miércoles, 17 de enero de 2018

(Día 593) En su viaje a España, Hernando Pizarro había asombrado a todo el mundo, incluso al rey, con las noticias de Perú. A pesar de las trabas de Hernando, Cristóbal de Mena consiguió del Rey para Almagro un territorio de 200 leguas de longitud. Cieza se lamenta de que tantos se dejaran seducir por el terrible hechizo de las Indias.

     (183) Como Cieza es un escritor minucioso y, de ser necesario para aclarar las cosas, da marcha atrás siguiendo el hilo de los acontecimientos y de sus influencias mutuas, nos sitúa ahora (retrocediendo dos años) en el momento en que Hernando Pizarro partió para España, como lucido  y triunfal embajador, para llevarle al emperador Carlos el quinto del botín obtenido y pedirle nombramientos y títulos. Lo hace así porque Hernando volvió justamente cuando Pizarro fundó la Ciudad de los Reyes, que es lo que acabamos de ver. Pues que nos diga qué pasó: “Hernando Pizarro y los que le acompañaban salieron desde Nombre de Dios con tanta plata y oro, que llevarían las naves lastradas de este metal. Entró en Sevilla con todo el tesoro. Desasosegó a toda España esta noticia porque se decía que la Casa de la Contratación estaba llena de tinajas y cántaros de oro y plata. No se hablaba sino del Perú, moviéndose muchos para ir allá”. Hernando se encontró con el rey en Toledo, y la impresión del monarca fue enorme, abrasándole a preguntas sobre todo lo de Perú y queriendo saber también “si imprimieron en los indios la fe”.
     “Dicen que estando en la Corte, Hernando Pizarro procuraba, por las vías que podía, aniquilar la persona de Almagro oscureciendo sus servicios, mas que, llegando Cristóbal de Mena (uno de los cronistas), informó lo contrario de aquello. Y como el emperador es tan cristianísimo príncipe y en aquellos tiempos se creía que estaban las Indias bien gobernadas, fue servido de que Almagro gobernase doscientas leguas de costa más allá de lo que Pizarro gobernaba”. Hay que recordar que Almagro le prometió dinero a Hernando Pizarro para que le consiguiera ese nombramiento real, pero, como no se fiaba, tuvo la precaución de encargarles, por si acaso, también la gestión a Cristóbal de Mena y a Juan de Sosa. Parece ser que, como Hernando vio que su intento de anular a Almagro fracasaba, se hizo finalmente su valedor ante el rey para quedarse con el dinero prometido. En cualquier caso, sobraba que Almagro recurriera a Hernando después de haber sido burlado por los Pizarro. Esas doscientas leguas concedidas a Almagro tenían que desplazarse setenta leguas que le eran ampliadas al territorio de Pizarro. Su gobernación se llamó Nueva Toledo (la de Pizarro era Nueva Castilla). Cieza da los nombres de los funcionarios que destinó el rey a aquella demarcación (la organización administrativa era cosa muy seria): “Se nombraron de la Real Hacienda: por veedor Turuégano, por tesorero Manuel de Espinar y por contador Juan Guzmán”. Siempre que puede, Cieza hace una llamada a la sensatez. Él sabía bien lo peligroso que era ir al Nuevo Mundo: “Como se habían dicho tantas cosas del Perú, muchos, para partir, vendían las haciendas con las que podrían vivir como sus padres, y la mayoría murieron miserablemente; vinieron muchos y volvieron pocos. Los oficiales dejaban sus oficios y muchos a sus mujeres, con deseo de tener aquel oro y aquella plata. Como muchos dejaban a sus mujeres mozas y hermosas, acuérdome que, estando yo en Córdoba, harto muchacho, oía un cantar que decía, ‘los que fuéredes al Perú, guardaos del cucurucú”. El dicho sería claro en su tiempo, y el sentido de lo que dice Cieza no admite dudas: los españoles no eran un modelo de castidad en Indias, pero dejaban aquí a sus mujeres a merced de cualquier ‘gallo’.


     (Imagen) Almagro, que no se fiaba un pelo de Hernando Pizarro, consiguió, a través su amigo el cronista Cristóbal de Mena, que el Emperador le concediera una gobernación y nombrara los tres preceptivos funcionarios para aquel territorio. Fueron, en la medida de lo posible, fieles colaboradores de Almagro durante las guerras civiles. El nombrado Veedor, Turuégano, natural de Valladolid, murió en el Cuzco hacia 1556. Había llegado a Perú en 1536, al mismo tiempo (pero en distinto barco) que el que recibió el cargo de Tesorero, Manuel de Espinar, de cuya salida de España da fe el documento-registro de la imagen (año 1536); en su inicio se lee: “Juan de Partearroyo (apellido del Valle de Mena –Burgos-), clérigo y señor Vicario de la diócesis de Sevilla, pasó a Tierra Firme (Las Indias) en compañía del Tesorero Manuel del Espinar, en la nao de Francisco Martínez y Fernando Alfaro…”. Siempre fiel a  Almagro y a su hijo, terminó ejecutado por Gonzalo Pizarro. El tercero en cuestión, fue el Contador Juan de Guzmán, nacido en Villadiego (Burgos), que ya estaba en Perú cuando le asignaron el cargo y era un incondicional de Almagro, hasta el punto de que en 1541 estuvo en el grupo de hombres conjurados para acabar con la vida de Pizarro. Aquellas guerras civiles fueron un río de sangre y quizá la página más triste y bochornosa de la historia de las indias.


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