domingo, 31 de julio de 2016

(Día 343) Siguiendo la estrategia del horror, los aztecas les tiran cabezas de soldados sacrificados. Serios apuros con un bergantín encallado. Vieron con espanto, a cierta distancia, cómo sacrificaban cruelmente a sus compañeros.

(95) –Fíjate en la expresión, secre: “estaba de bote en bote”. No seas perezoso, investígalo.
     -Es curioso, docto clérigo, que ya se utilizara en aquel tiempo. Pues sepa su reverencia que empezó a usarse hacia 1540 (después de las batallas de México, pero antes de que Bernal terminara su libro) castellanizando la palabra francesa “bout” (extremo).
     -No tienes precio, revuelvelegajos.
     -Pues sigamos, generoso reverendo, con el texto de Bernal que ha dado origen a este juguetón rodeo: “Los mexicanos venían hasta las casas en que estábamos amparados; con dos tiros gruesos (cañoncitos) que pusimos, como llenaban la calzada de bote en bote, matábamos muchos dellos, y quien  nos ayudó mucho aquel día fue el artillero y  muy esforzado soldado Pedro Moreno Medrano, que agora vive en Puebla”. Los aztecas repitieron la macabra estrategia de lanzar cabezas de los sacrificados a cada uno de los destacamentos de españoles, gritando que habían aniquilado a los demás. Era tan desmoralizador que Cortés “mandó a Andrés de Tapia con tres de caballo muy en posta para que, aventurando las vidas, viniesen a nuestro real de Tacuba y supiesen si estábamos vivos”. Hasta los bergantines estaban en peligro, “que ya  habían encallado en tierra uno los mexicanos, y le habían puesto sogas para meterlo en la ciudad, y como nos vio  el Sandoval a mí y otros seis metidos en el agua tratando de echarlo a lo hondo, nos dijo: ‘¡Oh, hermanos, poned fuerza para que no se lo lleven!’. Y tomamos tanto esfuerzo que lo sacamos a salvo. Los marineros salieron heridos, y dos soldados muertos; me dieron un flechazo y una cuchillada en la pierna, y a Sandoval una buena pedrada en la cara”. Y volvió el horror…
     -Tanto sufrimiento, pequeñuelo, tuvo que lavarles todos los pecados, porque el Purgatorio no puede ser peor. Ciertamente, volvió el horror: “Estando ya a salvo y contando cada capitán a Cortés lo que había sucedido, tornó a sonar el tambor muy doloroso del Huichilobos. Y miramos al alto cu y vimos que llevaban por fuerza, gradas arriba, para sacrificarlos, a  nuestros compañeros que le tomaron a Cortés. Y cuando estaban en lo alto, a muchos dellos les ponían plumaje en la cabeza, y con unos como aventadores les hacía bailar delante del Huichilobos. Y luego los ponían de espalda encima de unas piedras, y con unos navajones de pedernal les aserraban por los pechos, y les sacaban los corazones bullendo y se los ofrecían a los ídolos. Y a los cuerpos dábanles con los pies gradas abajo, y estaban aguardando abajo otros indios carniceros que les cortaban brazos y pies, y las  caras las desollaban. Y las adobaban después como guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras y se comían las carnes con chimocle (salsa de chile)”. Lo siento, hijos míos, pero vamos a seguir con el espanto: “Y desta manera los sacrificaron y les comieron las piernas y los brazos, y los corazones y sangre ofrecían a sus ídolos, como he dicho. Y los cuerpos, que eran las barrigas y tripas, echaban a los tigres y culebras que tenían en la casa de las alimañas. Cuando vimos aquellas crueldades, miren los curiosos lectores qué lástima tendríamos dellos, y decíamos entre nosotros: ‘¡Oh, gracias a Dios que  no me llevaron a mí hoy a sacrificar!’. Y también tengan atención en que, aunque no estábamos lejos dellos, no les podíamos remediar, sino que solo rogábamos a Dios que nos guardase de tan cruelísima muerte”. El cronista Sahagún añade un dato aclaratorio: “Mataron primeramente a los españoles y después a todos sus indios amigos. Habiéndolos muerto, pusieron las cabezas en unos palos delante de los ídolos, todas espetadas por las sienes; las de los españoles más altas, las de los indios más bajas, y las de los caballos más bajas”.

     Foto: La muerte es algo que espanta; pero nada temían más los soldados que ser apresados vivos. En su extenso libro, Bernal repite con frecuencia el pánico que les daba  morir de forma tan cruel, tan humillante y tan inhumana, devorados por sus propios enemigos; el principal protagonista de esta pintura, recién capturado por los aztecas, sabía muy bien lo que le esperaba.


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