miércoles, 11 de mayo de 2016

(Día 262) SE ORGANIZA LA 3ª Y DEFINITIVA EXPEDICIÓN HACIA MÉXICO. Quien consigue el mando, con astuta habilidad, es CORTÉS. El objetivo BERNAL se deshace en elogios a la figura del gran capitán, con ironía sobre su carácter pesumido.

(14) –Y aquí empieza, damas y caballeros, la increíble historia.
     -Qué suerte, querido Sancho, que nos la cuente ‘uno que lo vio todo’, y sin florituras inútiles, sino con estilo llano, vivo y palpitante, desde el mismo momento de la concepción de la criatura hasta su feliz parto. Comienza así Bernal: “Visto por el gobernador  Diego Velázquez (nunca le pone el ‘don’  porque no le correspondía) que eran las tierras ricas, ordenó enviar una armada muy mayor que las de antes, con diez navíos”. Estaba dudoso sobre en quién confiar el mando; le dieron consejos de todo tipo. Los soldados del viaje anterior lo tenían claro: “los más decíamos que volviese el mesmo Juan Grijalva, pues no había falta en su persona y en saber mandar”. Entre bastidores, maniobraba Cortés: “Dos privados de Diego Velázquez hicieron secretamente compañía con un hidalgo que se decía Hernán Cortés, que se había casado con una señora que se decía Catalina Suárez de Marcaida (su hermano Juan tenía a medias una encomienda con Cortés)”. Veamos el estilo de Bernal aludiendo con irónicos pies de plomo a los enredos de Hernán: “Algunas personas decían que se casó con ella por amores (es decir, obligado por haberla mancillado), y desto se habló mucho, por lo que no tocaré más en esta tecla”. Cortés les ofreció a los dos ‘privados’ hacerlos ricos con las ganancias del viaje, y ellos supieron convencer a Velázquez de que le encargara el mando de la expedición. Hace Bernal un comentario de algo que tendrá después graves consecuencias en la situación legal de las actuaciones del temerario Cortés. “Aunque Diego Velázquez pregonaba que enviaba a poblar (para animar a más gente), en privado decía que solo enviaba a rescatar (mercadear), según se vio después en las instrucciones que dio”. Cuando se supo el nombramiento, hubo gran revuelo. Bernal nos introduce la anécdota de una especie de bufón shespiriano. Era domingo y Velázquez iba a misa rodeado de sus notables, “llevando a Hernán Cortés a su lado derecho para le honrar. Se puso delante un truhán que se decía Cervantes el Loco, haciendo gestos y chocarrerías, y decía: ‘¡Oh Diego!, qué capitán has elegido. Mas temo que se te alce con tu armada, porque todos le juzgan muy varón en sus cosas’. Túvose  por cierto que los parientes del gobernador (aspirantes al cargo) le dieron pesos de oro al chocarrero para que dijese aquello so color de gracias. Pero todo salió verdad como lo dijo”. Velázquez, pues, ya se iría mosqueando.

     -Así le avisó su mujer a Julio César, hijo mío. Sigo contando yo. Pasa después Bernal a llenar de elogios a Cortés, porque no se arrugaba haciendo críticas pero era sincero en sus admiraciones. Y, ¿qué quieren vuesas mersedes que les diga?: el extremeño, en el entorno que fija el cronista, España e Indias, llegó a alcanzar todo el peso histórico que le atribuye, y su mérito no fue menor que el de los ‘cracks’ que cita entusiasmado: “Verdaderamente Cortés fue elegido para ensalzar nuestra fe y servir a Su Majestad, como adelante diré. Fue en tanta estima tenido en Indias y en España como Alejandro en Macedonia, y entre los romanos Julio césar, Pompeyo y Escipión, y entre los cartagineses Aníbal, y en  nuestra Castilla Gonzalo Hernández de Córdoba, el Gran Capitán. Pero como el mesmo valeroso Cortés se holgaba (le gustaba)  de que no le pusiesen aquellos sublimados dictados (títulos), así le nombraré (simplemente, Cortés) de aquí en adelante”. Y nos cuenta, no sabe uno si con tinte irónico o aprobatorio, la transformación del flamante capitán, que era muy dado a organizarlo todo de inmediato, pero también a pavonearse: “Y se comenzó a pulir y ataviar su persona más que de antes, y se puso su penacho de plumas con su medalla y una cadena de oro, y una ropa de terciopelo, sembradas por ella unas lazadas de oro, como un bravoso y esforzado capitán”. Volvamos a poner el retrato de Cortés en el que aparece con algo más de  40 años, y si no es auténtico, ‘é ben trovato’: da el perfil dandy que Bernal describe, y asoma en su pecho la cruz de Caballero de Santiago.


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