jueves, 30 de noviembre de 2017

(Día 552) Tradicional falta de objetividad al juzgar la campaña de Perú. Neruda es un ejemplo. Los que volvieron a España traían un gran botín que quedaba ya libre de la enorme inflación de Perú. Más de uno fue víctima de la envidia, como se lamentaba de sí mismo Francisco de Xerez.

     (142) El círculo de los siete meses de Atahualpa preso en Cajamarca se cerró con su ejecución. El momento en que fue capturado por los españoles había sido precedido de un ataque fulminante, y a través de los tiempos se han cargado las tintas contra la imagen de España. Se diría que muchos intelectuales y  literatos tienen una clara tendencia a radicalizarse hacia la izquierda populista. Grandes poetas han publicado grandes tonterías (como las que versificaron Alberti y Machado sobre Stalin y Líster). Un ejemplo claro es el vomitivo poema que escribió el gran Neruda sobre el momento en que Atahualpa fue apresado (también le dedicó otra babosada al ‘padrecito’ Stalin). El Inca aparece como un delicado querubín, y los españoles como la encarnación de Satán. Valga como muestra el final del ‘panfleto’: “Atahualpa lo deja caer sonriendo (el breviario que le había dado fray Vicente de Valverde). ‘Muerte, venganza, matad, que os absuelvo’, grita el chacal de la cruz asesina.   Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura, hace amarrar los delicados brazos del Inca. La noche ha descendido sobre el Perú como una brasa negra”. Lástima que la bella metáfora (que esa sí nos muestra una verdadera tragedia) sea el remate de una farsa tan brutal.
     Sigamos con la historia. Después de la muerte de Atahualpa y el reparto del botín,  muchos continuaron incorporados a la campaña, motivados por la ambición de más riqueza y más gloria, aunque quizá también por creer que regresar a España sería caer en la rutina. A los que volvieron, tuvo que llenarles de emoción el reencuentro de personas y lugares, saboreando, además, la exhibición de su riqueza y de su prestigio como heroicos conquistadores. Quizá entonces, o poco antes, naciera la palabra ‘indiano’.  Xerez  cuantifica el oro y la plata que venían en las cuatro naves y dice que su valor era equivalente a unos dos mil ochocientos kilos de oro; hay que tener en cuenta que, ya en España, suponía una fortuna extraordinaria porque sus dueños se habían librado de la inflación galopante que había en las Indias. También anota el detalle de que el tesoro se llevó íntegramente a la Casa de la Contratación de las Indias de Sevilla para el preceptivo registro.     
     Salvo en algunos casos, todos estos veteranos siguieron después su camino de forma anónima, y en sus vidas continuaría habiendo felicidad y desgracia. Xerez había venido a España antes de lo que pensaba, debido a que resultó cojo en una batalla (ya lo mencioné). Pero le ocurrió lo que a otros: en un momento determinado le pudo la nostalgia y partió de nuevo para La Indias, donde acabaron sus días mientras ejercía como funcionario del rey. El último párrafo de su crónica nos hace sentir que nunca está uno libre de posibles contratiempos. Llegó glorioso a Sevilla, pero inmediatamente tuvo problemas con algunos envidiosos, de los que un anónimo autor (que parece ser él) le defendió enviando un poema al rey: “Y porque en esta ciudad de Sevilla, algunos con envidia o malicia y otros con ignorancia de la verdad, han maltratado su honra (la de Xerez), en su ausencia, un hidalgo, doliéndose de afrenta tan falsa contra hombre que tan honradamente y tan lejos de su natural ha vivido, hizo en su defensa (ante el rey) unos versos”. En cualquier caso, estuviera o no justificada la maledicencia, es evidente que, de no ser un hombre cabal, Pizarro no lo habría tenido a su lado tanto tiempo como su fiel secretario.


     (Imagen) De vez en cuando se me aparece el ectoplasma de Sancho Ortiz de Matienzo (soy su vecino porque vivo donde él nació), y me echa la bronca porque ya no cuento cosas suyas. Esta es una buena ocasión puesto que esos sesenta españoles que llegaron desde el Perú tuvieron que pasar por la Casa de la Contratación de Indias de Sevilla para dejar constancia del botín que traían. La pena es que Sancho, que había sido largo tiempo su Tesorero, llevaba 12 años muerto. Fue enterrado en la catedral de Sevilla, y más tarde su hijo, Luis (Sancho, canónigo pero pecador), lo trasladó al convento de Villasana de Mena (Burgos). Curiosamente, hace una semana, confiando en documentos de la época, se ha excavado en la capilla monacal y han aparecido varias tumbas con restos bien conservados, parte de los cuales serán suyos. En Sevilla localicé una calle que le fue dedicada. Una calle humilde, pero en el sitio ideal: cerca de la Torre del Oro y al lado de la olvidada Torre de la Plata y de la que fue Real Casa de la Moneda, donde Sancho comprobaba la ley de lo que se acuñaba. Solo tiene un fallo: él no se conforma con que la llamen calle Matienzo; lo que exige (yo lo conozco bien) es que la placa indique DOCTOR MATIENZO. ¡Ah!, y otra cosa: si van a Sevilla, no dejen  vuesas mercedes de visitar los extraordinarios Alcázares, y ya dentro, vean cómo eran (y son)  las maravillosas dependencias de la Casa de la Contratación, donde hay un precioso cuadro de la Virgen de los Mareantes (navegantes) pintado por Alejo Fernández, que también retrató a Sancho (pero no en ese cuadro, como algunos afirman).


miércoles, 29 de noviembre de 2017

(Día 551) Sesenta españoles vuelven a España con Hernando Pizarro, entre ellos los cronistas Cristóbal de Mena, Francisco de Xerez y Juan Ruiz de Arce.

      (141) Como Francisco de Xerez cuenta con  bastante detalle la vuelta entonces  de algunos conquistadores a España (él era uno de ellos), y además ya va a terminar su crónica, démosle la despedida leyendo su texto: “Algunos de los españoles que habían conquistado aquella tierra, mayormente los que hacía mucho tiempo (a sufrimiento diario) que estaban allá, y otros, fatigados de enfermedades y heridas, no podían servir ni estar allá, pidieron licencia al Gobernador para venir a sus tierras con el oro y plata que les habían cabido en su parte. La cual licencia les fue concedida, y algunos vinieron con Hernando Pizarro (al que se unieron, como dije, en Panamá) y otros después”.
     Pero, para no variar, también este recorrido fue muy penoso: “El gobernador dio algunas ovejas y carneros (llamas y alpacas para transporte) e indios a estos españoles para que trajesen su oro y plata y ropa hasta el pueblo de San Miguel, y en el camino perdieron algunos mucho oro y plata porque los carneros y ovejas se les huían, y también huían algunos indios. Y en este camino desde Cajamarca hasta el puerto, que son casi doscientas leguas, padecieron mucha hambre y sed  y trabajo, y falta de quien les trajese su hacienda. Y embarcándose,  vinieron a Panamá, y desde allí  (por tierra) a Nombre de Dios (puerto del Atlántico), donde se embarcaron, y Nuestro Señor los trajo hasta Sevilla, adonde hasta ahora han venido cuatro naos”.
     Dice las fechas en que llegaron (todas entre finales de 1533 y junio de 1534) y el oro y plata que traían, así como los nombres de algunos pasajeros. En la primera venía el capitán y cronista Cristóbal de Mena. En la segunda, Hernando Pizarro. Hace un comentario que muestra la continuidad del total control administrativo que tenía la Casa de Contratación de Indias, de la que había sido tesorero Sancho Ortiz de Matienzo (fallecido en 1521): “Estos tesoros fueron descargados en el muelle de Sevilla y llevados a la Casa de la Contratación”. Aunque Xerez habla en tercera persona, nos revela que una de las dos últimas naos era suya, y se supone que llegó en ella: “Una de las dos naos postreras es de Francisco de Xerez, natural de esta ciudad de Sevila; el cual escribió esta relación por mandado del gobernador Francisco Pizarro, estando en la provincia de la Nueva Castilla (Perú), en la ciudad de Cajamarca, como secretario del señor Gobernador”. Se ve, pues, que, tras la larguísima peripecia de la conquista, en cuanto se apresó a Atahualpa, la estancia de siete meses en Cajamarca sería, dentro de lo que cabe, feliz y tranquila para los españoles, lo que explica que Pizarro le encargara entonces a su secretario, Francisco de Xérez, que redactara una crónica del tercero y definitivo viaje.
      También Juan Ruiz de Arce se nos despide, y por la misma razón, puesto que hizo el viaje de vuelta a casa al mismo tiempo que Xerez: “Del Cuzco vínose el Gobernador a Xauxa, y con él, los que habíamos de venir a España. Vinimos sesenta conquistadores (casi todos, ricos y satisfechos con lo conseguido)”. Detalla el recorrido. Navegaron por el Pacífico desde Pachacama a Panamá; siguieron por tierra para llegar a la costa atlántica, se embarcaron en Nombre de Dios, y tras hacer escala en Santa Marta y La Yaguana, hicieron la travesía directa hasta España: “Entramos en España por el río de Sevilla. Tardamos desde que nos embarcamos en Perú hasta entrar en España ¡un año! (se detuvieron mucho tiempo en los puertos)”. De ida y vuelta y estancia, yo estuve diez años (a fe mía, don Juan, bien aprovechados, ¡vive Dios!).

     (Imagen) Sesenta españoles sensatos, sabiendo que las Indias eran una trituradora de hombres, y más que satisfechos con su enorme botín, volvieron a España. Entre ellos, los cronistas Cristóbal de Mena, Francisco de Xerez y Juan Ruiz de Arce. Allá dejaron a los que ansiaban más triunfos y emociones.

