lunes, 19 de julio de 2021

(1471) Cada tribu tenía sus costumbres particulares, pero todos los indios admiraban a los cuatro españoles, e incluso temían enfadarlos, creyendo que su Dios los castigaría.

 

      (1061) Los indios hicieron un duelo muy especial por los fallecidos: "Vimos una cosa que fue de grande admiración. Los padres, hermanos y mujeres de los que murieron, aunque tenían gran pena, no les vimos llorar, y nosotros les mandamos llevarlos a enterrar. En los más de quince días que con ellos estuvimos, a ninguno vimos hablar con otro. Porque una lloraba, la llevaron muy lejos, y, con unos dientes de ratón agudos, la sajaron desde los hombros hasta las piernas. Yo, viendo esta crueldad y enojado de ello, les pregunté por qué lo hacían, y respondieron que para castigarla porque había llorado delante de mí. Todos estos temores que ellos tenían se los metían a todos los otros que nuevamente venían a conocernos, a fin de que nos diesen todo cuanto tenían, porque sabían que nosotros no tomábamos nada y se lo habíamos de dar a ellos. Esta fue la gente más obediente que hallamos por aquella tierra, y de mejor condición".

     Los cuatro españoles iban siempre acompañados por muchos indios que encontraban por el camino. Solían informarse de lo que había por delante, y las dos indias que habían partido para obtener datos regresaron diciendo que habían encontrado muy poca gente: "Entonces salió Alonso del Castillo con Estebanico el negro, llevando por guía a las dos mujeres, y la que era esclava los llevó a un pueblo en que su padre vivía, y estas fueron las primeras casas que vimos que tuviesen parecer de serlo (hasta entonces, solo habían visto tiendas de campaña). Luego volvieron Castillo y Estebanico trayendo seis de aquellos indios, y dijeron que habían hallado casas de gente y asiento, y que aquella gente comía frijoles y calabazas, y que habían visto maíz, lo cual fue la cosa del mundo que más nos alegró, y por ello dimos infinitas gracias a nuestro Señor. Andada legua y media, topamos con el negro y los indios que venían a recibirnos, y nos dieron muchas cosas para comer y para vestir".

     Sin  estar demasiado tiempo con estos indios, siguieron camino adelante, hasta llegar a otro poblado, cuyos habitantes, en lugar de salir a recibirlos, los esperaban en sus casas, siendo su comportamiento acogedor pero algo extraño: "Estaban todos sentados, tenían vueltas las caras hacia la pared, las cabezas bajas, los cabellos puestos delante de los ojos y sus provisiones puestas en montón en medio de la casa. Nos regalaron muchas mantas de cuero, y no tenían cosa que no nos diesen. Era la gente de mejores cuerpos que vimos, de mayor viveza y habilidad, y la que mejor nos entendía y respondía a lo que preguntábamos. Le pusimos al poblado el nombre de Las Vacas, porque la mayor parte de ellas mueren cerca de allí. Esta gente andan del todo desnudos, a la manera de los primeros que hallamos. Las mujeres andan cubiertas con unos cueros de venado, y también algunos pocos hombres, señaladamente los que son viejos, porque no sirven para la guerra. Les preguntamos por qué  no sembraban maíz, y respondieron que lo hacían para no perder lo sembrado, porque hacía mucho que se estropeaban las cosechas por falta de agua. Nos rogaron que pidiésemos al cielo que lloviese, y nosotros les prometimos hacerlo".

 

     (Imagen) Aquellos cuatro caminantes  habían tenido la inmensa fortuna de ser los únicos supervivientes del poderoso ejército de Pánfilo de Narváez, pero la inmediata desgracia de convertirse en esclavos de los indios. La segunda bendición fue poder escapar de ellos, y, la tercera e inesperada, la de convertirse en curanderos, lo que suponía un salvoconducto, frente a los peligrosos indios, para viajar hacia su destino, y el privilegio de verse bien recibidos en todos los poblados, porque eran considerados unos prodigiosos chamanes. Seguirán sufriendo fatigas y hambres en su larguísimo caminar, pero podrán continuar sin graves incidentes. Se van ya acercando a México, su tierra de salvación (el recorrido se ve en la imagen; desde Mal Hado hasta San Miguel, unos 2.200 km, tardaron 8 años): "Pasados dos días que allí estuvimos, seguimos nuestro camino, y decidimos atravesar toda la tierra hasta salir a la mar del Sur (el Pacífico),  sin que nos lo impidiera el temor del hambre que habíamos de pasar. Nuestro mantenimiento diario era algo de grasa de venado, que para estas necesidades procurábamos siempre guardar, y así caminamos 34 días hasta llegar a unas casas en las que había mucho maíz, del que los indios nos dieron mucha cantidad, mostrándose los más contentos del mundo. Continuamos andando otras cien leguas (550 km), y siempre hallamos casas en las que  nos daban muchos alimentos. Nos regalaron también turquesas muy buenas, y a mí me dieron cinco esmeraldas. Entre estos indios vimos que las mujeres eran de mejor presencia que en cualquier otra parte de las Indias. Llevan unas camisas de algodón, que les llegan hasta las rodillas, con unas faldillas de cuero de venado que tocan en el suelo, y calzan zapatos. Toda esta gente, dolientes y sanos, venían a nosotros a que los tocásemos y santiguásemos, y acontecía que algunas mujeres parían y nos traían la criatura a que la santiguásemos. Nos acompañaban siempre hasta llegar a otro poblado de indios, y todos tenían por muy cierto que veníamos del cielo. Teníamos con ellos mucha autoridad y gravedad, y, para conservar esto, les hablábamos pocas veces. El negro les hablaba siempre, y se informaba de los caminos que queríamos seguir, de los pueblos que había y de las cosas que nos interesaba saber. Pasamos por gran diversidad de lenguas, y Dios nos ayudó, porque, aunque solo sabíamos seis, siempre nos entendieron y les entendimos hablándonos también por señas".




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