lunes, 7 de septiembre de 2020

(Día 1207) La vital batalla de Jaquijaguana resultó casi ridícula por el abandono masivo de los soldados de Gonzalo Pizarro. El bravo e incorregible Francisco de Carvajal siguió sarcástico en la derrota. Él y Gonzalo Pizarro, entre otros, fueron apresados.

 

     (797) Resulta sorprendente que todos los meticulosos preparativos y las grandes dificultades que hubo que superar hasta verse cara a cara los dos ejércitos en Jaquijaguana, desembocaran en una batalla de enorme importancia histórica, pero de una simpleza ridícula. Fue como el parto de los montes. Hubo muchos desertores en el ejército de Gonzalo Pizarro, y muy pocos muertos en total. Quizá porque fuera así, el cronista Inca Garcilaso de la Vega se distrae contando alguna anécdota: "Se fueron pasando otros muchos soldados al bando de Pedro de la Gasca, siendo uno de ellos Martín (Hurtado) de Arbieto (le dediqué recientemente una imagen). Iba en un buen caballo, y junto a él un soldado llamado Pedro de Arenas, natural de Colmenar de Arenas, hombre de bien, muy pulido, de pequeña estatura y buen soldado (al que después yo conocí). Iba en una yegua muy galana, pequeña de cuerpo, como su amo. Martín de Arbieto refrenaba a su caballo para no desamparar a Pedro de Arenas. Pedro Martín de Don Benito, que había alanceado a unos cinco peones, viendo que se iban los dos de a caballo, salió tras ellos. Martín de Arbieto, que iba delante de su compañero, pasó una ciénaga fácilmente, pero la yegua de Pedro de Arenas se entrampó en ella, y dio con su amo en el lodo. Al verlo Arbieto, dio la vuelta, y, para que no matase a su amigo, se puso frente a Pedro Martín de Don Benito, el cual paró su caballo. Arbieto le dijo entonces: 'Sigue adelante, ruin villano, y veremos quién mamó la mejor leche'. Pedro Martín no aceptó el desafío y se volvió adonde los suyos. En otra salida semejante, una pelota desmandada le pegó en la mano derecha a Pedro Martín, y se le cayó la lanza. Fue sin ella adonde Gonzalo Pizarro, y le dijo que ya no podía servir a su señoría, y luego fue a ponerse junto a los últimos de a caballo".

     Los negros pronósticos de Francisco de Carvajal se iban cumpliendo, pero nunca le abandonó su humor sarcástico, incluso cuando él era la víctima: "No cesaban de pasarse al ejército del Rey todos los soldados que podían. Francisco de Carvajal, viendo que, por no haberle hecho caso Gonzalo Pizarro, se iban perdiendo a toda prisa, empezó a cantar (como hizo otras veces): 'Estos mis cabellicos, madre, de dos en dos me los lleva el aire'. Y así hacía burla de los que no habían admitido sus consejos, hasta que no quedó ningún soldado de los que tenía bajo su mando. Salieron más de treinta arcabuceros dando a entender que iban a enfrentarse con los contrarios, pero, en cuanto se alejaron un poco, fueron a toda furia a unirse a las tropas de La Gasca, al cual le dijeron que no saliesen a pelear, porque muy pronto se pasarían todos los de Pizarro, y lo dejarían solo; y así fue hecho. Hasta el punto de que Gonzalo Pizarro envió a treinta de a caballo para que detuviesen a los huidos, pero lo hicieron con tanto empeño, que se unieron a ellos para entregarse al presidente La Gasca. De otro grupo de arcabuceros, huyeron otros cuarenta y ninguno de los de Pizarro se atrevió a perseguirles, porque los arcabuceros iban mirando hacia atrás con ánimo de defenderse. Además, Alonso de Mendoza y Diego Centeno, con sesenta de a caballo, se habían situado cerca para socorrer a los que por aquella parte fuesen huyendo hacia ellos".

 

     (Imagen) El goteo de deserciones en la tropa de Gonzalo Pizarro iba en aumento. En cuanto los de Pedro de la Gasca se instalaron en la llanura, se pasaron a su bando algunos 'peces gordos', como nos ha contado Inca Garcilaso fielmente. La Gasca lo confirma en su informe: "Entonces huyó hacia nosotros Garcilaso de la Vega (padre del cronista) y después un primo suyo (probablemente, Gómez Suárez de Figueroa) con otros, lo que fue para Gonzalo Pizarro un gran golpe. Asimismo, huyó luego el licenciado Cepeda, tras el cual salió en su persecución Pedro Martín, le alanceó el caballo, y, si los nuestros no lo socorrieran, también le habría alanceado a él; lo salvaron e, incluso, mataron luego allí a Pedro Martín". Podría parecer que acabaron con él de seguido, pero, por datos muy fiables que da Inca Garcilaso, ha de interpretarse que lo hicieron otros después, durante la batalla. Pedro de la Gasca hace referencia a que tuvo que perdonar a muchos desertores de Pizarro con pasado muy negro. Entre ellos estaba el Bachiller Díez "gran secuaz de Gonzalo Pizarro y harto metido en las cosas que habían pasado". Y, asimismo, a "Diego Guillén, no menos metido en ellas". En el siguiente párrafo, explica muy bien el porqué de estos perdones, tratando, de paso, con excesiva generosidad al padre del cronista: "Exceptuados Garcilaso de la Vega, su primo y los que con él vinieron, y algunos soldados que lucharon (y fueron derrotados por Gonzalo) junto a Diego Centeno en la batalla de Huarina, parece que todos los demás vinieron más por el temor de verse perdidos al conocer la pujanza y buen orden de nuestro ejército, que por acudir a la llamada de su Rey, pues tuvieron otras muchas ocasiones (¿y Garcilaso de la Vega, no?) de haber huido. Pero, en fin: se ha disimulado con ellos sus culpas para no castigarlos en justicia". Luego se refiere al fin de la batalla: "Fueron desbaratados los enemigos, y, como hombres perdidos contra los que Dios peleaba, se pusieron en huida. Entre ellos estaba Francisco de Carvajal, pero cayó de su caballo en una ciénaga, y lo apresó Martín de Almendras. Gonzalo Pizarro y otros capitanes no quisieron pelear, ni huir, y así, fueron apresados por Villavicencio".




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