la dejasen libre. Alonso de Alvarado respondió que, sabidas las cosas que habían pasado en el Cuzco, él venía solamente a traer aquellas provincias al servicio de Su Majestad por mandato de Don Francisco Pizarro, a quien él tenía por Gobernador y Capitán General”. También le dijo que había comunicado a Pizarro lo que ocurría y que no se movería de allí hasta que recibiera sus órdenes.
     La situación era ya clara para todos, pero los de Almagro, ingenuamente, habían caído en una trampa: “Sus capitanes y sus hombres más principales estaban junto a Alonso de Alvarado, y tomó parecer con algunos de ellos sobre lo que haría de Diego de Alvarado y de los que habían venido con él; le dijeron que sería muy bueno prenderlos, pues, ya que tenían preso a Hernando Pizarro (también lo estaba Gonzalo Pizarro), con gran riesgo de que le quitaran la vida, servirían de rehenes para su seguridad. Alonso de Alvarado, teniéndose por bien aconsejado, mandó prenderlos, quitarles las armas y echarles grillos. Diego de Alvarado y Gómez de Alvarado mostraron gran sentimiento, diciendo que aquello no era cosa que fuera tolerable hacerse entre caballeros”. Y se cruzaron palabras desafiantes: “Al tiempo en que les quitaban las armas, Diego de Alvarado, vuelta atrás la cabeza, dio su espada a un negro que vio entre los españoles, diciendo contra el capitán: ‘Por mi vida que, si yo puedo, no me la quitaréis otra vez’. Alonso de Alvarado respondió: ‘Sed ahora preso y dadla a quien quisiéredes, que después será lo que Dios quisiere”.
 
     (Imagen) Hablemos del drama personal de DIEGO DE ALVARADO, tan fiel a sus principios morales, que su honradez le va a costar una catástrofe a Almagro. Y ello porque Diego de Alvarado tuvo un peso decisivo en la deriva que tomó el curso de las negociaciones entre los dos bandos,  ganando ‘los malos’ (es decir, los que tuvieron menos escrúpulos) el primer capítulo importante de este culebrón. Fue un noble personaje digno de una biografía que exponga el drama íntimo de alguien que supo mantener inmaculada su integridad moral en medio de uno de los escenarios más sucios de la historia de las Indias. Fue sensible y, al mismo tiempo, bravo y luchador, con grandes logros, como la refundación de San Salvador el año 1528. Hizo cuanto pudo por evitar la guerra civil entre Pizarro y Almagro, pero se impuso la locura. Cuando Hernando Pizarro ejecutó a Almagro, el equilibrado y humano Diego de Alvarado, sacudido por el fracaso de su estrategia pacificadora, solo tuvo un objetivo en la vida: lograr que la justicia castigara a Hernando Pizarro como se merecía, para que la memoria de su respetado líder, Diego de Almagro, quedara purificada. Y solo para eso se trasladó a España. Pleiteó contra Hernando Pizarro, muriendo en el trascurso del proceso. Incluso se dice que lo envenenó su enemigo, pero, aunque no llegara a verlo, fueron en gran medida sus acusaciones las que consiguieron que estuviera en la cárcel más de veinte años.



sábado, 1 de diciembre de 2018

(Día 690) Pizarro teme las deserciones y anima a sus hombres con atractivas promesas. Sus capitanes le aconsejan que siga negociando con Almagro. También Almagro envía mensajeros para tantear a Alonso de Alvarado, quien desconfía especialmente de uno de ellos: Don Alonso Enríquez de Guzmán.