     En México, la campaña de Cortés había sido terrorífica. Cuando los indios los expulsaron de Tenochtitlán,  aquella ‘noche triste’, murieron unos novecientos españoles; pero, una vez apresado Cuauhtémoc, lo que más asombró al cronista Bernal Díaz del Castillo fue el silencio repentino después de tres meses de constante griterío indio: misión cumplida. En Perú, sin embargo, apresar a Atahualpa resultó un éxito rotundo y sorprendentemente fácil, aunque con muchísimo mérito; pero después de morir el gran Inca, a Pizarro y sus hombres les quedó mucho que pelear y mucho por sufrir. Lo peor fueron las guerras civiles, cuyo aspecto más trágico se centró en las muertes sucesivas de Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Gonzalo Pizarro. Pero, además, los indios continuaron siendo una pesadilla. Quizá la diferencia con México se debiera a que, como vemos en el mapa, el imperio inca era incomparablemente más extenso que el azteca y tenía una orografía y un clima nada acogedores. De forma intermitente, pero por largos años, los españoles tuvieron que aguantar ataques de  indios rebeldes; no llegó la paz definitiva hasta la ejecución de Túpac Amaru en 1572. Sin embargo Cortés y Pizarro tuvieron la misma increíble suerte en un tema esencial: encontraron y sometieron las dos únicas civilizaciones verdaderamente extraordinarias que había en las Indias. 


martes, 28 de noviembre de 2017

(Día 550) Tupac Hualpa asume el cargo de emperador y es acatado por los caciques. Murió meses después. Pedro Pizarro dice que lo envenenó Caracuchima. Hernando Pizarro, al final de su carta, les comunica a los oidores de Santo Domingo que Atahualpa ha sido ejecutado.

     (140) Tras la aceptación del elegido por Pizarro, siguió el rito habitual de la sucesión a un emperador muerto, con cuatro días de ayuno: “Después hizo paces con el Gobernador con solemnidad de trompetas, quien le entregó la bandera real, y él la alzó por el Emperador nuestro señor, dándose por su vasallo. Luego todos los caciques le recibieron por señor con mucho acatamiento. Así recibió el estado de Atahualpa, y luego le pusieron una borla muy rica atada por la cabeza, que entre ellos es corona que lleva el que es señor en el señorío del Cuzco; y así la traía Atahualpa”. Pero ocurrió que el nombramiento de Tupac Hualpa fue efímero, porque murió poco después yendo con los españoles hacia el Cuzco; siempre se pensó que su muerte fue promovida por el capitán Caracuchima, que iba a resultar una pesadilla para los españoles.
     El cronista Pedro Pizarro aporta más datos sobre la situación en que se vio Tupac Hualpa y sobre cómo murió: “El Marqués don Francisco Pizarro alzó por señor a Tupac Hualpa, hijo de Huayna Cápac y hermano de Huáscar (no hermanastro como Atahualpa). Había venido a ver a Atahualpa cuando estaba preso y fingió que estaba enfermo todo el tiempo en que Atahualpa estuvo vivo, no saliendo de su aposento porque temía que Atahualpa mandase matarlo como a los demás hermanos. Estando este señor un día comiendo con Caracuchima, este le convidó a un vaso de chicha, que así lo tenían por costumbre, y en la chicha le dio ponzoña, de manera que se fue consumiendo y vino a morir a Jauja al cabo de siete u ocho meses. Estos indios conocían yerbas para matar con ellas a los meses o años que querían (difícil de creer)”.
     No podemos dejar de lado a Cieza porque su versión de los hechos siempre es enriquecedora. Aunque, previamente, voy a aclarar un punto. Repartido el oro y antes de que Atahualpa muriese, Hernando Pizarro partió para España con algunos españoles, pero se demoró en Panamá. Como veremos, varios más, ya muerto el inca y satisfechos con su botín, le pidieron permiso a Pizarro para volverse a España, y se lo concedió. Pero algunos cronistas lo cuentan de manera que se podría entender que salieron de Cajamarca al mismo tiempo que Hernando Pizarro. Lo que ocurrió fue que algunos se embarcaron más tarde con él en Panamá. El mismo Hernando, en su carta-relación enviada a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo, y al tiempo en que se despide de ellos, lo deja claro: “Después de yo venido a Panamá, vino otro navío en el que vinieron algunos hidalgos (los que habían obtenido el permiso de Pizarro). Dicen que se hizo repartimiento del oro. Después de yo venido, según el Gobernador (Pizarro) me escribe, supo que Atahualpa hacía junta de gente para dar guerra a los cristianos. E dice que hicieron justicia de él; nombró señor a otro hermano suyo (Tupac Hualpa), que era su enemigo. Nuestro Señor guarde e prospere por largos tiempos las magníficas personas de vuestras mercedes. Hecha en esta villa de Santa María del Puerto, a veintitrés días del mes de noviembre de mil quinientos treinta y tres años. Hernando Pizarro”.

    (Imagen) Ya vimos que, tras la ejecución de Atahualpa, sus  familiares tuvieron en general un vivir poco rumboso, salvo el de algunas princesas. Pizarro y sus hermanos Juan y Gonzalo vivieron amores con princesas incas, pero no se casaron con ellas (ni con nadie), aunque legitimaron a sus hijos. Cuando asesinaron a Francisco Pizarro, su tercera compañera, doña Angelina, se casó con un español excepcional que dominaba el quechua y fue también cronista del Perú, Juan de Betanzos. El caso de Hernando Pizarro fue muy especial: se casó con una mestiza extraordinaria, su sobrina Francisca Pizarro, hija del gran Pizarro y de la princesa Inés Huaylas Yupanqui, hermanastra de Atahualpa.

   Sin embargo, en México, muchos descendientes de Moctezuma conservaron un alto nivel social y consiguieron por vía judicial buenas compensaciones económicas. Un caso extraordinario fue el de su hermana Isabel de Moctezuma, cuya vida resultó un asombroso novelón, casi desde su niñez. Cuando tenía 21 años, ya había enviudado cinco veces de grandes personajes aztecas como Cuitlahuac y Cuauhtémoc (sucesores de Moctezuma) y de españoles muy relevantes. A esa linda edad, se casó con el cacereño Juan Cano de Saavedra. Tuvieron cinco hijos. Uno de ellos, Juan Cano Moctezuma, llegó ‘a lo grande’ a Cáceres, se casó  con Elvira de Toledo y Ovando (la crème de la crème), y edificaron en la ciudad el magnífico palacio ‘Toledo-Moctezuma’, otra joya de su casco antiguo.


lunes, 27 de noviembre de 2017

(Día 549) Xerez da detalles de la ejecución de Atahualpa: pide bautismo a fray Vicente y confía sus hijos a Pizarro. Considera que mereció ese castigo por sus pecados. Pizarro coloca como emperador títere a su hermanastro Tupac Hualpa.

     (139) Francisco de Xerez al habla: “Pizarro mandó por sentencia, por la traición por él cometida,  que Atahualpa muriese quemado si no se tornase cristiano, por la seguridad de los cristianos y por el bien de toda la tierra y conquista y pacificación de ella, porque, muerto Atahualpa, pronto desbarataría a toda aquella gente. Llevándolo a la plaza, dijo que quería ser cristiano. El Gobernador dijo que lo bautizasen, y bautizolo el muy reverendo padre fray Vicente de Valverde, que lo iba esforzando. El Gobernador mandó que no lo quemasen, sino que lo ahogasen (estrangulasen) atado a un palo en la plaza, y así fue hecho. Estuvo allí hasta el otro día a la mañana, que los religiosos y el Gobernador, con los otros españoles, lo llevaron a enterrar a la iglesia con mucha solemnidad y con toda la más honra que se le pudo hacer. Así acabó este que tan cruel había sido (no le tenía ninguna simpatía Xerez), con mucho ánimo, sin mostrar sentimiento, diciendo que encomendaba a su hijos al Gobernador. Al tiempo que lo llevaban a enterrar, hubo gran llanto de mujeres y criados de su casa. Murió en sábado a la hora en que fue preso y desbaratado (era el 26 de julio de 1533 y habían pasado ocho meses desde su derrota)”.
      Es curioso que, como dice Xerez, Atahualpa confiara sus hijos a Pizarro, pues demuestra que los consideraba más seguros con los españoles que con sus propios generales y tropas, o a merced de los partidarios del difunto Huáscar. Ninguno estaba junto a él durante su prisión. Algunos se encontraban retenidos en Quito por Rumiñahui, el capitán de Atahualpa; Pizarro se ocupó de enviarlos al Cuzco para que permanecieran bajo la protección de fray Vicente de Valverde.
    Sigue contando (y ‘atizando’ a Atahualpa) Xerez: “Algunos dijeron que por sus pecados murió Atahualpa en  tal día y hora como cuando fue preso (coincidió en sábado), y así pagó los grandes males y crueldades que en sus vasallos había hecho; porque todos a una dicen que fue el mayor carnicero que los hombres vieron; que por muy pequeña causa asolaba un pueblo, por un pequeño delito que un solo hombre de él hubiese cometido; y mataba diez mil personas. Y con tiranía tenía sujeta toda aquella tierra. Y de todos era muy mal quisto (querido)”. Está claro que la visión de Cieza y la de Xerez son muy distintas. Hay una diferencia: Xerez, soldado en aquella campaña, tuvo que vivir la constante amenaza del personaje Atahualpa, y Cieza, no; fueron otras las batallas en las que estuvo,  y además, quizá pesara más en su carácter lo intelectual.
     Curiosamente, parece seguro que Pizarro tenía planeado que hubiera un emperador títere, con autoridad sobre los nativos pero bajo el total control de los españoles, y se supone que pensaría adjudicarle el poco honroso papel a Atahualpa, así que, en cuanto murió, eligió a otro. Xerez lo deja caro: “Luego tomó el Gobernador otro hijo del Cuzco viejo (Huayna Cápac), llamado Tupac Hualpa, que mostraba tener amistad a los cristianos, y lo puso en el señorío en presencia de los caciques comarcanos y de otros muchos indios, y les mandó que lo tuviesen todos por señor, como antes obedecían a Atahualpa, pues era el señor natural por ser hijo legítimo del  Cuzco viejo. Y todos dijeron que lo tendrían por tal señor”.


