jueves, 21 de noviembre de 2019

(Día 960) Le dijeron a Alonso de Alvarado que no se marchara a España, pues le necesitaban. No aceptó su petición. Los hombres de Gonzalo Pizarro azuzaban su ambición, y hasta le hablaban de matar a Vaca de Castro.


     (550) Aquello parecería un chiste, si no fuera una tragedia. Esas ordenanzas, con la idea humanitaria de proteger a los nativos, recortaban mucho los derechos de los encomenderos de indios, que, para gran parte de los españoles, eran su principal fuente de ingresos. Por eso le aconsejaban a Alonso de Alvarado que se quedara, ya que su hacienda iba a peligrar. En teoría, las nuevas ordenanzas eran un ejemplo de rectitud moral. En la práctica, el terco intento del virrey de aplicarlas por la fuerza y en todo su rigor, provocará la tragicomedia: aunque débilmente, humeaban todavía los rescoldos de la guerra recién ganada, pero se producirá de inmediato otro incendio pavoroso, esta vez por la rebeldía de los encomenderos, que contarán con el liderazgo de Gonzalo Pizarro.
     Seguro que Alonso de Alvarado era consciente de ese peligro, pero no quiso renunciar a su viaje a España: “Les respondió cuerdamente que,  si volviese y surgiese algún alboroto, le echarían la principal culpa, e que lo que convenía a todos era que suplicaran a Su Majestad que modificase las leyes, y que no permitiesen que sus haciendas les fuesen quitadas, pues con tanto trabajo las habían ganado. Y después escribió cartas a las ciudades de Lima, Trujillo, Chachapoyas y otras, diciendo que así lo hiciesen, e no de otra manera. Lo cual toco para que se entienda la fidelidad de este capitán, y aun yo vi que así se probó delante del presidente La Gasca. Luego embarcó en el Mar Océano".
     Acto seguido, Cieza se imagina cómo sería aquel viaje de Gonzalo Pizarro hacia el Cuzco, tras haber sido llamado por Vaca de Castro. Lo toma como ejemplo del daño que puede causar la ambición de los propios soldados espoleando la de sus líderes: “Sus hombres no le incitaban al bien, sino a que hiciese mucho mal. La pena grande que yo siento es que muchos príncipes, si no oyesen palabras vanas de mancebos e aduladores, no hubieran causado tantas calamidades e desastres. Lo mismo ha ocurrido en estas Indias, por ser los hombres que en ellas viven tan astutos, maliciosos, y levantados en bullicios. Aunque los gobernadores e capitanes quieran vivir en paz, no les dan lugar. Unos, por vengarse de otros, otros, por alcanzar mandos e dignidades, y otros, por conseguir favores e riquezas, incitan a los que mandan para que estén mal con sus iguales, llevándolos a hacer cosas que lleven adelante sus opiniones, y los que los meten en ellas, se salen fuera cuando ven el momento oportuno. Y así, a este infortunado capitán Gonzalo Pizarro, además de tener él gran deseo de mandar, atizábanle de tal manera sus cómplices, que, después de haber servido tanto a su Majestad y con tanta lealtad, se metió en cosas tan malas e feas como lo indica una lápida larga que está fijada en la ciudad del Cuzco, con letras que para siempre le publican como traidor”.
     Y luego insiste en su opinión con más detalle: “Los que iban con Gozalo Pizarro le decían que no solamente le correspondía la gobernación de Quito que le había dejado su hermano, sino que había de exigir todo el reino, de la misma manera que su hermano, el Marqués, lo gobernaba antes de que muriese. Y le decían que, si así no lo hiciese, todos le tendrían por hombre flojo e falto de ánimo. E vino el negocio a tales términos, que acordó él con ellos y ellos con él, según dicen, matar a Vaca de Castro y alzarse con el reino”.

     (Imagen) Una prueba de las dificultades que surgieron posteriormente la tenemos en el documento de la imagen. Llegará pronto Blasco Núñez Vela, el primer virrey de Perú, acompañado por los cuatro oidores de la primera Audiencia Real de Lima. Vaca de Castro  pasará a un segundo plano, e incluso será sometido en España a un largo proceso por corrupción, del que saldrá bien librado, pero con su dignidad  tocada del ala. El virrey tenía como misión imponer unas nuevas leyes para evitar abusos contra los indios, pero tan perjudiciales económicamente para los españoles, y tan intransigentemente aplicadas por Núñez Vela, que provocarán una resistencia feroz, capitaneada por Gonzalo Pizarro. El autoritario y rígido virrey acabará asesinado, tras ser derrotado en la batalla de Iñaquito. Cuando vio que Gonzalo Pizarro se había rodeado de un ejército poderoso y que la tensión llegaba a niveles insoportables, la única cesión que hizo fue comprometerse a suspender dichas ordenanzas, pero solamente hasta que se calmasen las cosas. No le sirvió de nada. Siendo todavía alcalde de Lima el excepcional, sensato y valiente Nicolás de Ribera (uno de los Trece de la Fama), el virrey asumió en dicha ciudad, el 16 de agosto de 1544, el siguiente compromiso notarial (resumo el texto de la imagen): “Dado que, con la excusa de las Nuevas Ordenanzas, Gonzalo Pizarro ha preparado un ejército con gente del Cuzco y de las Charcas, y se acercan hacia Lima, parece que conviene, para la pacificación del reino y evitar muertes, que las dichas ordenanzas sean suspendidas (con algunas excepciones), pero de manera que, cuando sea sosegada esta alteración, se habrán de ejecutar enteramente estas ordenanzas como Su Majestad lo manda, y solamente las suspende para que se puedan mejor ejecutar”. Lo firmó el propio Blasco Núñez Vela.



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