miércoles, 20 de marzo de 2019

(Día 783) Comienza el ataque. La tropa de Almagro está desmoralizada. Van muriendo algunos. Orgóñez mata a un pizarrista que ya cantaba victoria. Luego él tiene que rendirse y le cortan traidoramente la cabeza. Derrota total de los almagristas.


     (373) Se acabaron ya las eternas y desesperadas negociaciones. Convencidos o no de tener la razón de su parte (aunque todos sabían que iban a zanjar a las bravas lo que solo al Rey correspondía decidir), dieron comienzo a la carnicería: “El capitán Salinas (almagrista), acertándole una pelota de arcabuz, cayó muerto, y Marticote, soldado valiente, se puso en su lugar con mucho ánimo, y, haciendo gran ruido, comenzaron a herirse mortalmente los unos a los otros. El alférez general de Almagro, llamado Francisco Hurtado, se pasó con el estandarte a los contrarios”. Todo indica que, ya desde el comienzo, flaqueó la moral entre la tropa del Adelantado: “Muchos de los de Almagro, sin ponerse a prueba en la batalla, volviendo las riendas a sus caballos, se fueron huyendo, e otros de los de a pie se escondían entre algunas paredes arruinadas que allí había. La arcabucería de Pizarro hacía gran daño. Los capitanes ya se habían enfrentado unos a otros, y algunos habían caído muertos o heridos”.
     Había alguien, ahora almagrista, que tenía, por viejas cuestiones, un odio furibundo necesitado de venganza: “El capitán Pedro de Lerma, mirando a Hernando Pizarro, arremetió contra él a grandes voces, llamándole traidor, e tan grande encuentro le dio, que hizo que su caballo se arrodillara, y si no llevara tan buenas armas (defensa corporal), lo habría matado. Como los de Almagro andaban desordenados por culpa de los que se huyeron, los de Pizarro se mostraban ya como señores  del campo, e uno de ellos comenzó a decir a grandes voces: ‘¡Victoria, victoria por Pizarro!’. Orgóñez le oyó mientras peleaba, y arremetió contra él diciéndole: ‘No lo verás tú, villano’. Tras lo cual, le metió la espada por la boca, y cayó muerto en tierra. El capitán Eugenio Moscoso fue herido mortalmente y cayó en el suelo”.
     Los almagristas, que habían logrado quitarle el Cuzco a  Pizarro, y triunfado después en la batalla de Abancay, estaban ahora en situación desesperada. Veremos la desgracia de quienes fueron grandes capitanes siempre victoriosos en la conquista de Perú, luchando una vez más (qué desastroso error) españoles contra españoles: “Pedro de Lerma, después de haber luchado como buen capitán, cayó herido en una parte del campo, y también lo fue el capitán Vasco de Guevara, e otros muchos. Los de Almagro ya no tenían orden, e los que podían huir no lo hacían por vergüenza. Rodrigo Orgóñez, viendo su perdición, quiso hacer entrar en la batalla a algunos de los suyos que veía que huían, y le hirieron de un arcabuzazo, recibiendo su caballo tantas heridas que cayó muerto. Se movió con denuedo sin mostrar mengua e arremetió contra los enemigos. Viéndolo de aquella suerte, le cercaron seis de ellos, e dijo a grandes voces: ‘¿No hay entre vosotros algún caballero a quien yo me entregue?”.
     Su intención era rendirse ante alguien de su dignidad militar, y, según las costumbres de la guerra, tenía derecho a que respetaran su vida. Pero entonces ya quedaba poco juego limpio y noble: “Le respondió un criado de Hernando Pizarro llamado Fuentes: ‘Sí, entregaos a mí’. Luego le tomaron entre todos, y el Fuentes, con gran crueldad, le cortó la cabeza. Y así fue el fin de Rodrigo  Orgóñez y de su orgullo. Muerto él, los de Hernando Pizarro alcanzaron enteramente la victoria”. HONOR Y GLORIA A ORGÓÑEZ.

     (Imagen) La batalla de las Salinas terminó con la derrota de Almagro, marcando el fin de sus aspiraciones y, tras ser procesado tendenciosamente, también el de su vida. No hubo muchas bajas en combate. Lo malo vino después, cuando el espíritu de venganza provocó la muerte de más de cien almagristas. Ese mezquino revanchismo se había cebado ya en el fantástico capitán RODRIGO ORGÓÑEZ cuando se rindió. No lo hicieron preso (como correspondía al honor militar), sino que le cortó le cabeza un criado de Hernando Pizarro. Todo indica que se trataba de FRANCISCO DE FUENTES, quien había llegado a las Indias  en 1520, con solo unos 15 años y cierto lustre familiar, puesto que tiempo después figuraba como criado  del soberbio Hernando Pizarro (quien, como vimos, sufrió una demanda de una viuda porque otro criado suyo había matado a su marido de un arcabuzazo). Francisco de Fuentes participó en acontecimientos  extraordinarios, como el apresamiento de Atahualpa,  mostrándose contrario a que ejecutaran al gran emperador inca, con una piedad que se desvaneció después al estallar las guerras civiles, en las que resultaba asfixiante el odio de unos contra otros. Triunfador y rico, se casó con una de las  hijas de un gran hombre que nos resulta muy conocido, GASPAR DE ESPINOSA, suegro asimismo de ANTONIO PICADO, el poderoso secretario de Pizarro que murió junto a él en la misma conspiración. Es seguro que, cuando Gonzalo Pizarro se levantó contra la Corona, Francisco de Fuentes luchó como pizarrista, ya que, asesinado el Virrey Blasco Núñez de Vela, su viuda, Doña Brionda de Acuña lo incluyó en la lista de los demandados por ella. Pero, sin duda, dio un giro en sus fidelidades porque siguió vivo hasta el año 1560.



martes, 19 de marzo de 2019

(Día 782) Va a empezar la batalla. Los capitanes de Almagro tienen que evitar algunas deserciones. Orgóñez ordena el ataque pizarrista, y Vasco de Guevara se niega a ir por donde le indica, estimando que era una muerte segura.


     (372) Resulta chocante la actitud del experimentado Orgóñez, porque, a pesar de su confianza en que Hernando Pizarro se desviara hacia el Cuzco, puso a su ejército en orden de batalla para repeler un posible ataque. A su lado estaba, ente otros, el veterano capitán Pedro de Lerma, quien, recordemos, abandonó a Pizarro por sentirse rebajado de categoría al ser desplazado por Alonso de Alvarado. Le veremos en esta batalla completamente desarbolado. Hubo soldados que, temiendo una derrota inminente, huyeron a la ciudad del Cuzco, pero Gabriel de Rojas les obligó a salir al campo de batalla. Cieza detalla la distribución del ejército. Como acabamos de saber, quien llevaba el estandarte era Gómez de Alvarado, y estaban  con la artillería los capitanes Diego de Alvarado, Cristóbal Sotelo, Don Alonso de Montemayor, Don Cristóbal Cortesía, Hernando de Alvarado, Perálvarez Holguín, Diego de Hoces, Cristóbal de Hervás y Don Alonso Enríquez de Guzmán, quien esta vez sí aparece ejerciendo como capitán.
      No podía faltar el comentario moralista de Cieza ante la destrucción que traerían como consecuencia las guerras civiles: “El silencio de los indios era grande. Aguardaban ver caer muertos por su locura a los valerosos españoles. Y es gran verdad que, si los españoles que allí se juntaron para pelear entre ellos se hubiesen ocupado en descubrir y conquistar, ya se habría recorrido este nuevo mundo de las Indias, y en todas sus partes sería adorada la cruz y temido el nombre del Emperador”.
     El enfrentamiento sería inevitable: “Los de Almagro vieron que el enemigo se les iba acercando, e, cuando ya la noche quería venir, Hernando Pizarro se situó no muy lejos de sus enemigos, habiendo un pequeño río entre ambos reales. Pasaron la noche en alerta unos y otros, con el temor y la esperanza que el lector puede imaginar, pero ninguno salió a proponer la paz, tanto era el aborrecimiento que se tenían. Al otro día, bien de mañana, Hernando Pizarro mandó a sus hombres que se moviesen hacia los enemigos, habiendo primero oído misa (seguro que los de Almagro también suplicaron la ayuda divina)”. Luego, como gran capitán, Hernando Pizarro arengó a sus hombres, haciendo hincapié en la justicia de su causa, atropellada por Almagro, y prometiendo premiar generosamente a sus soldados.  Pero no se olvidó de añadir un detalle humano (que él no estaba dispuesto a cumplir por entero): “Les dijo que, si Dios les diese la victoria, la recibiesen con templanza, sin matar gente, pues todos eran cristianos y vasallos de Su Majestad”.
    Ya se tenían frente a frente las dos tropas, con sus soldados ordenados en grupos de infantería, caballería y artillería. Atravesó el río Pedro de Castro, un capitán pizarrista, con el grupo de los arcabuceros: “Al ver el general Rodrigo Orgóñez que ya habían pasado el río, mandó a Vasco de Guevara que fuese con su compañía  contra ellos. Se dice que le respondió: ‘A la carnicería me enviáis’. Otros dicen que solo respondió que ya no era tiempo. Ambas cosas he oído a personas de crédito, pero no quiero ser juez de opiniones. Al oír Orgóñez lo que Vasco de Guevara había dicho, calándose la visera, arremetió a los enemigos clamando. ‘¡Santiago, y a ellos!’. Hernando Pizarro y los suyos ya estaban de la otra parte del río, e los unos y los otros decían ‘viva el Rey’, nombrando a Almagro y a Pizarro, y así arremetieron los unos contra los otros”.