    (Imagen) Aunque algunas princesas incas parientes de Atahualpa se situaron bien casándose con españoles, los herederos varones lo tuvieron más difícil. Atahualpa escogió el nombre de Francisco (como Pizarro) para bautizarse (los cronistas, erróneamente, dicen que como ‘Juan’), le pidió a Pizarro que velara por sus hijos, y fueron confiados a los religiosos. Los trataron bien, pero vivieron con estrecheces, como muestra el documento de la imagen: contiene una petición de ayuda a Felipe II por parte de DIEGO ILAQUITA, un nieto de Atahualpa residente en el Cuzco. Hay un error inicial que confunde bastante porque dice que Atahualpa era su padre. La redacción es astuta, pero me temo que poco oportuna. Dice: “Atahualpa conservó el imperio de Perú y Quito pacíficamente (?) hasta que llegó el Marqués don Francisco Pizarro, al que dio la obediencia (?) en vuestro real nombre, y habiéndose tornado cristiano, y debiendo recibir galardón por todo ello, don Francisco Pizarro y su gente le quitaron la vida sin causa ni razones legítimas (?)”. Alega también que Pedro Moctezuma, el hijo del emperador azteca, fue muy bien tratado, mientras que a su padre, Diego Atahualpa, solo le concedieron una pensión de 600 pesos que se habían quedado en 200. La nota al pie (firmada en Madrid en 1573) indica que se le reconoce parte de lo que reclama y que se ha de considerar el resto.


sábado, 25 de noviembre de 2017

(Día 548) Juan Ruiz de Arce considera que fue injusto matar a Atahualpa. Dice que Pizarro alejó temporalmente a Soto porque podría oponerse. Pedro Pizarro dice que, cuando volvió Soto asegurando que no había indios en pie de guerra, Pizarro se arrepintió de la muerte de Atahualpa.

     (138) Cieza continúa mostrándonos el pesar que la muerte de Atahualpa produjo en todo el imperio (aunque sus adversarios se alegraron), pero vamos a revisar fugazmente lo que dicen otros cronistas sobre este dramático acontecimiento.
     El bueno de Juan Ruiz de Arce es muy escueto, pero opina también que la muerte del emperador inca fue injusta, y hace una interpretación del motivo de la salida de Hernando de Soto que tiene sentido, pero que no la he visto en otros cronistas. Empieza explicando el compromiso mutuo entre Atahualpa y los españoles. Ruiz de Arce volvía con sus compañeros de un enfrentamiento con los indios: “Fuimos a darle al Gobernador (que estaba con Atahualpa) la enhorabuena por nuestra victoria. Entramos adonde Atahualpa (totalmente armados) y tuvo muy gran temor, pues pensó que le íbamos a matar. Y estando con aquel miedo, llamó a la lengua y díjole: ‘Dile a los cristianos que no me maten y darles he esta casa en que estamos llena de oro’. Y a aquello que dijo se le respondió que, no solamente le daríamos la vida, sino que, si hiciese lo que decía, le dejaríamos ir a su tierra en paz. El dijo: ‘Pues si eso hacéis, yo daré un palmo más arriba de lo que dije’, porque había dicho que daría la casa llena hasta una raya marcada a un estado del suelo (un metro setenta, aproximadamente).  Y Atahualpa lo cumplió, muy como señor, pero no se hizo con él como era de razón. La causa fue porque unos oficiales del Rey aconsejaron al Gobernador que lo matase, porque luego estaría la tierra en paz. Y para matarle, usó el Gobernador de una cautela con los conquistadores: los envió a descubrir tierra y quedose con aquellos que aconsejaron su muerte. Así, Atahualpa murió”. No deja en buen lugar a Pizarro y, de ser verdad, explicaría por qué no esperó la vuelta de Soto confirmando o negando que hubiera un ejército indio preparado para atacar. Parodiando a Cieza, habrá que decir: “No digo ni que sí ni que no, sino solamente lo que algunos contaron”.
     Y si no, veamos la versión de Pedro Pizarro, que es totalmente absolutoria para su pariente: “Atahualpa había hecho entender a sus mujeres e indios que, si no le quemaban el cuerpo, aunque le matasen había de volver con ellos, que su padre el Sol le resucitaría. Pues sacándole a la plaza, el padre fray Vicente de Valverde le predicó diciéndole que se tornase cristiano, y él dijo que si tornándose cristiano le quemarían, a lo que le respondió que no, y así mostró que quería ser cristiano; fray Vicente le bautizó y le dieron garrote. Al otro día le enterraron en la iglesia que en Cajamarca teníamos los españoles.
     “Esto se hizo antes de que Soto volviese a dar aviso de lo que le habían mandado, y cuando vino trajo la noticia de no haber visto nada ni haber nada, y al Marqués le pesó mucho de haberle muerto a Atahualpa (¿y por qué no esperó a que Soto volviera?), y al Soto mucho más, porque decía que mejor habría sido enviarle a España y que él se habría obligado a ponerle en el mar. Y ciertamente esto fuera lo mejor que con este indio se podía hacer, pues que quedara en esta tierra no convenía; también se creyó que no viviera muchos días (sin su poder), porque él era indio muy regalado y muy señor”.


     (Imagen) Creo que  ningún otro país europeo se habría tomado la ejecución de Atahualpa como un problema de conciencia. Los cronistas sí lo hicieron, y muchos de los que acompañaban a Pizarro también. Se diría que el imperio español, en su papel de riguroso defensor del catolicismo, tenía un sentido de la culpabilidad exacerbado. Porque, ¿qué se podía haber hecho con Atahualpa? Era el ‘último emperador’, como  el chino Pu Yi de la famosa película convertido en títere japonés y luego en simple ciudadano de a pie en la China comunista. Se llegó a pensar en enviar a Atahualpa a la  corte española, donde le habrían tratado con dignidad. Pero, a diferencia del chino, que era ‘semidivino’, a él lo consideraban los indios un emperador ‘divino’, y se supone que habría preferido la muerte. Aun estando preso, tenía un poder absoluto sobre todo su imperio, con sus temibles y enormes ejércitos. En las guerras incas las represalias con los vencidos eran terroríficas, y a la menor oportunidad, Atahualpa habría barrido a los españoles con saña, como lo hizo con su hermano Huáscar y toda su familia. ¿Qué hacer con el último emperador de los incas? Dos años antes, Nicolás Maquiavelo publicó ‘El Príncipe’: ahí está la respuesta.


viernes, 24 de noviembre de 2017

(Día 547) Cieza narra la ejecución de Atahualpa, del que se apiada, y el dolor de su pueblo, que provocó suicidios. Considera de justicia divina que Atahualpa y varios de los responsables de su ejecución tuvieran muertes violentas.

     (137) Y entonces llegó el dramático momento en el que se ejecutó a Atahualpa, lo que suponía, prácticamente (hubo después otras complicadas batallas), la desaparición del imperio inca. Los descendientes de aquellos indios siguen aún recordando al gran emperador en anuales escenificaciones salmodiadas con una poética estrofa, que hace referencia al preciso instante de su muerte: “CHAUPI PUNCHAPI TUTAYARCA” (‘Anocheció en la mitad del día’).
     Cieza lo cuenta con sincero sentimiento: “Sacaron a Atahualpa de donde estaba a las siete de la mañana; lleváronlo donde se había de hacer la justicia, yendo con él fray Vicente, Juan de Porras y algunos otros. Iba diciendo estas palabras: ‘¿Por qué me matan a mí? ¿Qué he hecho yo, mis hijos y mis mujeres? Fray Vicente le iba amonestando que se volviese cristiano y dejase su secta (condición indispensable para que no lo quemaran vivo). Pidió el bautismo y el fraile se lo dio. Luego lo ahogaron (mediante ‘garrote’), y para cumplir la sentencia (de ser quemado), le quemaron con unas pajas algunos de los cabellos. Dicen algunos indios que Atahualpa dijo antes de que le matasen que le aguardasen en Quito, que allá le volverían a ver hecho culebra; deben de ser dichos de ellos (Cieza saca esta conclusión porque Atahualpa, cuando escapó de la prisión de Huáscar, hizo correr el rumor de que lo había conseguido convirtiéndose en culebra).
     “Fue tan grande el sentimiento que las mujeres y sirvientas hacían, que parecían rasgar las nubes con sus alaridos. Querrían muchas matarse y enterrarse con él en la sepultura, mas no se les permitió. Como las mujeres vieron que no se podían enterrar con su señor, se apartaban y se ahorcaban con sus mismos cabellos y con cordeles. Fue avisado Pizarro y, si en ello no pusiera remedio, se ahorcarían y matarían la mayoría de ellas. Enterró este clérigo dicho a Atahualpa, dándole eclesiástica sepultura, con la pompa que se pudo, llevando algunos sombrero en señal de luto. Quiera Dios que, si con corazón pidió el bautismo, le tenga en su gloria, que será otro deleite y riqueza mejores que mandar en el Perú; y a los que le mataron tan malamente, los perdone, que todos están allá”.
    El final que da Cieza a sus palabras no puede ser más duro contra los responsables de la muerte del emperador inca. Lo curioso es que se  apiada de Atahualpa, pero también considera que murió porque había matado. Para él, está claro que todos fueron castigados por Dios. “Y podríase, por Atahualpa, decir el refrán  de ‘Matarás y matarte han, y matarán a los que te mataren’. Y así, los que fueron tenidos por culpables en su muerte, murieron con muertes desastrosas: a Pizarro mataron a puñaladas; a Almagro, le dieron garrote; a fray Vicente, lo mataron los indios en la isla Puná; Riquelme murió súbitamente; a Pero Sancho, que fue el escribano, le dieron en Chile muerte cruel de garrote y cordel (a quien lo ejecutó Pedro de Valdivia, que podía entrar en esta lista de muertos que habían matado; Cieza nos ahorra este ejemplo de ‘justicia divina’)”.