      (280) Quizá la primera gran preocupación de los dos fueran los posibles desertores, motivados por el interés o, incluso, por tener familiares o amigos en el bando contrario. Pizarro, como ya lo había hecho Almagro, habló con sus hombres de mayor confianza, justificando sus derechos y prometiéndoles premios: “Queriendo Pizarro encaminar bien las cosas, aunque por parte de su compañero Almagro iban mal guiadas, tomó consigo al bachiller García Díaz, Diego Funmayor, Diego de Urbina, Felipe Gutiérrez, Antonio Picado  (su secretario), D Pedro Puertocarrero y algunas otras personas, y les dijo que a todos les constaba que Almagro había cometido un delito muy grave, y que la presencia de Su Majestad estaba tan arredrada (alejada) para castigarlo, que le pertenecía a él, como su Gobernador, hacerlo con los que andaban alborotando las tierras y las ciudades pacíficas. Les rogaba que quisiesen ser buenos amigos e compañeros suyos, porque les prometía honrarlos tanto como pudiese, y les pidió que, aunque su voluntad era la que les había dicho, diesen su parecer reunidos en consejo, ya que el negocio era tan importante. Oído lo que el Gobernador les había dicho, a todos les pareció que debía enviar mensajeros al Adelantado Almagro, y que las cartas fuesen escritas con palabras blandas e amorosas, y que escribiese también a algunos de los más importantes hombres de Almagro”. A nadie se le escapaba que las posibilidades de éxito eran muy escasas, y le dieron otro consejo (que en realidad no hacía falta advertírselo a Pizarro): “Le dijeron también que enviase mensajeros a la Ciudad de los Reyes para que, si las cosas no tuviesen buen fin, se hiciese llamamiento (militar) de gente e se recogiesen las armas que hubiese”.
     Pues en este juego de emisarios y negociaciones, veamos cómo les fue a los representantes de Almagro que se dirigieron a Abancay para decirle a Alonso de Alvarado que fuera ‘buen chico’: “Salido del Cuzco Diego de Alvarado con Don Alonso Enríquez de Guzmán, el contador Juan de Guzmán y los demás que les acompañaban, llegaron al puente de Abancay, dijeron a los que allí estaban a lo que venían, y dos soldados fueron adonde Alonso de Alvarado y le hicieron saber de la llegada de los embajadores de Almagro. Les dijo que volviesen al puente y que él bajaría después para verse con los llegados. Llamó a los capitanes Garcilaso de la Vega, Perálvarez Holguín, Diego Gutiérrez de los Ríos, Pero de Lerma (ya sabemos que se va a pasar al bando de Almagro), Gómez de Tordoya y algunos otros. Les dijo que quería bajar al río a recibir a aquellos caballeros, pues eran de mucha calidad, y que estuviesen todos preparados pues entre ellos venía D. Alonso Enríquez de Guzmán”. No se fiaba un pelo de Enríquez por varias razones: era muy inteligente y maniobrero, a lo que se añadía que odiaba a Hernando Pizarro (como ya sabemos) y que se había pasado al bando de Almagro en cuanto llegó al Cuzco (incluso le ayudó a tomarlo). Resulta también curiosa la relación de Alonso de Alvarado con Pedro de Lerma, a quien había desplazado del mando. Aunque Alvarado era un hombre cabal y muy respetado, todo el mundo sabía que Lerma no había podido digerir la humillación, y muchos daban por hecho que, tarde o temprano, traicionaría a los de Pizarro. Fue temprano.

     (Imagen) Lo de Perú fue principalmente cosa de extremeños. Haré un breve cometario sobre la trayectoria de dos de ellos. El cacereño PEDRO ÁLVAREZ HOLGUÍN luchaba en el bando pizarrista, pero, en medio de aquella locura de tránsfugas, cambió de chaqueta. Le veremos luchar junto a los de Almagro en la batalla de las Salinas. Sobrevivió, y, curiosamente, Pizarro no solo le perdonó su traición, sino que le confió una campaña de nuevos descubrimientos. Cuando asesinaron en 1541 al ilustre gobernador Pizarro, y quizá por acordarse agradecido de su perdón, no quiso unirse a Diego de Almagro el Mozo, promotor del crimen, pese a que le ofreció una capitanía, dinero, armas y caballos. Todo lo contrario: lo que sí aceptó después, con clara fidelidad al recuerdo de Pizarro, fue el nombramiento de justicia mayor del Cuzco, poniendo en marcha el procesamiento de los almagristas. Por su parte, el bravo GÓMEZ DE TORDOYA, también extremeño, abandonó los placeres de la caza para luchar bajo el mando de Vaca de Castro contra los almagristas. Lo hizo retorciéndole el pescuezo a su halcón, y diciendo: más tiempo es de guerra a fuego y a sangre que no de caza y pasatiempos. Convenció a su amigo Pedro Álvarez Holguín para que se incorporara con él a la batalla de Chupas. Ganó su bando, y Diego de Almagro el Mozo fue ejecutado, pero tanto Pedro como Gómez fallecieron a consecuencia de las heridas recibidas. Aunque fue una desgracia, murieron con su fidelidad a Pizarro intacta. De haber sobrevivido, se habrían tenido que enfrentar al difícil dilema de escoger entre la obediencia al Rey o a Gonzalo Pizarro.



viernes, 30 de noviembre de 2018

(Día 689) En medio de su angustia, Pizarro se alegra de que haya sido Almagro el iniciador del conflicto armado. Anima a sus hombres confiando en que, con la ayuda de Alonso de Alvarado, someterían a su enemigo. La gravedad de la situación superaba lo que Pizarro y Almagro, ya ancianos, podían soportar.


