viernes, 29 de marzo de 2019

(Día 791) Inca Garcilaso cuenta que Lerma estuvo a punto de matar a Hernando Pizarro en el combate, que todos lucharon bravamente, y que los vencedores fueron muy crueles con los vencidos. Pedro Pizarro hace un breve resumen de la batalla (en la cual participó).


     (381) El detallista Garcilaso explica que la técnica de Lerma consistía en colocar la base de la lanza sujeta en un saliente de la silla, de manera que la fuerza del golpe resultaba tremenda, ya que se unía la del jinete al brutal empuje de la arremetida del caballo: “Hernando Pizarro hirió malamente a su contrario en un muslo, pero Pedro de Lerma dio al caballo de Hernando Pizarro un golpe que desencajó la silla y le hirió en el vientre, aunque no de herida mortal, porque el caballo cayó en tierra, y con su caída libró de la muerte al caballero”.
     Lo ocurrido encendió aun más los ánimos: “Viendo los suyos a Hernando Pizarro caído, creyendo que estaba muerto, arremetieron contra los de Almagro, y los unos y los otros pelearon bravísimamente, hiriendo y matando con grandísima rabia, como si no fueran todos de una misma nación, olvidando que habían sido hermanos y compañeros en armas. Duró la pelea más de lo imaginado, porque los de Almagro, aunque eran muchos menos en número, eran iguales en valor a los de Pizarro, y resistieron a costa de sus vidas, vendiéndolas caras hasta que fueron muertos o heridos; los que pudieron se retiraron. Y entonces se mostró más cruelmente la rabia con que habían peleado, pues, aunque los vieron vencidos, no los perdonaron, sino que mostraron con ellos más saña, haciendo los victoriosos cosas indignas de la nación española, pues se dice que mataron más gente ya  derrotada que peleando en la batalla”. Da la fecha del enfrentamiento (que ya conocemos) y añade un dato que revela cómo el sentimiento religioso aportó un gesto de humanidad: “Diose aquella batalla a seis de abril de mil quinientos treinta y ocho, el sábado siguiente al Viernes de Lázaro, por cuya devoción hicieron los españoles una iglesia, que yo vi terminada, en el mismo llano donde fue la pelea, en la cual enterraron a todos los que de una parte y de otra murieron. El año mil quinientos ochenta y uno, los mestizos hijos de aquellos españoles y de indias llevaron los huesos de sus padres al Cuzco, y los enterraron en un hospital de la ciudad”.
    Nos falta escuchar algunos pequeños detalles de lo que cuenta el cronista Pedro Pizarro, quien, aunque participó en la batalla de las Salinas, la resume en exceso. Confirma que Pizarro no tuvo ninguna participación en ella, puesto que, viejo y cansado, volvió a Lima, delegando su autoridad para la lucha en sus hermanos Hernando y Gonzalo Pizarro: “Avanzando nosotros, Almagro permanecía en el Cuzco rehaciéndose, sin poder saber por dónde llegaríamos, ya que Hernando Pizarro hacía intento de ir por una parte e iba por otra, sin que tampoco nosotros lo supiésemos, y lo hacía para que no le quebrasen un puente por el que quería pasar”. Su mayor preocupación era que el puente no estuviera en malas condiciones, pues se trataba de uno de los que los indios construían con técnica maravillosa, pero sencilla. Pedro se deleita en describirlos, rematándolo con una frase llamativa: “Desde el suelo del puente hasta unas varas más altas, ponían otras de un lado y de otro, a modo de amparo, para que no cayesen al agua los que pasaban ni viesen el agua de abajo. Teniendo hechos los puentes de tal manera y tan fuertes que pasaban muy bien los caballos y la gente”.

     (Imagen) El documento de la imagen aclara muchas cosas sobre el cronista PEDRO PIZARRO. Veamos lo esencial. Le expone sus méritos al Rey para que le conceda una merced a sus descendientes. Aún vivía en 1578. Manifiesta, entre otras cosas, lo siguiente: En todas las batallas estuvo en el bando del Rey. Al matar  Diego de Almagro el Mozo a Don Francisco Pizarro, Pedro se unió a las tropas de Vaca de Castro, Gobernador del Rey, y luchó en la batalla de Chupas, donde el Mozo resultó derrotado y muerto (ejecutado). Cuando Gonzalo Pizarro apresó al virrey Blasco Núñez Vela, él comprendió que se había rebelado contra el Rey, y lo abandonó. Gonzalo lo tomó como una traición porque eran parientes y quiso cortarle la cabeza, pero lo desterró. Después Pedro se unió al capitán Centeno y fueron derrotados por Gonzalo en la batalla de Huarina. Finalmente, Pedro luchó bajo las órdenes de Pedro de la Gasca en Jaquijaguana, y acabaron con Gonzalo Pizarro (oculta que la Gasca desconfió de su lealtad). En un segundo folio comenta que está pobre, muy viejo y con diez hijos (se casó dos veces). Pide, como excepción, que su encomienda de indios pueda pasar también a una segunda generación, la de sus nietos (no estaba permitido). Habla de que su segundo hijo, Pedro, además de poder hacer valer sus propios méritos, está casado con una hija de Martín Pizarro, uno de los primeros conquistadores de Perú (lo que descarta algunas teorías sobre que Martín fuera un mestizo, hijo de Pizarro). Le ruega al Rey que le conceda a su hijo Pedro una encomienda de indios y que le dé algún cargo, porque tiene cualidades para el servicio de su Majestad, y porque se estableció que así se hiciera con los hijos de los conquistadores.



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