     (Imagen) Diferencias y similitudes. Muerto Moctezuma, Cortés estuvo contra las cuerdas y descalabrado hasta que con valentía y una genial estrategia apresó a Cuauhtémoc. Pizarro ya había superado el mayor obstáculo al morir Atahualpa, pero tuvo que acabar también con la amenaza de su ejército. Los dos grandes capitanes vivieron un conflicto entre españoles. Cortés, con astucia y osadía, derrotó al fuerte contingente de Pánfilo de Narváez, mandado por el Gobernador para castigar su rebeldía: el triunfo le salvó de la decapitación. En Perú las cosas fueron mucho más graves: el enfrentamiento entre Almagro y Pizarro acabó con la vida de los dos.
     Cuando Atahualpa fue ejecutado, un triste 26 de julio de 1533, los indios y los españoles quedaron conmocionados por la dimensión de aquella tragedia histórica. Da dolor de corazón contemplar la caída del imperio inca, pero el curso de la Historia es imparable, con lo bueno y con lo malo. También los romanos nos dominaron, pero nos entregaron su cultura. Somos el resultado de innumerables mestizajes. “Para que mi ser pese sobre el suelo / fue necesario un largo tiempo / cuerpos y más cuerpos / fundiéndose incesantes / en otro nuevo cuerpo”, como, más o menos, dijo el gran poeta Ángel González.

“CHAUPI PUNCHAPI TUTAYARCA”


jueves, 23 de noviembre de 2017

(Día 546) El proceso contra Atahualpa fue tendencioso. Su condena a muerte, quizá justa, provocó un conflicto social, en el reducido grupo de españoles, entre partidarios y contrarios, pero los que no estaban de acuerdo terminaron por aceptar aquella fatalidad.

     (136) Creo que merecerá la pena detenernos un poco más en el proceso que se le hizo a Atahualpa. Voy a utilizar lo que cuenta El Inca Garcilaso de la Vega sirviéndose del texto de La historia de las Indias y conquista de México, una obra publicada por el clérigo Francisco López de Gómara el año 1552.
     Vamos allá. “El proceso contra Atahualpa fue solemne y muy largo, aunque Gómara lo resume: Nombrose al Gobernador (Pizarro) por juez de la causa; tomó por acompañado a su compañero don Diego de Almagro. El escribano fue Sancho de Cuéllar; hubo fiscal acusador y hubo defensor”. Los testigos tenían que contestar a doce preguntas, algunas protocolarias y otras muy tendenciosas, con la clara intención de cargarle de culpas al acusado aunque estuvieran fuera de lugar. Solamente una tenía verdadero sentido. Las principales fueron de este tono: Si Huáscar Inca era hijo legítimo y heredero del reino; si Atahualpa era bastardo, no hijo del Rey, sino de algún indio de Quito (la pregunta apesta); si Atahualpa heredó el imperio por testamento de su padre o por tiranía; si Huáscar fue declarado heredero por testamento de su padre; si Huáscar murió de enfermedad o lo mataron por orden de Atahualpa, y si fue antes o después de la venida de los españoles; si Atahualpa era idólatra y si forzaba a sus vasallos a que sacrificasen hombres y niños; si Atahualpa había hecho guerras injustas y matado en ellas a mucha gente; si tenía muchas concubinas;  si Atahualpa, después de la venida de los españoles, había dado a gente de toda suerte dádivas de la Hacienda Real  (como robado al rey de España). La única pregunta procedente la pusieron al final, sin darse cuenta de que con ello reconocían que todo lo anterior (salvo la ejecución de Huáscar) era pura chatarra. Así la recoge Garcilaso: “La duodécima, si sabían que el Rey Atahualpa, después de preso, había tratado con sus capitanes de rebelarse y matar a los españoles, para lo cual había mandado juntar mucha gente de guerra”. Los testigos fueron todos indios, siete de ellos, criados de los españoles. Y Felipillo tuvo buena ocasión de manipular las declaraciones porque hizo de intérprete. Comenta Garcilaso: “Declararon lo que Felipillo quiso decir, como dice Gómara”. Un astuto testigo y capitán de los indios evitó el filtro de Felipillo contestando sí o no solamente por gestos.
     Continúa Garcilaso (el ser pariente cercano del rey inca tuvo que afectarle): “Mas, con todo eso, determinaron condenar a muerte a un rey tan grande como Atahualpa. Sabido por los españoles, muchos de ellos, que eran de ánimo generoso y piadoso, se alborotaron, diciendo que no era justo matar a un rey que había sido tan cortés con ellos, y que, si alguna culpa le hallaban, lo enviasen a España adonde el Emperador”. Incluso llegaron a apelar la sentencia y nombraron a Juan de Herrada protector de Atahualpa. La condena produjo mucha crispación dentro de aquella pequeña comunidad española. Los que la consideraban necesaria acusaban a los otros: “Decían que eran traidores a la Corona Real de Castilla y al Emperador, pues impedían el aumento de sus reinos, pues con la muerte de aquel tirano se aseguraba aquel imperio y la vida de todos ellos, y dijeron que darían cuenta a Su Majestad de las alteraciones que causaban. Se había encendido tanto el fuego que se habrían enfrentado y matado de no haber entrado de por medio otros menos apasionados, y tranquilizado a los del bando de Atahualpa, quienes, entre amenazas y buenas razones, se aplacaron y consintieron en su muerte, y los contrarios la ejecutaron”.


     (Imagen) Otro personaje de gran calibre fue el cronista FRANCISCO LÓPEZ DE GÓMARA. No pisó América, pero, sirviéndose de testigos, publicó en 1552 una "Historia General de las Indias”, cuya parte final la dedicó a México. Nació en la pequeña localidad soriana de Gómara en 1511, donde también falleció hacia 1562. Fue clérigo, humanista e historiador. Estudió en Alcalá de Henares y vivió en Roma. En el año 1541 se unió como religioso a las tropas españolas que partieron hacia Argel para luchar contra los turcos y coincidió con Hernán Cortés, quien lo hizo su secretario y capellán, comenzando una amistad que duraría para siempre. En su extensa y bien escrita obra estuvo a la altura de otros dos cronistas que abarcaron todos los acontecimientos del tema de Indias: los geniales Gonzalo Fernández de Oviedo y Bartolomé de las Casas (tan hiperactivo y justiciero como, a veces, exagerado). La parte final de su historia la dedicó a la conquista de México, y solo tiene un defecto: tiende a mostrar a Cortés más perfecto de lo que era. Pero fue una suerte, porque el entrañable Bernal Díaz del Castillo, que vivió todas las amarguras y la gloria de aquella impresionante campaña, ‘se cabreó’, y para resaltar el mérito de los ‘soldados rasos’, redactó, con un estilo muy llano (que también se le agradece), su  HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA, un maravilloso tocho de unas 800 páginas, gracias al cual, sin duda, estará hoy a la diestra del Señor.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

(Día 545) Cieza dice que fue muy conflictiva la decisión de matar a Atahualpa, por haber muchos que no estaban de acuerdo. Un testigo fiable le aseguró que Almagro era uno de estos. Dice también que se procesó a Atahualpa con precipitación y sin garantías suficientes. Fue condenado a muerte.

