sábado, 16 de noviembre de 2019

(956) EJECUCIÓN DE DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO.


     (546) Y llegó el triste último momento de Diego de Almagro el Mozo: “Llevaba siempre los ojos puestos en un crucifijo, e, sacado de la prisión, el pregonero iba diciendo: ‘Esta es la justicia que manda hacer su  Majestad el Emperador, y el Gobernador Vaca de Castro en su nombre, por usurpador de la justicia Real, y porque se levantó en el reino tiránicamente’. Yendo hacia la picota, junto a la cual estaba el verdugo aparejado para matarle (era el mismo que ejecutó a su padre), dijo que, puesto que moría en el lugar en el que había muerto su padre y le habían de enterrar en la sepultura en la que estaba su cuerpo, rogaba que lo echasen a él debajo, e pusiesen luego encima los huesos de su padre. Cuando estaba donde le habían de matar, le quisieron poner un velo delante de los ojos, y él decía que no había por qué, y que solo mandasen al verdugo que hiciese su oficio, y dejarle a él en aquel poco tiempo que le quedaba de vida gozar de ver con los ojos la imagen de nuestro Dios, que allí estaba. Finalmente, se porfió con él, e, contra su voluntad, le fueron tapados sus ojos. Extendido en el repostero, recibió la muerte con gran ánimo, en el mismo lugar donde, años atrás, se la dieron a su padre, y fue su cuerpo enterrado en la iglesia de la Merced, en la misma sepultura y de la manera que antes pidió”.
     Cieza da más datos sobre su persona: “Era Don Diego de mediano cuerpo y de unos veinticuatro años, muy virtuoso y entendido, valiente, buen hombre de a caballo, liberal e amigo de hacer el bien. Su madre fue una india natural de Tierra Firme (Panamá). Teníase grande esperanza de su persona, si viviera. No carecía de vicios, pues tuvo los que generalmente tienen la mayoría de los hombres de las Indias”.
     No deja Cieza pasar de largo un detalle de mezquindad política: “El capitán Peransúrez anduvo preguntando a los que se hallaron presentes si habían oído a Don Diego decir ser digno de aquella muerte porque, por su mandato, había sido muerto el Marqués Pizarro. Esto no lo preguntaba por ingorancia, pues él y todos sabían que Don Diego nunca dijo tales palabras, mas parecíale a él, a Vaca de Castro e a otros que, para su justificación, todo convenía”. Mala defensa jurídica (o ninguna) hubo de tener Diego de Almagro el Mozo si, para demostrar su culpabilidad, andaban buscando testigos después de ejecutarlo. Veremos enseguida que la dureza de Vaca de Castro no parecía capricho suyo. Da la impresión de que había llegado de España con unas orientaciones claras del propio Rey, en el sentido de utilizar todos los medios que fueran necesarios para terminar con las guerras civiles. Los almagristas habían cometido el error de actuar contra la legalidad, convirtiéndose en rebeldes. Ya no había vuelta atrás. Hasta es de creer que, si se hubieran presentado en España para pedir perdón, no lo habrían obtenido. Pesaba demasiado el asesinato de Pizarro.
     Termina Cieza la triste escena diciendo: “De esta manera feneció Don Diego de Almagro, y en él tuvieron fin las reliquias de su padre, recibiendo ambos una muerte igual en la ciudad del Cuzco”. Quizá se refiera a que con él acabó la ‘descendencia’ de su padre, pero tuvo una hermana  llamada Isabel Almagro.

       (Imagen) Hay personajes históricos que trasmiten un poso de tristeza, y tienen también lagunas desconocidas en su biografía.  DIEGO DE ALMAGRO EL MOZO provoca lástima, y, al mismo tiempo, demostró sobreponerse heroicamente a los golpes del destino. Apenas se conoce nada de su infancia y su adolescencia, y menos todavía de su madre, la indígena bautizada como Ana Martínez, ni de su hermanastra, Isabel Almagro, salvo que era menor que él e hija de otra nativa. Es seguro que recibió una formación esmerada. Su primer contacto con lo que era el horror de las expediciones de conquista lo tuvo cuando fue a Chile para encontrarse con su padre. Luego no se habla de él hasta la batalla de las Salinas, donde Diego de Almagro el Viejo resultó derrotado y ejecutado. Qué deprimente situación. El Mozo se quedó solo, y obligado a convivir con los que habían matado a su padre, hasta el punto de que permaneció un tiempo en la propia casa de Pizarro, quizá por compasión del gran conquistador, o quizá para evitar que frecuentara a los bravos capitanes almagristas que vivían en Lima despreciados pero ansiosos de venganza. Llegó un momento en que Pizarro se desentendió de él, y lo pagaría caro, porque propició que los almagristas se apiñaran en torno a un Mozo que fue creciendo en seguridad y dio consistencia a la conspiración que acabó con su vida. Pero aquel asesinato fue el camino fatal que llevó inevitablemente a Diego de Almagro el Mozo a otra guerra civil, la de Chupas, que acabó con su vida cuando no tenía más de 24 años, y que ni siquiera ganándola habría resuelto nada. Solo supondría el retraso de su propia muerte, porque la mano justiciera de Carlos V era muy larga e incansable, y el asesinato de Pizarro pesaba mucho. Dio el tipo como personaje de tragedia griega que vino a este mundo con malas cartas.



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