     (279) Siguió Pizarro con sus lamentaciones, pero dijo que se alegraba de no haber sido él quien había iniciado el conflicto: “Mirando hacia el cielo, decía que mucho se holgaba de que hubiera sido Almagro el primero que rompió la paz y fue contra lo jurado, ya que sus hados y los de su compañeros habían querido que, en la senectud de ambos, contendiesen en guerras civiles e fueran tenidos por los principales promovedores; de lo cual él ponía por testigo a Dios de que no se holgaba, ni quería seguir adelante, porque el Rey sería de ello muy deservido”.
     Vemos que Cieza ha utilizado las reflexiones de Pizarro (al que sin duda apreciaba y admiraba) para ponerse de su parte en este punto concreto. Sabe, y no lo oculta en sus crónicas, que Almagro tenía poderosas razones para sentirse injusta y repetidamente ninguneado por los Pizarro, pero se nota que le produce cierta satisfacción que ahora el villano sea Almagro, y además en un acto de terribles consecuencias: desencadenó el inicio de las guerras civiles.
     Pizarro se sobrepuso y trató de animar a sus soldados: “A todos los que venían con él les pareció mal que Almagro hubiese entrado en el Cuzco por la fuerza de las armas e prendido a Hernando Pizarro, que estaba en ella como Teniente del Gobernador y Justicia Mayor, e decían que de aquella entrada habían de redundar grandes males en todo el reino. El Gobernador, mirando que convenía mostrar buen ánimo a sus gentes para que no deseasen algún cambio, les dijo que no se acongojasen, porque  su capitán Alonso de Alvarado se había situado en el puente de Abancay con tanta gente que, juntos con ellos, bastaban para constreñirle a Almagro, si hiciera falta,  a que se arrepintiese de lo hecho y volviese a su amistad”.
     Tanto Almagro como Pizarro eran entonces, para su época, unos hombre ancianos y, como veremos después, también achacosos. Aunque no debe olvidarse que, cuando tres años después, le atacaron sus asesinos a Pizarro, tuvo el arranque y el pundonor de morir matando, acabando con la vida de tres de los confabulados. Pero lo cierto es que Almagro estaba my afectado de sífilis, y Pizarro ya no peleaba abiertamente en campaña. El uno y el otro tenían que verse sobrepasados por el enorme problema en el que estaban metidos. Los dos ilustres analfabetos van a protagonizar, a través de sus asesores, una serie de inútiles intentos de negociación, con cartas y emisarios que volaban de un bando al otro, agotando hasta la última esperanza de una solución pacífica y acordada. Va a ser un espectáculo penoso por lo repetitivo y las eternas discusiones acerca de cómo había que interpretar las provisiones del emperador. Ni siquiera la batalla de Abancay, que, como enseguida vamos a ver, fue ganada por Almagro, cambiará el panorama. Habrá más y más negociaciones, siempre hechas tendenciosamente y sin posible arreglo, porque ni Pizarro ni Almagro estaban dispuestos a ceder en sus pretensiones, justas o no.

     (Imagen) Nunca podremos agradecerle suficientemente a Carlos Lummis los ‘buenos ojos’ y la admiración con que propagó en sus escritos los hechos de los españoles en América. Mérito doble tratándose de un ‘gringo’. Su propia vida fue novelesca. Valoraba especialmente la heroicidad  y no se equivocó sobre la grandeza de la epopeya de Indias. En su magnífico libro ‘Los exploradores españoles del siglo XVI’ (publicado ¡en 1893!) le dedica su mayor entusiasmo a Pizarro. Como hombre apasionado, se dejaba llevar a veces por su simpatía o antipatía hacia los personajes, y, con Almagro, fue muy injusto, haciéndole culpable de revolverse contra Pizarro por su mezquina envidia. Así juzga el inicio de los primeros enfrentamientos entre los dos socios: “La diferencia de poderes concedidos por el Emperador a cada uno de los dos dio pie a disgustos muy serios. Almagro jamás perdonó a Pizarro su preeminencia, y le acusó de haber procurado lo mejor para sí de forma traicionera. Algunos historiadores se han puesto de parte de Almagro, pero tengo fundados motivos para creer que Pizarro obró con rectitud, y que fue la Corona la que se negó a darle a Almagro los mismos poderes. Era una medida muy prudente, pues la existencia de dos jefes constituye siempre un peligro”. El bueno de Lummis murió en 1528, con 69 años, y seguro que, en alegre tertulia con los dos magníficos personajes, se habrá dado cuenta de que Almagro, aunque triturado por el destino y despreciado injustamente, como suele ocurrir con los perdedores, fue el más noble y leal.



jueves, 29 de noviembre de 2018

(Día 688) Pizarro y sus hombres siguen avanzando hacia el Cuzco para expulsar a Almagro. Cieza critica con gran dureza el mal trato que daban a los indios porteadores. Pizarro se deprime al recibir las malas noticias que le envía Alonso de Alvarado sobre la situación en el Cuzco.


