jueves, 2 de junio de 2016

(Día 284) DURÍSIMA BATALLA CON LOS TLAXCALTECAS. Aunque agotados, los españoles, para no mostrar debilidad, les atacan de nuevo. Los aliados TOTONACOS se ensañan sin control con los TLAXCALTECAS. Los españoles apaciguan su miedo confiando en Dios. Salieron victoriosos, pero los indios no se rindieron.

(36) –No nos olvidemos de nuestra querida doña Marina, soñador.
     -Tú y yo sabemos, poético abad, que permanece en la sombra, pero influyendo con su presencia al lado de Cortés; ahora más que nunca, porque se ha convertido en su amante desde que Puertocarrero partió para España. El mancebo Bernal no aguantará mucho sin  hablar de ella. Pero dejémosle que siga con la batalla contra los tlaxcaltecas: “Y tengo para mí que les matamos entonces  4 capitanes; luego se retiraron y se llevaron la yegua, a la que hicieron pedazos para  mostrarlos en todos sus pueblos (como prueba de que los caballos eran vulnerables)”. Siguió durísima la pelea, pero más tarde supieron que se sintieron derrotados “porque les matamos muchos indios, y entre ellos 8 capitanes muy principales; y desque nos vimos con victoria, dimos muchas gracias a Dios Nuestro Señor; y con el unto del indio que ya he dicho, se curaron nuestros heridos, que fueron 15, y murió uno de ellos, y también se curaron 4 caballos. Y al otro día, dijo Cortés que era mejor ir nosotros a acometerlos, para que no sintieran nuestra flaqueza”. Salieron 7 jinetes, unos 200 soldados y sus amigos totonacos,  dejando una reserva en el ‘real’ (acuartelamiento).
     -Alto, socio, porque tenemos que fijarnos en un detalle importante: la forma de actuar de los indios amigos. Vamos a ver un pequeño aperitivo de la ‘vista gorda’ que harán los españoles sobre su comportamiento, dependiendo de las circunstancias: en las batallas decisivas, les recompensaban su valor y sacrificio ‘disimulando’ (como decían ellos) verdaderas salvajadas. Sigue Bernal: “Por los  pueblos prendimos veinte indios e indias sin hacerles ningún mal; y nuestros amigos, como son crueles, quemaron muchas casas. Y llegados al real, Cortés mandó que se soltasen los prisioneros, se les dio de comer y doña Marina y Aguilar les halagaron y les dijeron que no fuesen locos, que viniesen de paz”. Cortés los envió después, con los otros dos principales que tenían apresados, adonde el cacique Xicotenca (hijo) con el mensaje de que solo querían pasar por Tlaxcala para llegar adonde Moctezuma. La respuesta no fue muy educada: “Que fuésemos, y que harían las paces hartándose con nuestras carnes y honrando a sus dioses con nuestros corazones y sangre”. Supieron también que el ejército tlaxkalteca estaba unido y era terrorífico: 50.000 hombres.
     -Nunca lo tuvieron más difícil. ¿Cómo lo vieron, daddy?
     -Bernal no puede esconder el terror que sentían: “Y desque aquello supimos, como somos hombres y temíamos la muerte, nos confesamos con el padre de la Merced y con el clérigo Juan Díaz, que toda la noche estuvieron en oír de penitencia y encomendándonos a Dios que no fuésemos vencidos”. Fue tan importante el día de la batalla, que Bernal da la fecha, 5 de setiembre de 1519, y explica el perfecto orden con que diseñaron el ataque, “y supimos cierto que vendrían con intención de no dejar ninguno de nosotros con vida sin que fuera sacrificado a sus ídolos”. La lucha fue feroz, “y una cosa nos daba la vida, y era que como estaban muy amontonados, los tiros les hacían mucho mal, y demás desto el Xicotenca no era obedecido por dos capitanes que le eran contrarios, y como ya peleaban de mala gana y veían que les hacíamos mucho daño, comenzaron a aflojar. Y desque nos vimos libres de aquella multitud, dimos muchas gracias a Dios. Nos mataron a un soldado e hirieron a más de setenta y a todos los caballos. A mí me dieron dos heridas, una pedrada en la cabeza y un flechazo en el muslo, mas no eran para dejar de pelear, y asimismo lo hacían todos los que estaban heridos”.

     (En la foto, la habitual misa antes de la batalla: eran brutales, pero creyentes, y solo podían mantener a raya el pánico con el consuelo de la fe. Aunque estuvieran en la retaguardia, también muchos clérigos acababan masacrados).


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