sábado, 10 de marzo de 2018

(Día 638) También en la travesía de Rada hubo muchos muertos. Al ver Almagro el documento real que le trae Rada, se entusiasma. Algunos de sus hombres le piden prudencia, pero él da por hecho que le corresponde el Cuzco y piensa ya en dar la vuelta. Lo sensato habría sido respetar que Pizarro tenía la posesión del Cuzco y esperar la última palabra del Rey.


     (228) La ocupación de territorio chileno estaba resultando un fructífero paseo, pero solo en algunos poblados indios: “Habiendo descansado Almagro y su gente, trató de conquistar los valles y provincias del reino de Chile que no estaban sujetos al imperio inca, porque las otras, viendo que Paullo, hermano de su rey, iba con él, todas le habían dado la obediencia”. La colaboración de Paullo para  esta campaña fue extraordinaria: “Viendo (ingenuamente) que era en beneficio de su hermano Manco Inca,  sacó gente de los presidios y guarniciones que en aquel reino había, y fue con don Diego de Almagro a la conquista. Las batallas fueron muy reñidas, pero, aunque resistían mucho los contrarios, iban ganando felicísimamente los españoles. Andando Almagro en sus victorias, aunque las alcanzaba a mucha costa de sangre española e india, llegó allá Juan de Rada con cien españoles por el mismo camino que siguió Almagro, y aunque hallaron los puertos con menos nieve, murieron muchos indios y algunos españoles por el frío que pasaron, y los demás pasaron grandísima hambre. Socorriéronse con la carne de los caballos que hallaron muertos de los que se helaron cuando pasó don Diego de Almagro. Estaban tan frescos tras pasar cinco meses, que parecían haber muerto aquel mismo día”.
     Es evidente que Almagro y sus hombres, después de tanto sufrir, estaban perdiendo motivación para seguir adelante, aunque mantenían esperanzas de alcanzar un gran éxito. Pero las noticias que traían Rada y sus acompañantes produjeron un efecto fulminante: “Fueron recibidos con mucha regocijo, y mucho más cuando supieron que Rada llegaba con la provisión  de Su Majestad (para Almagro) de la gobernación de cien leguas de tierra más allá de la jurisdicción del Marqués”. Garcilaso cita de nuevo a Gómara: “Con lo cual Almagro, aunque luego le costó la vida, se alegró más que con cuanto oro y plata había ganado, pues era codicioso de honra. Entró en consejo con sus capitanes sobre lo que debía hacer, y decidiose, con el parecer de la mayoría, volver al Cuzco a tomar en él la posesión de su gobernación, pues en su jurisdicción estaba. Hubo muchos que le dijeron y rogaron que, antes de volverse, poblase donde estaban o donde los charcas, pues la tierra era riquísima. Le dijeron que enviase entretanto a saber la voluntad de Francisco Pizarro y del cabildo del Cuzco, porque no era justo enemistarse antes. Quienes más atizaron la vuelta fueron Gómez de Alvarado, Diego de Alvarado y Rodrigo Orgóñez, su amigo y   privado. Almagro, en fin, determinó volver al Cuzco a gobernar por fuerza, si no lo quisiesen voluntariamente los Pizarro”.
     Pues igualito que Julio César al atravesar el río Rubicón: ‘La suerte está echada’. Ahí sí que metió la pata Almagro, abrasado por el deseo de conseguir, al fin, equipararse en honores, riqueza y poder con Pizarro, y dando por evidentes unos derechos que no estaban claros. La provisión que le dio Rada fue la que trajo Hernando Pizarro de España, tan imprecisa, que después la matizó el rey en el documento que fray Tomás de Berlanga dejó en manos de Pizarro. En el cual se establecía cómo había que medir las leguas concedidas, y aun así cabían interpretaciones. Con una negociación serena y basada en ese texto, Almagro tendría que haber renunciado al Cuzco, aunque solo fuera de momento, porque faltaba la última palabra del rey y la posesión la tenía entonces Pizarro. Pero no se va a imponer el diálogo, sino la sangrienta ley de la fuerza.

     (Imagen) Vemos hoy que, entre los que más animaron a Almagro (que ya se había entusiasmado con la idea) para volver de Chile y tomar posesión del Cuzco, estaban GOMEZ DE ALVARADO y DIEGO DE ALVARADO. Los dos tuvieron un carácter sensato (aunque en este caso, no demasiado) y vivieron situaciones muy parecidas. A Gómez ya le dediqué un apartado (con el inconveniente de que se le suele confundir con otro del mismo nombre). DIEGO DE ALVARADO había nacido en Zafra (Badajoz), población que puede presumir de la extraordinaria contribución de 221 vecinos a las campañas de las Indias. La humanidad de Diego de Alvarado le va a costar el mayor disgusto de su vida, y quizá hasta la muerte. Cuando empezaron las guerras civiles, Almagro ganó la primera batalla y apresó al temible Hernando Pizarro. Ya vimos que el implacable Rodrigo Orgóñez le insistió en que cortara la cabeza a Hernando, a su hermano Gonzalo y a Alonso de Alvarado. Argumentando que sería una crueldad innecesaria y contraproducente, Gómez y Diego consiguieron que Almagro, un hombre razonable, no lo hiciera. Pero luego, Diego logró más: que dejara libre a Hernando. Almagro perdió la siguiente batalla, y el maquiavélico Hernando Pizarro le quitó la vida. Fue tal la amargura de Diego de Alvarado que marchó a España para denunciar el crimen. Poco después llegó Hernando Pizarro. El pleito no avanzaba. Diego de Alvarado, como caballero de honor, lo desafió, y se señaló día y hora para el duelo a muerte. El que perdió la vida, pero de forma misteriosa y antes de batirse, fue uno de los mejores hombres de las Indias: DIEGO DE ALVARADO.



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