miércoles, 20 de julio de 2016

(Día 332) Siguen dedicados los ESPAÑOLES a pequeñas escaramuzas en las que corren serios peligros. CAYENDO OTRA VEZ en la argucia de una falsa huida de los INDIOS, se ven tan apurados los ESPAÑOLES, que CORTÉS PIENSA QUE ES EL FIN.

(84) –Está claro, alma candorosa, que Cortés lo calculaba todo. 
     -Tienes razón, resabiado clérigo. Esas escaramuzas no eran un jueguecito, aunque quizá arriesgó demasiado. Como buen sicólogo, aprovechó el tiempo muerto del montaje de los bergantines dándoles carnaza de guerra a sus aburridos soldados y, especialmente, a los  miles de tlaxcaltecas ansiosos por vengarse de los mexicanos matándolos y apresándolos (posiblemente con el mismo destino que “el sin ventura Juan Yuste”). Añadamos la valentía de Cortés y su prestigio y tendremos el cóctel perfecto para
que consiguiera mantener a tope la moral de victoria de todos.
     -Pero se expuso mucho, secre. Su ataque al poblado de Saltocan pudo acabar en el ridículo. Les habían hecho huir a los indios, pero, durante la noche, “había enviado Cuauhtémoc por el lago muchos escuadrones de guerreros para les ayudar, y por la mañana nos atacaron con mucha vara y flecha y piedra con hondas desde las acequias, adonde no podíamos pasar a hacerles daño porque habían inundado los pasos con agua; e hirieron a diez de nuestros soldados y a muchos tlaxcaltecas. Y nuestros soldados renegaban de esta venida sin provecho, y aun estaban medio corridos de cómo los indios les gritaban y les llamaban mujeres. Pero en ese instante dos indios de los nuestros le dijeron a un soldado que los de Saltocan habían dejado seca una acequia que iba derecha al pueblo. Los nuestros pasaron por ella (Bernal no estaba allí), y los contrarios daban en ellos e hirieron a muchos, pero entraron en el pueblo, e tal mano les dieron que les mataron muchos, y pagaron muy bien la burla que hacían. Y se tuvieron muy buenas indias, y los tlaxcaltecas salieron ricos con mantas y sal y oro y otros despojos (mejor que no lo detalle)”. Siguieron correteando por varios pueblos ribereños de la laguna hasta llegar a Tacuba, “que es donde nos repusimos la ‘noche triste’ (expresión que se ha hecho histórica) cuando salimos de México desbaratados”. Y faltó poco para que el lugar fuera esta vez trágico de verdad: “Los mexicanos empezaron a dar en los nuestros, y nuestro capitán tuvo harto trabajo en romper con ellos, con los caballos y los soldados a buenas cuchilladas; los indios hicieron como que huían, y Cortés, creyendo que llevaba victoria, mandó seguirlos hasta un puente”.
     -Es llamativo, santo abad, que sea la segunda vez que el astuto Hernán pique en el mismo anzuelo. Dinos cómo acabó el despiste.
     -Cayeron en la encerrona, “y desque los mexicanos sintieron que  le tenían ya metido a Cortés en el garlito, pasado el puente, vuelven sobre él tanta multitud de indios que, en canoas, por tierra y desde las azoteas, le dan tal mano que le ponen en gran aprieto, que ya se creyó desbaratado; e un alférez llamado Juan Volante cayó en el agua, a punto de se ahogar, y ya lo tenían asido los mexicanos para meterlo en sus canoas, pero fue tan esforzado que se escapó con su bandera. Y el capitán Pedro de Ircio, que allí se encontraba, por  afrontar al alférez –que no estaba bien con él por amores con una mujer- le dijo que había crucificado al Hijo y quería ahogar a la Madre, porque la bandera tenía la imagen de la Virgen María”.
     -Perdona, docto clérigo: ¿Por qué dice que crucificó al Hijo?
     -La verdad es, ingenuo mancebo, que vuestra cultura religiosa está a ras del suelo. En mis tiempos teníamos clara conciencia de que, si Cristo nos salvó muriendo, todos éramos causantes de su crucifixión. Prosigamos: Esta anécdota de Ircio fue tan conocida que llegó a oídos del rey Carlos, buen experto en guerras, y comentó literariamente: “Capitán que en tal aprieto dice gracias, consigo las tenía todas”. Sin embargo a Bernal le molestaban las palabras de Ircio, y lo explica: “No tuvo razón en decir aquello, porque el alférez siempre fue muy esforzado”. Al final del libro, hace un retrato del pobre concepto en que le tenía al ingenioso, aunque reconociendo su valor: “Era Pedro de Ircio ardid (valiente) de corazón y de mediana estatura, y hablaba de lo mucho que había hecho en Castilla, y lo que veíamos e conocíamos dél no era para nada. Era también muy plático en demasía, que ansí acontecía que siempre contaba cuentos de Pedro Girón  y del conde de Ureña (fue criado de los dos).  Estuvo cierto tiempo como capitán en la calzada de Tepeaquilla, en el real de Sandoval. Sin obrar y sin hacer cosas que de contar sean, murió de su muerte (o sea, en la cama) en México”.

     Foto: Hacía más de un año que Cortés, herido en el alma por la mayor derrota de su vida, vivió su ‘noche triste’ acongojado al pie de un árbol en Tacuba, junto a Tenochtitlán. La escena está bien representada (con una doña Marina demasiado sugestiva). Pues bien: ahora le hemos visto en el mismo sitio,  y casi igual de apurado por un ingenuo error en una batallita de cuarto orden.


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