martes, 21 de enero de 2020

(Día 1010) El virrey era sumamente desconfiado. Y luego faltó a su palabra de suspender la Leyes Nuevas, provocando la desesperación entre la gente de Lima.


     (600) La situación se iba deteriorando: "Empezaba a haber mudanzas en la Ciudad de los Reyes. El demonio andaba suelto, poniendo malos pensamientos en muchos que los tenían buenos. El virrey se daba con la mano en la frente diciendo: '¿Es posible que el gran Carlos, nuestro señor, sea temido en toda Europa y que el Turco, señor de lo más de Oriente, no ose mostrársele enemigo, mientras que aquí un bastardo (Gonzalo lo era) intente forzar su voluntad real para que no se cumpla su mandamiento?'. Estaba este leal varón acongojado porque no veía manera de que la voluntad del Rey se cumpliese. Tenía gran odio a Vaca de Castro porque Gaspar Rodríguez, Hernando Bachicao y otros habían salido para ir a la ciudad del Cuzco, y creía que había sido por consejo suyo. Incluso pensó en que, cuando llegaran los oidores de la Audiencia, se le procesara para castigarle conforme a justicia".
     Ya dijo antes Cieza que el virrey tenía tendencia a dar por ciertas cosas que solo eran motivo para sospechar. En su día veremos que, por una reacción de este tipo, matará al factor Illán Suárez de Carvajal. Ahora va a echar pestes de los vecinos de Huamanga: "Le llegó la noticia de que se llevaron los almagristas la artillería de Huamanga, diciéndose que se la había entregado Vasco de Guevara a Francisco de Almendras. Ninguna noticia de las pasadas le dio tanta congoja al virrey como esta, y de su pecho lanzaba palabras muy airadas contra Vasco de Guevara, diciendo que había de hacer sobre aquella fea hazaña gran castigo. Tenía también gran sospecha de los vecinos, y, enterados ellos, temían grandemente que les hiciera algún daño".
     El virrey se va a precipitar en otra cuestión clave. "Le había dicho a los vecinos de la Ciudad de los Reyes que no ejecutaría la Leyes Nuevas hasta que se fundase la Audiencia, pero, como en España la ley se ejecuta sin excusa alguna, y él no conociese cuán doblada  era la gente que en Perú vivía, ni la gran libertad que habían tenido en el pasado, hizo una cosa muy acelerada. Olvidando lo que había prometido, y no mirando que los ánimos de la mayoría estaban dañados ni que le habían cobrado un odio grandísimo, mandó llamar, imprevistamente, a Juan Enríquez, pregonero, para que se pregonaran de inmediato la Leyes Nuevas. También es cosa decente que no se oscurezca su intención, pues yo bien creo que él sabía que el tumulto iba a ser grande, y pudo ser que quisiera ejecutar las leyes para que no se dijese que, por temor, dejó de cumplir el mandato real".
     Se pregonaron las leyes, y el clamor en la Ciudad de los Reyes fue unánime. "Muy turbados unos y otros, decían: '¿Por qué Su Majestad, siendo príncipe tan cristianísimo, nos quiere destruir, habiendo ganado nosotros el Perú a costa de nuestra hacienda y con muerte de tantos compañeros?  Nuestros hijos y mujeres, ¿qué será de ellos?'. Les parecía no tener ya indios ni ninguna otra hacienda. Como estaban airados, escribían cartas a Gonzalo Pizarro avisándole de lo que pasaba y de que las leyes se habían pregonado".

     (Imagen) Nos cuenta Cieza que el virrey, sin respetar su promesa, mandó pregonar la obligación de cumplir la Leyes Nuevas, resultando un mazazo para los vecinos de Lima. Le encargó la misión al pregonero JUAN ENRÍQUEZ. Y el personaje nos va a servir para hacernos una idea sobre los que tenían oficios siniestros. Y es que Enríquez, además de ejercer como inocuo pregonero, trabajaba también como inicuo verdugo, sobre todo en su caso, porque le deleitaba la labor. Para mayor contraste, le vemos ahora sirviendo al virrey en el bando leal a la Corona, siendo así que, cuando, años después, se rebeló FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN, se puso bajo sus órdenes porque mataba sin parar. Lo cuenta así el cronista INCA GARCILASO, quien, siendo adolescente, vio una de las ejecuciones de Juan Enríquez. Primeramente, dice que, a los pocos días de empezar su rebelión, Hernández Girón quiso castigar a otros dos rebeldes, Don Sebastián de Castilla y el Contador Juan de Cáceres, y le encargó al licenciado Diego de Alvarado que, acusados de robo, los juzgase. Sin ninguna culpa, según Garcilaso, los condenó a muerte. Y aparece en escena 'el siniestro': "Mandó Girón darles garrote, y se los entregó al pregonero y verdugo Juan Enríquez, quien fue el que degolló a Gonzalo Pizarro, y ahorcó e hizo cuartos a sus capitanes y a su maestre de campo (Carvajal). Cuando se rebeló Francisco Hernández Girón, había salido al otro día Enríquez presumiendo de su buen oficio, cargado de cordeles y garrotes para ahogar y dar tormento. También sacó un alfanje, para cortar cabezas, pero él lo pagó después (casi seguro que murió cuando ejecutaron a Hernández Girón). Luego ahogó rápidamente a aquellos dos pobres caballeros, y, por gozar de su despojo (quedándose con sus ropas), los desnudó. Los pusieron más tarde al pie del rollo de la plaza (del Cuzco), donde yo los vi". INCA GARCILASO DE LA VEGA tenía entonces catorce años.



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