miércoles, 22 de noviembre de 2017

(Día 545) Cieza dice que fue muy conflictiva la decisión de matar a Atahualpa, por haber muchos que no estaban de acuerdo. Un testigo fiable le aseguró que Almagro era uno de estos. Dice también que se procesó a Atahualpa con precipitación y sin garantías suficientes. Fue condenado a muerte.

     (135) Nadie como Cieza hace sentir la progresión del drama que acabará en tragedia: “Felipillo le aseguraba a Pizarro que los indios decían la verdad, y que si mataba a Atahualpa, luego cesaría todo. Con estas cosas,  andaban los cristianos turbados, y el preso Atahualpa hacía grandes exclamaciones de no ser verdad y decía que, después de haberlos hecho ricos, andaban buscándole la muerte. Los más de los españoles no deseaban su muerte, pero oyendo estas cosas, daban unos por voto que muriese y otros decían que lo enviasen a España adonde el emperador. Todos afirman que los oficiales del rey, o su mayoría, daban voces a Pizarro para que matase a Atahualpa sin más aguardar. Llegó otra noticia falsa de que la gente de guerra estaba cerca de Cajamarca. Hubo algunos votos para que muriese Atahualpa, creyendo que, si muriese, no tendrían valor para atacar. Otros decían con grandes voces que estaría mal hecho. Los oficiales, especialmente Riquelme, insistían en que se le ajusticiase. El pobre Atahualpa estaba turbado con lo que le contaban; sabía por sus indios que todo era mentira; pesábale que se hubiera ido Hernando Pizarro; quería convencer a los españoles, pero no era creído por ser su enemigo el traidor Felipillo (que falseaba la traducción). El gobernador determinose a le matar”. No se olvida Cieza de que Hernando de Soto había sido enviado por Pizarro con la misión de comprobar si el intento de ataque era real. Dice que “partió con voluntad de ver lo que había de cierto y con gran deseo de que fuese mentira, para que Atahualpa no muriese”.
     También toca Cieza la posible responsabilidad de Almagro, pero la pone en duda porque oyó distintas versiones: “De algunos tengo oído que Almagro fue parte en que Atahualpa muriese aconsejando al gobernador que lo hiciese; pero otros lo negaron, especialmente el beneficiado Morales, clérigo que se halló allí y enterró a Atahualpa, el cual dijo que  Almagro no lo procuró, sino que habló a Pizarro diciéndole: ‘¿Por qué queréis matar a este indio?’, y que le respondió: ‘¿Queréis que vengan sobre nosotros y nos maten?’. Y que Almagro dijo, llorando por Atahualpa, pesándole de su muerte: ‘¡Oh, quién no te hubiera conocido!’. Felipillo de nuevo daba voces de que venía la gente por muchas partes, y tanto alboroto hubo sobre esto, que sin aguardar a que Soto volviese, se hizo proceso contra Atahualpa. Los testigos eran indios; el intérprete que los desanimaba era Felipillo. Ved la vida de Atahualpa cómo andaba: no tuvo defensa ni él fue creído, ni se hizo más que ver la información. Se dice que fue llevada a fray Vicente para que la viese y que dijo que era suficiente para ajusticiarle y que lo firmaría de su nombre. Dicen que Riquelme, con gran inquietud, no veía la hora de verle muerto. El gobernador sentenció en este proceso que Atahualpa fuese quemado. Cuando supo la sentencia Atahualpa, quejábase de la poca verdad que le guardaron los que le prendieron; decía muchas lástimas que daban gran piedad a los que le oían, por su juventud; hablaba de por qué lo mataban habiéndoles dado tanto y no haciéndoles mal ninguno. Quejábase de Pizarro, y con razón”.


     (Imagen) La burocracia imperial llegaba a todas partes. Y también los controles. Por eso se guardaban escrupulosamente las formas hasta en el último rincón de las Indias y en cualquier situación, por extrema que fuese. Sirva de ejemplo el desquiciado Lope de Aguirre. Hizo una carnicería entre los aterrorizados españoles mientras bajaba por el Amazonas. Mató a Pedro de Ursúa, que iba al frente de la expedición. Mató a quien puso en su lugar, Fernando de Guzmán. Liquidaba a los que ‘le miraban’ mal. Y se rebeló contra Felipe II. Pero, eso sí: hacía que el escribano redactara documentos y que fueran firmados por todos los presentes, algunos con gusto, y los demás por puro espanto. Por esa misma razón, Pizarro tuvo que ser muy protocolario en el ‘problema’ Atahualpa. Todo se precipitó apasionadamente entre los partidarios y los contrarios a su ejecución. Pizarro, casi con seguridad, la vería necesaria para la supervivencia de los españoles y la tendría decidida en su mente. Pero había que guardar las formas legales. Se le hizo a Atahualpa un proceso rápido y sin posibilidad de defensa, del que resultó una condena que estaría decidida de antemano: pena de muerte.


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