miércoles, 16 de marzo de 2016

(206) - Bonne nuit, mon bon ami. Precisa las fechas de las cartas.
    - À ton service, mon doux patron. La carta actual, que está a punto de terminar, la escribe Sarmiento en setiembre de 1590, ya liberado. Recordemos un dato. Decidió escribirle al rey para que le canjearan por un preso francés. Pero sus captores le obligaron a cambiar el enfoque definitivo: querían un rescate en dinero. Así lo redactó Sarmiento en setiembre de 1589, y esta es la transcripción resumida. “Suplico a V. M. no le espante la larga historia ni la mala letra (tenía que estar muy deteriorado: dibujaba bien, y sin embargo la caligrafía es torpe; hasta las líneas van decayendo). Suplico a V. M., por la llagas de Dios, haya piedad y me socorra con la suma de 6.000 ducados y 4 caballos, que es el acuerdo que se ha impuesto, y si pareciere dura cosa hacerme esta merced, declaro que no es mi intención que se me den graciosos, sino prestados, y daré más cantidad en la forma siguiente”. Te veo pensativo, sigue tú.
     - Fíjate en una cosa, secre: Sarmiento es el hombre más solo del mundo. Nunca habla de (ni recurre a) amigos, parientes, o (pobrecito mío) esposa ni hijos. No tiene más que a Dios y al Rey (a quienes se entrega en cuerpo y alma), si exceptuamos las ayudas que ha ido consiguiendo de algunos funcionarios o de personas importantes que se han cruzado en su camino, y esto porque él mismo es un hombre público de gran relieve. Tuvo antes los criados que le acompañaban, e incluso un esclavo negro que le salvó de ahogarse. Y más ná. Solo quiere que le rescaten, y renuncia a todo lo que el rey le debe. Hace convincente y patéticamente el balance: sin contar los 4.000 ducados que gastó en el viaje al Estrecho (“amén de las veces que ha puesto en peligro su vida”), se le deben 23.000 ducados. “De esa suma, solo quiero la que me bastará para salir de cautividad, y del resto yo hago servicio a V. M. espontáneamente haciéndome merced de pagarme esta suma de 6.000 escudos y los cuatro caballos (el escudo valía algo menos que el ducado)”. Es para mesarse los cabellos. Me pongo malo.
     - Tú ya lo sabías como nadie, querido funcionario real. Los que iban  a Indias fueron “abusadores”, pero al mismo tiempo muy explotados por el rey y la corte. De ahí que escribieran tantas cartas lastimeras. Salvo algunos mimados por la fortuna (Cortés, Pizarro…), casi todos eran, simplemente, carne de cañón. Termina Sarmiento añadiéndole al rey que se podía quedar, de ser necesario, con las rentas que tenía en Perú; tampoco reclama su salario como Gobernador del Estrecho, “porque son de los frutos de aquella tierra, donde no hay agora ninguno, sino muchos trabajos (incluso la situación allá de “sus” colonos” era mucho peor de lo que se imaginaba). Insiste en que en Francia lleva preso casi tres años. Le suplica la ayuda “como padre y señor mío”.  Termina así: “Deste castillo infernal, 27 de setiembre de 1589”. Hasta mañana, cósmico ectoplasma.
     - Daremos fin a la otra carta de este olvidado héroe. Sayonara.



     Veamos en el mapa, querido socio, el patético recorrido de Sarmiento. Los piratas le llevan preso a Plymouth. Él, que solo sabe latín, lo llama Plemua. No le riñas: lo mismo le pasaba a Felipe II, y eso que se casó con Mary Bloody, a quien sucedió su virginal (?) hermanastra, Isabel, que le recibió afablemente en Londres a Sarmiento, y le dejó libre, y… Vuelve eufórico hacia España. Pasa por Calais, se desvía un poco hacia Dunquerque por si hay algún despacho para el rey. Visita al embajador Mendoza en París, recibe su ayuda y no hace caso de un sabio consejo: que siguiera el viaje por mar. Tiene prisa. Pasa de largo Burdeos y, a solo unos kilómetros de la frontera española, lo apresan los hugonotes, acrecentados en el odio que vienen arrastrando desde la matanza parisina de la noche de San Bartolomé, ya lejana pero inolvidable. Pedro ansiaba recuperar la libertad; pues bien: lo tienen encerrado y cubierto de miseria en un castillo de Mont de Marsan casi tres años. Es la historia de su constante sin vivir.


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