martes, 15 de septiembre de 2020

(Día 1214) Dos versiones de las luces y sombras de Francisco de Carvajal. La de Inca Garcilaso, demasiado indulgente. La de Agustín de Zárate, impecable. El único fallo de Pedro de la Gasca fue el reparto de las recompensas.

 

     (804) Inca Garcilaso va a mostrar las cualidades positivas que sin duda tuvo Francisco de Carvajal, y empieza por contradecir a uno de los más famosos historiadores (quien, en realidad, nunca estuvo en las Indias): "Francisco López de Gómara dice de Carvajal que tenía ochenta y cuatro años, fue alférez en la batalla de Rávena (Italia, año 1512) y soldado del Gran Capitán, y era el más famoso guerrero de cuantos españoles fueron a las Indias, aunque  no muy valiente, ni diestro. Yo no sé qué más destreza o valentía ha de tener un maestre de campo, si no son las de vencer a sus enemigos. Los historiadores dicen que era natural de una villa de Arévalo (Ávila), llamada Rágama. Se halló presente en la batalla de Pavía, en la cual se apresó al rey de Francia, donde, a pesar de haber peleado como buen soldado, no obtuvo ningún beneficio. Luego, en el famoso Saco de Roma, acertó a entrar en la casa abandonada de un notario, y se llevó procesos en cantidad de seis cargas de acémila, pensando que sacaría algún provecho. El notario encontró luego su casa saqueada, y ofreció una recompensa por la devolución de los documentos, entregándole a Carvajal por ellos más de mil ducados. Con ese dinero, partió para México llevando a doña Catalina Leyton, su mujer, aunque algunos digan que no lo era; pero lo fue, y como a tal se la respetaba en todo el Perú, reconocida como mujer honrada y noble, pues su apellido lo era mucho en Portugal. En el discurso de su vida, adoró la milicia, preciándose más de soldado que de cristiano. Pero no fue tan malo como se dice, pues, por ser buen soldado, presumía de cumplir siempre su palabra, y era muy agradecido a cualquier beneficio que le hicieran, por pequeño que fuese".

     Lo que cuenta después Inca Garcilaso es una serie de anécdotas acerca de las crueles 'ingeniosidades' de Francisco de Carvajal. Las voy a pasar por alto porque sus sádicas agudezas resultan bastante sosas. Lo que queda claro es que le encantaba aterrorizar a la gente, en medio de bromas de maldita la gracia, jugando siempre a amo y señor de las vidas ajenas. Era una manipulación que mantenía a la posible víctima en la duda terrorífica de si iba a morir de inmediato o a salir vivo. Nada satisfacía más su vanidad que hacer alardes de temible ingenioso, y sabía que le daban fama de serlo.

     El cronista Agustín de Zárate lo expresa muy bien en estas palabras que Inca Garcilaso recoge sin hacer, sorprendentemente, ningún comentario en contra: "Carvajal era hombre de mediana estatura, muy grueso, colorado y diestro en las cosas de la guerra. Era más sufridor de trabajo que lo que correspondía a su edad, pues no se quitaba las armas de día ni de noche, y apenas dormía. Le gustaba tanto el vino que, cuando no lo hallaba, bebía algún brebaje de los indios. Fue de condición muy cruel. Mató a mucha gente por causas muy livianas, y, a algunos, sin ninguna culpa, salvo por parecerle que convenía así para conservación de la disciplina militar. A los que mataba, lo hacía sin tener de ellos ninguna piedad, sino al contrario, con bromas y cosas de burla, pero conservando las buenas maneras (o sea: los aterrorizaba con finura). Fue muy mal cristiano, y así lo mostraba, de palabra y de obra". Sin duda, Francisco de Carvajal murió muy anciano, pero esos 84 años que muchos cronistas le atribuían, incluso Inca Garcilaso, son dudosos, ya que era prácticamente imposible conocer con exactitud la fecha de los nacidos en el siglo XV, de no ser personajes muy famosos, o bien documentados.

 

     (Imagen) El cronista Pedro Pizarro, quien ya desde la batalla de Huarina (20 de octubre de 1547) peleó al servicio del Rey, se quejaba de que Pedro de la Gasca no le premió debidamente tras la derrota definitiva de Gonzalo Pizarro. Al parecer, fue una especie de castigo por la vieja amistad que Pedro le mostraba a Gonzalo en aquella carta del 18 de diciembre de 1546 que ya resumí. Y, ciertamente, parecía una represalia excesiva, teniendo en cuenta la generosidad que la Gasca mostró con quienes se pasaron a su bando el mismo día de la lucha en Jaquijaguana (9 de abril de 1548). Al terminar su crónica, Pedro afirma que ese tipo de injusticias fueron frecuentes cuando se estableció la paz definitiva. Así se quejaba: "Acabada la guerra, el presidente La Gasca repartió las tierras que estaban disponibles dándoles lo mejor a los que habían seguido la rebeldía de Gonzalo Pizarro y luego le habían abandonado. Esto ha traído como consecuencia que haya tantos pretendientes sin méritos, pues, como han visto dar lo mejor a quienes sería suficiente que se les perdonara sus delitos, hay muchos que ahora piden concesiones, siendo así que les debería bastar y sobrar el galardón de estar en estas tierras sin que les echen de ellas". Esa situación desembocó, cuando partió para España Pedro de la Gasca, en otras peligrosas guerras civiles, menos intensas y finalmente sofocadas. Así resume Pedro Pizarro el origen del primer conflicto: "Unos dos años después, se alzó Don Sebastián de Castilla en la villa de la Plata, provincia de las Charcas, matando al general Pedro Alonso de Hinojosa (el que le había entregado a La Gasca la flota de Gonzalo Pizarro). Se halló en este alzamiento Egas de Guzmán, y duró solamente diez días, porque enseguida mataron sus mismos amigos a Don Sebastián y a otros cabecillas. Fueron un tal Godínez y sus amigos quienes lo hicieron. Luego los oidores de la Audiencia de Lima (no había virrey) encargaron al mariscal Alonso de Alvarado y al fiscal Juan Fernández que juzgasen y castigasen a los culpables". La rebelión fracasó, pero pronto surgió otra mucho más peligrosa, encabezada por Francisco Hernández Girón, quien consiguió algunas victorias, pero también fue decapitado. Tras lo cual, llegó a Perú, por largo tiempo, la ansiada paz.




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