sábado, 6 de marzo de 2021

(Día 1361) Durante su peligroso viaje hacia donde estaba Pedro Calderón, los jinetes no pudieron evitar el acoso de los indios y la gran dificultad del paso de un río.

 

     (951) Partieron, pues, a mediados de octubre de 1539 los lanceros hacia donde Pedro Calderón permanecía con el resto de la tropa a la espera: " Fueron todos muy a la ligera, no más que con las celadas y cotas sobre los vestidos y sus lanzas en las manos y sendas alforjas en las sillas con algún herraje y clavos (para herrar a los caballos) y con el bastimento que en ellas podía caber para caballos y caballeros. Ese día alancearon dos indios que toparon en el camino, y los mataron para que no avisasen a  los que había derramados por el campo. Anduvieron en aquella jornada las once leguas que hay de Apalache hasta la ciénaga, la cual pasaron sin encontrar enemigos, que no fue poca ventura, porque, a pocos indios que vinieran, bastarían para flecharles los caballos en camino tan angosto como el que había en el monte y el agua".

     Iban haciendo el recorrido de vuelta por los mismos parajes que habían hecho a la ida. Una de las preocupaciones era la de que el río que tenían que atravesar estuviera muy crecido. El que se adelantó para saberlo fue el mejor informador que tuvo el cronista para redactar su libro: " Gonzalo Silvestre, llegó a darle vista con harto temor de hallarlo más crecido que cuando el ejército pasó por él, pero fue Dios servido de que trajese menos agua; lo pasó a nado y salió al llano de la otra parte. Cuando sus compañeros lo vieron en la otra ribera tuvieron mucho placer,  y lo pasaron sin desgracia alguna. Luego fueron hacia el pueblo de Vitachuco, donde pasó la temeridad y desgracia del cacique Vitachuco". Les preocupaba mucho la posibilidad de verse obligados a luchar con los indios del poblado, y su idea fue dejarlo atrás alejándose al galope. Pero no hizo falta, porque se encontraron un espectáculo tristísimo: "Llegaron al pueblo, y lo hallaron todo quemado y asolado, y los cuerpos de los indios que murieron el día de la batalla estaban todos por aquellos campos amontonados, que no habían querido enterrarlos. Al pueblo lo destruyeron por creer que estaba fundado en sitio desdichado, y, a los indios muertos, los dejaron sin sepultura para manjar de aves y bestias fieras. Y así lo hicieron con este pueblo y con los que en él murieron, porque les pareció que la desgracia la había causado más la infelicidad del sitio y la mala fortuna de los muertos que el esfuerzo y valentía de los españoles, pues eran tan pocos en número contra tantos y tan valientes indios".

     En su veloz marcha, los españoles no pudieron evitar que algunos indios los vieran y corrieran la voz de alarma. Por si fuera poco, al llegar a otro río, esperaban que tuviera un reducido caudal, como ocurrió en el Osachile, pero se equivocaron: "El río venía tan feroz, que sólo mirarle ponía espanto. A esta dificultad se añadió la vocería que los indios de la una parte y la otra del río levantaron al ver asomar los cristianos. Se decidió que doce de ellos, los mejores nadadores, se echasen al río para tomar la otra ribera antes que los indios llegasen a ella. Se quedó también en que catorce de ellos, cortasen palos gruesos de los árboles que por la ribera había caídos y secos, para hacer una balsa en la que pasasen las sillas, ropa, alforjas y los españoles que no sabían nadar, debiendo los cuatro restantes resistir a los indios que acudían a toda furia para estorbarles el paso".

 

     (Imagen) También DIEGO DE SILVEIRA (a veces aparece como Silvela) volvió sano y salvo de La Florida. En una información, he visto que partió hacia las Indias con el recién nombrado obispo de Cuba Diego de Sarmiento (año 1536), aunque un testigo parece indicar que él y Silveira salieron juntos desde Sevilla en 1538. La única explicación que se me ocurre es que el reverendo retrasara su viaje. Diego de Silveira, como otros supervivientes, hizo de testigo en un expediente de méritos de algún compañero de fatigas floridanas. Afirmó haber nacido, hacia el año 1514, en Sampayo (Galicia), siendo hijo de Ruy de Silveira y de Teresa Rodríguez de Sejas. Vuelto a México, parece ser que permaneció allí, sin que, después de cinco años de sufrimientos por La Florida, le tentaran las arriesgadas aventuras de las guerras civiles peruanas. Pero debió de llevar una vida bastante desahogada, porque un hijo suyo, también llamado Diego de Silveira (nacido en México hacia el año 1561), tuvo tan buena formación, que logró ser nombrado escribano público, a lo que hace referencia el documento de la imagen (del año 1591). Se lo concedieron por su valía y por los méritos de su padre y de su abuelo. En ese expediente aclara muchas cosas. Su padre, Diego, se casó con Doña Mencía de Ocampo, y, su abuelo, Diego de Ocampo de Ulloa, fue un veterano conquistador de México. El solicitante consiguió la plaza con los buenos informes de los testigos, uno de los cuales era Cristóbal de Tejadillo (compañero de su padre en La Florida), quien, entre otras cosas,  dijo de él que, además de ser apto para el oficio, "era cristiano viejo, de casta noble, y de linaje sin mancha de moro, judío o hereje". El año 1622, se hizo en México un inventario de bienes del escribano público Diego de Silveira, lo que parece indicar que el  motivo era su fallecimiento (con unos 61 años). Añadiré algo sobre el mencionado obispo de Cuba DIEGO SARMIENTO. Nacido en Burgos, había sido cartujo en Sevilla (lo que, de por sí, ya era una garantía de austeridad). Consagrado en 1536, presentó su renuncia en 1544, quizá por encontrar demasiadas dificultades en su ministerio, especialmente en lo tocante a los indios. Le hablaba de ellos a Carlos V como un problema mal resuelto. Quería que los españoles les dieran trabajos más llevaderos, pero opinaba que  sería peor dejarlos en plena libertad, porque se verían perdidos con conductas autodestructivas. El obispo murió en Sevilla el año 1547.




No hay comentarios:

Publicar un comentario