     (278) Por entonces, avanzaban Pizarro y sus cuatrocientos hombres hacia el Cuzco: “Llevaba por capitanes a Felipe Gutiérrez y Diego de Urbina. Iba con gran voluntad de socorrer la ciudad del Cuzco, pues hacía muchos días que no había recibido de allí noticia alguna, por lo cual estaba muy acongojado”. Cieza tratará de disculpar a Pizarro, pero nos muestra la terrible explotación que podían sufrir los indios cuando los españoles iban a marchas forzadas. Ya lo vimos en la travesía de los Andes que hizo Almagro. Y ahora se repetirá el tremendo espectáculo: “Los indios de los fructíferos valles, viendo el poderío que el Gobernador llevaba, le salían a servir y le proveían de lo necesario. Aunque Don Francisco Pizarro llevaba muy buen propósito en lo referente a la pacificación de las provincias, no dejaré de decir que ocurrieron grandes maldades contra los naturales cometidas por los españoles”.
     Y para no ahorrarnos la vergüenza, las detalla: “Les tomaban a sus mujeres y, a algunos, sus haciendas. Y lo que más de llorar es que, para que llevaran sus cargas, los ponían en cadenas, y como iban caminando por los arenales, sin sombras ni fuentes, los pobres indios se cansaban, y en lugar de dejarles descansar, les daban muchos palos, diciendo que como bellacos lo hacían. Tanto los maltrataban, que muchos de ellos caían al suelo, y por no pararse a soltar a todos los encadenados y sacar a los caídos, algunos les cortaban las cabezas con poco temor de Dios”. Cieza no  miente, pero, sin tener en cuenta el gran daño que hicieron las epidemias, saca una conclusión exagerada: “De esta suerte fueron muertos muchos indios, pues solía haber en estos valles gran número de ellos, y por los malos tratos que han recibido de los gobernadores y capitanes, vinieron a la disminución que ahora tienen, estando ahora muchas de estas tierras despobladas”. De lo que cuenta Cieza parece entenderse que el mayor tormento para los indios fue servir de porteadores en las grandes expediciones militares. De hecho, había leyes que los protegían en su servicio a los encomenderos, entre otras, la que prohibía que se les cargara con más de dieciocho kilos de peso. Pero, sin duda, las leyes fueron en muchas ocasiones simple texto orillado, quedando los indios a merced del buen o mal corazón de cada español.
     PIZARRO alcanzó en su impaciente marcha hacia el Cuzco el valle de Guarco. Nada más asentar su campamento, llegaron Gómez de León y sus hombres con las preocupantes noticias que le enviaba Alonso de Alvarado, y el viejo y trabajado trujillano se deprimió: “Cuando las supo, fue grande la turbación que recibió, en tanta manera que bien lo mostraba en el rostro. Estuvo un poco de tiempo perplejo acordándose de la afinidad tan conjunta que había habido entre el Adelantado don Diego de Almagro y él, de los trabajos tan crecidos que habían pasado en los descubrimientos, del juramento tan solemne que en el Cuzco habían hecho entrambos, con tantos vínculos y firmezas (hasta poniendo a Dios por testigo), y de que, sin mirar los daños que de la guerras podían resultar, Almagro había entrado violentamente en el Cuzco y prendido a sus hermanos”.

    (Imagen) El capitán Diego de Urbina, también nacido en Orduña, fue siempre fiel a Pizarro, y era sobrino del almagrista Juan de Urbina, un ejemplo más de las trágicas enemistades entre amigos y familiares que provocaban aquellas nefastas guerras civiles. Encuentro en el maravilloso archivo PARES una carta de Diego (parte de ella aparece en la imagen) que me aclara un tema que me parecía extraño (la muerte del obispo Vicente de Valverde). Resumo el texto: Le cuenta al Rey algo que sucedió años después del inicio de estas guerras fratricidas.  Cuando mataron a Pizarro, en 1541,  Diego de Urbina estaba como teniente suyo en Puerto Viejo y en Santiago (cerca de Colombia). Los indios de la zona se rebelaron contra los españoles. El obispo fray Vicente de Valverde iba hacia Quito en unas balsas con treinta y tantos hombres. Salieron los indios de la isla Puná y mataron a todos (no era, pues, un asunto personal: lo hicieron porque estaban en rebeldía general aprovechando la muerte de Pizarro). Urbina permanecía en Santiago, y todos los indios de Puná, con los demás caciques de aquellas provincias, fueron a cercarle. “Nos tuvieron cercados seis meses, dándonos muchas guazabaras (peleas), y nos tenían tan fatigados que acordé, con la conformidad del cabildo, irme de la ciudad, y con veinte balsas traje a los vecinos, sin perder ninguno (muestra su orgullo), por un río abajo en las provincias de los guancavelicas, que son indios de paz e seguros,  donde dejé la ciudad asentada  (la refundó como un campamento provisional), e fui a la ciudad de Puerto Viejo, donde hallé que habían matado a ciertos cristianos, recogí toda la gente que pude, prendí a ciertos caciques e hice castigo de ellos, poniendo temor en los demás, que fue causa de que vinieran a la obediencia de Vuestra Majestad”.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

(Día 687) Muchos de los de Alonso de Alvarado querían que empezara la guerra y unirse a Almagro. Alvarado le manda información a Pizarro, quien ya se había puesto en marcha hacia el Cuzco con 400 hombres. Almagro envía mensajeros para que Alvarado lo reconozca como Gobernador de aquellas tierras.