     (Imagen) Comenté en otra imagen dedicada a DON ALONSO DE MONTEMAYOR que había servido a Almagro, pero que, en las guerras civiles, optó por la legalidad, y, cuando los rebeldes fueron los pizarristas, Gonzalo Pizarro estuvo a punto de matarlo, de manera que Montemayor, harto ya de tanto peligro, huyó a México. El curioso documento de la imagen (año 1555) fue una consulta hecha por los del Consejo de Indias al Rey porque Montemayor había solicitado la concesión de dos Hábitos de Santiago, uno para él y otro para su hijo Francisco. Montemayor presentó en España una recomendación de Don Antonio de Mendoza, Virrey del Perú, y el dato favorable de que el Obispo de Palencia (Don Pedro de la Gasca) le había concedido una encomienda de indios. Los del Consejo, curándose en salud, le dicen al Rey que se presentaron algunas personas que manifestaron “que Don Alonso no solo no había hecho servicios que mereciesen mercedes, sino que había deservido a Vuestra Majestad, y que, en las alteraciones de Gonzalo Pizarro, le había escrito una carta (la vimos anteriormente) en la que se le había ofrecido”. Decían que la carta la tenía Don Pedro de la Gasca, y los de Consejo se dirigieron a él para que la remitiese e hiciera un informe sobre Montemayor. Además de enviarles la carta, La Gasca presentó el historial militar de Montemayor (está en el mismo expediente) y asombra con qué detalle y claridad lo redactó. Tras verlo los del Consejo, le dijeron al Rey que consideraban oportuno concederle lo que pedía. Si el Rey les hizo caso, lo aprovecharía solamente el hijo de Montemayor, porque él murió poco tiempo después.



lunes, 18 de marzo de 2019

(Día 781) Iba a empezar la batalla, y los indios querían verla como un espectáculo, deseando que todos los españoles se matasen. Rodrigo Orgóñez, cosa rara en él, no escucha a sus capitanes y se equivoca de estrategia.


     (371) Es de suponer que la moral de la tropa estaría muy baja, porque todos eran conscientes de que Hernando Pizarro llegaba arrollador. A pesar de que las palabras del deteriorado Almagro poco podían animar, sus hombres mantuvieron el tipo: “Le respondieron que harían lo posible, como correspondía a su pundonor de caballeros hijosdalgo. Mirando Almagro a Gómez de Alvarado, le dijo que se acordase de lo mucho que siempre le había querido desde cuando vino de Guatemala con el Adelantado D. Pedro de Alvarado (Gómez era el hermano pequeño de Pedro). Le dijo también que, como prueba de ello, le encomendaba el estandarte Real del Águila (la bandera del imperio español), y que le rogaba que estuviese junto a él. Agradeciéndole aquella honra que le daba, dijo que él haría  todo lo posible”.
     Iba a empezar la batalla. Los indios lo sabían porque todo lo rumoreaban, y no quisieron perderse el espectáculo gratis, con gran deseo de que se matasen unos a otros: “Acudieron de muchos pueblos no poco número de indios, alegrándose de ver aquel día, pareciéndoles que de alguna manera se satisfacían de los daños que habían recibido de los españoles, y deseando que ningún capitán venciera, sino que todos pereciesen con sus propias armas, ya que eran tan valientes que doscientos mil de los suyos no habían podido matar a ciento ochenta el año anterior, cuando los tuvieron cercados en el Cuzco. Salieron de aquella ciudad las mujeres de los caciques y las indias de servicio de los españoles, e todos iban a ver a los que habían de contender en la batalla. Cuando vino el siguiente día, Hernando Pizarro, sabiendo que el real del Adelantado Almagro estaba en las Salinas, mandó a los suyos que se diesen prisa a andar”.
    También en el bando contrario se disponían al ataque: “Estando los de Almagro en un llano espacioso, Orgóñez mandó que fuesen más hacia la Salinas, y el capitán Vasco de Guevara decía que estuviesen quietos, porque, si se movían, estarían perdidos, ya que lo que querían los enemigos era dar la batalla en lugar estrecho, donde, sin recibir mucho daño de los de a caballo, pudiesen utilizar fácilmente la arcabucería. Aunque otros capitanes creyeron que convenía hacerlo así, Orgóñez pudo tanto que se fue a meter entre aquellos salitrales”.
     Almagro, viejo guerrero, era ya un jubilado forzoso: “Se puso algo desviado, en un lugar donde podía ver muy bien la batalla. Orgóñez mandó a Paullo Inca que se pusiese con sus indios en un cerro, y que matasen a todos los cristianos, de los de Almagro o de los de Pizarro, que viesen ir huyendo. Diego de Alvarado e Vasco de Guevara tornaron a porfiar con Orgóñez para que se volviese al llano que había dejado atrás, porque en la parte que ellos decían presto desbaratarían al enemigo, ya que su gente de a caballo era más y mejor que la que traía Hernando Pizarro. Orgóñez fue aquel día tan porfiado que no quiso hacer caso de sus consejos, asegurando que estaban bien allí, porque, como les había dicho, Hernando Pizarro no les haría frente, sino que, dando la vuelta por alguna parte, iría a meterse en la ciudad del Cuzco”.

     (Imagen) Hemos visto a VASCO DE GUEVARA dando un sensato consejo de estrategia para la pelea, que, sorprendentemente, el experto Rodrigo Orgóñez ha rechazado. Vasco, tras la derrota, siempre luchará obedeciendo al Rey en medio de las guerras civiles. Demos un salto de 15 años hacia el futuro para leer un curioso documento de 1553 (el de la imagen), dirigido al Rey, que nos muestra en vivo (al tiempo que habla de Vasco) la forma de vivir en aquella España. El contenido resumido del texto es  el siguiente: “Acacio  Ramírez de Sosa, vecino de Toledo, tiene un hermano que se llama VASCO DE GUEVARA, el cual hace 23 años que pasó en servicio de Su Majestad a las Indias, y al presente reside en el Cuzco, y ha estado al servicio de Su Majestad en todas las alteraciones pasadas (las guerras civiles), aventurando su persona y hacienda. Siendo como es hombre hijodalgo, y mereciente de toda merced, el muy reverendo Obispo de Palencia le mejoró en los repartimientos de indios. Mi hermano me ha escrito para que le envíe uno de mis hijos, y yo, por necesidad que tengo de remediar a cuatro hijas que tengo en edad de tomar estado, estoy determinado a enviar a mi hijo Acacio para que resida en aquellas provincias en servicio de Su Majestad, como su tío”. Pide permiso de salida para su hijo y para el criado que llevaría, y añade que Vasco le ha mandado dinero para el viaje, y que, sin duda, le enviará más “con el que pueda meter monjas a sus hijas”. Le dice al Rey que se puede informar de los muchos méritos de Vasco a través del Obispo de Palencia. ¿Y quién era el misterioso obispo? Pues nada menos que aquel extraordinario personaje que acabó con las guerras civiles entre pizarristas y almagristas: PEDRO DE LA GASCA.



sábado, 16 de marzo de 2019

(Día 780) Almagro estaba enfermo, y hundido ante el inminente ataque. Aún quería la paz. Sólo Orgóñez conservaba su enorme bravura. Su tropa sale del Cuzco. Va a empezar la batalla de las Salinas.


     (370) Nos cuenta Cieza: “El Adelantado Almagro estaba muy enfermo, y sin condiciones para intervenir personalmente en la batalla. Lo mismo que el capitán Saavedra. Sabiendo que Hernando Pizarro había ya atravesado el río Apurima, todos recibieron muy gran turbación. Pero Orgóñez, no espantado por tales noticias, mandó a los capitanes que saliesen con sus banderas e se hiciese recuento de la gente que había. Almagro, muy debilitado e angustiado, se puso sentado en una silla a las puertas de su casa. Orgóñez, después de hacer el recuento, vino con gran denuedo hacia él con mucha alegría en su rostro, y le dijo que había cuatrocientos hombres, y que mirase lo que convenía hacer porque ya tenía al enemigo a la puerta. Almagro, con palabras tristes, le dijo (patéticamente): “¿No habría algún medio de paz si se requiriera a Hernando Pizarro que no llegase al enfrentamiento, ya que Su Majestad sería tan deservido por ello y habría muerte de muchos?”
     La respuesta de Orgóñez fue contundente: “Le dijo que, si los requerimientos pasados no habían aprovechado, no había necesidad de que se hiciese ninguno más, y, puesto que él había querido darle la vida a Hernando Pizarro, digno era de cualquier mal que le sucediese”. Se supo que los enemigos estaban ya a muy corta distancia: “Vino la noticia de que dormirían a dos leguas y media de la ciudad, y causó muy gran alboroto en ella, determinándose salir al campo para impedirle la entrada en el Cuzco. Viendo Almagro que no podía hallarse en persona en la batalla ayudando a los suyos, mandó al capitán Gabriel de Rojas que hiciese salir fuera de la ciudad a toda la gente. Salieron doscientos cuarenta de a caballo, y los demás de a pie, de los que unos cien no habían estado en el recuento y los habían hecho salir a la fuerza, lo cual aprovechó poco porque se quedaban escondidos entre los edificios. Y mandó asimismo el Adelantado Almagro a Paullo Inca que saliese con seis mil indios para que ayudasen a los soldados. Noguerol de Ulloa, por estar herido, se quedó en la ciudad”.
     Va a comenzar lo que ha pasado a la Historia como la batalla de las Salinas, a cuya zona se dirigen los que ahora se han preparado en el Cuzco: “Salieron al amanecer y llegaron cerca de las Salinas, desde donde enviaron corredores hacia la parte por la que sabían que venían los enemigos. Hernando Pizarro se había dado mucha prisa en andar, y, ya por la tarde de ese mismo día, se quedaron  a dormir en un cerro muy alto, tan cerca de los de Almagro, que los podían ver, y también los enemigos a ellos. Orgóñez daba grandes gritos haciendo creer a todos los que con él estaban que Hernando Pizarro no había de tener ánimo para enfrentarse con ellos. El Adelantado Almagro, que había llegado en unas andas, se esforzó en hablar, y animaba a sus capitanes para que luchasen fuertemente en la batalla, diciéndoles que, pues tenían  la justicia de su parte, procurasen lograr la victoria y hacer gran castigo en los enemigos”.

