(968) Los españoles, después de recoger el
maíz que necesitaban, quisieron aprovechar más la salida apresando a algún
indio. Vieron a uno que andaba por la cercanías, y el que salió a por él fue
Diego de Soto, sobrino de Hernando de Soto, y criado suyo, ya que era un jinete
muy bueno y quería, además, demostrar su valentía: "El indio, al verlo
venir, corrió con grandísima ligereza, pues estos nativos son muy ligeros. Como
el caballo le iba alcanzando se metió debajo de un árbol, puso una flecha en el
arco, y esperó a que llegase a tiro el español. El cual, no pudiendo entrar
bajo las ramas, pasó corriendo la lanza por un lado para ver si podía
alcanzarle. El indio, evitando el golpe, tiró la flecha al caballo, y acertó a darle
entre la cincha y el codillo con tanta fuerza y destreza, que el animal fue
trompicando unos veinte pasos y cayó muerto. Otro caballero, llamado Diego
Velázquez, caballerizo del gobernador, no menos valiente y diestro en la
jineta, fue a socorrer a Diego de Soto". Y se repitió, exactamente, el
mismo percance, disparando el indio desde debajo del árbol. También mató el
caballo de Velázquez. Los dos jinetes corrieron con sus lanzas en las manos
para castigar al peligroso enemigo, pero les resultaba imposible alcanzarlo,
mientras él, en la distancia, escapaba burlándose de ellos. Y añade el
cronista: "El nativo los dejó bien lastimados de tanta pérdida como la de
dos caballos, pues, sabiendo los indios la ventaja que tenían los españoles con
ellos, preferían matar un caballo que cuatro cristianos".
Y seguían las pérdidas. Veremos, además,
por primera vez, que aquellos indios arrancaban cabelleras: "Pocos días después del mal lance de
Diego de Soto y Diego Velázquez sucedió otro peor, y fue que dos portugueses,
el uno llamado Simón Rodríguez, natural de la villa de Marván, y el otro Roque
de Yelves, natural de Yelves, salieron en sus caballos fuera del pueblo para
buscar fruta verde, y, pudiéndola coger de encima de los caballos de las ramas
bajas, prefirieron subir en los árboles por parecerles que era mejor la de las
ramas altas. Los indios, viendo a los dos españoles portugueses subidos en los
árboles, salieron a por ellos. Roque de Yelves, dándose cuenta, se echó del
árbol abajo y fue corriendo a tomar su caballo. Un indio le tiró una flecha con
un arpón de pedernal y le dio por las espaldas y le atravesó los pechos, cayendo
en el suelo sin poderse levantar. A Simón Rodríguez lo flecharon subido al
árbol como si fuera alguna fiera encaramada y, atravesado con tres flechas de
una parte a otra, lo derribaron muerto. En cuanto cayó le quitaron en redondo la
parte superior de la cabeza, y la llevaron para testimonio de lo que habían
hecho. A Roque de Yelves le dejaron caído sin quitársela porque los españoles ya
se acercaban a caballo en su ayuda. El portugués solo tuvo tiempo de contar en
pocas palabras lo sucedido, y, tras
pedir confesión, enseguida expiró".
Después el cronista insiste en la
ferocidad de aquellos indios: "Concluyendo las cosas acaecidas en el pueblo
principal de Apalache, decimos que los naturales de esta provincia, durante el
tiempo en que los españoles estuvieron invernando en su tierra, se mostraron
muy belicosos, atacando a los castellanos sin perder ocasión, por pequeña que
fuese, de herir o matar a los que salían del campamento, aunque fuese muy poco
trecho".
(Imagen) Si bien, siguiendo los argumentos
del historiador Esteban Mira Caballos, todo apunta a que HERNANDO DE SOTO nació
en Barcarrota (Badajoz), no queda la cuestión zanjada. Así lo aseguraba también
Inca Garcilaso, pero el mismo Soto
enredó el asunto diciendo que era natural de Jerez de los Caballeros (Badajoz)
(tampoco tiene demasiada importancia, puesto que solo 25 km separan ambas
localidades), aunque Mira Caballos argumentaba que trataba de ocultar con ello
su ascendencia judía. La tesis del origen jerezano la defiende asimismo otro
historiador, Juan Luis Fornieles, de quien lo que me interesa ahora es recoger
algunos otros datos que aporta sobre la biografía general de Soto. Habla del
testamento que dejó otorgado en La Habana el uno de mayo de 1539, poco antes de
partir hacia La Florida. En él se ven datos curiosos. Tuvo el detalle de dejar
un depósito de dinero para misas por el alma de alguien (fallecido años atrás
en Nicaragua) que fue uno de sus mejores amigos, Francisco de Compañón, paisano
y camarada suyo de armas cuando llegaron, siendo muy jóvenes, a las Indias en
la armada del duro Pedrarias Dávila (año 1514). Se mostró también generoso con
otro gran amigo y paisano, Nuño de Tovar, al que le dejaba en herencia la
importante cantidad de mil ducados. Sin duda, Hernando de Soto se arrepintió de
hacerlo, puesto que, como vimos, le quitó luego el cargo de maestre de campo de
su ejército porque Tovar se casó disimuladamente con Doña Leonor de Bobadilla,
pariente de Soto, el cual tenía otros planes para ella. En el testamento de
Hernando de Soto llama la atención el hecho de que no dejara nada para sus
familiares más cercanos, aunque consta que, en vida, les envió importantes
cantidades de dinero desde las Indias. Nos sirve también de ejemplo para
comprender que los conquistadores podían enriquecerse en extremo, pero solo si
las campañas tenían éxitos espectaculares. En ocasiones, los llevaban a la
ruina total. Hernando de Soto se preparó 'a lo grande', y ostentosamente, para
ir a La Florida, pero perdió la vida y toda su gran fortuna. Para mayor
desgracia, su viuda, la admirable Isabel de Bobadilla, sufrió un largo pleito
contra el socio de su marido, Hernán Ponce de León, y terminó muriendo envuelta
en reclamaciones económicas. Ya vimos una estatua del gran HERNANDO DE SOTO en
Barcarrota. La de la imagen está en Jerez de los Caballeros. Dondequiera que
naciera, ambas poblaciones tuvieron parte importante en su vida personal y
familiar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario