lunes, 22 de marzo de 2021

(Día 1374) Sus compañeros siempre le celebraron a Antonio Galván que, matando al cacique indio, les salvó la vida.

 

     (964) Siguieron en apuros los españoles por otra tanda de indios en ataque:  "No andaba menos cruel y sangrienta la pelea por las otras partes, porque por el lado derecho de la batalla acudió una gran banda de indios con mucho ímpetu y furor sobre los cristianos. Un valiente soldado, natural de Almendralejo, llamado Andrés de Meneses, salió a resistirles, y con él fueron otros diez o doce españoles, sobre los cuales cargaron los indios con tanta ferocidad y braveza que, de cuatro flechazos que dieron a Andrés de Meneses lo derribaron en el agua. Hirieron asimismo a otros cinco de los que fueron con él. Los españoles se esforzaban con su buen ánimo para defender sus vidas, que ya no peleaban por otro interés, y llevaban lo peor de la batalla, porque solo podían atacar los cincuenta peones, pues los de a caballo, por ser la pelea en el agua, no eran de provecho para los suyos ni de daño para los enemigos".

     Pero se salvaron milagrosamente: "Entonces se enteraron todos los indios de que su capitán general estaba herido de muerte, con lo cual empezaron a retirarse poco a poco, aunque tirando flechas a sus contrarios. Los castellanos se rehicieron, los echaron fuera de toda la ciénaga, y los empujaron por el callejón del monte cerrado que había en la otra ribera, y les ganaron el sitio que habían preparado los españoles para su alojamiento cuando pasó el gobernador con su ejército. Los españoles se quedaron en él aquella noche porque era plaza fuerte y cerrada donde los enemigos no podían hacerles daño. Sintiéndose seguros,  curaron a los heridos como pudieron, pues la mayoría lo estaban, pero pasaron la noche en vela, porque los indios, con sus gritos y alaridos, no les dejaron reposar".

     A Antonio Galván, tiempo atrás, los indios le golpearon en la cabeza de tal manera que lo dieron por muerto. Como ya nos dijo el cronista, sus compañeros lo recogieron, y se fue recuperando, pero en un proceso lento, durante el cual decía incoherencias que eran motivo de risa general, y a los soldados les encantaba hacerle preguntas para oír sus disparates. Ahora le vemos completamente en sus cabales, e incluso como objeto de admiración y agradecimiento por parte de toda la tropa: "Con el buen tiro que Antonio Galván lanzó aquel día socorrió Nuestro Señor a estos españoles, pues, ciertamente, de no ser tan acertado y en la persona del capitán general, los indios habrían podido hacer gran estrago en ellos, o degollarlos a todos, pues ellos eran muchos y animosos, y los españoles pocos y  la mayoría a caballo. Por ser la pelea en el agua, no eran señores de sí ni de sus caballos para atacar al enemigo o defenderse de él, por lo cual, peleando solos los de a pie, estuvieron a punto de perderse todos. Y así, platicando después muchas veces delante del gobernador sobre el peligro de aquel día, daban siempre a Antonio Galván la honra de que, gracias a él él, no resultaron vencidos y muertos".

     Cuando amaneció, los españoles siguieron avanzando bajo una lluvia de flechas: "De esta manera caminaron dos leguas de monte donde los indios hirieron a más de veinte castellanos y ellos no pudieron hacer daño alguno en sus enemigos porque hacían harto en guardarse de las flechas. Pasado el monte, salieron a un campo raso donde los indios, por temor a los caballos, no osaron atacarles, y, así, pudieron caminar con menos pesadumbre".

 

     (Imagen) El acoso de los nativos fue constante mientras avanzaba Pedro Calderón con sus hombres hacia el territorio de los apalaches, para unirse al ejército de Hernando de Soto. Al portugués Álvaro Fernández le mataron su segundo caballo (valían una fortuna). Sigue diciendo el cronista: "Llegaron a Apalache a la puesta de sol (recorrieron unos 350 km), haciendo la última jornada a paso corto por los muchos heridos que llevaban, de los cuales murieron después unos doce, y entre ellos Andrés de Meneses, que era un valiente soldado. Llegados ante su capitán general y sus compañeros, fueron recibidos con gran regocijo, pues se les daba por muertos, ya que los indios les habían dicho muchas veces que los habían degollado por los caminos. Y ello era verosímil, porque, habiéndose visto el gobernador en grandes peligros con los más de ochocientos hombres que llevaba cuando pasó por aquellas provincias, era creíble que, no siendo más de ciento veinte los de Pedro Calderón, se viesen perdidos. Es de saber que, cuando el capitán Pedro Calderón llegó al pueblo de Apalache, hacía seis días que el contador Juan de Añasco, que salió de la bahía de Espíritu Santo (Tampa) con los dos bergantines rumbo a la de Aute, había llegado sin haberle acaecido por el mar cosa digna de memoria. Desembarcó en Aute, sin oposición de los enemigos, porque el gobernador envió al puerto una compañía de caballos y otra de infantes para protegerlos,  y tenían puestas las banderas en los árboles más altos para que las viesen desde el mar. Cuando Juan de Añasco y Pedro Calderón se vieron juntos en compañía del gobernador y sus hombres, se alegraron mucho, pues los trabajos se les harían más fáciles, porque la compañía de los amigos es alivio y descanso en los afanes. Con este común contento pasaron el invierno estos españoles en el pueblo y provincia de Apalache". Dicho lo cual, parece evidente que, si Calderón y su tropa tuvieron que hacer el viaje por tierra (que ya habían hecho los ochocientos que iban con Soto), expuestos a tantos peligros, se debió a que aquellos ciento veinte hombres no cabían en los dos bergantines, y todos ellos eran necesarios para enfrentarse con ciertas garantías (a costa de algún muerto) al durísimo y continuo acoso de los multitudinarios indios. La imagen aclara cómo Pedro Calderón, repitiendo el viaje de Soto, llegó por tierra hasta Apalache, haciéndolo Añasco por mar desde la misma bahía de Tampa.




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