     (Imagen) Cuenta Cieza que los capitanes JUAN DE SAAVEDRA y FRANCISCO NOGUEROL DE ULLOA (ya he hablado de ellos anteriormente) no se encontraron en condiciones para poder luchar en la batalla de las Salinas. Tras la derrota, ninguno de los dos fue castigado por Pizarro. Enviados por Almagro, habían coincidido años atrás en el primer viaje que los españoles hicieron explorando las tierras de Chile. Saavedra dio entonces el nombre a lo que hoy es la ciudad de Valparaíso (así se llamaba su pequeño pueblo conquense). Noguerol fijó luego su residencia en Arequipa (Perú), vivió  inmerso en las guerras civiles, cambió repetidas veces de bando, y terminó incorporándose en las fuerzas realistas para luchar contra Gonzalo Pizarro, a quien, tras ser derrotado, lo ejecutaron. En un largo pleito, Noguerol tuvo que venir a España para defenderse. Su primera mujer, Beatriz Villasur, había denunciado que tenía en Perú una nueva esposa, Catalina de Vergara.  Lo condenaron a destierro por bigamia. En el documento de la imagen, vemos que el Rey le concedió la dispensa del tiempo que le quedaba por cumplir. De hecho, cuando Beatriz murió, pudo legalizar su  matrimonio con Catalina de Vergara. Acabó su vida en Medina del Campo, ya anciano, rico y bien casado. Había iniciado su brillante peripecia de conquistador con solo 16 años, cuando su importante padre, Mendo Noguerol, alcalde del castillo de Simancas, fue sañudamente asesinado por el temible obispo comunero don Antonio de  Acuña, a pesar de que Mendo lo tenía preso. Con el visto bueno del Rey, luego fue ejecutado el clérigo, y Carlos V, atenazado por los escrúpulos propios de la época, se abstuvo de comulgar hasta que el Papa le dio la autorización.




viernes, 15 de marzo de 2019

(Día 779) Hernando Pizarro, a punto de tener un incidente al ofender con sus palabras a Alonso de Alvarado. Almagro ejecuta a uno de sus hombres por fomentar entre otros la deserción. Tras una breve pausa, Hernando Pizarro inicia la marcha definitiva hacia el ataque.


     (369) Palabras que fueron ofensivas e injustas por parte de Hernando, pues, como ya hizo en su tiempo, le echó en cara la derrota que habían tenido anteriormente frente a Almagro: “Le dijo Hernando Pizarro al capitán Alonso de Alvarado que no había él de ir tan despacio como lo había hecho él (Alvarado) cuando fue desde Lima a Abancay, donde le desbarataron. Alonso de Alvarado le respondió que él había hecho lo que debía e lo que el Gobernador Pizarro le había mandado. Después de hablar otras cosas e porfías, Hernando Pizarro entró en su tienda, y Alvarado se fue a la suya. Dicen algunos que hubo entre los dos cierto desafío, y que los capitanes, viendo el grande daño que resultaría de su enfrentamiento, los pusieron en paz, e se determinó que se aguardase al día siguiente para que llegasen todos los soldados que faltaban, lo cual se hizo sin que hubiese más alborotos”.
     Aunque Almagro actuó comprensivamente con quienes deseaban desertar, y empleó más la diplomacia que la fuerza para retenerlos, hubo un caso en el que se mostró implacable, quizá porque el afectado trató de hacer proselitismo: “Sabido por un vecino del Cuzco, que se llamaba Villegas, que Hernando Pizarro venía cerca, procuraba salir de la ciudad, y, para que fuese más valorado su servicio (a la causa de Pizarro), habló con algunos que deseaban lo mismo que él, y hasta quería llevar consigo a Paullo Inca, del cual tenía mucha necesidad el Adelantado Almagro para muchas cosas por ser considerado por los indios como su Inca. Cuando ya Villegas iba a salir de la ciudad para realizar su propósito, no faltó quien diera de ello aviso a Almagro, e lo mandó prender. Como le pesó en gran manera lo que había intentado, mandó que se confesase y que le hiciesen cuartos (ejecutarlo y descuartizarlo después). Villegas, creyendo salvar la vida acusando a otros, dijo que cinco amigos de Almagro le habían obligado a hacerlo, y que se habían concertado para irse con él. Almagro los mandó prender, echándoles culpa sin tener ninguna, e queriéndole ya cortar la cabeza a Villegas, dijo la verdad, que no tenían culpa los cinco que estaban presos, y Almagro mandó soltarlos, e hizo justicia de Villegas sin quererle perdonar”.
     Ya a punto de producirse el enfrentamiento, Almagro hizo una nueva consulta con sus capitanes y consejeros (entre los que estaba Don Alonso Enríquez de Guzmán). Se trataba, otra vez, de una única alternativa: salirle al paso a Hernando Pizarro, o esperarle bien descansados y preparados dentro de la ciudad del Cuzco, siendo esta opción la que entonces les pareció más oportuna.
     Acabado el día de espera que le pidieron sus capitanes, Hernando Pizarro puso en marcha su ejército, y tuvo la satisfacción de saber, por algunos que se pasaron a su bando, que Almagro estaba en muy malas condiciones físicas. Parece ser que la moral de su ejército era baja y que Rodrigo Orgóñez era de los pocos que mostraban un espíritu decidido.

     (Imagen) El gran RODRIGO ORGÓÑEZ, todo un carácter, a pesar de que las posibilidades de victoria eran casi nulas, siguió animoso en la batalla. Al final tuvo que rendirse, y, sin respetar  el juego limpio, lo mató un soldado. Fue una muerte injusta, pero en aquellas guerras civiles, encendidas de odio, todo valía, y, con frecuencia, perder era morir. También su herencia provocó vergonzosas disputas. En 1545, siete años después de su muerte, el entonces Príncipe Felipe ordenó una declaración de testigos para un largo pleito (que no sabemos cómo acabó). El texto de la imagen explica con qué objeto. Ocurría que se disputaban los bienes de Rodrigo Orgóñez cuatro demandantes: 1.- El fiscal Francisco de Prado reclamaba diez mil ducados que debía Orgóñez. 2.- Diego Méndez, vecino de la ciudad del Cuzco (y hermano de Rodrigo Orgóñez) reclamaba toda la herencia. 3.- El fiscal Villalobos defendía que Méndez tenía razón, pero sostenía que, por ciertos delitos que este había cometido, todos los bienes habían de ser confiscados por la Hacienda Real. 4.- Beatriz de Dueñas, mantenía que los bienes eran de su hijo, Rodrigo Orgóñez, y que le correspondían a ella como heredera. Luego ocurrieron cosas: Diego Méndez murió pronto a manos de los indios de Manco Inca, y Beatriz de Dueñas tuvo problemas por ser judía y acusada de hechicería. Por otra parte, el extraordinario Rodrigo había muerto sin que su verdadero padre lo legitimara, trámite previo para lavar su estigma de bastardo y lograr su deseo de ser Caballero de Santiago.



jueves, 14 de marzo de 2019

(Día 778) Almagro enfermó gravemente. Sus hombres creían que iba a morir, pero lo superó. Viendo que Hernando Pizarro se iba acercando con su ejército, decidieron irse al Cuzco para hacerle allí frente. Los hombres del ansioso Hernando Pizarro se quejaron de la acelerada marcha que les quería imponer.