    (277) Alonso de Alvarado veía muy negra la situación, y le angustiaba también un problema añadido del que era muy consciente: “Tenía, además, gran cuidado porque no estaban conformes todos los ánimos de los que con él venían, sino que muchos de ellos se alegraban de la llegada de Almagro, esperando los que estaban pobres hacerse ricos con tales discordias, y comenzaron a aborrecer la tranquila paz, viniéndoles la ira fácil e pronta para darse a cualquier maldad por huir de la necesidad; y desde entonces comenzó a estar  desquiciada la confianza en estos reinos, y a tener todos por cosa provechosa la cruel guerra civil. Y así, los que eran de esta opinión, deseaban ver delante las banderas de Almagro para pasarse a ellas, diciendo, para poder justificarse, que había sido recibido con todo derecho como Gobernador en el Cuzco, y que era señor tan valeroso que iba a hacer a todos ricos y poderosos para que pudiesen volver a España a gozar en sus tierras”. El lamento de Cieza se centra de lleno en la eufórica insensatez de aquellos momentos cruciales. La misma que se ve en las fotos (tan repetidas) de entusiastas soldados despidiéndose desde el tren para ir a la guerra.
     Alonso de Alvarado tomó sus precauciones para no ser sorprendido por un ataque de Almagro. Luego envió a Gómez de León con cartas que le informaran ampliamente de la situación a Pizarro, quien al estar muy preocupado por la falta de noticias, ya se había puesto en marcha hacia el Cuzco con unos cuatrocientos hombres. Por consejo de sus capitanes (entre ellos Sebastián Garcilaso de la Vega), y dado que era muy peligroso andar tan largo camino por territorios de los indios, le acompañaban a Gómez de León doce jinetes de valía y absolutamente leales, como Alberto de Orduña, Gonzalo Hernández de Heredia, Juan Alejandre, Origüela, Losa y Juan Porcel.
     Por su parte, Almagro movió ficha, en principio solo diplomática, pero contundente: “En el Cuzco, Almagro y sus hombres principales habían tomado ya acuerdo de lo que harían sobre la estancia de Alonso de Alvarado en Abancay. Determinaron que se fuese a requerirle que le diese obediencia a Almagro como Gobernador y Capitán General de Su Majestad en aquellas provincias, y que le requiriesen que saliese de ellas si no lo quisiese hacer, para lo que envió a Gómez de Alvarado y Diego de Alvarado, por la autoridad de sus personas y por la amistad que les tenía Alonso de Alvarado, ya que vinieron juntos de Guatemala con el Adelantado Don Pedro de Alvarado. Irían con ellos a hacerle el requerimiento el contador Juan Guzmán, D. Alonso Enríquez de Guzmán, hombre de grandes mañas (lo que confirma que este ya se había pasado al bando de Almagro y la fama de habilidoso liante que tenía), el licenciado Prado, el factor Mercado, un escribano y un alguacil. Le escribió a Alonso de Alvarado muy graciosamente, para atraerle a que siguiese su opinión, haciéndole grandes ofertas y prometiéndole mucho dinero para poder ir a España si lo desease”. Se diría que Almagro olvidaba la inquebrantable honradez de Alonso de Alvarado.
   
     (Imagen) No era ninguna broma recorrer largas distancias a través del  territorio controlado por el rebelde  Manco Inca y sus miles de indios. Prueba de ello es que Pizarro fundaría después, principalmente por motivos de defensivos, la población de San Juan,  a mitad de camino entre Lima y el Cuzco. Por eso ahora Alonso de Alvarado, para enviar un correo urgente a Francisco Pizarro, utiliza un grupo de trece jinetes veteranos y de toda confianza, a pesar de que le hacen mucha falta para defenderse del más que probable ataque de Almagro. Entre ellos va Antonio de Orihuela, quien tres años más tarde iba a demostrar su absoluta fidelidad a Francisco Pizarro de una manera insensata. Poco después de su asesinato, llegó Orihuela a Lima procedente de Panamá, y se le ocurrió la idea de acusar públicamente a los almagristas de traidores, por lo que fue degollado. Otro acompañante, Juan Porcel, fue demandado judicialmente más tarde, como fiel pizarrista, por la viuda del virrey  Núñez Vela. Barriendo para casa, comentaré que el capitán que estaba al mando de los jinetes mensajeros, llamado Gómez de León, era alavés (murió tiempo después en la batalla de Huarina), y llevaba a su lado a dos casi paisanos suyos, Alberto de Orduña, y un tal Losa de apellido. El Valle de Losa, Orduña y Álava son colindantes. Y para que no haya discusiones, digamos de paso que, aunque quizá el gran Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, naciera en Orduña, los años de su juventud los vivió en Villalba de Losa. Como se ve en la imagen, así lo reconocen los propios argentinos.



martes, 27 de noviembre de 2018

(Día 686) Pedro de Lerma logra mandarle a Almagro un mensajero para comunicarle que tenía ya muchos hombres dispuestos a pasarse a su bando. También Hernando Pizarro consigue avisarle a Alonso de Alvarado de que Almagro se ha apoderado del Cuzco, lo que le hace comprender que el conflicto será inevitable.


