jueves, 18 de febrero de 2016

(179) - Tu querido Sarmiento es sorprendente, sentimental mancebo. Indirectamente, le lanza una pedrada a Valdés. Resume lo mínimo.
     - Pedro es un artista, docto Sancho, diciendo mucho con pocas palabras. No lo veas como un “acusica”: ten en cuenta que está solo contra el mundo. El pasaje no tiene desperdicio; es como un flash vivo de aquella época. Dice Sarmiento (saltando de la 3ª a la 1ª persona) que, “con palabras dulces y secretamente trataba de animarle (a Valdés) mostrándole el bien que se recibiría poblando aquellas tierras (del Estrecho), y respondió tan mal que dijo que no sabía con qué título tenía el rey las Indias. Y viendo Sarmiento una brutalidad tan grande, y queriéndole convencer, cada vez se exasperaba más. Entonces le hice patentes todos los títulos divinos y humanos que V. M. tiene a las Indias, como fray Francisco de Vitoria (dominico humanista: se le considera el fundador del  derecho internacional) en sus Relaciones escribe, y otras muchas más que yo abrigué cuando hice la probanza del Perú de las behetrías antiguas (libertades que tenían los primeros pobladores) y tiranía de los incas (cuando lo ocuparon), de que envié a V. M. su historia antigua por escrito y pintura, a través de (¡atención!, todos en pie y destocados) don Francisco de Toledo, Mayordomo de vuestra Real Casa, que tanto trabajó en paz y en guerra y visitas generales durante su virreinato de Perú. Y todo esto no bastó a persuadir a Diego Flores. Pedro Sarmiento le mostró la bula y  motu proprio del papa Alejandro VI, que fue la primera concesión de las Indias a los muy altos Reyes Católicos, de gloriosa memoria, bisabuelos de V. M., y a sus sucesores. Y, diciéndole que quien contradijese aquello, contradecía la potestad del Papa y mancillaba la conciencia real, y era sospechoso en ambas cosas, calló y no concedió. De lo cual se puede colegir con cuánto amor andaba en el real servicio de V. M.”.
     - Respira un poco, abuelete: te tomo el relevo. Sarmiento solo tenía un móvil en su vida: servir al rey y a su país. Llegaron a  Río de Janeiro en marzo de 1582, y continuó el sufrimiento: “estuvieron allí hasta fin de noviembre, donde murieron muchos que ya venían enfermos, y enfermaron otros muchos más de un mal del sieso (parte final del intestino), que es peste de aquella tierra, fácil de curar entendiéndose, y, si no, pasados dos días, mata con bascas (náuseas)”. Como de costumbre, Flores no estuvo a la altura. El gobernador y los vecinos ayudaron con lo que pudieron. “Y así murieron más de 150. Y otros, viendo esto, huyeron. Pedro Sarmiento, viendo el peligro en la mano, hizo alojar a los pobladores por las casas de los vecinos de la tierra, donde fueron curados, y solo murieron cuatro”. Se ocupó de los oficiales enfermos “a los que medicinaba, y no murió sino uno de más de 50”. Be happy, my dear.
     - If possible, as you in Quántix. Muy didáctico Sarmiento. Bye, bye.



     ¡Río de Janeiro! Qué hermosa bahía. Al piadoso Pedro Sarmiento le habría encantando verlo así, bajo la sombra de  Nuestro Señor. En su trágica aventura, tuvo que recalar maltrecho varias veces en estas acogedoras aguas, entonces españolas. Se sentiría orgulloso como un romano, dueño del mundo. Su rey, Felipe II acababa de añadir a su imperio el de Portugal enterito, y permanecieron unidos ¡durante sesenta años! En 1640, la nobleza portuguesa dio un golpe de estado y puso en el trono luso al Duque de Braganza, con el nombre de Juan IV. Bye, bye: fue bonito mientras duró.


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