miércoles, 14 de julio de 2021

(1467) Los cuatro curanderos llegaban triunfalmente a otros poblados, que eran saqueados sin oposición por los muchos indios que los acompañaban. El cronista sigue hablando de las costumbres nativas.

 

     (1057) Lo que cuenta a continuación el cronista Álvar Núñez Cabeza de Vaca va a resultar extenso y repetitivo, ya que hace referencia a cómo fueron recibidos los cuatro españoles con entusiasmo por todos los poblados de indios a los que llegaban, acompañados por miles de nativos que se les iban uniendo por el camino, reverenciando su capacidad milagrera, y acostumbrados, extrañamente, a saquear por donde pasaban, sin que los perjudicados se enfadaran. Y, por  no ser 'prolijo' ( como decían los cronistas de la época), lo resumiré cuanto pueda: "Cuando de noche dormíamos a la puerta del rancho donde estábamos, nos velaban a cada uno de nosotros seis indios con gran cuidado, sin que nadie osase entrar dentro hasta que el sol era salido. Vinieron después allí unas mujeres de otros indios que vivían más adelante, y partimos de allí llevándolas por guías para ir a su poblado, y, antes de que llegásemos, salió toda la gente que en las tiendas había a recibirnos con tantos gritos de alegría, que era asombroso. Era tanta la turbación que tenían, que, por adelantarse unos para tocarnos, nos apretaron mucho, y, sin dejarnos poner los pies en el suelo, nos llevaron a sus tiendas. Toda aquella noche la pasaron cantando y bailando, y, a la mañana siguiente, nos trajeron gente de aquel pueblo para que los tocásemos y santiguásemos, como habíamos hecho a los otros con quienes habíamos estado".

     Se repetía una y otra vez la escena cuando los cuatro caminantes llegaban a otros poblados que estaban en la ruta que iban siguiendo para alcanzar territorio controlado por los españoles: "Fuimos después bien recibidos por otros indios, como hicieron los pasados. Nos dieron cosas que tenían y los venados que habían matado, para que los curásemos, y, curados. se iban muy contentos". Pero los siguientes indios que iban conociendo se comportaban de forma extraña: "Partidos de estos poblados, fuimos a otros muchos, y desde entonces comenzó otra nueva costumbre, y es que, aunque nos recibían muy bien, los indios que iban con nosotros comenzaron a hacerles tanto mal, que les tomaban las haciendas y les saqueaban las tiendas. Esto nos pesaba mucho al ver el daño que hacían a quienes nos recibieron tan bien, y, además, temíamos que aquello fuera causa de alguna alteración entre unos y otros. Pero los mismos indios que perdían la hacienda, conociendo nuestra tristeza, nos consolaron, diciendo que estaban tan contentos de habernos visto, que daban por bien empleadas sus haciendas, y que más adelante serían pagados por otros que eran muy ricos (porque, como veremos, ellos les harían lo mismo). Por todo este camino, teníamos mucho trabajo, por la mucha gente que nos seguía, y en este lugar nos trajeron a muchos  que estaban tuertos por nubes en los ojos, y parte de ellos eran ciegos. Estos indios eran muy proporcionados, con rasgos agradables y más blancos que todos los que hasta entonces habíamos visto. Aquí empezamos a ver montañas, y parecía que venían seguidas desde el mar del Norte (Golfo de México), que, según nos dijeron los indios,  debía de estar a unas quince leguas. De aquí partimos con estos indios hacía esas montañas, pero nos llevaron por donde estaban unos parientes suyos, ya que solo querían ir por zonas habitadas, y no querían que sus enemigos alcanzasen tanto bien como les parecía que era vernos".

 

     (Imagen) Sigue hablando Cabeza de Vaca de las características de los indios: "También quiero contar lo de sus naciones y lenguas, que desde la isla de Mal Hado hay. En ella hay dos lenguas: la de los indios caoques y la de los Han. En la tierra continental, frente a la isla, hay otros que se llaman chorrucos, y toman el nombre de los montes donde viven. Adelante, en la costa, habitan otros que se llaman doguenes y  otros llamados mendicas. Más adelante, están los quevenes, y, frente a ellos, los mariames. Luego vienen los guaycones, y, frente a éstos, los iguaces (nombra también a los atayos, los acubadaos, los quitoles, los avavares, los maliacones, los cutalchiches, los susolas, los comos y los camoles). Todas estas gentes tienen lenguas diversas. En todas estas tierras se emborrachan con un humo (algún alucinógeno), y dan cuanto tienen por él. Beben también otra cosa que sacan de las hojas de unos árboles como encinas, la tuestan en unos botes, añaden agua, la tienen sobre el fuego, y, cuando está con mucha espuma, la  beben tan caliente cuanto pueden soportar. Desde que la sacan del bote hasta que la beben están dando voces, diciendo quién quiere beber. Cuando las mujeres oyen estas voces, se quedan quietas aunque estén muy cargadas, y, si alguna de ellas se mueve, la deshonran y la apalean, y, con muy gran enojo, derraman el agua que tienen para beber, y la que han bebido la vomitan, lo cual ellos hacen muy fácilmente. La razón de esta costumbre es que, según dicen ellos, si, cuando quieren beber aquella agua, las mujeres se mueven, con ella se les mete en el cuerpo una cosa mala que pronto les hace morir. Incluso, todo el tiempo que el agua se está cociendo ha de permanecer el bote tapado, y, si casualmente está destapado cuando alguna  mujer pasa, no beben más de aquella agua y la derraman. Es amarilla y están bebiéndola tres días sin comer, y cada día bebe cada uno arroba y media de ella, y, cuando las mujeres están con su costumbre (el periodo) solo buscan de comer para sí solas, porque ninguna otra persona come de lo que ellas traen. En el tiempo que allí estuve, entre estos vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y estos son unos hombres amarionados (así lo escribe), de los cuales había muchos impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres, pero tiran con arco y llevan cargas muy grandes. Entre los indios vimos muchos de ellos, y son más membrudos que los otros hombres y más altos, y soportan muy grandes cargas".




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