    (276) En su versión, Cieza nos precisa quiénes fueron los mensajeros de uno y otro bando. El enviado por Hernando Pizarro a Alonso de Alvarado era Pedro Gallego, “hombre muy andador y que había andado por todos los caminos de la tierra; partió del Cuzco tomando vestidura de indio, cortándose la barba, sin llevar espada sino una honda, y metiendo la carta en un canuto”. Con lo que dice queda claro que era muy grande el peligro de que le interceptaran los indios por el camino. Nos acaba de hablar Pedro Pizarro de la carta que el ‘traidor’ Pedro de Lerma le remitió a Almagro para que atacara a Alonso de Alvarado. En la crónica de Cieza se aclara que era una respuesta a un mensaje que anteriormente le había enviado el propio Almagro pidiéndole que se pasara a su bando. Nos comenta que, para contestarle, Lerma se sirvió de otro corredor de ‘ligeros pies’ (como Aquiles): “Pedro de Lerma, habiendo recibido las cartas del Cuzco, deseando responder al Adelantado Don Diego de Almagro (Cieza nunca le llama ‘Gobernador’), envió con la respuesta a Melchor Palomino, que también era muy ligero, llevando unas cartas escritas por él y por otros muchos del real ofreciéndose enteramente al servicio de Almagro, y diciéndole que se alegraban mucho de que lo hubiesen recibido como Gobernador en el Cuzco, pues así lo mandaba Su Majestad en sus provisiones (la eterna estrategia de dar por cierto lo dudoso). Al día siguiente, se echó de menos a Palomino. Al saberlo el capitán Alonso de Alvarado, recibió mucha pena suponiendo que lo había enviado alguno de sus capitanes”.
     Justo entonces, llegó Pedro Gallego con el aviso de Hernando Pizarro (quizá se cruzara con Palomino): “Cuando Alonso de Alvarado leyó la carta, le pesó que Almagro hubiese tomado por la fuerza la posesión del Cuzco (hasta entonces solo sabía que podía ocurrir)”. Luego Cieza manifiesta una opinión mucho más creíble que la que hizo Pedro Pizarro sobre el comportamiento de Alonso de Alvarado, hombre muy respetado por casi todos los cronistas: “Y  no habría recibido esta pena si él hubiera llegado al Cuzco antes de que entrara Almagro, pero la culpa no fue suya sino del Gobernador don Francisco Pizarro, que le mandó invernar en Jauja para que dejase a todos los indios pacificados (como vimos, Pedro Pizarro aseguraba que Alvarado hizo ese trabajo para proteger las encomiendas de indios del influyente Antonio Picado, a quien, según él, le debía el puesto de general que ostentaba Pedro de Lerma)”.
     Después Alonso de Alvarado reunió a sus capitanes y les leyó la preocupante carta de Hernando Pizarro. Decidieron mantener allí su campamento, enviarle las noticias a Francisco Pizarro, y darle a Almagro, si se sentía molesto por su permanencia en aquel lugar, la explicación de que estaban a la espera de las órdenes de Pizarro. “Y, si Almagro decidiera atacarlos, el tiempo diría lo que fuese mejor. Pero Alvarado bien entendía que ya la cosa iba rota, y la amistad tan antigua de los de Almagro y los de Pizarro, deshecha, y que estaba el negocio puesto en nivel tan delicado que, si Dios no ponía en ello su mano, habría grandes daños, con muchas muertes”.

     (Imagen) Hoy hemos visto la actuación de dos traidores haciendo de mensajeros espías, uno, Pedro Gallego, a favor de Hernando Pizarro, y el otro, Melchor Palomino, para ayudar a Almagro. El primero va a morir pronto, en la batalla de las Salinas, pero consta que el segundo aún vivía en 1551, aunque no sabemos si por mucho tiempo, ya que era uno de los demandados por doña Brionda de Acuña, la viuda del asesinado virrey Blasco Núñez Vela. Adelantemos que, cuando las guerras civiles terminaron, les cayó a los vencidos todo el peso de la justicia. Curiosamente, uno de los encargados de juzgarlos fue el gran ALONSO DE ALVARADO, siempre consciente del demencial error de alzarse contra la Corona. El Rey publicó la durísima sentencia. En la imagen vemos la primera página del expediente (resumo el texto): “Por los delitos de traición y rebelión cometidos en las provincias de Perú por Gonzalo Pizarro y otros, sus secuaces, contra nuestro servicio y bien común de aquella tierra, el Licenciado Oidor de la nuestra Audiencia e Cancillería Real de las dichas provincias, y el Mariscal ALONSO DE ALVARADO, jueces nombrados para el castigo de los dichos delitos, procedieron contra los dichos rebeldes y traidores, y los proclamaron traidores, y a algunos de ellos condenaron a penas de muerte natural, e a otros a penas de azotes e a que sirviesen perpetuamente en nuestras galeras, y a otros en destierro de aquellas provincias para estos reinos y para otra partes de las Indias, y en otras penas, y a todos ellos en confiscación y perdición de todos sus bienes”.



lunes, 26 de noviembre de 2018

(Día 685) Alonso de Alvarado, tras enterarse de que Almagro ha tomado el Cuzco, apresando a Hernando y Gonzalo Pizarro, prepara su defensa junto al río Abancay. Deseando vengarse, Pedro de Lerma consigue aliados, y envía un mensaje a Almagro indicándole una parte del río por la que le podrán ayudarle a pasarlo.


