lunes, 21 de septiembre de 2020

(Día 1219) Tras la gran victoria, vino la gran decepción de muchos soldados: Pedro de la Gasca no podía premiar a todos. Les mandó un escrito lleno de falsas promesas para los más perjudicados. Continuaron los castigos de los vencidos.

 

     (809) Pedro de la Gasca estuvo más de tres meses en el valle del Apurimac recibiendo gran cantidad de peticiones. Pero se veía ante el grave problema de que existían demasiadas promesas hechas tiempo atrás: "Hizo poco caso de las nuevas demandas, porque tenía ya nombrados en su imaginación a los que habían de gozar de lo mejor, que eran los principales hombres que se hallaron con el general Pedro de Hinojosa en Panamá y en Nombre de Dios cuando le entregaron la armada de Gonzalo Pizarro, pues ya entonces se decidieron los repartimientos de indios que se habían de dar a cada uno de ellos. El presidente La Gasca, tras hacer los repartos sin más opinión que la suya y la del arzobispo Jerónimo de Loaysa, que ambos sabían bien poco de los trabajos y méritos de los soldados pretendientes (como estos mismo decían cuando se quedaron en blanco), se fue a la ciudad de Lima, dejando que el arzobispo y el secretario Pedro López fuesen al Cuzco y comunicasen los repartimientos a quienes había premiado. Para los que iban a recibir poco y para los desdichados a los que no les cupo suerte alguna, escribió una carta muy solemne, manifestándoles sus buenos deseos y el propósito que tenía de gratificarles más adelante con lo que quedase vacante".

     Inca Garcilaso resume la carta de Pedro de la Gasca. No tiene desperdicio en el encaje de retorcidos bolillos que hace con la imposible pretensión de que sus oyentes se resignen. Fue una catarata de agua fría. La estrategia de Pedro de la Gasca fue genial (y, probablemente, imprescindible) en cuanto a su habilidad para conseguir que muchos de los del bando de Gonzalo Pizarro se pasasen al suyo. Pero eso tuvo un precio muy alto: prometió más de lo que tenía, y se llevaron la parte del león los grandes capitanes. Les dice ahora a los que van a recibir poco o nada, que no puede complacerlos, porque la guerra ha exigido un gasto ruinoso. Consciente de la ira que va a provocar, trata de salir del paso con palabrería hueca, y, además, escurre el bulto, encargándoles al arzobispo y al secretario que pasen por el mal trago de darles la desastrosa noticia a los que habían sufrido horrores y arriesgado su vida para nada (salvo, se supone, el abono de la miserable soldada). No les ofrece más consuelo que el de esperar a tiempos mejores: "Todo lo que quede libre mientras yo esté en el Perú, será repartido solamente a vuestras mercedes, porque lo han merecido como buenos vasallos, sirviendo al Rey. Y, para que solamente vuestras mercedes gocen de esta tan rica tierra, echaré de ella a los que han sido malos, y aun a los que han estado solamente mirando, dejando de hacer lo que vuestras mercedes han hecho. Procuraré que, hasta que vuestras mercedes estén remediados y ricos, no venga nadie de España, ni de otras tierras de las Indias, que puedan estorbar a vuestras mercedes el aprovechamiento de estas tierras. Y, pues todo lo que digo es verdad, y es todo lo que puedo hacer para aprovechamiento de vuestras mercedes, les suplico que, siguiendo a Dios, se contenten con lo que a él le satisface, que es que los hombres hagan lo que puedan en su servicio". El documento tenía fecha de 18 de agosto de 1548. ¡Qué papelón! Ahora queda por ver la reacción de los chasqueados soldados.

 

     (Imagen) Si para Pedro de la Gasca fue un problema muy desagradable el no poder premiar como se debía a muchos de los soldados que le siguieron, también le había tocado otra tarea poco apetecible: ir apresando y castigando a los rebeldes tras su derrota. Ya hemos visto que la primera limpieza la llevó a cabo con Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal y notables capitanes. A otros, hubo que perseguirlos previamente. Veamos algo de lo que cuenta al respecto en ese mismo informe del 26 de setiembre de 1548: "El día 7 de mayo, el capitán Hernán Mejía hizo justicia de un tal Muñoz, muy secuaz de Gonzalo Pizarro, quien estando sentenciado a galeras (mereciendo mayor castigo), había huido, y el mismo día se azotó a un número de culpados, siendo unos condenados a galeras, y, otros, a destierro perpetuo. El día 11, se hizo justicia de Serra, natural de Jaraicejo, muy seguidor de Gonzalo Pizarro, y el cual, que era corredor (espía), un día antes de la batalla de Jaquijaguana, al decirle los nuestros que viniese a servir al Rey, respondió que le besase en tal parte (el culo), que elegante rey era. Este había ahorcado a uno de los de Diego Centeno. A él se le ahorcó después de azotarle y cortarle la lengua. Ese día, el capitán Mercadillo me escribió que unos presos que traía habían planeado soltarse y matarlo, pero se lo reveló uno de ellos. Se le contestó que hiciese justicia de ellos y dejase libre al delator. El día 24, se hizo justicia de Francisco de Espinosa (como vimos, Gonzalo Pizarro, la víspera de la batalla de Jaquijaguana, esperaba que Francisco le enviara refuerzos, y en el recorrido hizo muchas barbaridades). Cuando ya traía plata robada y gente, por la fuerza, para Gonzalo Pizarro, se enteró de su derrota, lo dejó todo y huyó, pero luego lo prendieron algunas personas que se enviaron desde Jaquijaguana en su busca. Era maestresala de Gonzalo Pizarro y uno de los de su mayor confianza. El día 25, Juan Procel llevó a Lima a treinta y cinco condenados a galeras, para que, desde allí, se enviasen a España". (La imagen muestra el documento en latín, del año 1551, en el que el papa Julio III nombra a Pedro de la Gasca Obispo de Palencia).




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