martes, 1 de diciembre de 2015

(101) - La campanada docena de Rosales. I am here, my sweet heart. Dice un seguidor de estas peripatéticas tertulias que le gustan nuestros escarceos; así que adelante y sin freno (que el Señor lo bendiga y le premie tanta bondad).
     - Wellcome, my bosom friend. Francisco Pizarro se casó con la hermana de Atahualpa (dramática cosa, porque lo ejecutó); tuvieron dos hijos, Gonzalo, que murió joven, y Francisca Pizarro Yupanqui. Si todos sus compañeros se “forraron” en los inicios de la “conquista”, lo de Pizarro fue el no va más.  Al quedar huérfana la mestiza, heredó la gran fortuna de su progenitor,  y cuando se transformó en una primaveral  mariposa de vivos colores andinos, fue pretendida por un montón de moscones hispanos, a los que, como nueva Penélope, les dio esquinazo. Se vino a España rondando los veinte años, donde le esperaba otro  moscón más pegajoso, taimado y carrozón, su tío Hernando Pizarro, de cuya fecha de nacimiento circulan datos disparatados, pero que andaría entonces por los 50 años (pura lógica, si nos atenemos a la fecha del documento en el que vimos que, todavía muy joven, le nombró capitán el emperador). Hernando se encontraba en su acogedora prisión de privilegiado reo dentro del castillo de La Mota. Era muy rico, pero su sobrina más, y se la llevó al tálamo: algo tendría el “chuleta”, porque Francisca demostró ser, además de acaudalada, una mujer llena de cualidades (la belleza mestiza se le supone), buena esposa y buena madre. Muerto en 1978 el añejo esposo, ella se volvió a casar, y cumplió al pie de la letra el deseo del difunto: hacer un suntuoso palacio en su pueblo natal, Trujillo. No se anduvo con miserias: construyó el edificio, hoy llamado de los Pizarro, en la Plaza Mayor, de hechuras principescas, con amor de esposa y de hija (en su momento hablaremos de otras maravillosas mujeres de la aventura de Indias).
     - Y tú, que tanto has viajado a la aventura, llegaste “in illo tempore” a Trujillo, te encantó el pueblo, viste el palacio, te llamó la atención el balcón y su  gran escudo esquinados, y, por tus pecados, te pareció suficiente saboreo, y, dita sea, te largaste. ¡Porca miseria!
     - Me pasó lo mismo contigo, querido padrino: solo vi sobre la superficie de Mena borrosos y escasos rastros tuyos. Pero empecé a escarbar y descubrí un  mundo apasionante e inagotable.
     - ¡Meneses, menesas, escarmentad en cabeza ajena! Sigue, corazón, que ya me he desahogado. Quedan dos hermanos.
     - Te pones grandilocuente, dulce Sancho; pero me gusta que no des puntada sin hilo. De Juan Pizarro, poco hay que decir. Era un tipo valioso, pero  murió pronto, en 1536, luchando contra los indios sublevados en Cuzco. Nos queda para mañana Gonzalo, el más joven, y de muy complicada trayectoria en Perú. Sayonara, daddy.


     Francisca Pizarro Yupanqui: ¡viva el mestizaje! Siempre fue consciente de su alta dignidad, frente a españoles y a indios. También el Inca Garcilaso de la Vega, buen cronista del Perú, presumió de su doble grandeza por mestizo de alcurnia. Francisca construyó ese precioso palacio que se ve al fondo para gloria de su marido, Hernando, y de su padre, Francisco. Siglos después se colocó la estatua ecuestre y la plaza quedó convertida en un lugar excepcional. Pero, jovencito, para saborearlo bien, hay que saberlo.


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