sábado, 2 de noviembre de 2019

(Día 944) Los indios fueron a contemplar la batalla de Chupas, con el deseo de que resultara una masacre. Sin embargo, muchas indias lloraban por el peligro que amenazaba a los españoles que amaban.


     (534) Los dos campamentos enemigos estaban emplazados a unos cinco kilómetros de distancia. Algunos almagristas pensaban que tendrían la victoria más fácil si se movieran hasta la loma de Chupas, para luego meterse en Huamanga, pues dejarían a los contrarios sin provisiones. Faltaba poco para que comenzara la batalla, y las colinas estaban atestadas de indios y de indias que esperaban el desenlace como impacientes espectadores. Cieza lo describe muy bien, y da un detalle que confirma que muchas indias apreciaban a los españoles, no solo con admiración, sino también con afecto. Recordemos que vimos hace ya mucho tiempo que, en México, Hernán Cortés accedió a devolver a los indios las numerosas mujeres que les habían quitado los españoles, pero solamente a las que quisieran retornar libremente. Bernal Díaz del Castillo, que allí estaba, aportaba el dato de que no fueron más de tres las que volvieron con su gente.
     Así lo expone ahora Cieza: “Unos indios seguían a los almagristas, y otros a los pizarristas. Había en los dos campamentos muchas indias pallas (nobles), naturales del Cuzco, las cuales, como veían llegar el final de la guerra, siendo ellas por los españoles muy queridas, y teniendo ellas para con ellos el mismo amor, deleitándose por andar en servicio de gente tan fuerte y de ser comblezas (sustitutas, en el sentido de amantes) de las mujeres legítimas que ellos tenían en España, barruntando la muerte que les había de venir, aullaban gimiendo, y, al uso de su patria, andaban descabelladas de una parte a otra”. Queda, pues, claro lo que al sexo de los conquistadores se refiere. El impulso natural se imponía sobre cualquier freno religioso, y es evidente que la mayoría de los españoles vivían amancebados sin que los clérigos trataran de impedirlo. Quizá solo se criticara la violencia sexual totalmente deshumanizada, de la que también habría muchos casos, pero da la impresión de que muchas indias aceptaban de buena gana esa intimidad. El mismo Cieza comentó en su día que le cedieron como compañera a una india para que le enseñara su idioma y las costumbres de aquellos pueblos. Nos imaginamos que le dio otras satisfacciones, y, probablemente, con sincero afecto, dada la calidad humana del cronista.
     Los indios esperaban el espectáculo con otra actitud: “Era tan grande el tumulto que hacían, que el clamor resonaba en los valles y cerros de Chupas, y tenían gran gozo de poder ver la majestad de los españoles peleando unos con otros, dando gracias a su Sol porque iba a tomar tan famosa venganza de los daños que en sus mayores se habían hecho”.
     Luego Cieza comenta algo sorprendente: “Cuando ya los enemigos estaban cerca, los almagristas asentaron su campamento con la intención de, a la segunda vigilia de la noche, alzar sus tiendas, procurar meterse en Huamanga e irse a la Ciudad de los Reyes por el camino de Huaytara”. Y digo sorprendente porque el querer ir a Lima parecía un deseo de rehuir el combate. Cieza no lo aclara, ni tampoco importa ya, porque el  brutal enfrentamiento va a tener lugar de inmediato.

     (Imagen) Va siendo hora de que demos algunos datos del Capitán ALONSO DE MENDOZA, porque tuvo un gran protagonismo en la próximas batallas de las guerras civiles. Fue un tipo carismático. Nació hacia 1505, de familia noble, en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), donde presumen de que sea su lugar de origen. Llegó a Indias en 1535. De camino a Perú, asistió a la fundación de Quito. Fiel pizarrista, tuvo, sin embargo, una trayectoria cambiante,  parecida a la de otros que también lo fueron. Participó en la batalla de las Salinas, tras la que fue ejecutado Almagro el Viejo. El asesinato de Pizarro acentuó su lealtad. Le vemos ahora luchando con Vaca de Castro en la batalla de Chupas contra Diego de Almagro el Mozo. Pero, muerto este, Gonzalo Pizarro cometió el inmenso error de sublevarse contra la Corona, y, aunque Alonso se mantuvo un tiempo a su servicio, fue convencido por el gran capitán Diego Centeno para abandonarlo y pasarse al bando de los leales al Rey (a muchos les ocurrió lo mismo). Los dos resultaron derrotados por el implacable Francisco de Carvajal, teniendo que huir para no perder la cabeza. Su salvación fue ponerse bajo las órdenes del extraordinario Pedro de la Gasca, luchar en Jaquijaguana contra Gonzalo y Carvajal, y acabar con la guerra civil mediante su derrota y ejecución. Luego, por mandato de La Gasca, Alonso de Mendoza fundó la ciudad de La Paz (actual capital de Bolivia). Allí le han construido un importante monumento (el de la imagen), y recordemos que en Don Benito (Badajoz) lo confundieron todo. Ya comentamos que han dedicado una calle como fundador de la Paz a un Alonso de Mendoza diferente. También murieron casi a un tiempo, y en zona boliviana, los dos grandes capitanes: Diego Centeno en 1549, y nuestro ALONSO DE MENDOZA, en 1550.



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