lunes, 28 de diciembre de 2015

(127) - Hola, compañero de fatigas. Vaya colocón el de anoche: estaba nublado y no paramos de ver estrellas fugaces. ¿Sería el coñac?
     - O esos extraños puros que trajiste, dear ectoplasma. Una pasada.
     - Pero fue bonito mientras duró. Hemos de repetirlo. Prosigamos.
     - Okay, jefe. ¿Te parece que volvamos al inmenso río de la Plata?
     - Guay del Paraguay: nos habíamos pasado de largo esa estación, que, por lo apartada, fue turbulenta, como “Dodge ciudad sin ley”.
     - Muy bien, patrón: de forma breve, y sin prisa pero sin pausa, subiremos río arriba, que por ahí se tejió su historia. Te doy la vez.
     - Gracias, respetuoso doncel, no pareces de estos groseros tiempos. El primero que se internó por el río de la Plata fue “mi” piloto mayor de la Casa de la Contratación Juan Díaz de Solís, inquieto andaluz. Y digo verdad, que ahora no estoy fumado ni bebido: estos cuatro gloriosos pilotos, Yáñez Pinzón, Juan de la Cosa, Vespucio y Solís,  estuvieron bajo mis órdenes. Como grandes geógrafos, soñaron con encontrar un paso marítimo hacia el inmenso océano que descubrió Balboa. Todos fracasaron. Solís anduvo cerca de la solución del enigma, pero le tentó explorar hacia el interior del río de la Plata y le costó la vida. Él y varios españoles sirvieron de banquete a los indios, que solamente perdonaron a uno por ser adolescente, Francisco Puerto. Cuando, años después, llegó por allí otra expedición al mando de Caboto, lo rescataron  pero no pudo adaptarse, y, hecho un lío, se volvió a la tribu. Qué novelón la vida de cada uno de los españoles que acabó viviendo con los nativos.
     - Y tú, ilustre menés, tras cada fracaso tenías que organizar otra armada que recogiese la antorcha. Así lo hiciste tres años después de la muerte de Solís preparando la buena y definitiva, la de Magallanes, que fue a lo suyo, encontrar el paso hacia el Pacífico, quedando el río de la Plata para que Caboto se internara por él y fundara el fuerte que se menciona en la GRAN RUTA MATIENZO. Pero el medio apendejado Francisco Puerto había segurado que, según le contaban sus amigos indios,  aguas arriba había tierras con ricas minas, y se consolidó el casi  mito de la Sierra de la Plata. Casi mito porque esa riqueza minera sí existía, aunque allá, muy a lo lejos, en la demarcación del pronto naciente virreinato de Perú. Y después, como la fe mueve montañas, sobre todo si un prodigioso analfabeto como Pizarro acaba de conquistar un imperio, salieron más naves hacia la zona del Plata bajo el mando de Pedro de Mendoza. Bye, my reverend.
     - Así es: otro ilustre pariente de mi arzobispo Mendoza. To see you.



     Desde que Solís llegó a la desembocadura del Plata, este río llevó su nombre durante casi 20 años: Río Solís. Luego el mítico rumor de que por allí se iba a una fabulosa zona minera lo rebautizó. Y hasta el gran país costero será ya para siempre “Argentina”. Por ese cauce subieron con ojos avariciosos los españoles hacia el norte, evitando las tierras brasileñas (demarcación portuguesa), navegando el casquivano Paraná, “que besa la playa y se va”, llegando al río Paraguay y fundando  la ribereña Asunción en lo que casi parecía el fin del mundo.


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