     (135) Nadie como Cieza hace sentir la progresión del drama que acabará en tragedia: “Felipillo le aseguraba a Pizarro que los indios decían la verdad, y que si mataba a Atahualpa, luego cesaría todo. Con estas cosas,  andaban los cristianos turbados, y el preso Atahualpa hacía grandes exclamaciones de no ser verdad y decía que, después de haberlos hecho ricos, andaban buscándole la muerte. Los más de los españoles no deseaban su muerte, pero oyendo estas cosas, daban unos por voto que muriese y otros decían que lo enviasen a España adonde el emperador. Todos afirman que los oficiales del rey, o su mayoría, daban voces a Pizarro para que matase a Atahualpa sin más aguardar. Llegó otra noticia falsa de que la gente de guerra estaba cerca de Cajamarca. Hubo algunos votos para que muriese Atahualpa, creyendo que, si muriese, no tendrían valor para atacar. Otros decían con grandes voces que estaría mal hecho. Los oficiales, especialmente Riquelme, insistían en que se le ajusticiase. El pobre Atahualpa estaba turbado con lo que le contaban; sabía por sus indios que todo era mentira; pesábale que se hubiera ido Hernando Pizarro; quería convencer a los españoles, pero no era creído por ser su enemigo el traidor Felipillo (que falseaba la traducción). El gobernador determinose a le matar”. No se olvida Cieza de que Hernando de Soto había sido enviado por Pizarro con la misión de comprobar si el intento de ataque era real. Dice que “partió con voluntad de ver lo que había de cierto y con gran deseo de que fuese mentira, para que Atahualpa no muriese”.
     También toca Cieza la posible responsabilidad de Almagro, pero la pone en duda porque oyó distintas versiones: “De algunos tengo oído que Almagro fue parte en que Atahualpa muriese aconsejando al gobernador que lo hiciese; pero otros lo negaron, especialmente el beneficiado Morales, clérigo que se halló allí y enterró a Atahualpa, el cual dijo que  Almagro no lo procuró, sino que habló a Pizarro diciéndole: ‘¿Por qué queréis matar a este indio?’, y que le respondió: ‘¿Queréis que vengan sobre nosotros y nos maten?’. Y que Almagro dijo, llorando por Atahualpa, pesándole de su muerte: ‘¡Oh, quién no te hubiera conocido!’. Felipillo de nuevo daba voces de que venía la gente por muchas partes, y tanto alboroto hubo sobre esto, que sin aguardar a que Soto volviese, se hizo proceso contra Atahualpa. Los testigos eran indios; el intérprete que los desanimaba era Felipillo. Ved la vida de Atahualpa cómo andaba: no tuvo defensa ni él fue creído, ni se hizo más que ver la información. Se dice que fue llevada a fray Vicente para que la viese y que dijo que era suficiente para ajusticiarle y que lo firmaría de su nombre. Dicen que Riquelme, con gran inquietud, no veía la hora de verle muerto. El gobernador sentenció en este proceso que Atahualpa fuese quemado. Cuando supo la sentencia Atahualpa, quejábase de la poca verdad que le guardaron los que le prendieron; decía muchas lástimas que daban gran piedad a los que le oían, por su juventud; hablaba de por qué lo mataban habiéndoles dado tanto y no haciéndoles mal ninguno. Quejábase de Pizarro, y con razón”.


     (Imagen) La burocracia imperial llegaba a todas partes. Y también los controles. Por eso se guardaban escrupulosamente las formas hasta en el último rincón de las Indias y en cualquier situación, por extrema que fuese. Sirva de ejemplo el desquiciado Lope de Aguirre. Hizo una carnicería entre los aterrorizados españoles mientras bajaba por el Amazonas. Mató a Pedro de Ursúa, que iba al frente de la expedición. Mató a quien puso en su lugar, Fernando de Guzmán. Liquidaba a los que ‘le miraban’ mal. Y se rebeló contra Felipe II. Pero, eso sí: hacía que el escribano redactara documentos y que fueran firmados por todos los presentes, algunos con gusto, y los demás por puro espanto. Por esa misma razón, Pizarro tuvo que ser muy protocolario en el ‘problema’ Atahualpa. Todo se precipitó apasionadamente entre los partidarios y los contrarios a su ejecución. Pizarro, casi con seguridad, la vería necesaria para la supervivencia de los españoles y la tendría decidida en su mente. Pero había que guardar las formas legales. Se le hizo a Atahualpa un proceso rápido y sin posibilidad de defensa, del que resultó una condena que estaría decidida de antemano: pena de muerte.


martes, 21 de noviembre de 2017

(Día 544) Cieza da por hecho que Felipillo alborotó a los españoles con sus mentiras. Atahualpa le tranquilizó a Pizarro. Cieza critica la dureza de fray Vicente contra Atahualpa.

     (134) Según su costumbre, Cieza va a censurar con dureza el hecho de que, contra lo prometido, Atahualpa no fuera liberado, sino que, además y para colmo, lo ejecutasen. Afirmará rotundamente que era falsa la noticia de que iba a atacar a los españoles un ejército de Atahualpa: “Habiéndose partido para España Hernando Pizarro, sucedió luego la muerte de Atahualpa, que fue la más mala hazaña que los españoles han hecho en todo este imperio de Indias (se olvida, por ejemplo, de la muerte de Cuauhtémoc en México). Atahualpa tenía muchas señoras principales por mujeres y mancebas, las más de ellas en extremo hermosas y algunas muy blancas y de  gentiles cuerpos. El lengua Felipillo, traidor malvado, habíase enamorado de una de estas, tanto que estaba perdido por la haber; pareciole que, si moría Atahualpa, la pediría a Pizarro o la tomaría. Tuvo pláticas con los anaconas, siervos perpetuos y ladrones, y con otros indios que estaban a mal con Atahualpa, para que echasen falsos rumores de que de todas partes venía gente de guerra de Atahualpa. Engañados con sus promesas, hicieron creer a los españoles que venía contra ellos todo el poder del Cuzco y de Quito”. Muy retorcida y poderosa parece la maniobra de Felipillo, pero es indudable que tenía un espíritu traicionero. Acabamos de ver que años después lo ejecutó Almagro por aliarse con el inca rebelde Manco Cápac.
     Ya sabemos también que Pizarro se alarmó y se encaró con Atahualpa; así lo narra, por su parte, Cieza: “Le dijo que hacía mal en procurar con cautelas y falsos modos que viniese contra los cristianos gente de guerra a matarlos, habiéndole él hecho honra y tratado como gran señor que era. Atahualpa no se alteró, y le respondió a Pizarro con pocas palabras, aunque graves y sentidas, diciendo que se asombraba de que viniese con tal embajada, pues los incas nunca supieron mentir, y mucho menos estando él preso en su poder, porque el temor de que lo mataran tendría quietos a sus hombres de guerra; lo cual juró ser gran falsedad inventada por alguno que le quería mal, diciendo también que siempre procuró dar orden de que fuesen bien servidos, y que supiese que en todo su reino no se meneaba hombre alguno ni tomaba armas sin su consentimiento”.
    Añade después Cieza un incidente desagradable que le da pie para hacer un cometario duro y premonitorio contra fray Vicente de Valverde (recordemos que fue el religioso que, echándole valor, precipitó el apresamiento de Atahualpa): “Cuando Atahualpa le respondió, Pizarro se partió de él creyendo que decía en todo verdad. Dicen que un indio hizo no se qué y se fue a la iglesia (sabía que era un amparo sagrado), y que Pizarro y Atahualpa lo mandaron sacar, de lo que recibió tanto enojo fray Vicente de Valverde, que, según lo cuentan algunos que lo pudieron oír, dijo, mirando a la parte donde estaba Atahualpa: ‘¡Yo prometo que, si algo puedo, te haré quemar!’. Palabras de soldado y no de religioso”. Como ya contó Xerez, confirma Cieza que seguían llegando rumores de que venían hacia Cajamarca indios en pie de guerra. La tensión iba subiendo, Felipillo atizaba el fuego con sus traducciones falsas y Atahualpa se daba cuenta de que su situación era cada vez más desesperada.


     (Imagen) El dominico FRAY VICENTE DE VALVERDE merece un desagravio. Dos situaciones de alto voltaje histórico le han dejado marcado como hombre cruel. Se da a entender que no tuvo tacto al presentarse ante Atahualpa y que fue partidario de su ejecución. Pero el fray Vicente real estuvo lleno de valores. Podía haber tenido una vida plena y destacada en España. Hijo de un noble trujillano pariente de los Pizarro, fray Vicente era tan linajudo que su madre pertenecía a los Álvarez de Toledo, el no va más de la aristocracia, y por eso nació en Oropesa (el año 1498), donde se encuentra el castillo familiar, hoy espléndido Parador. Logró una formación de alto nivel, con profesores tan significados como Francisco de Vitoria. Pues bien: ese personaje tuvo el valor de ir a Indias, estar en todos los peligrosísimos ‘saraos’ de Pizarro y demostrar que su vocación evangélica era muy fuerte. Siendo obispo del Cuzco, fue nombrado Defensor de los Indios. En este cargo aplicó tan estrictamente las ideas de su amigo Bartolomé de las Casas, que su celo por protegerlos le creó muchos enemigos entre los españoles. Paradójicamente, el año 1541 los indios de Puná mataron a un grupo de españoles que desembarcaron en la isla, fray Vicente de Valverde incluido.


lunes, 20 de noviembre de 2017

(Día 543) El cronista Garcilaso piensa que el ansia de oro precipitó la ejecución de Atahualpa y sirvieron de coartada los enredos de Felipillo. Pedro Pizarro dice (siempre a favor de su pariente) que se aprovechó la partida de Soto para conseguir la ejecución y que Pizarro lloró por la muerte de Atahualpa.