     (368) Son muchas las veces que Cieza se apiada de los indios, cuyo mayor martirio era ir de marcha como porteadores a través de sierras escarpadas. Y vuelve a hacerlo: “Hernando Pizarro, con toda su gente, anduvo hasta llegar al valle de Nasca, donde proveyó todo su ejército  de las cosas necesarias, sacando a muchos de los pobres indios para llevar sus cargas. Tomó el camino de la sierra hasta salir en los Lucanes. Tras descansar algunos días, anduvo por despoblados y campos nevados hasta que llegó a la provincia de los indios almaraes.
     Mientras Hernando Pizarro y sus hombres avanzaban rápidamente hacia el objetivo, Almagro sufría los estragos de su enfermedad. Y Cieza toma nota de la trágica situación en que se encontraba entonces, y de la que padecerían después Pizarro y muchos de los hombres de los dos bandos: “Al Adelantado D. Diego de Almagro le fatigaba su mal con tan grandes dolores, que pensó morir. Viendo sus capitanes cuán peligroso le era estar en tierra tan fría, le llevaron al valle de Yungas. E tanto se acongojó un día, que tuvo quitada el habla, estando tan fuera de sentido que ni conocía a quien le miraba ni oía a quien le hablaba, y todos creyeron que allí iba a morir. Mas su fortuna, o, por mejor decir, sus pecados, no permitieron que se librase de morir con otro género de muerte (más cruel), aunque poca ventaja se llevaron los unos y los otros al acabar casi todos de forma parecida”. Así que Almagro superó esta dura crisis. Se retomaron las discusiones sobre lo que convendría hacer. Supieron entonces que Hernando Pizarro ya iba subiendo la sierra, acercándose amenazante a las posiciones de la tropa de Almagro. Viendo al lobo cerca, se acabaron las dudas y se impuso la acción: decidieron dirigirse a la ciudad del Cuzco.
     Por lo que cuenta Cieza, así como en el primer conflicto  se pasaron muchos del bando de Pizarro al de Almagro, ahora el intento de fuga era en sentido contrario, lo que parece un síntoma de que el que ya tenía apariencias de ‘caballo ganador’ era Hernando Pizarro, quien, por otra parte, contaba con un sólido prestigio de veterano militar duro y eficaz. En su acelerada marcha hacia el encuentro con Almagro, había impuesto a sus hombres seguir el camino más costoso porque era el más directo. Y sus prisas provocaron una protesta de los capitanes: “Tanto era su deseo de vengarse de Almagro, que cualquier retraso lo tenía por molestia, y, para que no se dilatase el tiempo, les dijo a sus capitanes que partiesen de inmediato hacia el Cuzco con los soldados que tenían, sin aguardar a los que faltaban. A todos les pareció muy mal el apresuramiento que tenía, y le pidieron a Alonso de Alvarado que hablase con Hernando Pizarro para que no quisiese pasar adelante sin esperar a toda la gente, pues quizá Almagro hubiese mandado desde el Cuzco algunos capitanes que podrían apresarlos en algún paso peligroso. Alvarado fue a hablar con Hernando Pizarro, y tuvieron algunas palabras sobre si sería bueno caminar o aguardar”.

     (Imagen) Nadie le puede negar a Almagro los méritos de su impresionante biografía. Ahora está en vísperas de la catástrofe total, viejo y muy enfermo. Como el lúcido Orgóñez temía, liberando al valioso y peligroso Hernando Pizarro, había reforzado a sus enemigos, quienes, además, contaban ya con mucha más gente en su ejército. Por si fueran pocos los tormentos de Almagro, había enviado a su hijo a Lima, el feudo de los pizarristas, convertido casi en un rehén cuando Hernando Pizarro había dejado de serlo. Con solo 16 años, Almagro el Mozo se va a transformar en un huérfano ansioso de venganza. Encabezará, en la sombra, la conspiración que acabó con la vida de Pizarro, y luego mostrará coraje y valor para luchar contra los pizarristas y el representante del Rey, Cristóbal Vaca de Castro, perdiendo la vida en la guerra civil de Chupas. En medio de la guerra civil, el Gobernador Almagro sufría también la indisciplina y el desamparo de los funcionarios del Rey. En la imagen vemos cómo la ejemplar reina Isabel (mujer de Carlos V), en una orden dirigida a los escribanos que dictó solo dos meses antes de la muerte de Almagro, les dice (resumido): “Don Diego de Almagro, nuestro Gobernador y Capitán General de Nueva Toledo me ha comunicado que tiene necesidad de hacer informaciones y escrituras de algunas cosas que tocan a nuestro servicio, y que teme que vosotros, los escribanos, no querréis dar testimonio de ello, de lo que él habría agravio y daño, e yo tomelo por bien, y, por ende, vos mando que, cuando fuereis requeridos por el dicho Adelantado Don Diego de Almagro para hacer alguna información u otros actos y escrituras, lo efectuéis”.



miércoles, 13 de marzo de 2019

(Día 777) Parte Hernando Pizarro con su tropa para atacar a Almagro en el Cuzco. Va con ansia de venganza. Almagro y los suyos dudan entre ir a Lima a plantar cara o esperar en el Cuzco la llegada de Hernando Pizarro.


    (367) Luego Cieza hace referencia a que, probablemente, Pizarro le dio a su hermano Hernando Pizarro una amplia libertad de actuación: “Hechas estas cosas, el Gobernador Pizarro mandó a su secretario, Antonio Picado, que hiciese los despachos e poderes para su hermano, e algunos dijeron que le dio ciertas firmas en blanco”.
     Estando todo organizado, Hernando Pizarro va a partir ya con el grueso del ejército hacia el Cuzco, ansioso de revancha y firmemente decidido a derrotar a Almagro. Cieza, como otras veces, nos muestra el sufrimiento de los indios que iban forzados a servir como porteadores: “Hernando Pizarro y los capitanes salieron del valle de Ica llevando mucha cantidad de indios atados, quedando  aquellos valles gastados, y muchos de los naturales muertos y  robados por las extorsiones de los españoles. Salieron con Hernando Pizarro setecientos hombres de a pie e de a caballo. Antes de que Hernando Pizarro partiese, algunos varones doctos, que deseaban la paz, le pidieron que se comportase con mesura, de manera que no se derramase sangre de españoles. Hernando Pizarro les respondió que la guerra la había causado Almagro al apoderarse del Cuzco, y que entendiesen que por ello el ejército de Almagro o el suyo había de quedar deshecho”. Cieza habla también del deseo de venganza de los soldados: “Había otro motivo muy grande para que el incendio de la guerra se encendiese, y era que, como en el ejército de Hernando Pizarro había muchos de los que estuvieron con el capitán Alonso de Alvarado en el puente de Abancay (cuando fueron derrotados), siendo entonces maltratados, deseaban en tan gran manera vengarse, que no veían la hora de pelear con ellos, y tuvieron gran influencia en que los hombres de Almagro fuesen desbaratados”.
     Por su parte, Almagro y sus hombres llegaron, como vimos, a Vilcas; se confirmó que allí había abundantes provisiones, y permanecieron más de treinta días en aquel lugar. Terminadas estas inquietas ‘vacaciones’, se plantearon qué decisión tomar ante el avance de Hernando Pizarro. Solo veían posibles dos opciones: ir a ocupar la ciudad de Lima (que estaba en poder de Pizarro), o volver a la ciudad del Cuzco y aguardar a Hernando Pizarro para dar la batalla. Pero, divididos  en dos bandos y sumidos en un mar de dudas,  no conseguían ponerse de acuerdo. Rodrigo Orgóñez le echó en cara a Almagro todos los errores que había cometido por no hacerle caso, como el de no querer cortarle la cabeza a Hernando Pizarro: “Dijo también que le parecía que a todos convenía ir a la ciudad de Lima para reforzar su ejército y para enviar un navío a su Majestad con una relación de las cosas que habían sucedido. E volviendo el rostro contra Almagro, le pidió que no dejase de hacerlo. A algunos capitanes les pareció my bien lo que Orgóñez decía. Pero otros opinaban que era gran desvarío volver a Lima, y que había que volver al Cuzco, donde se podrían defender bien, aunque todos temían la batalla porque Hernando Pizarro atacaría con mucha pujanza. Había también algunos soldados que huían para pasarse al bando de Pizarro”.

     (Imagen) La viuda de Jorge Robledo, en su querella contra BELALCÁZAR, además de acusarlo del asesinato de su marido, le expone al rey en varias páginas los abusos que cometió contra los indios. Afirma que esclavizó y vendió a muchos (estaba ya entonces tajantemente prohibido), y le acusa de permitir un comportamiento brutal a sus hombres. El uso de perros de guerra estaba permitido (era habitual en las contiendas de todos los países), pero, al parecer, los hombres de Belalcázar los cebaban con carne de indios muertos, como dice la viuda en el escrito de la imagen: “En la Gobernación de Belalcázar era cosa común, y él lo consentía, que, en matando un español a algún indio, lo hacía cuartos, y ponía los cuartos en su cocina para cebar a los perros poco a poco con la carne de los indios (para que atacaran ferozmente en los combates)”. Para defenderse, Belalcázar le  envió una carta al Rey argumentando que los indios de su gobernación eran especialmente salvajes y violentos, y que practicaban el canibalismo hasta el punto de tener muchas mujeres que les dieran hijos para comerlos recién nacidos. Que en la zona se practicaba el canibalismo, queda confirmado por el propio Cieza, quien por allí anduvo peleando y no es nada sospechoso de haber odiado a los indios. Pero el hecho cierto es que la ley vigente prohibía la brutalidad contra los nativos, y, a Belalcázar, esas acusaciones, más la del asesinato de Jorge Robledo, le costaron una pena de muerte. Apeló la sentencia, y  nunca sabremos si habría sido definitivamente condenado, porque murió de camino hacia España.



martes, 12 de marzo de 2019

(Día 776) Lorenzo de Aldana llevaba en su viaje a Quito, por delegación, todos los poderes de Pizarro. Pronto le encargó a Jorge Robledo la conquista de la zona de Anserma. Pizarro se queda en Lima y confía a Hernando y Gonzalo Pizarro el ataque contra Almagro.


