lunes, 22 de agosto de 2016

(Día 365) SE DICTÓ SENTENCIA, y CORTÉS quedó libre de todo cargo. FERNANDO DE AUSTRIA, hermano de CARLOS V, le envía a CORTÉS una carta muy elogiosa.

(117) –Esta vez, querido tertuliano, saldrá poco tocado Cortés.
     -Pero seguirán acosándole, pater, especialmente tu sobrinito, el oidor Juan Ortiz de Matienzo, al que tú le perdonabas casi todo.
     -Sabes bien que la familia era un fortín cerrado. Y precisamente por eso me sentó como un tiro, aunque lo veía desde la apacible Quántix, que estafara a mi pequeño vástago Luis, de solo diez años, huérfano de mi protección y sin la ayuda de su madre, mi amada Catalina, que entonces estaba ya en el convento de Mena.  Mi sobrino intentó birlarle a ese dulce angelito mis diezmos de Jamaica: ¡qué cosa tan fea! Pero pasemos a la sentencia de Cortés.
     -Salió triunfante, responsable padre: “Los jueces dieron por muy bueno y leal servidor de Su Majestad a Cortés, y a todos  nosotros, los verdaderos conquistadores que con él pasamos. Y mandaron poner silencio al Diego Velázquez acerca del pleito de la gobernación de la Nueva España (se salvó el rebelde y purificado triunfador). Declararon por sentencia que Cortés fuese gobernador de la  Nueva España, según lo mandó el sumo pontífice Adriano VI (como regente de Castilla). En lo de Garay, y acerca de su mujer, doña Catalina Suárez, puesto que  no daban informaciones suficientes de ello, se reservaba para un futuro juicio de residencia. Mandaron dar cédula real para que se le diesen al piloto Umbría en la  Nueva España indios que rentasen 1.000 pesos de oro”. Ordenaron también algo que, sin duda, le produjo especial satisfacción a Bernal: “Que todos los conquistadores fuésemos antepuestos y nos diesen buenas encomiendas de indios, y que nos pudiésemos sentar en los  más preeminentes lugares en las iglesias y en otras partes (privilegio muy preciado)”. Pronunciada la sentencia, “lleváronlo a firmar a Valladolid, donde Su Majestad estaba. Y firmóla, y asimismo mandó que no hubiese letrados por cierto tiempo en la Nueva España, porque doquiera que estaban, revolvían pleitos y debates y cizañas (vaya famita)”. Todo esto ocurrió en 1522, cuando solo les quedaba dos años escasos de vida a los peores enemigos de Cortés, que formaban un tándem muy unido, el gobernador de Cuba, Diego  Velázquez, y el obispo Juan Rodríguez de Fonseca. Se fueron a la tumba sin poder regodearse con los acosos, los fracasos y el declive que irían reduciendo la estatura del gigantesco Cortés. El que sí lo vio, pero siempre con el máximo respeto, fue el longevo Bernal, y desde palco preferente. Prosiga el mosén.
      -Gracias, monaguillo. Veamos a Bernal disfrutando de la enorme difusión de la caída de Tenochtitlán: “Y en aquella sazón le escribió a Cortés, en respuesta a una carta suya y joyas que le mandó, el rey don Fernando de Hungría”. Aclaremos que era el hermano de Carlos V, criado en España a la vera de los reyes Católicos, sus abuelos, y deseado como rey por muchos castellanos, pero se impuso el obstáculo insalvable de ser más joven. Siempre se sintió muy identificado con nuestras tierras y tuvo gran interés por los asuntos de Indias, tanto que a su iniciativa se debe que haya una recopilación de documentos sobre esta materia en Viena; fue realizada (toma  nota, pequeñín) por el secretario real Juan de Sámano,  quien, como muy bien dices en la sublime biografía que me escribiste con letras de oro, era hermano de un yerno de mi retorcido sobrino Juan Ortiz de Matienzo. Dicho lo cual, veamos lo que, según Bernal, decía el rey don Fernando en la mencionada carta: “Que tenía noticia de los muchos y grandes servicios que había hecho Cortés a su hermano, el emperador, y a toda la cristiandad, y que en todo lo que se le ofreciese intercedería por él, porque de muchas más cosas era merecedor, diciéndole también que diese encomiendas a sus fuertes soldados que le ayudaron. Y esta carta yo la leí en México porque Cortés me la mostró para que viese en qué gran estima éramos tenidos los verdaderos conquistadores”.

     Foto: En el cuadro, a la izquierda, Maximiliano, emperador del Sacro Imperio; frente a él, su hijo Felipe el Hermoso y su mujer, Juana 1ª de Castilla. Se diría que el pintor Bernard Strigel captó en ella la mirada de una mujer atormentada. Arropado por su abuelo, Fernando de Hungría, el que le escribió a Cortés. A su lado, el  quizá mejor rey de España, Carlos V. Junto a él, su hermana Leonor, reina de Portugal y, después, de Francia. La pobre Juana, madre de los tres, dejó una larga prole de alto copete, porque también fueron hijas suyas (ausentes en la pintura) Isabel, reina de Dinamarca, María, reina de Hungría, y Catalina, reina de Portugal. Qué empacho de realeza, baby.


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