     (133) También el Inca Garcilaso de la Vega se apunta a la teoría del ansia de más oro y de la impaciencia por obtenerlo para explicar la rápida ejecución de Atahualpa: “Cuando volvieron del Cuzco Hernando de soto y Pedro del Barco con las noticias de las increíbles riquezas que vieron en aquella ciudad, y lo confirmaron los otros tres exploradores, se alegraron grandemente los españoles, deseando ver y gozar aquellos grandes tesoros, se dieron prisa en la muerte de Atahualpa, por quitar estorbos que pudieran impedir o dilatar el poseer el oro y la plata. Y así se determinó matarlo”. Da a entender, además, que los chismes de Felipillo les vinieron bien para precipitar los hechos
     Pizarro necesitaba más pruebas de la traición de Atahualpa, aunque también podría ser que lo fingiera con el fin de alejar a quienes eran contrarios a su ejecución. Sigue contando Pedro Pizarro: “Acordó enviar a Hernando de Soto a Cajas a ver si se hacía allí alguna junta de guerra, porque, ciertamente, el Marqués no quisiera matar a Atahualpa. Viendo Almagro y los oficiales la ida de Soto, apretaron al Marqués con muchos requerimientos, y el intérprete por su parte, que ayudaba con sus retruecos, y vinieron a convencer al Marqués que muriese Atahualpa, porque el Marqués era muy celoso del servicio de Su Majestad, y así le hicieron temer, y contra su voluntad, sentenció a muerte a Atahualpa, mandando le diesen garrote y, después de muerto, le quemasen porque tenía a las hermanas por mujeres”. Este último motivo suena a descarado oportunismo y parece más bien propio de las acusaciones de la Inquisición. Hasta Pedro Pizarro lo critica porque ser pagano le debería haber librado de culpa a Atahualpa en estos ‘pecados’: “Ciertamente, pocas leyes habían leído estos señores, pues al infiel, sin haber sido predicado, le daban esta sentencia”. Y llama la atención que Francisco Pizarro, de ser contrario a lo que le pedían, no fuera capaz de imponer su autoridad para esperar hasta la vuelta de Hernando de Soto y así confirmar el dato más importante: si se estaba o no preparando un ejército indio para atacar. Quizá la postura de Pizarro la revele definitivamente este cronista en lo que añade a continuación: “Atahualpa lloraba y decía que no le matasen, que no habría indio en la tierra que se menease sin su mandado, y que si era por oro y plata, que él daría otros dos tantos de lo que había entregado. Yo vi llorar al Marqués de pesar por no poder darle la vida, pues temió los requerimientos (que le hicieron Almagro y los oficiales) y el riesgo que habría en la tierra si lo soltaba”. Pues, acabáramos: él decidió ejecutarlo porque le convencieron de que lo exigían el bien de la Corona y la seguridad de los españoles.
     Dejemos la historia en este punto y pasemos a la versión de Cieza, aunque procede hacer un comentario sobre esa repentina orden de ejecución. Fueron casi unánimes las críticas por parte de los hombres de Pizarro. Quedaron recogidas en las crónicas, pero hay discrepancias al señalar al responsable principal de los hechos; como hemos visto, se hablaba de la villanía de Felipillo, y en cuanto a la influencia última en la definitiva decisión, unos acusaron a Almagro, otros a Pizarro y otros a los oficiales del rey. Con lo dicho anteriormente, parece claro que Pizarro tomó libremente una decisión que desde siempre supo inevitable por razones de peso que le obligaban a evitar la ruina total de la campaña. Otra cosa es discutir si fue justo o no.
   

     (Imagen) Extraña y privilegiada (pero también peligrosa) vida la de los ‘lenguas’ (intérpretes) indios. Aunque eran capturados por los españoles, lo que supondría un trauma, recibieron muchas atenciones por ser imprescindibles en las campañas. Vivieron momentos históricos, como el del fenomenal Martinillo (aparece coloreado en el dibujo de Guamán Poma de Ayala) cuando llegó en andas Atahualpa.  Pero otro intérprete que ya había visto antes al gran inca, Felipillo, resultó un desastre. No solo manejaba mal los dos idiomas, el quechua y el español, sino que falseaba los diálogos creando muchos problemas, hasta el punto de que, al parecer, influyó en la muerte de Atahualpa. Pero no deja de ser extraño que pudiera tan fácilmente traducir trampeando, puesto que el español Hernando de Aldana conocía el quechua. Lo cierto es que tenía madera de traidor: abandonó a Almagro y se fue adonde Alvarado en un momento muy conflictivo, estando a punto de hacer mucho daño. Su última osadía la pagó cara: lo ejecutó con saña Almagro por haberse unido a los indios del rebelde Manco Inca. El cronista Gómara dijo de él: “Confesó el malvado Felipillo al tiempo de su muerte haber acusado falsamente a su buen rey Atahualpa. Era un mal hombre, liviano, inconstante, mentiroso, amigo de revueltas y sangre, y poco cristiano, aunque bautizado”.


sábado, 18 de noviembre de 2017

(Día 542) La versión de Pedro Pizarro sobre la condena de Atahualpa trata de culpar principalmente a Diego de Almagro y Alonso de Riquelme. También se corrió el rumor de que Atahualpa había ordenado un ataque. La realidad parece, más bien, que nada le habría salvado al inca.

     (132) Al contar este acontecimiento, el cronista Pedro Pizarro añade datos importantes con su peculiar perspectiva. Una vez más, carga  gran parte de la culpa sobre Almagro y ‘comprende’ la actitud de Pizarro, aunque lo que cuenta es suficiente para ver que la versión de Francisco de Xerez eliminó hechos esenciales: “Como se había decidido por auto que a los que vinieron después de la prisión de Atahualpa no les dieran nada del reparto del tesoro (en realidad se dejó para ellos, como ya vimos, unos 500 kg de oro), se levantó gran confusión en los oficiales del rey y los que habían venido con Almagro, diciendo que de esa forma ellos nunca tendrían nada. Acordaron, pues, los oficiales (Cieza dirá que el que más insistió fue el tesorero Alonso de Riquelme) y Almagro que Atahualpa muriese, porque, muerto Atahualpa, quedaba nulo el auto que se había hecho acerca del tesoro”. Por si fuera poco, Pedro Pizarro afirma luego que trataron de convencerle a Pizarro ocultando sus motivos y dándole otra razón (que, en realidad, era poderosa): “Le dijeron al Marqués que no convenía que Atahualpa viviese, porque, si se soltaba, Su Majestad perdería la tierra y todos los españoles serían muertos, y ciertamente, si esto no fuera tratado con malicia, tuvieran razón, porque era imposible, si se le soltaba, ganar la tierra. El Marqués, no quiso hacer lo que le pedían”.
     Esto plantea una cuestión clave. Resulta contradictoria la concreta situación en que se encontraba Atahualpa (y caso parecido era el de Moctezuma) con las eternas discusiones sobre  por qué lo ejecutaron. Como dice Pedro Pizarro, si se diera libertad a Atahualpa, arrasaría, casi con total seguridad, a los españoles. No es realista exigir que se cumpliera la promesa de dejarlo libre; una promesa que, sin duda, fue estrictamente utilitaria, falsa desde el principio, con el único fin de que los enriqueciera. Es lógico suponer que Pizarro no necesitaba que lo convencieran para ejecutarlo. Como líder nato, y aun sabiendo que sus hombres lo iban a criticar, sería él quien, antes que nadie, tuviera decidida su muerte. Es de suponer que a Moctezuma en México le habría pasado lo mismo de no haber muerto accidentalmente, y de hecho, su sucesor, Cuauhtémoc, también fue ejecutado por Cortés, curiosamente por considerarlo sospechoso de rebelión, como le va a ocurrir ahora mismo a Atahualpa. La similitud no puede ser mayor. Veámoslo.
     Pedro Pizarro, incluso después de subrayar el gran peligro de que Atahualpa siguiera vivo, intenta dejar impoluta la memoria de Pizarro añadiendo como válidos otros motivos recogidos en  versiones anteriores al año 1571, que es cuando escribió su crónica: “Pues estando esto así, atravesose el demonio de un intérprete que se decía Felipillo, uno de los muchachos que el Marqués había llevado a España (para que aprendieran la lengua), que andaba enamorado de una mujer de Atahualpa, y por haberla, hizo entender al Marqués que Atahualpa hacía gran junta de gente para matar a los españoles en Cajas. Pues sabido esto por el Marqués, prendió a Caracuchima, que andaba suelto, y preguntándole por esta gente que decía la lengua que se juntaba, aunque lo negaba y decía que no, el Felipillo lo traducía a la contra y trastocaba las palabras que los indios decían a quien preguntaba sobre este caso”.


     (Imagen) En todas las expediciones de las Indias iban un tesorero, un contador y un veedor para reservarle a la Corona un quinto de los botines, y lo hacían con eficacia. Pero esos funcionarios podían enredar las cosas en beneficio propio. No es totalmente seguro que el tesorero ALONSO DE RIQUELME presionara mucho para que Atahualpa fuera ejecutado. Pero lo que sí muestra es un perfil avaricioso. Nació en Jerez de la Frontera. Nombrado tesorero del Perú, fletó cuarenta toneladas de mercancías en dos carabelas. Para financiar la operación, recibió un préstamo de 225.000 maravedís que devolvió años después, quedándole grandes beneficios. Ya vimos que Pizarro tuvo que salir tras él para que no cumpliera su amenaza de ir a la Corte a denunciarle. Todo vino de un conflicto al repartir el oro, por el que después se procesó al propio Riquelme, acusado de utilizar fraudulentamente el cuño real, aunque fue rehabilitado y continuó desempeñando el cargo. En 1535 fue designado regidor del cabildo de Lima, cargo que compatibilizaba con el de tesorero. Total: pura avaricia. Pero a esos funcionarios hay que reconocerles un mérito indiscutible: aunque no luchaban, también vivían entre constantes peligros y sufrimientos.


viernes, 17 de noviembre de 2017

(Día 541) La gran tragedia: Atahualpa va a morir y el imperio inca se derrumbará. La versión de Francisco de Xerez hace a Atahualpa único responsable de su muerte, pero deja de lado datos importantes.

