miércoles, 26 de diciembre de 2018

(Día 712) Sigue presionando Orgóñez a Almagro para que sea más duro, pero en vano. Cieza sabe que los hechos fueron confusos y se propone explicárselos con claridad al lector.


     (302) Ni que decir tiene que Orgóñez volvió a su eterna canción: “Le dijo también a Almagro que, si Pizarro quería hacer conciertos, no era sino por ver fuera de la prisión a Hernando Pizarro, y hacerse tan pujante que pudiese resistir a quien contra él fuere. Por lo que le parecía que debía mandar cortar la cabeza a Hernando Pizarro, salirse del Cuzco con toda la gente e ir a la Ciudad de los Reyes contra el Gobernador”. Y añadió algo bien sensato: “Le aconsejó que despachara luego (desde Lima) un navío a Panamá para que el obispo fray Tomás de Berlanga viniese a marcar los límites de las gobernaciones, pues para ello tenía comisión de Su Majestad”. Apoderarse de Lima era un claro atropello, pero, como buen estratega, buscaba una posición de ventaja en las negociaciones.
     Ni que decir tiene tampoco que Almagro no le hizo caso: “Le respondió a Orgóñez que no había ninguna razón evidente por la que debiesen matar a Hernando Pizarro, que bastaba tenerle preso, e que, viendo los poderes que traían los enviados de Pizarro, podría ser que hubiese la manera de que, sin llevar las cosas a tanto rompimiento, quedase él (Almagro) apoderado de lo mejor de las provincias hasta que el obispo de Panamá viniese”.
     Como todo se va a ir complicando mucho, procede resumir la situación ya vista, pero dejaré que lo haga (mucho mejor) el mismo Cieza: “Y no me maravillo, mas presumo que será así, que se ha de ver el lector en confusión para comprender esta historia que vamos describiendo hasta que se dio la batalla en las Salinas, por ocurrir tantos acontecimientos en un tiempo, que con mucha dificultad e gran trabajo yo he podido aclararlo. Como el mandar e gobernar, aunque sea una muy corta provincia, nunca jamás puede sufrir igualdad ni buena compañía, nacieron la discordia e grandes debates que se recrecieron entre los Gobernadores Pizarro y Almagro, deseando cada uno gobernar aquel reino,  porque, a la verdad, está poblado de las más ricas  regiones que hay en el mundo, e donde hay más metales de plata y oro. Y para entenderlo, es necesario que el curioso lector tenga memoria de lo pasado, para que pueda comprender lo que sigue”.
     Pues sigamos con la película: “Tres días después de llegar al Cuzco el licenciado Espinosa y sus compañeros, suplicaron a Almagro que les diese licencia para ver a Hernando Pizarro e a Gonzalo Pizarro. Se lo concedió muy contento, y fueron a visitarlos muy alegres”. Hubo abrazos e intercambio de noticias. Pero, como de costumbre, a Rodrigo Orgóñez no le gustaron estas delicadezas de Almagro, y volvió a la carga: “Como casi adivinaba la venganza que iba a tomar de ellos Hernando Pizarro, le insistía a Almagro en que les cortase la cabeza a Hernando Pizarro, a Gonzalo Pizarro y a Alonso de Alvarado, diciéndole que no se engañase con los consejos vanos de hombres que no entendían lo que era la guerra. Almagro, como tenía tanta confianza en (la prudencia de) Diego de Alvarado, no se apartaba un punto de lo que le aconsejaba, e bien se puede creer que  esto le salvó mucha veces la vida a Hernando Pizarro”. Nunca cedió Almagro a las presiones de Orgóñez, y lo más que hizo, sin duda para evitar o aplazar una decisión irreversible, fue abrir un proceso contra Hernando Pizarro.

     (Imagen) Durante los meses que HERNANDO PIZARRO estuvo preso de Almagro, temiendo a diario que lo ejecutaran, tuvo que incubar un odio sin freno. El ansia de venganza y su maquiavélico sentido práctico hicieron que le cortara la cabeza después a su enemigo. Lo que nadie le puede negar a Hernando (prepotencia aparte) es su excepcional carrera militar. Se ganó merecidamente el prestigioso rango de Capitán del Rey (válido en todo el Imperio) cuando solo tenía unos 18 años, en las guerras que incorporaron definitivamente Navarra a España. El curioso documento de la imagen (del año 1522), nos muestra que el Rey le reconoció al Capitán Hernando Pizarro los derechos de la herencia de un tío suyo. El texto comete un lapsus. Llama a su tío ‘Gonzalo’ Pizarro (era el nombre de su padre), pero al final lo denomina correctamente: Juan Pizarro. Por su petición al Rey, sabemos que su tío y su padre murieron en 1522, el primero en Santo Domingo, y el segundo luchando en Maya (Navarra). También se aclara que le correspondían los bienes por ser el único heredero legítimo. Y es de suponer que ese tío suyo, Juan Pizarro, tendría mucho que ver con que el gran Francisco Pizarro se animara a ir a las Indias, desembarcando hacia 1504 precisamente en Santo Domingo. El Rey ordena a los oficiales de la Casa de la Contratación de Indias de Sevilla (poco antes había muerto allí, como Tesorero, ‘mi’ entrañable Sancho Ortiz de Matienzo) que, cuando reciban los bienes, se los entreguen a Hernando Pizarro (él llegó a Perú ocho años después).



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