sábado, 30 de julio de 2016

(Día 342) CUARENTA Y SIETE AÑOS DESPUÉS, recuerda BERNAL con emoción a su amigo CRISTÓBAL DE OLEA. Brutal ataque, en el que los AZTECAS les lanzaron LAS CABEZAS DE CINCO ESPAÑOLES SACRIFICADOS.

(94) –Recordemos, tierno cronista, al olvidado Cristóbal de Olea.
     -Aunque Cortés, querido doctor, le contó al rey con emoción y agradecimiento la proeza  del joven soldado (26 añitos), se echa en falta un homenaje más extenso. Como siempre, es Bernal el que habla con el corazón y trata de hacer justicia a los méritos de cada uno. Cuando lleguemos casi al final de su libro, veremos unas larguísimas listas de sus compañeros y de las batallas que presenció; nos dará dolor de corazón tener que resumirlas.
     -Como lo hagas, débil pecador, te pondré una severa penitencia. En esa lista de nombres aparecerán primeramente los capitanes. Y Bernal tiene el detalle de meter entre ellos a Cristóbal de Olea, dándose así el gustazo de ascenderle de rango; tuvieron que ser muy amigos porque eran de edad parecida y, los dos, de Medina del Campo. Como nos advierte Bernal,  no hay que confundir a este Cristóbal de Olea con Cristóbal de Olid, uno de los principales capitanes de Cortés. Y ahora, todos en pie e humildemente destocados para escuchar a Bernal hablando de este gran héroe y muy amigo suyo:  “Estuvo también entre nosotros un esforzado soldado que se decía Cristóbal de Olea, natural de Medina del Campo, y bien se puede decir que, después de Dios, por Cristóbal de Olea salvó la vida don Hernando Cortés (le trata de ‘don’ porque, cuando escribe, ya le habían nombrado marqués): la primera vez en lo de Xochimilco, cuando le derribaron a Cortés de su caballo y este Olea llegó de los primeros a le socorrer e logró que don Hernando pudiera cabalgar, quedando el Olea muy mal herido; y la postrera vez, cuando nos desbarataron en México y tenían ya los mexicanos asido a Cortés para le llevar a sacrificar, y el buen Olea peleó tan valientemente que lo liberó; y allí perdió la vida este animoso varón, que agora que lo estoy escribiendo (unos 47 años después) se me enternece el corazón, porque me parece que agora lo veo, y se me representa su persona y gran ánimo”. Murió, pues, el dignísimo Cristóbal de Olea, pero otro español más sacrificó su vida por la de Cortés; su mayordomo, Cristóbal de Guzmán: le facilitó otro caballo a su jefe con el que pudo escapar, pero él fue apresado y llevado vivo por los mexicanos.
     Luego Bernal cuenta lo que pasaba en su propio destacamento: “Dejemos de hablar de Cortés y de su desbarate (ya sabemos que se equivocó de táctica) y volvamos a los que íbamos con Pedro de Alvarado”. ¿Recuerdan vuesas mersedes a Joseph Conrad? Pues bien, en su novela “El corazón de las tinieblas”, con su grito (“¡el horror, el horror!”), nos enfrentó a la crueldad humana. Bernal nos muestra ese mismo horror sin tapujos, tal y como lo vivió: “Íbamos muy victoriosos con Pedro de Alvarado por la calzada de Tacuba, y entonces vimos venir contra nosotros muchos escuadrones de mexicanos, y  nos echaron delante cinco cabezas que habían cortado a los que habían tomado a Cortés. Pero nosotros no perdíamos el orden retrayéndonos, mientras oíamos con el más triste sonido, como instrumento de demonios, el tambor del cu mayor, donde estaban sus ídolos, Huichilobos y Tezcatepuca;  retumbaba tanto que se oyera a dos leguas. Según supimos después, estaban ofreciendo diez corazones y mucha sangre a los ídolos que dicho tengo. Luego tocaron la trompeta de ataque, y agora pienso en ello y lo veo como si estuviese luchando, pero no sé escribir la rabia y esfuerzo con que se metían entre nosotros para nos echar mano, que era cosa de espanto. Mas torno a afirmar que, si Nuestro Señor no nos diera esfuerzo, no nos habríamos salvado; y le doy muchas gracias y loores por ello, que me escapó aquella vez y otras muchas del poder de los mexicanos”.

     Foto: La escena es de la película Apocalypto, y muestra a los mayas llevando al ‘matadero’ de sus templos una fila de indios cautivos. Pero tanto da: los aztecas tenían los mismos ritos bestiales, en templos casi gemelos, y muchos españoles acabaron igualmente sacrificados. Es curioso que Bernal menciona numerosas veces algo que se le quedó grabado en lo más hondo como símbolo de aquel horror: el fúnebre y demoníaco sonido de los tambores cuando les arrancaban el corazón a sus compañeros.


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