viernes, 15 de marzo de 2019

(Día 779) Hernando Pizarro, a punto de tener un incidente al ofender con sus palabras a Alonso de Alvarado. Almagro ejecuta a uno de sus hombres por fomentar entre otros la deserción. Tras una breve pausa, Hernando Pizarro inicia la marcha definitiva hacia el ataque.


     (369) Palabras que fueron ofensivas e injustas por parte de Hernando, pues, como ya hizo en su tiempo, le echó en cara la derrota que habían tenido anteriormente frente a Almagro: “Le dijo Hernando Pizarro al capitán Alonso de Alvarado que no había él de ir tan despacio como lo había hecho él (Alvarado) cuando fue desde Lima a Abancay, donde le desbarataron. Alonso de Alvarado le respondió que él había hecho lo que debía e lo que el Gobernador Pizarro le había mandado. Después de hablar otras cosas e porfías, Hernando Pizarro entró en su tienda, y Alvarado se fue a la suya. Dicen algunos que hubo entre los dos cierto desafío, y que los capitanes, viendo el grande daño que resultaría de su enfrentamiento, los pusieron en paz, e se determinó que se aguardase al día siguiente para que llegasen todos los soldados que faltaban, lo cual se hizo sin que hubiese más alborotos”.
     Aunque Almagro actuó comprensivamente con quienes deseaban desertar, y empleó más la diplomacia que la fuerza para retenerlos, hubo un caso en el que se mostró implacable, quizá porque el afectado trató de hacer proselitismo: “Sabido por un vecino del Cuzco, que se llamaba Villegas, que Hernando Pizarro venía cerca, procuraba salir de la ciudad, y, para que fuese más valorado su servicio (a la causa de Pizarro), habló con algunos que deseaban lo mismo que él, y hasta quería llevar consigo a Paullo Inca, del cual tenía mucha necesidad el Adelantado Almagro para muchas cosas por ser considerado por los indios como su Inca. Cuando ya Villegas iba a salir de la ciudad para realizar su propósito, no faltó quien diera de ello aviso a Almagro, e lo mandó prender. Como le pesó en gran manera lo que había intentado, mandó que se confesase y que le hiciesen cuartos (ejecutarlo y descuartizarlo después). Villegas, creyendo salvar la vida acusando a otros, dijo que cinco amigos de Almagro le habían obligado a hacerlo, y que se habían concertado para irse con él. Almagro los mandó prender, echándoles culpa sin tener ninguna, e queriéndole ya cortar la cabeza a Villegas, dijo la verdad, que no tenían culpa los cinco que estaban presos, y Almagro mandó soltarlos, e hizo justicia de Villegas sin quererle perdonar”.
     Ya a punto de producirse el enfrentamiento, Almagro hizo una nueva consulta con sus capitanes y consejeros (entre los que estaba Don Alonso Enríquez de Guzmán). Se trataba, otra vez, de una única alternativa: salirle al paso a Hernando Pizarro, o esperarle bien descansados y preparados dentro de la ciudad del Cuzco, siendo esta opción la que entonces les pareció más oportuna.
     Acabado el día de espera que le pidieron sus capitanes, Hernando Pizarro puso en marcha su ejército, y tuvo la satisfacción de saber, por algunos que se pasaron a su bando, que Almagro estaba en muy malas condiciones físicas. Parece ser que la moral de su ejército era baja y que Rodrigo Orgóñez era de los pocos que mostraban un espíritu decidido.

     (Imagen) El gran RODRIGO ORGÓÑEZ, todo un carácter, a pesar de que las posibilidades de victoria eran casi nulas, siguió animoso en la batalla. Al final tuvo que rendirse, y, sin respetar  el juego limpio, lo mató un soldado. Fue una muerte injusta, pero en aquellas guerras civiles, encendidas de odio, todo valía, y, con frecuencia, perder era morir. También su herencia provocó vergonzosas disputas. En 1545, siete años después de su muerte, el entonces Príncipe Felipe ordenó una declaración de testigos para un largo pleito (que no sabemos cómo acabó). El texto de la imagen explica con qué objeto. Ocurría que se disputaban los bienes de Rodrigo Orgóñez cuatro demandantes: 1.- El fiscal Francisco de Prado reclamaba diez mil ducados que debía Orgóñez. 2.- Diego Méndez, vecino de la ciudad del Cuzco (y hermano de Rodrigo Orgóñez) reclamaba toda la herencia. 3.- El fiscal Villalobos defendía que Méndez tenía razón, pero sostenía que, por ciertos delitos que este había cometido, todos los bienes habían de ser confiscados por la Hacienda Real. 4.- Beatriz de Dueñas, mantenía que los bienes eran de su hijo, Rodrigo Orgóñez, y que le correspondían a ella como heredera. Luego ocurrieron cosas: Diego Méndez murió pronto a manos de los indios de Manco Inca, y Beatriz de Dueñas tuvo problemas por ser judía y acusada de hechicería. Por otra parte, el extraordinario Rodrigo había muerto sin que su verdadero padre lo legitimara, trámite previo para lavar su estigma de bastardo y lograr su deseo de ser Caballero de Santiago.



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