(496) Se dispusieron a partir de Lima, y Cieza se nos pone algo homérico
al lamentar los derramamientos de sangre que les esperaban a aquellos
valientes: “¡Oh, cómo era de ver a la noble juventud española que estaba en la
Ciudad de los Reyes seguir las banderas de Chile! ¡Cuántos caballeros
hijosdalgo, cuán adornados de gracias y cuán belicosos algunos de ellos, y cuán
en tan poco tenían la vida para que la habladora fama no los dejase en las
tinieblas del olvido, ni la inmortal memoria dejase de dar con su escritura
testimonio de su valor!”.
Se pusieron en marcha. Curiosamente, iba con ellos el Provincial de los
Dominicos, Fray Tomás de San Martín, del que ya hemos hablado. Sorprende que
fuera con los almagristas, lo que hace pensar que, aunque su posición
definitiva fue de lealtad a la corona, es posibe que tuviera sus titubeos. Se
quedó al mando de la ciudad Juan Alonso de Badajoz: “Pronto acordaron nombrar
capitanes, y, aunque pesó a muchos, obedecieron como General a Juan de Rada.
Fueron nombrados capitanes de a caballo Cristóbal de Sotelo, Juan Tello e
García de Alvarado; capitanes de gente de a pie, Diego de Hoces, Marticote,
Cárdenas e Juan de Olea; sargento mayor, Suárez, y alférez general, Gonzalo
Pereira. Eran en total quinientos diecisiete españoles, todos muy lucidos”.
Fue entonces cuando Juan de Rada, el que, por encima de todos, tenía la
máxima influencia sobre el joven Diego de Almagro, empezó a sentir los síntomas
del mal que acabaría con su vida,
librándolo así del trágico futuro de muchos de los cabecillas
almagristas: “Juan de Rada enfermó en ese tiempo. Algunos dijeron que se debió
a cierta ponzoña que le dio Juan Balsa en la comida, mas lo que parece cierto
fue que, como ya era viejo e hacía un año que jamás se quitaba de encima las
armas, la enfermedad le venía de quebrantamiento, e iba con mucha pena. Cuando
llegaron a Guarochiri, se volvieron a Lima, con licencia de Don Diego, fray
Tomas de San Martín y el capitán Diego de Agüero, y, con mañas que tuvieron,
Juan de Saavedra y Gómez de Alvarado. Luego le fatigó mucho el mal a Juan de
Rada, y, viendo que no podía gobernar a los sodados, habló cn Don Diego e con
los capitanes para que se nombrase capitanes generales a Cristóbal de Sotelo e
García de Alvarado. Cosa que no podía acabar bien porque es malo que gobiernen
dos cabezas a un puñado de gente”.
Tanto los almagristas como los pizarristas de Perálvarez Holguín
trataban de sorprenderse con tretas de despiste. Holguín, quien, como sabemos, había sido nombrado capitán
general, iba con sus hombres hacia Jauja para saber qué hacían sus enemigos.
Habían llegado antes al lugar doce hombres de Almagro con el fin de ganarse el
apoyo de los indios guancas. Cieza dice que no picaron el anzuelo: “Como
aquellos indios son tan entendidos, e ya tenían aviso de la venida de Vaca de
Castro, así como del alzamiento de Alonso de Alvarado en Chachapoyas y de
Perálvarez en el Cuzco, disimularon su deseo de unirse a ellos, y hasta
enviaron a ciertos indios para comunicarle a Perálvarez la llegada de los
almagristas. Cuando lo supo, mandó a Gaspar Rodríguez de Camporredondo que
fuese a Jauja y procurase prender a algunos de los hombres de Don Diego. Gaspar
Roríguez, con voluntad de servir al Rey, partió para Jauja, y dio de noche en los
cristianos que estaban alli, y los prendió, y volvió con ellos adonde
Perálvarez, el cual mandó ahorcar a dos de ellos”.
(Imagen) Nos sale al paso por primera vez el nombre de JUAN ALONSO DE
BADAJOZ, con claros indicios de su importancia, porque vemos que Diego de
Almagro el Mozo le deja al mando de la ciudad de Lima. Nacido en Badajoz el año
1487, es probable que llegara desde Panamá con Diego de Almagro el Viejo a Perú
poco después de la batalla de Cajamarca, porque no participó en el botín de
Atahualpa. No obstante, sin prisa pero sin pausa, llegó a ser un hombre muy
rico. Una de sus cracterísticas más notables fue la de sobrevivir a su
permanente batallar en los ejércitos rebeldes, porque no solamente era
necesario evitar las heridas mortales, sino, más difícil aún, librarse de que a
uno le cortaran la cabeza después de sufrir las derrotas. Pero tantas veces fue
el cántaro a la fuente, que, aunque tras largo tiempo, se rompió. Había ya
salido derrotado en la batalla de las Salinas. Nadie lo castigó, y, terco en su
rebeldía almagrista, formó parte de la conjuración que asesinó a Pizarro. Luchó
después en la batalla de Chupas contra el Gobernador Critóbal Vaca de Castro.
Tras la derrota, a su jefe, Diego de Almagro el Mozo, le cortaron la cabeza, y
a él, nuevo milagro, solo le expulsaron del puesto oficial que tenía. Da la
sensación de que abandonó por un tiempo los ajetreos militares. Pero, por
aquello de que “cuanto más viejo, más pellejo”, volvió a las aventuras
rebeldes, y, ya con más de sesenta años, se apuntó a la última guerra civil,
luchando junto al amotinado Francisco Hernández Girón. Y entonces se acabó su
historia: murió el año 1555, como consecuencia de las heridas sufridas en la
batalla de Chuquinga. Tuvo dos “pecadillos”, noblemente corregidos: el año
1546, “fueron legitimados Pedro y Benito de Badajoz, hijos de Juan Alonso de
Badajoz, vecino de Lima, y de Catalina, india soltera”.
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