sábado, 27 de marzo de 2021

(Día 1379) Salieron siete españoles del campamento, y los apalaches mataron a todos menos a Francisco de Aguilar. También Alonso de Carmona lo narró en su pequeña crónica.

 

     (969) El cronista añade que los indios no se limitaban a atacar a los españoles que se alejaban del campamento: "Además de la vigilancia  que usaban contra los desmandados, la tenían también contra todo el ejército, inquietándolo con alarmas y arrebatos que de día y de noche hacían, sin querer presentar batalla de gente junta en escuadrón formado, sino con asechanzas, escondiéndose en las matas y montecillos por pequeños que fuesen y, donde menos se pensaba que pudiesen estar, de allí salían como salteadores a hacer el daño que podían".

     Pasó el invierno, y, por fin, pudieron los españoles ponerse en marcha para salir cuanto antes del temible territorio de los apalaches: "El gobernador y adelantado Hernando de Soto, habiendo ordenado al capitán Diego Maldonado que fuese a La Habana para lo que atrás se dijo, y habiendo mandado proveer el bastimento y las demás cosas necesarias pasa salir de Apalache, que era ya tiempo, sacó su ejército de aquel alojamiento a los últimos de marzo de mil y quinientos y cuarenta años y caminó tres jornadas hacia el norte por la misma provincia sin topar enemigos que le diesen pesadumbre, habiendo sido los de aquella tierra muy enfadosos y belicosos". Pero, antes de perderlos de vista, tuvieron otro incidente con los bravos indios: "En un pueblo que era de la provincia de Apalache, pasó el ejército tres días. El segundo día sucedió que salieron a medio día del real cinco alabarderos de los de guarda del general y otros dos soldados, naturales de Badajoz. Uno se llamaba Francisco de Aguilar y el otro Andrés Moreno. Estos siete españoles salieron del pueblo sin acordarse del interés que los indios de aquella provincia tenían en matar a los que andaban despreocupados. Apenas se habían alejado los siete españoles doscientos pasos del real, cuando dieron los indios contra ellos, que, como hemos visto, no se dormían en sus asechanzas contra los que salían de orden. Al oír la gritería de  unos y otros, salieron del pueblo muchos españoles. pero, por prisa que se dieron, hallaron muertos a los cinco alabarderos, cada uno de ellos con diez o doce flechas atravesadas por el cuerpo, y a Andrés Moreno vivo, pero con una flecha de arpón de pedernal, y, en cuanto se la quitaron para curarlo, murió. Francisco de Aguilar, que era hombre fuerte y robusto más que los otros, y como tal se había defendido mejor que los demás, quedó vivo, aunque salió con dos flechazos que le pasaban ambos muslos, y muchos palos en la cabeza y por todo el cuerpo, porque llegó a enfrentarse a los indios, y, de un golpe que le dieron a soslayo en la frente, le derribaron toda la carne de ella hasta las cejas y le dejaron los cascos de fuera (el hueso frontal a la vista)".

     No va a perder Inca Garcilaso la ocasión de contar algo bueno de aquellos indios. Francisco de Aguilar tardó veinte día en reponerse, y fue dando detalles del percance. Los indios atacantes eran más de cincuenta. Todos los soldados de las Indias debían de tener un sentido del humor bastante siniestro, porque solían bromear acerca de situaciones verdaderamente trágicas. Le tomaban el pelo a Aguilar, como si fueran de risa las heridas que recibió y la manta de palos que le habían dado los indios. Se burlaban de él preguntándole cuántos eran los golpes que le habían dado, y si estaba dispuesto a vengarse de ellos desafiándolos a que se enfrentaran a él uno a uno, si eran valientes". Ante tanta broma pesada, Francisco de Aguilar se va a poner serio, y contará algo que ocultaba.

 

 

    (Imagen) Para resaltar la bravura de los indios apalaches, Inca Garcilaso aprovechó un trozo de la narración que hizo uno de los testigos, ALONSO DE CARMONA. Ahora lo copio yo porque es muy expresivo: "Estos indios de Apalache son de gran estatura y muy valientes y animosos, porque, como se vieron y pelearon con los que pasaron con Pánfilo de Narváez y les hicieron salir de la tierra mal que les pesó, se nos venían cada día a las barbas y cada día teníamos refriegas con ellos, y, como no podían ganar nada con nosotros a causa de ser nuestro gobernador (Hernando de Soto) muy valiente, esforzado y experimentado en guerra de indios, acordaron andarse por el monte en cuadrillas, y, como salían los españoles por leña y la cortaban en el monte, al sonido del hacha acudían los indios y mataban a los españoles y soltaban las cadenas de los indios que llevaban (presos) para traerla a cuestas (la leña), y quitaban al español la corona (la cabellera), que era lo que ellos más apreciaban, para traerla al brazo del arco con que peleaban, y, a las voces que daban y gritos que hacían, acudíamos luego y hallábamos hecho el mal suceso, y así nos mataron a más de veinte soldados, y esto ocurrió muchas veces. Y acuérdome que un día salieron del real siete de a caballo a ranchear, que es buscar alguna comida y matar algún perrillo para comer, que en aquella tierra lo hacíamos todos, y nos teníamos por dichosos el día que nos cabía parte de alguno, pues no había faisanes que mejor nos supiesen, y, andando buscando estas cosas, toparon con cinco indios, los cuales los aguardaron con sus arcos y flechas e hicieron una raya en la tierra y les dijeron que no pasasen de allí porque morirían todos. Y los españoles, como no saben de burlas, arremetieron con ellos, y los indios desembrazaron sus arcos y mataron dos caballos e hirieron otros dos y a un español hirieron malamente; y los españoles mataron uno de los indios y los demás escaparon por sus pies, porque verdaderamente son muy ligeros y no les estorban los aderezos de las ropas, sino que les ayuda mucho el andar desnudos». Se diría que aquellos españoles iban siempre acompañados por la presencia invisible de la muerte, muy conscientes de que cada amanecer podía ser el último de su vida, o el de sus mejores amigos. Llegaría el día en que otros españoles, los misioneros, supieron hacerse oír por los apalaches, como muestra la imagen.




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