Recordemos que el cronista Pedro Pizarro estaba entre los apresados por Almagro en el Cuzco. Va a contar las cosas escuetamente, pero su información es interesante. Anoto unos datos aportados por él que enlazan con lo anterior de Cieza: “Alonso de Alvarado llegó a Cochacaxa y  al río Abancay, que está a unas veinte leguas del Cuzco, no pudiendo ser vadeado en invierno, y, en verano, con trabajo. Aquí supo Alonso de Alvarado de la entrada de Almagro en el Cuzco y de la prisión  de Hernando Pizarro, por lo que se detuvo en Cochacaxa, que está en lo alto de un cerro y tiene una llanada pequeña, desde donde baja una cuesta de casi una legua hasta el río de Abancay. Dejando el real y gente en lo alto, bajó al puente de Abancay, y aquí hizo una albarrada, y se quedó guardando este paso con más gente de guerra. Ordenó a cincuenta de a caballo que fuesen a dar aviso al Marqués Don Francisco Pizarro de lo sucedido”.
     Unos y otros, a través de los indios, recibían información de lo que estaba pasando. De esa manera, también Almagro supo que Alonso de Alvarado estaba asentado muy cerca del Cuzco. La inquietud en ambos bandos era enorme, sobre todo por la posibilidad de un trasvase de desertores, una baza que estaban jugando tanto Almagro como Hernando Pizarro, quien consiguió enviarle una carta a Alonso de Alvarado para reforzar su lealtad y la de los hombres bajo su mando haciéndoles ver que Almagro había ocupado el Cuzco sin respetar la tregua que tenían establecida. La mayor inquietud para Alvarado era que el gran capitán Pedro de Lerma, resentido por haber sido privado del mando supremo, se aliase con Almagro, que es lo que ocurrió.
     Sigamos a Pedro Pizarro: “Ya dije que Antonio Picado le quitó la gente a Pedro de Lema y se la dio a  Alonso de Alvarado, porque este Picado, siendo su secretario, tenía tanto poder con el Marqués, que no se hacía más que lo que él quería y ordenaba, lo que fue harto mal en esta tierra, como más adelante diré (no resulta creíble que tuviera más poder que Pizarro). Pedro de Lerma venía disconforme en su pecho, sin darlo a entender, por la afrenta que le había hecho Picado de quitarle el cargo de general y dárselo a Alvarado. Traía muchos amigos Pedro de Lerma, y hombres principales, y visto que tenía coyuntura para vengarse de la injuria que le habían hecho, pidió, al parecer, a sus amigos que le escribiesen a Almagro para que atacase sin miedo, que ellos le entregarían presos a Alonso de Alvarado y a su gente. Se dijo también que, después de haber conocido la discordia que había en el campo de Alvarado y el recado de Pedro de Lerma, Almagro determinó ir a Abancay, enviando aviso de su partida a Pedro de Lerma y a sus amigos, y prometiéndoles grandes mercedes. Cuando supieron que Almagro había salido, Pedro de Lerma y sus amigos fingieron estar muy de la parte de Don Francisco Pizarro, procurando que los pusiesen en el lugar más peligroso, el del vado del río, indicándole luego a Almagro que acometiera por aquel lugar porque todo lo encontraría llano”.

     (Imagen) Ya di datos en otra reseña sobre ANTONIO PICADO, un auténtico (y valiosísimo) trepa. Vimos que llegó a Perú con el gran Pedro de Alvarado, y que, en cuanto pudo, se pasó al ejército de Pizarro. Era su complemento ideal, supliendo las carencias culturales y la escasa habilidad diplomática del insuperable conquistador extremeño. Le fue fiel hasta la muerte, víctimas los dos del mismo complot. Vimos también que, antes de que lo ejecutaran, decidió casarse con su amante, Elena Martínez, quien, años después, logró que la justicia oyera sus súplicas, como consta en esta cédula: “Real Cédula del príncipe (Felipe II) a la Audiencia de Lima para que se dé lo que pide a Elena Martínez, madre de dos hijos residentes en el Perú, Antonio y Francisco Picado (hijos de la pareja); al primero le mandó matar Diego de Almagro (el Mozo), y al segundo lo mataron los indios, de los cuales quedaron muchos bienes que reclama como legítima heredera”. En una parte de otro documento (el de la imagen) vemos cómo se inició, en 1530, la ascensión de Antonio Picado: “Don Carlos: Por cuanto  mandamos al Alcalde Mayor de la provincia de Nicaragua que examinara para la merced de escribano e notario público a D. Antonio Picado en la nuestra Corte y en todos nuestros Reinos e Señoríos, y, siendo hábil, os entregasen esta nuestra provisión, por ende, con testimonio de vuestra habilidad, y por hacer bien a Vos, el dicho Antonio Picado, tenemos por bien y es nuestra merced y voluntad que de agora y de aquí adelante, para en toda vuestra vida, seáis nuestro escribano y notario público en la nuestra Corte y en todos nuestros Reinos y Señoríos”.



sábado, 24 de noviembre de 2018

(Día 684) El notable Gabriel de Rojas se pasa al bando de Almagro. El rebelde Manco Inca y sus indios disfrutaban viendo los enfrentamientos entre españoles. Va a empezar la batalla del río Abancay. El Capitán General de Pizarro era Alonso de Alvarado, lo que provocará después la traición de Pedro de Lerma por haber sido desplazado de ese cargo.