     (366) El segundo despacho que apoderaba a Aldana le autorizaba expresamente a apresar a Belalcázar, “e incluso le advertía que le había de prenderlo reuniendo el cabildo en parte donde no hubiese público con el que pudiese defenderse”. Y añade después el meticuloso Cieza que ese despacho lo vio con sus propios ojos (bastantes años después).
     Quedaba una tercera provisión para Aldana, la más importante, la que le daba en representación de Pizarro un poder absoluto, debiendo ejecutarla después de haber enviado a Belalcázar preso a Lima: “Además de estas, llevaba Aldana otra provisión para sí, general y muy suficiente para deshacer todo lo hecho y anular lo otorgado (por Belalcázar), y para que en todas las ciudades le obedeciesen y lo tuviesen como si fuera la misma persona de Pizarro. Tenía poder también para repartir las tierras entre las personas que le pareciese que mejor le habían servido (a Pizarro). Y ciertamente, el repartimiento que él hizo aún permanece. Tenía también poder para enviar gente, con la persona que señalase, a poblar algunas provincias. Y en virtud de este poder, le confió a Jorge Robledo ir como capitán a poblar las provincias de Anserma”. Es buen momento para recordar que Jorge Robledo fue uno de los capitanes más humanos y razonables, a cuyo servicio estuvo el propio cronista Pedro de Cieza, y que años después, en un enfrentamiento por cuestión de derechos territoriales, fue ejecutado cruelmente por Belalcázar. Cieza, que apreciaba mucho a Robledo, le advirtió varias veces de que sus derechos eran dudosos y de que corría grave riesgo de morir a manos de su irascible competidor.
     Con el párrafo siguiente, Cieza deja para más tarde las aventuras de Aldana y Belalcázar en la provincia de Quito, y nos sitúa de nuevo en el escenario del terrible conflicto entre Pizarro y Almagro: “Dados estos poderes a Lorenzo de Aldana, sin que lo supiera nadie  más que el Gobernador, el mismo Lorenzo de Aldana, Antonio Picado y el bachiller García Díaz, y publicándose solamente que Aldana iba como juez de comisión, partió Pizarro de Lima a Caxca, donde tenía asentado su ejército. Dicho lo cual, volvamos a la materia principal, porque contaré lo que hizo Pizarro y lo que le sucedió”.
     Después de confiar Pizarro a su hermano Hernando todo el mando en la lucha contra Almagro, pidió a sus capitanes que le obedecieran: “Habiendo determinado Pizarro que su hermano fuese al Cuzco, reunió a toda la gente que había en su real, capitanes y soldados, y les dijo que bien sabían que, por ser él de tanta edad y tan agraviado de enfermedades, no se sentía con fuerzas para seguir adelante y evitar que los de Almagro quedasen sin castigo, e que le darían muy gran placer siguiendo a sus hermanos (Hernando y Gonzalo). Le respondieron todos que irían contentos con ellos”. Nombró nuevos mandos para la parte de la tropa que volvería con él a Lima, y aparece por primera vez (ahora con el título de Alférez General) alguien que hará historia más tarde siendo el primero que descendió todo el curso del Amazonas, y que también era de Trujillo: el gran Francisco de Orellana.

    (Imagen) JORGE ROBLEDO, nacido en Úbeda (Jaén),  veterano de las guerras de Italia, fue uno de los capitanes más brillantes y humanos de las Indias. El documento de la imagen (del año 1548) nos cuenta una triste historia. Viene a decir lo siguiente: “Doña María de Carvajal, mujer del Mariscal DON JORGE ROBLEDO, se querella contra el Adelantado BELALCÁZAR diciendo que Vuestra Majestad ya sabe que el Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, Juez de Vuestra Alteza en las provincias de Cartagena, Santa Marta, Nuevo Reino de Granada, Popayán y Río de San Juan, proveyó al dicho Mariscal para que gobernase las ciudades de Anserma, Antioquia y Santa Ana, que el dicho Don Jorge Robledo había descubierto y poblado. Estando gobernando las dichas ciudades, el dicho Adelantado Balalcázar entró con mano armada, y, haciendo grandes alevosías, traiciones y tratos dobles, ejecutó su mal propósito, y de esta manera prendió al dicho Mariscal Don Jorge Robledo y le cortó la cabeza a él y a otros cuatro, personas principales que estaban al servicio de Vuestra Alteza”. Curiosamente, quien ejecutó el castigo (año 1546) fue el capitán Francisco Hernández Girón (el último rebelde), a quien acabamos de ver morir (año 1554) en una imagen anterior. La queja de la viuda de Robledo fue justa, pero oculta un dato: Armendáriz, aunque, de hecho,  fue nombrado juez por el Rey, no había recibido aún el documento oficial. Cieza, que veneraba a Robledo, le insistió en que, conociendo a Belalcázar, era una imprudencia desafiarlo antes de que se legitimara contundentemente el nombramiento del juez, paso previo necesario para que, el que le hizo a él gobernador, tuviera una rigurosa competencia legal. Belalcázar, con mala fe, se amparó en esta triquiñuela.



lunes, 11 de marzo de 2019

(Día 775) Pizarro cree que Belalcázar ha sobrepasado las competencias que le había concedido, y le encarga a Lorenzo de Aldana que lo frene. Le da, para ello, amplios poderes, y le pide que lo traiga preso. Le dice que los vaya mostrando gradualmente.


     (365) La situación era compleja y muy delicada. Por no poder Pizarro abarcarlo todo, había nombrado a Belalcázar como su lugarteniente en la lejana zona de Quito, con poderes para seguir descubriendo nuevas tierras ‘más allá’ de los límites de su gobernación, algo legítimo porque todavía era zona de nadie. Tenían permitido avanzar y someter nuevos territorios, para luego obtener sin dificultad por parte del Rey  el derecho oficial de ocupación. Como se suele decir, Belalcázar era mucho Belalcázar, y, a nada que se descuidase Pizarro, podría maniobrar para que Carlos V le adjudicara los derechos sobre lo que él fuera conquistando. En ese tipo de lugares imprecisos casi siempre hubo graves problemas, y la pujanza de Belalcázar era extraordinaria. Pizarro le va a confiar la difícil misión de frenarlo a Lorenzo de Aldana, un hombre con historial muy brillante, como ya he comentado anteriormente, y que ahora va a tener un protagonismo de alto nivel.
     Pizarro habló con Aldana quejándose de que Belalcázar había sobrepasado sus competencias como lugarteniente suyo en la zona de Quito, “tomándose muchas libertades, sacando de allá muchos millares de indios para los descubrimientos que hizo, y, aunque prometió obedecerle, prendió a Pedro de Puelles sin su permiso, y tenía pensamientos de hacerse con el gobierno de aquella tierra con la conformidad que le daría la gente que con él andaba, por el poco castigo que les hacía dejándolos a su libre voluntad (era cierto que Belcázar miraba para otro lado ante los desmanes de sus hombres). Le dijo también que, si no fuera por las discordias que había entre él y Almagro, iría personalmente a poner remedio en aquella tierra, castigando al capitán Belalcázar por su mal propósito, y que, teniendo esperanza de que él (Aldana) haría lo que le mandase, le quería enviar con poderes largos para actuar en aquel territorio, y para apresar al capitán Sebastián Belalcázar y enviarlo a la Ciudad de los Reyes para que él, como Gobernador, le hiciese justicia. Lorenzo de Aldana respondió que él había venido de España a servir a Su Majestad, y que, si él le podía servir en aquella misión, estaba presto a hacerlo”.
     Pizarro mandó preparar unos despachos para Aldana, con la orden de que los utilizara con mucha prudencia, sin  apresurarse a descubrir todo su alcance. Veremos enseguida que esa cautela ‘la bordó’: “Le entregó a Aldana tres despachos, muy convenientes para el negocio que tenía que hacer, dándoselos con gran secreto para que nadie supiera por entero lo que llevaba”. Cada documento le asignaba una competencia de distinta importancia y Aldana los fue mostrando gradualmente, desde el más simple hasta el de mayores consecuencias, porque Belalcázar era temible en su capacidad de reacción y de liderazgo: “Le dio a Aldana una provisión nombrándole juez de comisión entre Belalcázar y Pedro de Puelles (al que podría poner en libertad). Quería el Gobernador Pizarro que Aldana llegase a la provincia de Quito mostrándose solamente como juez de comisión para que Belalcázar no se pusiese en armas”. También llevaba Aldana provisiones para varios capitanes, nombrándolos tenientes de las ciudades. Con ello intentaba Pizarro igualar su autoridad con la de Belalcázar: “Se las mandaba para que, con el deseo de no ser inferiores a Belalcázar, se mostrasen de su parte (la de Pizarro)”.