     (131) Llegamos ahora a un momento de alta tensión, con todos los ingredientes de la más dura tragedia griega: la muerte de Atahualpa. Vamos a ver varias versiones: la de Xérez, que le hace responsable de su suerte al propio inca, al que nunca le tuvo simpatía, aunque admirara su imponente majestad; luego oiremos a  Pedro Pizarro, a quien, cuanto más se le lee, más lo ve uno como obsesivo defensor de Pizarro; y después seguiremos el texto de Cieza, siempre tan cuidadoso analizando los datos, pero al que su costumbre de proteger al más débil lo llevó a juzgar duramente y sin atenuantes la ejecución de Atahualpa, cosa que, por otra parte, también lamentaron muchos de los hombres de Pizarro.
     Vamos con Francisco de Xerez: “Hubo una cosa que no es para dejar de escribir, y es que apareció ante el Gobernador un cacique de Cajamarca y le dijo: Hágote saber que, después de que Atahualpa fue preso, envió mensajeros a Quito, su tierra, y a todas las otras provincias, para que se hiciera ayuntamiento de gente de guerra para venir sobre ti y tu gente y mataros a todos; y que todos vienen con un gran capitán llamado Rumiñahui, que está muy cerca de aquí, y vendrá de noche para sacar de la prisión a su señor Atahualpa. De la gente natural de Quito, vienen doscientos mil hombres de guerra y treinta mil caribes que comen carne humana; y de otra provincia, que se dice Palta, y de otras partes, viene gran número de gente’. Oído por el Gobernador este aviso, agradeciolo mucho al cacique, hízole mucha honra y mandó a un escribano que lo asentase todo. Luego hizo sobre ello investigación con un tío de Atahualpa y algunos señores principales y algunas indias, y hallose ser verdad todo lo que dijo el cacique de Cajamarca. El Gobernador habló a Atahualpa, diciendo: ¿Qué traición es esta que me tienes armada, habiéndote hecho yo tanta honra como a un hermano? Y declarole todo lo que había sabido. Atahualpa respondió diciendo: ¿Te burlas conmigo? ¿Qué fuerza somos yo y toda mi gente para enojar a tan valientes hombres como vosotros? Y todo esto lo decía sin mostrar semblante de turbación, sino riendo, por mejor disimular su maldad. El gobernador mandó echarle una cadena en la garganta y envió a dos indios para saber dónde estaba el ejército, y le dijeron que se venía acercando. Y súpose luego que Atahualpa mandó unos mensajeros para que su ejército viniese sin detenerse, enviándoles aviso de cómo y por dónde y a qué hora habían de atacar el real, porque él estaba vivo y, si tardaban, lo hallarían muerto”.
     Sigue diciendo que Pizarro  puso a su tropa en máxima alerta, con turnos de guardia continuos, durmiendo los soldados sin quitarse las armas y estando los caballos permanentemente ensillados. Hubo un nuevo aviso sumamente alarmante de otros indios amigos: “Dijeron al Gobernador que venían huyendo de la gente del ejército, que llegaba a tres leguas de allí y que llegarían pronto a atacar a los cristianos”. Sin más, Xerez, nos planta en la tragedia: “Luego el Gobernador, con acuerdo de los oficiales de su majestad y de los capitanes y personas de experiencia, sentenció a muerte a Atahualpa”.


     (Imagen) Nos acercamos a un momento tremendo: la muerte de Atahualpa. Pero vamos a tomarnos un respiro. Sabíamos que estaba preso, pero ahora aparece en la imagen maniatado porque ya le habían sentenciado a muerte. El dibujo fue realizado, hacia el año 1600, por Felipe Guamán Poma de Ayala, para muchos un desconocido por aquello de que vale más caer en gracia que ser gracioso. Puro indígena de alto linaje, nacido en 1534, sus padres fueron Guamán Mallqui y la princesa Curi Ocllo, hija del soberano Tupac Inca Yupanqui. Da la sensación de que la princesa enviudó y se casó con el capitán Luis Arévalo Avalos de Ayala, porque Felipe tomó su apellido. El extraordinario mérito de nuestro protagonista fue redactar un gran libro con el raro título de “El primer nueva crónica y buen gobierno”, un ‘tocho’ de 1189 páginas, de las que 392 fueron láminas como la que vemos, dibujadas con un estilo naíf y expresivo. Lo dedicó a un estudio muy detallado de la historia de Perú desde antes de la llegada de los incas, mezclando en el texto el quechua y el castellano. Su obsesión fue denunciar sin tapujos la opresión a los indios, pero estimando que lo ideal sería unir lo mejor de las dos culturas, la nativa y la española, todo ello enriquecido con la moral cristiana. La obra original estuvo extraviada desde 1660 en la Biblioteca Real de Dinamarca (destino bien extraño) hasta que fue descubierta en 1907 por el erudito alemán Richard Pietschmann. El bueno de Felipe Guamán murió en Lima el año 1615.


jueves, 16 de noviembre de 2017

(Día 540) Hernando Pizarro parte para España con otros españoles, quedando Atahualpa temeroso de que, sin su favor, lo vayan a matar. Le encarga Pizarro que le pida al rey una ampliación de su jurisdicción. También Almagro le ruega que le consiga mercedes del rey, aunque no se fía de que le haga la gestión.

     (130) Luego Cieza da resumida una relación de cosas importantes que se fueron sucediendo, la principal, sin duda, la marcha de Hernando Pizarro a España: “Pareciéndole a Pizarro que sería cosa muy importante al servicio del emperador enviarle relación de la  gran tierra que habían hallado y esperaban hallar en lo de adelante, determinó que fuese a España a lo publicar su hermano Hernando Pizarro y que llevase parte de tan grandes tesoros como les había deparado Dios”.
     Creo que es buen momento para escuchar a otro cronista muy importante, al que todavía no he presentado, el Inca Garcilaso de la Vega, extraordinario personaje, hijo del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo; ya pudimos ver que su padre figuraba en la lista de los que llegaron a Perú bajo el mando de Pedro de Alvarado. El Inca Garcilaso de la Vega fue un gran escritor que manejaba el castellano como un clásico. Merece con creces que se le haga una reseña biográfica, y le dedicaré, al menos, la imagen de hoy. Nos contará muchas cosas, pero ahora, veamos solamente lo que dice de la partida hacia España de Hernando Pizarro: “Trajo para Su Majestad parte del quinto que le había de pertenecer del rescate de Atahualpa, para lo cual escogió las piezas más vistosas, muchas tinajas, braseros, tambores, carneros y figuras de hombres y mujeres, lo cual solo fueron primicias de lo que después ha venido para Su Majestad de aquella mi tierra. Y se fue a embarcar con gran pesar de Atahualpa, que le era muy aficionado y comunicaba con él todas sus cosas; y despidiéndose de él, le dijo: ‘Te vas, capitán; pésame de ello, porque, yéndote tú, sé que me han de matar este gordo y este tuerto’. Lo cual decía por Alonso Riquelme, tesorero de Su Majestad, y por don Diego de Almagro, a los cuales había visto murmurar contra él. Y así fue que, partido Hernando Pizarro, luego se trató la muerte de Atahualpa por medio de un indio intérprete llamado Felipillo”.
     Pizarro le encargaba asimismo a su hermano Hernando que le pidiese al emperador, entre otras cosas, que le ampliase el territorio de su gobernación. Y veremos que el infortunado Almagro también le va a pedir algo a Hernando, pero mediante precio y con desconfianza. Sigamos con Cieza: “El mariscal (Almagro) escribió al emperador suplicándole le hiciese merced de lo nombrar su gobernador y adelantado de la tierra que estaba más allá de lo que gobernaba don Francisco Pizarro, y dio poder bastante a Hernando Pizarro para que lo negociase, prometiéndole más de veinte mil ducados (equiparable a unos 70 kg de oro) por el trabajo. Pidieron licencia para se ir a España el capitán Saucedo, el capitán Cristóbal de Mena (uno de los cronistas) y otros (entre ellos, el también cronista Juan Ruiz de Arce)”. Todos se hicieron ricos, pero solo a estos pocos les bastó y pudieron darse la gran vida en España. Emprendieron, pues, el largo viaje y, por donde pasaban de camino hacia la costa del Atlántico, iban haciendo la mejor propaganda de la campaña de Perú porque todo el mundo quedaba asombrado del caudal de oro y plata que habían conseguido. Cieza añade un último comentario sobre la lógica desconfianza de Almagro: “Solo añadiré sobre esto que Almagro, no estando seguro de la amistad de Hernando Pizarro, rogó en secreto a Cristóbal de Mena que, si viese que no lo hacía bien (el encargo que le había dado), que él informase a los señores del Consejo Real de las Indias de la verdad de todo, para que lo supiesen, y diole poder para ello”.


     (Imagen) El culto cronista “Inca Garcilaso de la Vega” nació en el Cuzco en 1539. Su madre  fue la princesa Isabel Chimpu Ocllu, hermana de Huayna Cápac; su padre, Sebastián Garcilaso de la Vega, de familia noble de Badajoz y pariente del poeta-soldado Garcilaso, era un veterano de la conquista de México que pasó a Perú con Pedro de Alvarado, viéndose envuelto en las guerras civiles, donde salvó la vida apartándose de los Pizarro para acatar la soberanía del rey. La trayectoria personal del Inca Garcilaso fue intensa y muy variada. Vivió el drama de sus ilustres parientes incas y la turbulenta historia militar de su progenitor. Vino a España con 20 años, sin poder lograr una buena posición por sospecharse que su padre, recientemente fallecido, había ayudado a Gonzalo Pizarro. Se enroló en el ejército, llegando a ser capitán al servicio de don Juan de Austria. Ya licenciado, consiguió una buena posición y, después, se hizo clérigo. Todos sus libros fueron de extraordinaria calidad literaria. Escribió los  “Comentarios reales de los incas” (con un afecto que quizá le quite objetividad) y, entre otras obras, publicó también la “Historia general del Perú” y un texto sobre la campaña del gran Hernando de Soto en Florida. Su visión de los acontecimientos de las Indias era tan cristiana y providencialista como la de Cieza. Murió en 1616, cumpliendo después su hijo su voluntad de que fuera enterrado en la catedral de Córdoba.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

(Día 539) Derroche y devaluación del oro y la plata. Excesos de todo tipo y deterioro de la moral con escándalo para los indios. Cieza, siempre moralista, considera que Dios los castigó con las guerras civiles. Empiezan a peligrar las vidas de Atahualpa y Caracuchima; según Cieza, por infundios de los criados indios.

