viernes, 21 de mayo de 2021

(1426) El hipócrita cacique de Auche les prestó un guía a los españoles para que murieran de hambre perdidos por el camino. Descubierta la trampa, mataron al guía. Para evitar profanaciones de los indios, se cambió de sitio el cuerpo de Hernando de Soto.

 

     (1016) Los españoles tardaron en darse cuenta de que estaban en manos de un guía no solo viejo, sino también tramposo, cumpliendo órdenes recibidas de su cacique: "Salieron los nuestros de Auche y en dos jornadas llegaron al despoblado, por el cual caminaron otros tres días por un camino ancho que parecía camino real, pero después se fue estrechando hasta desaparecer, y sin camino anduvieron otros seis días por donde el indio quería llevarlos, diciendo que los llevaba por atajos para llegar pronto a lo poblado. Los españoles, tras ocho días sin salir de desiertos y montes, advirtieron que el indio los había traído unas veces al norte, otras al poniente, otras al mediodía, otras volviéndolos hacia el levante, lo cual no habían notado antes por la confianza que en su guía habían tenido. Además, hacía tres días que caminaban sin comer más que hierbas y raíces. El gobernador Luis de Moscoso le preguntó al indio con sus intérpretes por qué no los había sacado de aquel despoblado en ocho días, dado que a la salida de su pueblo había prometido hacerlo en cuatro días. El indio solo respondió con impertinencias que le parecía le disculpaban del cargo que le hacían, de lo cual, enojado el gobernador, y de ver su ejército en tanta necesidad por malicia del indio, mandó que lo atasen a un árbol y le echasen los alanos que llevaban, y uno de ellos lo zamarreó malamente. El indio, viéndose lastimar, pidió que le quitasen el perro, que él diría la verdad, y, habiéndoselo quitado, dijo: 'Señores, mi cacique natural me mandó a vuestra partida hiciese lo que he hecho con vosotros, porque él no tenía fuerza para degollaros a todos en una batalla, y había determinado mataros con astucia metiéndoos en estos montes y desiertos, donde perecieseis de hambre, y que me elegía a mí para hacerlo por ser uno de sus más fieles criados, por lo cual me premiaría, y, si me negase, me mataría cruelmente. Yo me vi forzado a hacerlo, sin que haya tenido ánimo de mataros. Pero aún no es tarde para remediar el mal presente si me otorgáis la vida, pues me ofrezco a sacaros de este desierto y poneros en tierra poblada antes de tres días, pues, caminando siempre hacia el poniente, saldremos presto de este despoblado, y, si, dentro de este término no os sacare de él, matadme entonces".

     Fue tanta la ciega rabia de los españoles, que fueron implacables con el viejo indio, provocando, además, una nueva complicación: "El general Luis de Moscoso y sus capitanes se indignaron tanto de saber la mala intención del cacique y el engaño que el indio les había hecho, que ni admitieron sus buenas razones para que le disculparan de su delito ni quisieron concederle sus ruegos para otorgarle la vida, ni aceptar sus promesas para fiarse en ellas, sino que mandaron soltar los perros, los cuales, con la mucha hambre que tenían, en breve espacio lo despedazaron y se lo comieron. Esta fue la venganza que nuestros castellanos tomaron del pobre indio que les había descaminado, y, después de haberla hecho, vieron que no quedaban vengados, sino peor librados que antes estaban, porque les faltó quien los guiase, por haber dado licencia para que se volviesen a sus tierras, cuando se acabó la comida, a los indios que habían traído el maíz, y así se hallaron del todo perdidos".

 

     (Imagen) Los españoles temían que su secreto ya lo habían descubierto los indios: "Aunque habían tratado de ocultar la tristeza que tenían por la muerte del gobernador Hernando de Soto, pensaron que los indios sospechaban que había muerto y en qué  lugar lo habían puesto, pues vieron que, pasando por los hoyos, se iban deteniendo, hablaban unos con otros y señalaban con la barba y guiñaban con los ojos hacia el puesto donde el cuerpo estaba. Por lo cual, acordaron sacarlo y ponerlo en otra sepultura en la que les fuese más dificultoso a los indios hallarle. Finalmente, a todos les pareció que estaría bien darle por sepultura el Río Grande y, antes de que lo pusiesen por obra, quisieron ver si la hondura del río era suficiente para hacerlo. El contador público Juan de Añasco y los capitanes Juan de Guzmán, Arias Tinoco y Alonso Romo de Cardeñosa, y el alférez general Diego Arias, fueron a ver el río, y, llevando consigo un vizcaíno llamado Joanes de Abadía, hombre de la mar y gran ingeniero, lo sondaron una tarde con toda la disimulación posible, aparentando que andaban pescando  por el río, y hallaron que en medio del cauce tenía diez y nueve brazas de hondo. Tras comprobarlo, determinaron sepultar en él al gobernador, y, porque en toda aquella comarca no había piedra que echar con el cuerpo para que lo llevase al fondo, cortaron una encina y la socavaron por un lado para poder meter el cuerpo. Y la noche siguiente, con todo el silencio posible, lo desenterraron y pusieron en el trozo de la encina, con tablas clavadas que sujetaban el cuerpo por el otro lado, y así quedó como en un arca, y, con muchas lágrimas y dolor de los sacerdotes y caballeros que se hallaron en este segundo entierro, lo pusieron en medio de la corriente del río encomendando su ánima a Dios, y le vieron irse enseguida al fondo. Estas fueron las exequias tristes y lamentables que nuestros españoles hicieron al cuerpo del adelantado Hernando de Soto, su capitán general y gobernador de los reinos de la Florida, indignas de un varón tan heroico, aunque, bien miradas, semejantes casi en todo a las que mil ciento treinta y un años antes hicieron los godos, antecesores de estos españoles, a su rey Alarico en Italia, en la provincia de Calabria, en el río Busento, junto a la ciudad de Cosencia".  El símil es contundente, y la imagen recoge el momento en el que Alarico iba a ser sumergido en el río Busento.




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