     (Imagen) SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR va a figurar a partir de ahora con un gran protagonismo, porque, además de llegar a ser Gobernador de Popayán (Colombia), también aparecerá su figura en las guerras civiles luchando al servicio del Rey, bajo el mando de Pedro de la Gasca, contra Gonzalo Pizarro. El documento de la imagen (fechado en Lovaina el año 1540) es el primer folio de unas nuevas capitulaciones de Carlos V con Belalcázar, ya como Gobernador de Popayán, un año antes de que muriera Pizarro. El Rey le reconoce que ha conquistado y fundado a su costa las ciudades de Popayán, Anserma, Guacacayo y Neiva, todas en la provincia colombiana de Popayán (el gran Gonzalo Jiménez de Quesada, que ya había fundado Bogotá, consiguió evitar en 1539 que se apoderara de la ciudad). Además, el Rey deja constancia de que Belalcázar le ha comunicado que “tiene noticias de otras provincias que hasta ahora no han sido descubiertas”, y, puesto que Belalcázar le pedía que le otorgase licencia para ir a conquistarlas, se lo concede y le detalla con qué derechos y obligaciones (en un total de 17 folios). En 1546 Belalcázar cometió el error y la brutalidad de ejecutar al ejemplar Jorge de Robledo (a quien siempre admiró Cieza, que lo tuvo como capitán). Por eso y por malos tratos a los indios, lo procesaron y fue condenado a muerte. Apeló la sentencia y se puso de camino hacia España para defender su causa, pero murió de enfermedad, en 1551, cuando iba a embarcar en Cartagena de Indias. El Destino es caprichoso: ejecuta antes de que se resuelva la apelación de una condena a muerte.



sábado, 9 de marzo de 2019

(774) Cieza nos traslada a Quito, porque Pizarro temía que Belalcázar le quitara allá poderes. Habría ido él en persona a poner orden, pero, absorbido por el conflicto con Almagro, le confiará la tarea a Lorenzo de Aldana.


     (364) Las informaciones sobre los movimiento del enemigo llegaban a ambos bandos: “Presos Tomás Vázquez y Antonio de Orihuela, Rodrigo Orgóñez supo por ellos cómo el Gobernador Pizarro, con toda su gente, bajaba a los llanos para, desde Nasca, subir a los Lucanes y volverse al Cuzco. Orgóñez fue a comunicárselo al Adelantado Almagro, que estaba muy agravado de la enfermedad que tenía; cuando tuvo las noticias, decidió con sus capitanes ir a Vilcas para conseguir provisiones. Por entonces ya había llegado Diego de Alvarado al Cuzco, le hizo saber a Gabriel de Rojas que Pizarro venía contra ellos, y le dijo que se aparejasen con sus armas y caballos para defenderse de la ira de Hernando Pizarro y para ayudar al Adelantado D. Diego de Almagro”.
     Es habitual en Cieza suspender la narración de lo que ocurre en un sitio para trasladarse a otro, por estar, al mismo tiempo, sucediendo allá hechos muy importantes. Temía que esto le incomodara al lector, y solía disculparse, pero haciéndole ver que era necesario para tener una visión de conjunto. Abandona de momento la zona del Cuzco y nos lleva bien lejos: “Dejado esto, hablaré de las órdenes que el Gobernador Pizarro dio para las provincias de Quito, porque fue en ese tiempo, e luego daré fin a lo que he escrito sobre la guerra de las Salinas”. En este caso concreto, tanto lo contado como lo que nos va a mostrar, aunque se iba produciendo a más de mil kilómetros de distancia, estaba entremezclado en un mismo escenario: el alma atormentada del anciano Francisco Pizarro. Nos traslada, pues, ahora a Quito, donde Belalcázar, seguro de ser entonces una luminosa estrella ascendente, daba muestras de  querer independizarse de la galaxia Pizarro: “Aunque las cosas estaban tan enconadas en las provincias de acá arriba, no por eso Pizarro dejaba de tener pena al saber que Belalcázar quizá quisiese gobernar las provincias equinocciales (ecuatoriales, incluida parte de la Colombia actual), e que aspirase a que Su Majestad le hiciese gobernador de aquella parte que él (Pizarro) le había mandado conquistar”.
     A pesar de la distancia, Pizarro ya tenía datos para desconfiar de la lealtad del gran Belalcázar: “Viendo el Gobernador Pizarro cuán mal le miraba Belalcázar, pues no solamente no acudía a su llamada (le había mandao aviso de que le ayudara para luchar contra la rebelión de Manco Inca), sino que pretendía el gobierno de la provincia de Quito, si las alteraciones que él (Pizarro) tenía con el Adelantado Almagro hubieran cesado, habría ido personalmente a Quito, y con todas sus fuerzas procuraría tener en sus manos al capitán Belalcázar”. No solo le preocupaba a Pizarro la posible rebelión de Belalcázar, sino también el hecho cierto de “la disminución de indios que había habido en las ciudades de Popayán y Cali (actual Colombia)”. Probablemente se debía a la dureza de Belalcázar en sus conquistas. El plan de Pizarro era el siguiente: “Teniendo deseo de que Su Majestad le hiciese merced de que las provincias de Quito y las de su comarca fuesen gobernadas por su hermano Gonzalo Pizarro, puso sus ojos en Lorenzo de Adana, diciéndole que le quería confiar el negocio de más importancia que en todo el reino había”.

    (Imagen) Tirando del hilo de la imagen anterior, salen datos muy interesantes sobre distintos acontecimientos de Perú. La nueva imagen corresponde a otro expediente de méritos y servicios. Lo presenta en 1561 Francisco de Valverde, y empieza contando los de su padre, llamado igual que él. Dice que su mayor mérito fue luchar contra Francisco Hernández Girón (como acabamos de ver, el último rebelde) bajo la bandera del capitán Miguel de la Serna. Luego confirma todo lo que detallaba la imagen anterior. Lo vencieron en la última de las batallas, la de Pucará, y lo persiguieron después hasta el valle de Jauja, donde lo apresaron. Habla de los gastos económicos su padre, que, además, murió después al servicio del Rey, y, para hacer más fuerza en su petición de una merced, añade los méritos que tuvo un hermano de su padre. Resulta que se trataba, ni más ni menos que de Fray Vicente de Valverde, el que provocó la ira de Atahualpa cuando le puso un libro eclesiástico en la mano. Ya nos contó Diego de Urbina cómo murió el reverendo, pero su sobrino añade un dato macabro: “Fue el primer obispo que pasó al Perú en compañía de Don Francisco Pizarro, y el primero que comenzó a predicar nuestra santa fe católica, al cual mataron los indios con otros dos primos suyos (del obispo; mataron a más de treinta hombres), a los cuales, los indios los comieron asados”. De Miguel de la Serna, quien, como sabemos, fue el capitán que acabó con el último rebelde, habrá que decir que también tuvo su época de amotinado, puesto que había luchado junto a Gonzalo Pizarro contra el virrey Blasco Núñez Vela. Vaivenes muy propios de aquellas peligrosas guerras civiles, en las que cada uno era, sobre todo, fiel a sí mismo.



viernes, 8 de marzo de 2019

(Día 773) Hernando Pizarro le pide a su hermano que le confíe el ataque contra Almagro en el Cuzco, y Pizarro accede encantado; en consecuencia, lo nombra Capitán General de sus tropas. Todos sus asesores se muestran conformes.


     (363) Este ansioso y fracasado intento de derrotar a Almagro y desposeerle del Cuzco va a provocar un cambio importante en el ejército del cansado y envejecido Pizarro, fortaleciéndose con el impulso guerrero de su hermano. Porque a este se le podían reprochar muchos defectos, especialmente su prepotencia y pocos escrúpulos, pero no el de la cobardía: “Hernando Pizarro, viendo que Almagro ya estaría en la ciudad del Cuzco, donde debería terminar la guerra, le aconsejó a Pizarro que le confiase aquella misión para ir en persona a recuperarla, y para que los jueces de la ciudad lo reconociesen como Gobernador en nombre de Su Majestad, y para castigar a Almagro si tratara de impedirlo”. El siguiente párrafo de Cieza muestra a Pizarro sacando de su interior toda la rabia que tenía contenida contra quien fuera durante tantos años su gran amigo y magnífico socio: “Como el odio que el Gobernador tenía ya contra Almagro fue mucho y en tanta manera lo aborrecía, no solamente deseaba lo que su hermano le aconsejaba, sino que decía que su gobernación (la de Pizarro) llegaba hasta el Estrecho de Magallanes, e que con la punta de la lanza había de impedir que se lo arrebatase Almagro o cualquier otra persona que lo intentase sin permiso del Rey”.
     Después Pizarro habló con su gente de confianza para formalizar lo que Hernando Pizarro quería: “Consultó con el Capitán Alonso de Alvarado, Diego de Agüero, el padre García Díaz, fray Juan de Olías, D. Pedro Portocarrero, Antonio Picado, su secretario, Peransúrez y otros sobre que, por verse viejo, muy cansado e lleno de enfermedades, tenía determinado nombrar a su hermano Hernando Pizarro Capitán General, para que, si Almagro tuviese sujetos a los jueces de la ciudad del Cuzco, le compeliese a salir de ella con la fuerza de las armas. Todos respondieron que, puesto que su intento era servir al Rey, ellos lo aprobaban e le aconsejaban que, pues su vejez era mucha e tan cansado estaba, se volviese a la Ciudad de los Reyes y diese su poder a Hernando Pizarro y comisión para que fuese conquistando la tierra y tuviese en su poder el Cuzco como antes. Y así se hizo”. Luego, como era lógico dado que el enfrentamiento militar estaba en marcha, se rompió también el compromiso con Almagro de que Hernando Pizarro, tras ser liberado, partiera para España: “A Don Francisco Pizarro le pareció que era tiempo de ir a entregar a Su Majestad el tesoro que había en estos reinos, y, por consejo de Hernando Pizarro, acordó enviar a España aquel oro con Diego de Funmayor, hermano del licenciado Funmayor, presidente de la Audiencia de la isla Española”. Este presidente, cuando Pizarro le pidió refuerzos para sofocar la rebelión de Manco Inca, le había ayudado con una tropa que llegó a Perú bajo el mando del futuro conquistador de Chile, Pedro de Valdivia (al que acabamos de ver al lado de Pizarro), quien, como ya sabemos, era un capitán muy fogueado en peligrosas aventuras por la costa atlántica de Venezuela y Colombia, después de haber estado en la guerras de Italia. Queda claro también que la ostentosa exhibición que habían hecho Pizarro y su hermano Hernando (con promesas de por medio) de que este partiría sin falta hacia España, fueron un teatral montaje. El único objetivo sagrado era derrotar a Almagro, y, para ello, Hernando Pizarro resultaba imprescindible.

