sábado, 9 de marzo de 2019

(774) Cieza nos traslada a Quito, porque Pizarro temía que Belalcázar le quitara allá poderes. Habría ido él en persona a poner orden, pero, absorbido por el conflicto con Almagro, le confiará la tarea a Lorenzo de Aldana.


     (364) Las informaciones sobre los movimiento del enemigo llegaban a ambos bandos: “Presos Tomás Vázquez y Antonio de Orihuela, Rodrigo Orgóñez supo por ellos cómo el Gobernador Pizarro, con toda su gente, bajaba a los llanos para, desde Nasca, subir a los Lucanes y volverse al Cuzco. Orgóñez fue a comunicárselo al Adelantado Almagro, que estaba muy agravado de la enfermedad que tenía; cuando tuvo las noticias, decidió con sus capitanes ir a Vilcas para conseguir provisiones. Por entonces ya había llegado Diego de Alvarado al Cuzco, le hizo saber a Gabriel de Rojas que Pizarro venía contra ellos, y le dijo que se aparejasen con sus armas y caballos para defenderse de la ira de Hernando Pizarro y para ayudar al Adelantado D. Diego de Almagro”.
     Es habitual en Cieza suspender la narración de lo que ocurre en un sitio para trasladarse a otro, por estar, al mismo tiempo, sucediendo allá hechos muy importantes. Temía que esto le incomodara al lector, y solía disculparse, pero haciéndole ver que era necesario para tener una visión de conjunto. Abandona de momento la zona del Cuzco y nos lleva bien lejos: “Dejado esto, hablaré de las órdenes que el Gobernador Pizarro dio para las provincias de Quito, porque fue en ese tiempo, e luego daré fin a lo que he escrito sobre la guerra de las Salinas”. En este caso concreto, tanto lo contado como lo que nos va a mostrar, aunque se iba produciendo a más de mil kilómetros de distancia, estaba entremezclado en un mismo escenario: el alma atormentada del anciano Francisco Pizarro. Nos traslada, pues, ahora a Quito, donde Belalcázar, seguro de ser entonces una luminosa estrella ascendente, daba muestras de  querer independizarse de la galaxia Pizarro: “Aunque las cosas estaban tan enconadas en las provincias de acá arriba, no por eso Pizarro dejaba de tener pena al saber que Belalcázar quizá quisiese gobernar las provincias equinocciales (ecuatoriales, incluida parte de la Colombia actual), e que aspirase a que Su Majestad le hiciese gobernador de aquella parte que él (Pizarro) le había mandado conquistar”.
     A pesar de la distancia, Pizarro ya tenía datos para desconfiar de la lealtad del gran Belalcázar: “Viendo el Gobernador Pizarro cuán mal le miraba Belalcázar, pues no solamente no acudía a su llamada (le había mandao aviso de que le ayudara para luchar contra la rebelión de Manco Inca), sino que pretendía el gobierno de la provincia de Quito, si las alteraciones que él (Pizarro) tenía con el Adelantado Almagro hubieran cesado, habría ido personalmente a Quito, y con todas sus fuerzas procuraría tener en sus manos al capitán Belalcázar”. No solo le preocupaba a Pizarro la posible rebelión de Belalcázar, sino también el hecho cierto de “la disminución de indios que había habido en las ciudades de Popayán y Cali (actual Colombia)”. Probablemente se debía a la dureza de Belalcázar en sus conquistas. El plan de Pizarro era el siguiente: “Teniendo deseo de que Su Majestad le hiciese merced de que las provincias de Quito y las de su comarca fuesen gobernadas por su hermano Gonzalo Pizarro, puso sus ojos en Lorenzo de Adana, diciéndole que le quería confiar el negocio de más importancia que en todo el reino había”.

    (Imagen) Tirando del hilo de la imagen anterior, salen datos muy interesantes sobre distintos acontecimientos de Perú. La nueva imagen corresponde a otro expediente de méritos y servicios. Lo presenta en 1561 Francisco de Valverde, y empieza contando los de su padre, llamado igual que él. Dice que su mayor mérito fue luchar contra Francisco Hernández Girón (como acabamos de ver, el último rebelde) bajo la bandera del capitán Miguel de la Serna. Luego confirma todo lo que detallaba la imagen anterior. Lo vencieron en la última de las batallas, la de Pucará, y lo persiguieron después hasta el valle de Jauja, donde lo apresaron. Habla de los gastos económicos su padre, que, además, murió después al servicio del Rey, y, para hacer más fuerza en su petición de una merced, añade los méritos que tuvo un hermano de su padre. Resulta que se trataba, ni más ni menos que de Fray Vicente de Valverde, el que provocó la ira de Atahualpa cuando le puso un libro eclesiástico en la mano. Ya nos contó Diego de Urbina cómo murió el reverendo, pero su sobrino añade un dato macabro: “Fue el primer obispo que pasó al Perú en compañía de Don Francisco Pizarro, y el primero que comenzó a predicar nuestra santa fe católica, al cual mataron los indios con otros dos primos suyos (del obispo; mataron a más de treinta hombres), a los cuales, los indios los comieron asados”. De Miguel de la Serna, quien, como sabemos, fue el capitán que acabó con el último rebelde, habrá que decir que también tuvo su época de amotinado, puesto que había luchado junto a Gonzalo Pizarro contra el virrey Blasco Núñez Vela. Vaivenes muy propios de aquellas peligrosas guerras civiles, en las que cada uno era, sobre todo, fiel a sí mismo.



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