miércoles, 22 de enero de 2020

(Día 1011) El virrey apresó a Vaca de Castro. Cometió el error de hacer lo mismo con Lorenzo de Aldana, pero lo soltó pronto. El obispo Loaysa, con permiso del virrey, partió hacia el Cuzco para negociar con Gonzalo Pizarro.


     (601) El  virrey estaba perdiendo los nervios por las noticias que llegaban  de Gonzalo Pizarro y por el malestar de los  vecinos de Lima: "Ante el gran tumulto que había, salió a la plaza diciendo que, a cualquiera que dijere que Gonzalo Pizarro se quería alzar, le fuesen dados cien azotes públicamente. En aquellos días, Vaca de Castro siempre iba a visitar al virrey, quien, como ya estaba tan a malas con sus cosas, mandó prenderle. Estuvo preso ocho días, mostrando sentimiento muy grave por haberle así apresado, y tratado tan ásperamente, por lo que le pesó no haber ido a dar cuenta al Rey de las cosas por él hechas en Perú. El obispo Don Jerónimo de Loaysa, pesándole que el virrey hubiese apresado a Vaca de Castro, le suplicó con toda humildad que lo soltase, y él lo hizo por su ruego, pero mandó pregonar que, cualquiera que se considerara agraviado por Vaca de Castro, le pusiese demandas, para que, si se viere que obró sin justicia, fuera castigado. Y, a los pocos días, se volvió a prender a Vaca de Castro, y lo llevaron a un navío".
     Pero el carácter desconfiado del virrey le llevó a otra precipitación: "Lorenzo de Aldana había venido a la provincia de Jauja a ver al virrey, quien, como supo que había sacado copia de una carta que él había escrito, se enojó grandemente. Por esto y porque la autoridad de Aldana era mucha y siempre se había mostrado amigo de los Pizarro, le mandó prender, enviándolo a otra nave. Mas, después de ocho días, mandó que le soltaran, dando excusas de haber ordenado mandarlo al navío. En este tiempo decidió el virrey que hubiese una armada en el mar, nombrando general de ella a Diego Álvarez de Cueto, su cuñado, y, como capitán, a Jerónimo Zurbano".
     Toda la ciudad de Lima era consciente de la gravedad de la situación, y dio un paso al frente, con la mejor voluntad, alguien de gran prestigio en el lugar: "El obispo Don Jerónimo e Loaysa, deseando que no se levantase alguna guerra, quiso ir personalmente a tratar de ello con Gonzalo Pizarro, para que se saliese de su loca y necia pretensión. El virrey mostró mucho contento al saberlo, y, para que tratara con Pizarro algún honesto concierto, le dio al obspo palabra de que pasaría por lo que él ordenase e hiciese". Comenta Cieza que se lo dijo de palabra, pero sin darle un escrito de poderes, y que luego hablará de algunas cosas muy delicadas que ocurrieron, "que yo las supe de personas que estaban con Pizarro, de los que fueron con el obispo, y aun él mismo me afirmó que pasaron como yo las cuento". Hace referencia también a una retorcida interpretación de las intenciones de Loaysa: "Algunos dijeron que iba principalmente por el bien de Pizarro y por su propio provecho, mas no quiero detenerme en dichos vulgares, pues sabemos que nunca dan en el blanco de la verdad, aunque parezcan no alejarse mucho de ella".
     Partió, pues el reverendo con varios acompañantes: Fray Isidro de San Vicente, Juan de Sandoval, Luis de Céspedes y Pedro Ordóñez de Peñalosa, más los clérigos Alonso Márquez y Juan de Sosa.

     (Imagen) Hay que dar por hecho que la vida de los frailes era más ejemplar que la de los sacerdotes de parroquia. Entre otras cosas, porque estos no tenían voto de pobreza. Un caso típico es el de Bartolomé de las Casas. Fue el primer presbítero ordenado en las Indias, probablemente interesado en la evangelización, pero, sobre todo, en la mina de oro que explotaba. Tuvo una profunda crisis de conciencia, ingresó en la orden de los dominicos, y se convirtió en el mayor defensor de los indios, con vida tan entregada, que su proceso de canonización está en marcha. Nos cuenta Cieza que el obispo Loaysa se dirige al Cuzco para hacer entrar en razón a Gonzalo Pizarro. Le acompañaban dos sacerdotes seculares: ALONSO MÁRQUEZ y JUAN DE SOSA. Buscando en el archivo PARES, los veo en acción. De Márquez aparece que reclamó judicialmente el año 1551 la devolución de 6.000 pesos (unos 24 kilos) de oro que le habían robado. JUAN DE SOSA también tuvo pleitos por cuestiones económicas, pero encuentro un episodio suyo muy significativo. Había algo en lo que los clérigos tenían una gran ventaja. Habitualmente, por ser personas consagradas, las autoridades les respetaban la vida, por muy grave que fueran sus delitos. El documento de la imagen nos hace saber varias cosas: Aunque Juan de Sosa aparentó colaborar con el obispo Loaysa, resultó ser un aliado de Gonzalo Pizarro en su rebeldía, pero, así como a cualquier otro le habría costado la cabeza, Pedro de la Gasca lo entregó a las autoridades eclesiásticas para que le juzgaran y le castigaran; le juzgó el entonces obispo del Cuzco, Fray Juan Solano, el año 1548, tras la ejecución de Gonzalo Pizarro; y el presbítero JUAN DE SOSA fue condenado a dos años de privación de celebrar misa, destierro perpetuo del Perú y penitencia pública durante el tiempo que duraba una misa. Salvo lo del destierro, todo lo demás fueron paños calientes.



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