     (Imagen) También es casualidad… Busco algún dato más en PARES sobre PEDRO DE PORTOCARRERO, de quien acabamos de ver que fue el segundo marido de María Escobar, la viuda de Francisco de Chaves, y lo encuentro mencionado en un documento de gran importancia histórica. Y, de propina, también nos muestra a otro recientemente conocido: JUAN TELLO DE SOTOMAYOR. La trascendencia del escrito (el de la imagen) radica en que nos certifica el fin de todas las guerras civiles, en diciembre de 1554, con el apresamiento del último gran rebelde: FRANCISCO HERNÁNDEZ DE GIRÓN. Resumo el texto: “Yo, el escribano Juan de Padilla, doy fe de que en esta Ciudad de los Reyes, el día cuatro de diciembre de 1554, el maestre de campo Don Pedro Portocarrero, con mucha gente, y los capitanes Miguel de la Serna y Juan Tello de Sotomayor traían preso a Francisco Hernández Girón, y el dicho maestre de campo me pidió a mí que diera testimonio de cómo le traía preso, al cual le metieron luego en la cárcel los capitanes Juan Tello y Miguel de la Serna con una cadena al pie, y después dijeron que ellos habían salido del Cuzco con provisión de Su Majestad de lo prender y castigar, y lo habían apresado en el valle de Jauja, de donde lo traían, y lo entregaron al alguacil Lope Hernández, y el capitán Gómez Arias, que estaba presente, dijo que los capitanes Juan Tello y Miguel de la Serna se lo habían entregado, y yo di testimonio de todo ello. Y fueron testigos de ello Juan de Argama, Hernando Pantoja, Diego García de Trujillo, Álvaro de Santana y otra mucha gente”. Fue condenado y ejecutado casi de inmediato. Después, su mujer y su madre se recluyeron en un convento de por vida.



jueves, 7 de marzo de 2019

(Día 772) En su marcha, los de Pizarro exhibían las banderas de la Corona. La altura de la montaña y la nieve les creaban muchas dificultades. Orgóñez cometió el error de no atacarles entonces. Los de Pizarro se retiran para reforzarse. Juan de Guzmán escapa de la prisión pizarrista.


     (362) En su persecución a Almagro, los de Pizarro hicieron alarde de que su causa era la que respetaba la autoridad del Rey: “Fueron siguiéndole llevando delante de sí las banderas; e para justificar más su causa y dar a entender que luchaba al servicio del Rey, traía en su ejército el Gobernador Pizarro el estandarte Real, en el cual venían esculpidas las armas Reales y el águila imperial del César, como  si por su mandato e voluntad se hicieran aquellas guerras. Iban a la ligera, sin llevar tiendas en las que guarecerse del frío y de la mucha nieve que caía. Sobrevínoles otro trabajo mayor, pues todos los más, con el viento tan recio que venía, se mareaban hasta provocarles vómito (probablemente se trataba del ‘soroche’ o mal de altura andino). Hubo tan recias tormentas de nieve, que fue gran ventura que no quedaran todos helados. Con gran razón se dice que no hay en el mundo guerra más cruel que la que se da entre los de una misma nación”
     Y, cosa rara en él, Orgóñez cometió un error. “El capitán Vasco de Guevara, Cristóbal de Sotelo y otros muchos decían que, puesto que ellos estaban descansados, había que volver contra los de Pizarro, y que les sería fácil desbaratarlos. Orgóñez les respondió, según dicen, que bien estaba él durmiendo a su placer, y otras cosas. Se tiene por cierto que fue la causa de que no fuesen desbaratados los de Pizarro, pues no hay duda de que los habrían vencido por venir los de Pizarro tan fatigados. Cuando partieron de allí, los de Almagro llegaron adonde estaba la gente de servicio (los indios que llevaban el fardaje), y se aposentaron en las tiendas que hallaron puestas”.
     La prueba de que Orgóñez cometió un error al no atacar, se muestra evidente por el hecho de que Pizarro y sus hombres, tras pasar agotados y cubiertos de nieve una noche de perros en un descampado por no llevar tiendas, y viendo que no habían podido alcanzar a Almagro, decidieron volver al valle de Ica para organizar su estrategia. Cieza comenta: “E ciertamente, si la noche que Pizarro durmió en aquel despoblado se tomara el consejo de Vasco de Guevara y Cristóbal de Sotelo, lo habrían desbaratado a él y a toda su gente sin mucho riesgo. Antes de volverse, Pizarro mandó al capitán Diego de Agüero que fuese con veinte de a caballo para ver lo que hacían los de Almagro. Yendo con su misión, fue visto por sus contrarios, y, al saberlo Orgóñez, mandó poner algunos hombres en una emboscada para poder prender a algunos de ellos.
Cuando Diego de Agüero y sus hombres tropezaron con los de la celada, fueron atacados, y resultaron presos Tomás Vázquez y Antonio de Orihuela. Los demás se retiraron, y, dando mucha prisa a sus caballos, alcanzaron al Gobernador Pizarro, que ya se iba; le pesó lo ocurrido, y bajaron al valle de Ica. Sucedió por entonces que Juan de Guzmán, que había quedado preso en Lima, se escapó de la prisión y fue a juntarse con Almagro”.
     (Imagen) ANTONIO DE ORIHUELA se mantuvo siempre fiel a Pizarro, y ahora vemos que lo acaban de apresar los hombres de Almagro. Pronto va a estallar la guerra de las Salinas, y, derrotado Almagro, Orihuela se incorporará de nuevo a las tropas pizarristas. Luego tendrá la suerte de volver a su tierra salmantina rico y heroico, y, tras disfrutarla, saldrá de nuevo para las Indias en 1540, como consta en el documento de la imagen, en el que el Rey le concede lo siguiente: “Doy licencia a vos el capitán Antonio de Orihuela para que de estos Nuestros Reinos podáis pasar a las Indias cuatro esclavos negros para servicio de vuestra persona y casa, yendo vos en persona a las dichas nuestras Indias, y no de otra manera, e habiendo primeramente pagado (por la licencia) dos ducados por cada uno de ellos”. Como ya dije, al llegar a las Indias, supo que Pizarro acababa de ser asesinado, insultó con valentía públicamente a los almagristas por su crimen, y lo mataron a él también. Rastreando en PARES, veo algunos datos más. Tenía otros dos hermanos en Perú. Él llegó en 1527 con uno de ellos, Alonso, y fueron registrados en el embarque como “naturales de Salamanca, hijos del bachiller Rodrigo de Orihuela y de Petronila de Cabezuela”. En 1557 se dio orden de que “se traigan a la Casa de la Contratación de Sevilla los bienes que reclaman la priora, monjas y Monasterio de Santa María Magdalena del Barco de Ávila, e Isabel de Orihuela y María de los Santos, monjas profesas en ese monasterio,  hermana y sobrina de Alonso, Antonio y Diego de Orihuela, difuntos en Perú, que habían mandado al monasterio 2.000 pesos (como dote de ellas) y nunca llegaron, para que se cobren de los bienes que de ellos quedaron”.



miércoles, 6 de marzo de 2019

(Día 771) En el primer encuentro, fue fácil para los de Pizarro hacer huir a sus contrarios. Cieza niega que Francisco de Chaves traicionara a Almagro, quien quedó muy deprimido por el incidente, pero, tras reforzarse en la sierra, recuperó el coraje a la espera del ataque.