      (274) Ya dueño de la situación, Almagro, para animar a los vecinos de Cuzco, les prometió premiarlos y darles mejor trato que el que habían recibido de Hernando Pizarro. Le ofreció al prestigioso Gabriel de Rojas (capitán de Hernando Pizarro) el puesto más importante. A pesar de ser un hombre lleno de valores (del que ya hablé elogiosamente), Cieza da a entender que era algo chaquetero: “Almagro le pidió a Gabriel de Rojas que tomase la vara de Teniente e Justicia Mayor de la ciudad. Gabriel de Rojas era amigo de Almagro, pero también se condolía de los vecinos del Cuzco. Mirando que con tal cargo podía favorecerlos, o porque era amigo de andar con el tiempo y de acostarse a la parte que veía más próspera, aceptó ser Teniente e Justicia”.
     Mientras tanto, Manco Inca y sus indios, que habían fracasado en el cerco del Cuzco, contemplaban con regocijo el conflicto entre los españoles: “Cuando supieron las cosas que pasaban, holgábanse grandemente, esperando que sus dioses habían de permitir que hubiese tanta guerra entre los españoles, que fuese consumida en ella la mayor parte de ellos, de forma que pudieran tornar a recobrar su señorío”.
     El primer paso fatídico lo había dado Almagro. Le fue fácil apoderarse del Cuzco. Tener presos a Hernando y Gonzalo Pizarro le daba cierta tranquilidad frente a la previsible reacción agresiva de Francisco Pizarro. Y por el contrario, el temor a ser ejecutados era una pesadilla constante para los dos rehenes. Tras ese aperitivo de guerra civil, vendrá el primer plato fuerte, y quien lo va a saborear con deleite será Almagro. Pero el segundo le resultó tan indigesto que le costará la vida. Arriba el telón: LA BATALLA DEL RÍO ABANCAY.
     Cieza nos pone en antecedentes del protagonismo que va a tener ALONSO DE ALVARADO en este encontronazo entre los  dos bandos. El cronista Pedro Pizarro ya nos contó (tendenciosamente) que Almagro no habría podido apoderarse del Cuzco si Alvarado no se hubiera entretenido sometiendo a unos indios que andaban molestando en una zona de encomiendas que pertenecían a ANTONIO PICADO, el poderoso secretario de Pizarro. Incluso aseguraba (injustamente) que de esa manera consiguió Alvarado desplazar a PEDRO DE LERMA en el puesto de capitán general. Lo que sí parece haber ocurrido es que fue esa humillación lo que le impulsó después a Pedro de Lerma a pasarse al bando de Almagro (como veremos).
     Cieza explica que Alonso de Alvarado terminó en aquella zona con la resistencia de los indios, pero que se dio cuenta de que un cacique que iba con él aparentemente como colaborador, en realidad le estaba dando informaciones falsas, y, cosa rara en él, “enojado por ello lo mandó quemar”. A partir de ese momento, Alvarado iniciará su actuación en el Cuzco: “En el valle de Andaguaylas  supo por los indios que Almagro había entrado en la ciudad del Cuzco y apresado a Hernando Pizarro e a su hermano Gonzalo Pizarro. Mas estas cosas no las creyó, pues habiendo ido Almagro con tan ilustre ejército a las provincias tan ricas de Chile, no era creíble que se volviera sin dejarlas pobladas. Y siguió su camino (iba hacia el Cuzco), llegando a Cochacaxa”.

     (Imagen) PEDRO DE LERMA fue un extraordinario capitán, y, sin embargo, escasean los datos sobre su biografía. Llegó a las Indias con una persona ciertamente peculiar, su tío GARCÍA DE LERMA, quien, siendo más hombre de negocios y de letras que de guerra, fue nombrado Gobernador de Santa Marta  (en zona colombiana), tras haber  desembarcado en Santo Domingo como asesor de Diego Colón, el hijo del descubridor. Ocurrió después que García tuvo un enfrentamiento tan ácido por alguna cuestión económica con su sobrino, Pedro, que ordenó su destierro. Cuando lo llevaban embarcado con destino a España, Pedro tuvo la habilidad de convencer a quien estaba al mando de la nao para que le dejara quedarse en Santo Domingo. Lo que hizo después fue tratar de legalizar su situación dirigiéndose a la Real Audiencia de la isla para querellarse contra su tío porque la pena del destierro era excesiva. Sorprendentemente, encontró allí una ayuda esencial para su causa de alguien que después sería su mortal enemigo: Hernando Pizarro. Ya libre de cargos, Pedro soñó con ir a Perú, algo que tuvo que aplazar hasta que su tío muriera, porque eran tantos los que lo hacían, que se iba quedando despoblada su gobernación. Ya en Perú, se convirtió en el principal capitán de Pizarro, pero, al ser desplazado por el brillante Alonso de Alvarado, desahogó su rencor pasándose al bando de Almagro, lo que le llevó al fracaso y a la muerte. Para bien o para mal, las vidas se cruzaban entre aquellos trotamundos.