miércoles, 8 de enero de 2020

(Día 999) Salió gente de Lima para recibir al virrey, el cual se mostró ambiguo con respecto a la aplicación de las Leyes Nuevas. Muchos vecinos no se fiaban, y temían que hubiera otra guerra. Los oidores fueron especialmente desconfiados.


     (589) Los del cabildo de Lima nombraron al licenciado Rodrigo Niño como representante suyo para que le requiriese al virrey que suspendiera las Leyes Nuevas mientras Su Majestad no mandase otra cosa. Llegó luego el capitán Diego de Agüero enviado por el virrey, y, al saber de los requerimientos que habían preparado, les dijo que no tenían necesidad de mandárselos, por lo que se aliviaron algo. Eso es lo que cuenta Cieza, y habrá que entenderlo como que los del cabildo pensaron que quizá el virrey estuviera dispuesto a transigir.
     Salieron, pues, las autoridades de Lima a su encuentro. Entre ellas estaban el obispo Jerónimo de Loaysa (Cieza añade que antes lo había sido de Cartagena de Indias), Vaca de Castro, Illán Suárez, el capitán Juan de Saavedra, Pablo de Meneses y Juan de Salas: "Recibieron muy bien al virrey, quien se mostró contento por ver al obispo. Hubo ciertas pláticas entre el virrey y el obispo sobre lo de Vaca de Castro, al cual le mostró gran voluntad. Llegó el factor Illán Suárez de Carvajal y le dijo al virrey que le dejara besarle las manos, el cual se alegró, le abrazó, porque le conocía de la Corte de España, y le dijo, según se cuenta, que lo único que le pesaba era no poderle hacer ningún bien. El factor se demudó al oír tales palabras". Habrá que deducir que se refería a que iba a aplicar las leyes con todo rigor. Ya antes el virrey le había contestado con azucaradas evasivas al obispo, quien, recogiendo el deseo general, le había suplicado lo tantas veces repetido: que suspendiera la aplicación de las ordenanzas.
     El caso es que, cegados por el deseo de un buen final, algunos creyeron que el virrey iba a ser comprensivo: "También Lorenzo Estopiñán había salido a recibir al virrey, y, creyendo ver en él voluntad para no ejecutar las leyes hasta que llegasen los oidores, dio la vuelta a la ciudad para dar la noticia, y lo mismo hicieron otros. Mas, aunque lo afirmaban, no dejaba de haber gran tristeza en el ánimo de todos, adivinando que la entrada del virrey en Perú había de causar grandes males, y que la guerra que se iba a encender de nuevo había de ser peor y más larga que las pasadas, porque se levantaba por causa más importante y pesada que las otras". Todo ello indica que el perjuicio que iban a traer las Leyes Nuevas a los encomenderos tenía una repercusión social mucho más intensa que los pasados conflictos entre pizarristas y almagristas, siendo, además, evidente en los de ahora su caráccter  de rebelión contra el Rey.
     Los del cabildo de Lima estaban desmoralizados: "Como no se alegraban de la venida del virrey, no se habían ocupado en preparar el recibimiento que se le debía al cargo tan preeminente que traía por mandato del Rey. Trajeron un palio del templo y se juntaron los alcaldes y otras personas importantes de la ciudad (cita a varias que ya conocemos, y dice que el tesorero Riquelme no asistió por estar enfermo de gota).  Toda la ciudad estaba triste y llorosa, por saber cuán en breve habían de ser ejecutadas las leyes. Los regidores y alcaldes, acompañados de mucha gente, llegaron hasta el río, nostrando de cara al público mucho regocijo por la venida del virrey".

     (Imagen) Nos ha mencionado de pasada Cieza al dominico sevillano FRAY DOMINGO DE SANTO TOMÁS, quien, como otros muchos religiosos, fue extraordinario a su manera. No eran hombres de armas, pero su valentía estuvo a la altura de los más decididos conquistadores. Dejaron como aportación en aquellas tierras de las Indias el mensaje evangélico, mucha cultura y la defensa de los nativos. Fray Domingo fue sobresaliente en todo ello. Se preocupó de estudiar la lengua quechua para la evangelización directa de los indios, y de que los demás religiosos también lo hicieran así, elaborando para ello un diccionario del idioma nativo. Cieza, que lo trató personalmente, lo calificó como varón de gran doctrina y santidad, y añadió: "Es uno de los que más saben de la lengua de los indios, y ha estado entre ellos adoctrinándolos". Siempre fue su gran defensor, siguiendo la línea de Bartolomé de las Casas, y logrando incluso que pudieran ejercer libremente sus derechos en los tribunales. Reclamó sin descanso que se respetaran los límites de los impuestos aplicados a los indios. Y le escribió dramáticamente al Rey: "Pues esta pobre gente, si les exigían mil, mil habían de dar, y, para ello, quemaban a los caciques y les echaban los perros". En su afán de mejorar la situación de los nativos, viajó a España el año 1556, exponiéndole a Felipe II la necesidad de que se suprimiera la perpetuidad de las encomiendas, puesto que las Leyes Nuevas solo toleraban que fueran heredadas por la primera generación, pero había abusos. Vuelto a Perú, y pasados seis años, le concedieron algo que se había ganado a pulso: el obispado de la ciudad de La Plata. En un principio, alérgico a las dignidades, no lo quiso aceptar, pero el arzobispo de Lima, fray Jerónimo de Loaysa, le hizo comprender que el bien común le exigía que abandonara esa actitud, y, finalmente, cedió. Allí murió FRAY DOMINGO DE SANTO TOMÁS el año 1570, con gran pesar de los vecinos y, especialmente, de los indios.



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