     (129) Semejante borrachera súbita de oro trajo sus consecuencias: “Como entre tan pocos hubiese tantos dineros, andaban grandes juegos. Vendíanse las cosas a precios muy excesivos, muchos estaban bien proveídos de las señoras (indias) principales y hermosas, para tenerlas por mancebas: pecado grande que  los que mandaban lo habían de evitar, porque la principal causa por la que los indios los aborrecieron fue por ver cuán en poco los tenían los españoles y cómo usaban con sus mujeres e hijas sin ninguna vergüenza”. Otra consecuencia de tanta abundancia de oro y escasez de bienes fue su devaluación y la poca previsión de futuro. Escribe Xerez: “No dejaré de decir los precios que se han pagado por las mercaderías, aunque algunos no lo creerán; puédolo decir con verdad, pues lo vi y compré algunas cosas. El precio común de los caballos era de dos mil quinientos pesos (más de ocho kg de oro; cada peso, unos 4,5 gramos). Yo di por dos azumbres de vino cuarenta pesos. Una cabeza de ajos, medio peso. Muchas cosas había que decir de los crecidos precios   a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que eran tenidos el oro y la plata. La cosa llegó a que, si uno debía a otro algo, le daba un pedazo de oro a bulto, sin pesar. Y de casa en casa andaban los que debían con un indio cargado de oro buscando a los acreedores para pagar”.
     El comentario moralista de Cieza es implacable: “Dios ha hecho en los nuestros castigo bien grande, y todos los más de estos principales han muerto miserablemente, con muertes desastradas, que es de temer pensando en ello para escarmentar en cabeza ajena”. No es que Cieza se olvide de que las futuras guerras civiles se desencadenaron inicialmente por los conflictos entre Almagro y los Pizarro, sino que, además, las atribuye principalmente a un castigo de Dios por los abusos contra los indígenas. Evidentemente es una exageración providencialista, pero reveladora de la confusión y del rigor moral que había en las conciencias de los españoles, más dados al remordimiento y más marcados por la religión católica que el resto de los europeos.
     Es de suponer que la angustia de Atahualpa fuera en aumento porque había cumplido entregando el oro prometido y, sin embargo, no le daban la libertad. Cieza se va a poner incondicionalmente de parte del infortunado emperador: “Atahualpa estaba muy triste, aunque no lo daba a entender porque confiaba en la palabra que le había dado Pizarro. Algunos de sus capitanes le pedían licencia para dar guerra a los españoles, pero no lo consintió. Estaban entre los cristianos muchos anaconas (criados indios) sirviéndoles, los cuales se veían con fina ropa que no les era permitida sino a los incas principales. Estos bellacos y los intérpretes daban mil noticias falsas deseando que los españoles matasen a Atahualpa para seguir con su desenvoltura, y daban gran rumor de que venían contra los cristianos grandes escuadrones de guerra y que Caracuchima lo procuraba. Atahualpa procuraba quitarles tal pensamiento a los españoles que le guardaban, pero no le creían. Pizarro mostró gran enojo contra el inocente Caracuchima, y con parecer que le dieron algunos, determinó mandarlo quemar, y afirman que, si no fuera por Hernando Pizarro, que lo estorbó, le dieran cruel muerte de fuego (es curioso que en este caso el moderado fuera Hernando). El pobre capitán se excusaba con palabras, diciendo que no había promovido ningún alboroto”.


     (Imagen) Aquellos atormentados se enardecieron con el abrazo de la fortuna y con la enorme riqueza súbita. Perdieron todo pudor y se entregaron al carnaval, como en Sodoma y Gomorra, pero sin “el pecado nefando” porque eso podía costar la vida. La imagen de los españoles quedó destrozada ante los indios que lo contemplaron. El exagerado Cieza nos dice que Dios los castigó después haciendo que muchos murieran de mala manera en las guerras civiles. Sin embargo fue solamente una explosión temporal debida a tan largo calvario de sufrimientos y frustraciones. Tras el  tormentoso desenfreno, volvió la sensatez, la dedicación a organizarse y la disciplina de la guerra para seguir avanzando, porque eran, ante todo, hombres de acción y de conquista. Quedaba mucho trabajo por hacer y no tardaron en salir de Cajamarca y partir hacia el objetivo más importante: el Cuzco. Quien vemos en la imagen es Pizarro, pero podía haber sido el Cid, y estas sus palabras (adaptadas de las que escribió el poco reconocido  Manuel Machado): “Una voz inflexible grita: ¡En marcha! / El ciego sol, la sed y la fatiga. / Por la terrible sierra peruana, / hacia  el Cuzco con los suyos / -polvo, sudor y hierro-, Pizarro avanza”.


martes, 14 de noviembre de 2017

(Día 538) Se apartó una cantidad del botín para los que llegaron con Almagro; la mayor parte fue para “los primeros conquistadores de Perú” (como se llamó a los que derrotaron a Atahualpa). Cieza opina que habría sido mucho mayor el tesoro de no haber muerto Atahualpa. Tanta riqueza, produjo derroche y envidias. Cieza reconoce que también él se habría quedado con el botín sin escrúpulos de conciencia.

     (128) Aunque hay opiniones diferentes sobre el número de los  que apresaron a Atahualpa en Cajamarca, se puede asegurar que eran ciento setenta porque Cieza escribe el nombre de todos ellos tal y como los copió en Lima directamente del documento del reparto del tesoro. El texto es de gran valor por todo lo que se puede deducir de él. No menciona a Diego de Almagro ni a los que vinieron con él porque no entraron en este reparto, y ya se había separado una cantidad para ellos, por supuesto mucho menor. Como dice Cieza, estos ciento setenta habían logrado por sus méritos la categoría (que siempre disfrutaron en vida ante la comunidad española) de “primeros conquistadores del Perú”. Figuran en primer lugar los de a caballo (sesenta y uno), y todo indica que sus nombres fueron escritos por orden de importancia, al menos entre los primeros de la lista. Siguen los de a pie. En el documento, del que da fe “Pero Sancho, teniente de escribano general en estos reinos (Perú) en nombre del secretario real Juan de Sámano (por cierto, pariente de Sancho Ortiz de Matienzo)”, se hace constar que “el Gobernador don Francisco Pizarro fue mandado por Su Majestad que todos los provechos que en la tierra se hubieren los dé y reparta, entre los conquistadores que los hubiesen ganado, como a él le pareciere que cada uno merezca por su trabajo y persona”.   
    Primero se repartió la plata, que fue mucha, y después el oro, que, por ser lo más valioso, lo voy a cuantificar. Dice Cieza: “Bien pudiera señalar lo que cada uno hubo de parte, mas no quiero, por algunas consideraciones que miré (se ve que no le gustaron algunos privilegios), mas pondré lo que todos juntos llevaron, sin que haya un real más ni menos. Después de hacer la fundición del oro, descontando lo que se hurtó, que fue mucho, y los cien mil ducados que se sacaron para la gente de Almagro (más la quinta parte que le correspondía a la Corona), se repartió lo demás entre el gobernador y sus compañeros, tomando él las partes de gobernador y capitán general, y los capitanes y personas señaladas lo suyo, y los demás conforme habían trabajado. Afirmo por cierto que se repartieron entre estos un millón trescientos veintiséis mil quinientos treinta y nueve pesos (¡unos 5.200 kilos de oro!). Y echaban la ley a este oro como cosa de burla, porque a mucho que tenía catorce quilates le daban siete. Esta ceguedad fue causa de que muchos mercaderes enriquecieron grandemente con solo mercar oro  y plata. Y si los españoles no mataran tan pronto a Atahualpa, fuera esta la décima parte de lo que se recogiera, porque no vino nada de los tesoros del Cuzco, Bilcas, Quito, Tomebamba y Carangue. Repartir tan pronto el tesoro fue causa de tener los españoles envidia unos de otros”. Luego Cieza hace una reflexión moral, pero, por esta vez, la zanja con sincero realismo (y me cuesta creer que en otro país europeo se lo hubieran planteado): “Como le mataron con tan poca justicia a Atahualpa, habiendo primero quitádole su hacienda, muchas veces he oído discutir a grandes teólogos sobre si lo que el rey y los españoles se llevaron fue bien habido, o no en conciencia. No es materia para que yo trate de ella; que lo pregunten y sepan los que lo hubieron, que yo, si me tocara parte, lo mismo hiciera (lo deja claro: como todos los demás)”.


    (Imagen)   A algunos les toca el premio gordo y los trastorna. Parece ser que fue el caso de bastantes de aquellos 170 héroes que derrotaron a Atahualpa. Pero otros supieron administrar sabiamente su espléndido botín; como Juan Pizarro de Orellana (ya vimos ayer que estaba en la lista). Era primo de los Pizarro y pariente del gran Francisco de Orellana (el primero que recorrió todo el curso del Amazonas). Pedro llegó a ser regidor del Cuzco, pero volvió a su localidad natal, Trujillo, compró una casa fortificada y, puesto que ya no había batallas feudales, la convirtió en un palacio renacentista. Su pasión y nostalgia por el Perú, así como un generoso interés por mejorar la vida de sus vecinos jóvenes, le animaron a instalar en ella una oficina para enrolar en aquella campaña a nuevos soñadores, a los que les financiaba el viaje. Años después, en un caprichoso cruce histórico, el genial Cervantes se alojó en este palacio cuando, cumpliendo una promesa a la Virgen, iba de paso hacia Guadalupe a depositar a sus pies las cadenas que lo mantuvieron preso de los turcos en Argel. Dejó constancia de su paso por Trujillo en su novela «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», dando las gracias a la familia Pizarro por la buena acogida que le dispensaron en su casa.