miércoles, 27 de noviembre de 2019

(Día 965) Diego de Rojas se alegró al recibir de Felipe Gutiérrez una carta de amistad. Los de Rojas sufrieron mucho porque los indios habían escondido los alimentos. Solucionado el problema, se juntaron todos los españoles.


     (555) Pedro López de Ayala habló con Felipe Gutiérrez para que supiera que también a Diego de Rojas le habían llegado con cuentos de que él quería matarlo: “Al saberlo Felipe Gutiérrez, acordó enviar junto a Pedro López de Ayala a Alonso de Zallas y Pablo de Montemayor con cartas para Diego de Rojas, haciéndole saber que le tenía por señor e amigo verdadero, y que deseaba verse con él para tenerse por su inferior, e que no creyese a aquellos que con su traición querían meter enojo entre ellos. En ese tiempo, como Diego de Rojas vio en Tucumán que tenía mucha gente, andaba descubriendo con algunos de a caballo alrededor de aquella provincia. Los que había mandado Felipe Gutiérrez pasaron mucho riesgo, y los indios les daban mucha grita, pero llegaron a Tucumán, y desde allí fueron adonde estaba Diego de Rojas. Fue muy grande la alegría que recibió cuando vio las cartas e supo que Felipe Gutiérrez venía a buenas con él, pero pensó que le convenía vivir  cauteloso con los que le acompañaban”.
     Los indios se daban cuenta de que aumentaba la presencia de españoles, y consideraban que pretendían apoderarse de todo. Eran lo primeros que habían visto. Admiraban su valentía, su poder mortífero y el prodigio de los caballos, pero tenían claro que iban a ser un grave peligro para su independencia. Con la idea de obligarles a marchar, pusieron en práctica la hábil maniobra de llevarse todos los abundantes alimentos que tenían en sus poblados, y les crearon un serio problema: “Los cristianos, viendo la falta de bastimento, lo buscaban por todas partes, y, viendo Diego de Rojas que no lo había, tomó algunos hombres y decidió salir a buscar qué pudiesen comer, mandando primero a  Pablo de Montemayor que fuese a decirle a Felipe Gutiérrez que se detuviera hasta que encontraran dónde habían escondido los indios los alimentos”.
     Aquella situación se pudo haber agravado porque estaban ya bastante descontentos algunos hombres de Felipe Gutiérrez. Paradójicamente, una arriesgada decisión suya, les dio un respiro: "Los que venían con Felipe Gutiérrez hablaban abiertamente contra los capitanes, pesándoles que Diego de Rojas hubiese entrado por aquella parte, sabiendo que la intención de todos era ir hacia Chile, e murmuraban de tal manera que Felipe Gutiérrez temió que hubiese algún motín”. Al llegar Montemayor con el aviso de Rojas, Gutiérrez, arriesgadamente, no siguió su consejo: “Vista la carta, le pesó la falta de bastimentos que había, pero, mirando cuerdamente que era preferible sufrir el hambre a que los soldados con su descontento se amotinasen o le matasen, determinó no publicar por entero lo que decía el escrito, sino, con toda prisa, llevar a la gente adonde estaba Diego de Rojas, y luego partieron de allí".
     Cuando Rojas tuvo la suerte de encontrar provisiones en otro lugar llamado Concho, lamentó haberle mandado aviso a Felipe Gutiérrez de que detuviera su marcha, pero, para sorpresa suya, vio que él y Nicolás de Heredia les alcanzaron. Podía haber sido un desastre para todos, pero la imprudencia de Gutiérrez resultó una bendición: “Todos se saludaron con mucha alegría, dando gracias a Nuestro Señor por haberlos traído para que se juntasen sin faltar ninguno”.

     (Imagen) Qué vidas. Y la mayoría casi anónimas. Tomemos un ejemplo, tan extraordinario que habrá que dedicarle dos imágenes. Se trata de PABLO DE MONTEMAYOR (al que Cieza menciona de pasada), y el relato que hizo de sus méritos en 1556 “para que el Rey le haga mercedes” (fue un milagro que siguiera vivo) nos sirve para confirmar y encajar debidamente varios episodios (posteriores a la muerte de Atahualpa) de su increíble aventura en Perú. En la imagen vemos el comienzo de su narración. Según los testigos, habría nacido hacia el año 1513. Su bautismo de fuego resultó terrorífico. Llegó a la zona de Veragua hacia 1535 con el gobernador Felipe Gutiérrez. Por aquel lugar, todo fueron calamidades en sus luchas con indios caníbales. De los 500 integrantes de la expedición, solo volvieron unos sesenta, alcanzando en una nave el puerto de Nombre de Dios (Panamá). Lo que no dice Montemayor es que Gutiérrez dejó en aquel infierno a los españoles supervivientes que no cabían en la pequeña embarcación. Allí se enteraron de que Pizarro pedía ayuda desesperadamente para acabar con la rebelión de Manco Inca y sus indios, por lo que fueron a Perú, y Montemayor, por orden de Pizarro, consiguió con  grandes apuros alimentos en Atavillo para la cercada Lima. Pero no menciona que participara en la guerra de las Salinas, lo que quizá se deba a haberlo hecho en el bando censurado por el Rey, el de Diego de Almagro. Derrotado y muerto Almagro en las Salinas, estuvo Montemayor luchando bajo el mando de Hernando Pizarro para someter a los indios de la zona de Charcas. Da la sensación de que en casi todas sus peripecias tuvo a su lado a Felipe Gutiérrez, a quien perdió para siempre en 1544, cuando lo mató Gonzalo Pizarro. En la próxima imagen, seguiremos con su ajetreada vida. Suele precisar las distancias que recorría, y el número total de  kilómetros resulta mareante.



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