jueves, 25 de julio de 2019

(Día 892) Los que se encontraban en el Cuzco y eran pizarristas estaban angustiados por lo que les podría pasar. Algunos pudieron huir. Los que se quedaron no tuvieron más remedio que aceptar como Gobernador a Diego de Almagro el Mozo.


     (482) Conviene comentar que ver aparecer por primera vez a Fancisco de Carvajal en estas crónicas da escalofríos. Aquí va a empezar el funesto protagonismo en las guerras civiles de este veterano y valioso militar que se ganó a pulso el apelativo de Demonio de los Andes, quien, quizá por no tener miedo a la muerte, se la aplicaba a los demás con un sentido del humor siniestro.
     Veamos a D. Pedro de Portocarrero tembloroso ante la incertidumbre y el riesgo de la situación: “Muy turbado, les dijo a los del Cabildo que, por haber muerto D. Francisco Pizarro, no tenía ya fuerza el cargo de Teniente suyo que le habia dado, y, por tanto, que tomasen su vara (de mando) e la diesen ellos a quien quisiesen. Francisco de Carvajal, después de que hubiesen rogado a Don Pedro que siguiera teniendo su vara, y de contestarles que no quería, le dijo que la dejase, e que por qué estaba tan temeroso, pues mayor señor fue Julio César y lo mataron en su palacio. Los Regidores y los Alcaldes no se ponían de acuerdo en a quién elegir como Teniente. Los de Chile (que estaban entre el público asistente) daban voces diciendo que por qué no aceptaban a D. Diego de Almagro como Gobernador, y los de Cabildo, por no poder más, o por algunos temores que tenían, aceptaron a D. Diego como Gobernador e nombraron a Gabriel de Rojas como su Teniente”. El rudo comentario de Carvajal no significa que fuera partidario de Almagro. Enseguida veremos que ya entonces era pizarrista.
    Como señaló Cieza, daba la casualidad de que eran muchos los pizarristas que habían salido del Cuzco por diversas razones, de manera que los partidarios de Almagro el Mozo no tuvieron dificultades para conseguir que las autoridades del Cabildo lo reconocieran como Gobernador. Los primeros en enterarse de lo ocurrido fueron Gómez de Tordaya y Juan Vélez que (como ya sabemos) estaban cazando. Tordoya tuvo la valentía de presentarse armado en el Cabildo y criticar ásperamente la decisión que se había tomado. Luego los dos fueron al encuentro del licenciado La Gama y de los que habían salido con él del Cuzco: “Cuando supieron la muerte del Marqués, fue grande la pena que recibieron, acordándose de los dieciséis años que anduvo descubriendo el reino para que Su Majestad fuese servido, y de que ellos le habían ayudado en todas las conquistas”.
      En el Cuzco, algunos pizarristas trataban de organizarse: “A Don Pedro de Portocarrero lo tenían preso en su casa, y había enviado a avisar a los vecinos (pizarristas) que había, que eran Diego de Silva, Francisco de Carvajal, Tomás Vázquez, Francisco Sánchez y Diego de Gumiel, para que saliesen del Cuzco, mas los de Chile prendieron a dos de ellos, y vigilaban a los otros para que no se ausentasen. Pedro de los Ríos andaba fuera de la ciudad, y, enterado de lo que pasaba, esperó a entrar de noche e ir a su posada”. Cuando lo supo Pedro de Portocarrero, se escapó de su casa con sus caballos, y, juntándose con Pedro de los Ríos, “fueron en busca de Gómez de Tordoya, con el que ya estaban el capitán Castro, Francisco de Villacastín, Jerónimo de Soria, Gonzalo de los Nidos e otros”.

    (Imagen) FRANCISCO DE CARVAJAL (el Demonio de los Andes) nació en Rágama de Arévalo en 1464. Ha pasado a la Historia mitificado en sus virtudes y en sus defectos, aunque en los dos aspectos fue muy grande. Era un puro hombre de acción y más propio de la época medieval. Veamos su trayectoria. Consta como firmante del acta de la fundación de la ciudad Arequipa. Eso quiere decir que Pizarro lo tenía ya en gran estima, a pesar de sus rarezas. Contaba con una prodigiosa resistencia física, aun en su vejez, y con gran habilidad para la estrategia militar. Atravesó seis veces las terribles rutas heladas de los Andes. Mataba sin compasión, y hasta su propia condena a muerte se la tomó con filosofía. Vimos en la imagen anterior con qué sangre fría le quitó la vida a su compañero Hernando Bachicao por desertar de la batalla de Huarina. Bachicao la daba por perdida, sin pensar que la pericia de Carvajal iba a lograr una victoria casi imposible. En un ejemplo de caballeresca lealtad, siempre fiel a sus alianzas pizarristas, Carvajal renunció a volver a España, y decidió seguir en Perú para ayudar a Gonzalo Pizarro en su rebeldía contra la Corona. Teniendo 84 años, fue derrotado junto a él en la batalla de Jaquijaguana, y los dos murieron decapitados, pero no le faltaron comentarios sarcásticos cuando lo ejecutaron a él. Sabía bien lo que era la vida y la muerte por su veteranía en la experiencias más temendas, que empezaron ya en su escandalosa juventud. Había participado en hechos históricos de las guerras europeas, y después fue a México, desde donde se trasladó a Perú para ayudar a Pizarro contra la sublevación general de los indios. Sirva esto como aperitivo de lo mucho que habrá que contar de él más adelante.



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