     (361) Orgóñez contaba allí con doscientos cincuenta hombres. Y tuvo que decidir con sus capitanes qué hacer: “Les pareció algunas veces que sería cosa acertada volverse contra los enemigos, batallar con ellos y vencerlos o perder la vida. Pareciéndole a Orgóñez que más sería temeridad que acto de fortaleza, dijo a todos que se retirasen. Y los Pizarro subían con toda prisa muy contentos de ver qué cosa tan fácil les fue ganar el paso que tanto temían, diciendo que ya la fortuna de Almagro se había acabado, pues con tanto descuido y flojedad habían perdido un sitio tan fuerte”.
     Orgóñez le mandó a Almagro mensajeros para darle la mala noticia: “Al conocerla, fue grande la turbación que recibió, e pareciéndole que ya veía venir a Hernando Pizarro con su ejército, mandó a sus hombres que partiesen a toda prisa para juntarse con Orgóñez. Caminaron él y su gente toda la noche, haciendo muy grandísimo frío, y al otro día, a la hora del mediodía, se juntaron Almagro y Orgóñez con toda su gente, e hicieron alto”.
      Hay que precisar algo sobre un comentario de Cieza: “Se dijo entonces que el capitán Francisco de Chaves había tenido trato con los Pizarro para que pudiesen ganar el alto de Guaitara. Unos lo afirman por verdad, y otros lo niegan, y aun dicen sobre esto que, al tiempo en que D. Diego de Almagro el Mozo mató al Marqués Don Francisco Pizarro, le dijo Francisco de Chaves: ‘Ninguno me la hizo que no me la pagase, e una me hizo vuestro padre y bien me la pagó’. Lo que fue, yo no lo sé, pero lo que yo creo es que Francisco de Chaves no supo que los Pizarro llegaban, ni que se carteara con ellos, porque jamás hubo amistad entre ellos”. Ese ‘jamás’ tiene que referirse solo a aquellos tiempos, ya que después la amistad llegó a tal extremo que Chaves murió al lado de Pizarro cuando lo asesinaron, cosa que Cieza no podía desconocer.
     “Ganado el paso de Guaitara Alonso de Alvarado le dijo a Hernando Pizarro que deberían aguardar a que el Gobernador subiese a lo alto con el resto de la gente para oír su consejo, y le pareció bien. Al cabo de un tiempo llegó el Gobernador con su gente, y se alegró mucho de ver que sus capitanes habían ganado el alto sin derramar sangre. Luego se acordó por todos ellos seguir a Almagro. Según caminaban vieron venir a toda prisa a dos hombres, los cuales, pareciéndoles que no iban muy seguros con Almagro, lo abandonaron. Se llamaban Manjarres y Sancho de Reinosa, y dijeron que Almagro iba hacia el Cuzco. Al saberlo el Gobernador y sus capitanes, determinaron ir siguiéndolo porque creían que lo podrían desbaratar. El Adelantado Almagro y sus capitanes habían hecho alto en un despoblado, donde había gran cantidad de nieve, que no poca fatiga le daba porque ya era anciano y estaba enfermo de bubas (además de los achaques parecidos a los de Pizarro, se había contagiado de sífilis). Todos sus hombres estaban puestos a punto de guerra, con gran decisión, unánimes y conformes, no importándoles nada el frío e los crecidos cerros de nieves, entre las cuales estaban metidos. Aguardaron todo un día e una noche al enemigo para dar la batalla. Los alféreces tenían las banderas, y los caballeros más principales estaban siempre junto al Adelantado”.

     (Imagen). Pongo una imagen que está relacionada con la anterior porque hace referencia a alguien que había participado en el supuesto crimen del que acusaban a Pedro de Valdivia. Se trata de otro gran conquistador, JERÓNIMO DE ALDERETE, nacido en Olmedo (Valladolid) el año 1516. Les unía una vieja amistad porque habían luchado juntos en las guerras de Italia. Alderete se fue a la conquista de Chile con Pedro de Valdivia, quien decía quererle como a un hijo y decidió que, en caso de necesidad, le sucediera como gobernador. El año 1553 volvió a España trayendo oro para el Rey. Llegó poco después la noticia de la horrible muerte de Valdivia, y, cumpliendo los deseos del difunto, el Rey decidió nombrar en 1555 Gobernador de Chile a Jerónimo de Alderete, e incluso le concedió la dignidad de Caballero de Santiago. Todo ello es una prueba clara de que fue archivada la denuncia que puso contra Valdivia y Alderete la viuda María de León por robar y asesinar a Juan Pinel, su marido. En 1556, partió hacia Chile Jerónimo de Alderete saboreando su poder y sus dignidades. Llegó a Panamá. Volvió a embarcar en la costa del Pacífico, su barco naufragó a poca distancia, fue uno de los tres únicos supervivientes, alcanzó la pequeña isla de Taboga y murió abatido por las fiebres. En la carta de la imagen, los chilenos le piden al Rey que nombre con urgencia un nuevo gobernador, porque “se ha tenido noticia de que el gobernador Don Jerónimo de Alderete ha fallecido en la isla de Taboga el 7 de abril de 1556, a cuatro leguas de la ciudad de Panamá (y hay graves disputas entre quienes pretenden el cargo)”.



martes, 5 de marzo de 2019

(Día 770) Uno de los de Pizarro se pasa al bando de Almagro y le da informes. Los pizarristas inician la marcha para atacar a Almagro. Un grupo de almagristas, sorprendidos por su llegada, huyen, pero cinco son apresados.


     (360) Surge entonces con mucho protagonismo en el bando de Pizarro el gran Pedro de Valdivia, futuro conquistador de Chile, a quien lo nombra Maestre de Campo de su ejército, y quien, en palabras de Cieza, “era muy entendido en la malicia de la guerra”. Nos cuenta también una anécdota sobre un pequeño traidor: “Un soldado llamado Encinas, por codicia de tener dineros, se aventuró a un muy gran trabajo y fea hazaña, quien, yendo al campo de Almagro, le dio cuenta de que Juan de Guzmán y Diego Núñez de Mercado estaban presos, y de que los de Pizarro iban a tratar de desbaratarle. Almagro mandó darle dos  mil pesos de oro, y Rodrigo Orgóñez proveyó de más gente los altos de Guaitara. Los del Gobernador Pizarro llegaron hasta el principio de la sierra. Se acordó que quedase allá el Gobernador  con doscientos hombres (lo que indica que Pizarro estaba envejecido),  que todos los demás siguiesen a los capitanes Hernando Pizarro y Alonso de Alvarado, yendo por delante los dos que habían ido a ver la disposición de la sierra. Había dos caminos para subir a lo alto de Guaitara. Se decidió que por uno de ellos fueran con sus hombres, y guiados por Fabián González,  Hernando Pizarro, Alonso de Alvarado, Diego de Rojas, Pedro de Vergara, Peransúrez y Gonzalo Pizarro, dejando en los llanos los caballos porque no podían hacer con ellos cosa ninguna. Por el otro camino fueron el Maestre de Campo Valdivia, el capitán Castro, Diego de Urbina, Ruy López, Orihuela y otros muchos, llevando por guía a Lope Martín”.
     Con la típica determinación de aquellos conquistadores, subieron la penosa sierra dispuestos a todo, aunque ahora los enemigos no eran los indios, sino otros veteranos conquistadores, antiguos compañeros suyos y con su mismo empuje: “Por ser la subida muy larga y dificultosa, hubo algunos capitanes que, de cansados, no pudieron llegar hasta lo alto, pero, aunque el camino estaba cortado, los que iban con Valdivia y Castro alcanzaron la cumbre de la gran sierra. Los de Almagro tenían centinelas y gran cantidad de piedras juntas para arrojarlas si viesen al enemigo. Pero como los pocos de Pizarro que subieron comenzaron a decir a grandes voces ‘Pizarro, Pizarro’, los que vigilaban, creyendo que les llegaba toda la potencia de Pizarro, salieron huyendo. También Francisco de Chaves y Salinas habían desamparado sus puestos, y lo mismo habían hecho Paullo Inca y sus indios. Como los de Almagro se iban retirando desacordados y con gran temor, dejaban muchos caballos y armas para ir más ligeros. Los de Pizarro, viendo que huían, los iban siguiendo, y prendieron a cinco de ellos”.
     Nada le podía haber afectado más al bravo Orgóñez que aquella desbandada: “Francisco de Chaves llegó adonde estaba Orgóñez, que iba a ver con cien de a caballo lo que había en lo alto, y, cuando supo que había sido tomado por los de Pizarro, le pesó en gran manera, e pelábase las barbas con gran rabia, diciendo muchas palabras feas contra Francisco de Chaves, y se acusaba a sí mismo de haber perdido aquel paso por fiarse de un hombre temeroso y sin confianza, pues, si fuera experto en la guerra, habría sido imposible que los de Pizarro lo tomaran tan fácilmente”.

     (Imagen) Sale a escena la figura del extremeño PEDRO DE VALDIVIA (nacido en 1497), a quien ya le he dedicado varios espacios. Después se convertirá en Chile en otro de los más grandes, como Cortés en México, Pizarro en Perú y Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia, de los cuales, él y Pizarro murieron trágicamente. Ahora le vemos al servicio de Pizarro, quien le recompensó confiándole la durísima campaña de Chile, de donde regresó temporalmente (muerto ya Pizarro) para ayudarle al gran Pedro de la Gasca en su lucha contra la rebelión de Gonzalo Pizarro. Siguió luego triunfando en Chile, y el año 1553 lo mataron los araucanos de forma horrenda. Pero es posible que su grandeza no estuviera reñida con la miseria moral. Una viuda desesperada (y sus hijas) denunció a Valdivia por haber participado en el asesinato de su marido. No parece que fuera un montaje, porque la demanda la hizo desde Granada y con testigos. En el documento de la imagen el Príncipe Felipe (el futuro Felipe II) manda que se los escuche. Según la reclamación, hacia 1548, cuando Juan Pinel, el marido de la viuda, María de León, se disponía a volver a España  desde Valparaíso, Pedro de Valdivia y otros cómplices lo maltrataron y le quitaron el oro que tenía en el barco de partida. Pinel se lo reclamó después, y, esta vez, lo mataron a garrote vil. Sabiendo la viuda que hubo testigos de los hechos, pidió que declararan. Es probable que no hubiera condena, y por dos razones: porque Valdivia ya había muerto y porque, siendo el Gobernador de Chile, no se puede descartar que el robo fuera en realidad una requisa por haber cometido Juan Pinel algún delito previo.