martes, 12 de diciembre de 2017

(Día 562) Gracias al aviso de un indio amigo, Belalcázar esquiva una celada del numeroso ejército de Rumiñahui. Nuevo ataque. Quedan aislados varios de a caballo y le piden ayuda urgente a Belalcázar, que en un principio lo considera cobardía, pero ve que el asunto era serio. Otro indio les avisa de que hay hoyos con estacas.

     (152) En relatos de otras conquistas, como la de México, tal comportamiento se interpretaba como una ‘terapia de valor’, presumiendo los indios de haberlos matado y haciéndoles sentir  el alivio de que los temidos caballos no eran invencibles. Quizá por temor reverencial, no fueron capaces de domar caballos y aprender a montarlos, como luego hicieron los del ‘Lejano Oeste’, aunque también se debió a  que los españoles tuvieron sumo cuidado durante mucho tiempo en evitar que lo consiguieran. Sin embargo, los temibles mapuches argentinos sí llegaron a cabalgar. El ‘culpable’ fue el gran cacique Lautaro. Fue apresado por Pedro de Valdivia, lo tuvo como fiel criado, asimiló la cultura española y fue buen jinete, pero ‘la sangre tira’: se fugó, enseñó a su pueblo a criar y montar caballos, y, con regusto o sin él, fue testigo de la muerte de Valdivia, una de las más crueles que registran las crónicas.
     “Belalcázar y los suyos  supieron, por algunos indios que se pasaban, que los que estaban en guerra eran muchos y se habían hecho fuertes por el camino que les había de llevar a Quito. Determinaron tomar otro que iba a salir a Chimo. Caminaron toda la noche, y un indio de aquella tierra, queriendo granjear su amistad, les avisó de que Rumiñahi y Zopezopagua (gobernador en Quito de Atahualpa) y otros capitanes estaban con gran golpe de gente aguardando para les dar guerra, mas que él, por amor de ellos, los guiaría por camino seguro”. Belalcázar se fio del indio y le agradeció encarecidamente su ayuda, que resultó vital porque pudieron dar un rodeo que dejó a los enemigos desconcertados y les obligó a abandonar su posición, pero emplearon otra estrategia: “Determinaron hacer junto a Riobamba una gran cantidad de hoyos muy hondos cubiertos sutilmente con hierba para dañar a los españoles  y a los caballos. Salieron luego a ellos haciendo alharacas,  y Belalcázar mandó quedar en la retaguardia treinta de a caballo para que hiciesen rostro a los indios hasta que los que iban en la vanguardia hubiesen ganado una loma que tenían por delante”.
    El siguiente párrafo de Cieza retrata a Belalcázar como líder poco amigo de los titubeos, y en este caso, excesivamente riguroso: “El griterío de los indios fue mayor cuando los vieron dividirse; tanto, que los treinta de a caballo mandaron aviso al capitán para que dejase socorro de más gente porque los indios venían a dar en ellos. Belalcázar respondió con una gran voz que si treinta de a caballo no eran suficientes para defenderse de los indios, que se enterrasen vivos. Y como Zopezopagua y Rumiñahui habían llamado a toda la comarca, habíase juntado tanta gente que Belalcázar dijo: ‘¡Válgame Dios!, ¿de dónde ha salido tanta?, pues mana la tierra indios’. Y daban los indios tantas voces y con tal tenor que era para haber espanto. Como eran muchos, determinaron dar en los cristianos por cuatro partes, de manera que cercaron a los cristianos. Como entre los españoles había algunos recién venidos de España –que acá llamamos chapetones (novatos)-, temían sus gritos porque para ellos era cosa nueva. Inspirando Dios su gracia en uno de los indios, les vino voluntariamente y contó lo de los hoyos”.


     (Imagen) El que Pizarro, Almagro y Belalcázar fueran analfabetos les da todavía más mérito a sus asombrosas biografías. Hoy le vemos a Belalcázar riñendo a sus hombres (en este caso injustamente) por pedir ayuda contra los indios. Tenía fama de duro, pero también pudo deberse a las acusaciones interesadas que utilizaron años después sus enemigos para procesarle. El texto de la imagen es una carta que envía Carlos V el día 9 de octubre de 1549 al juez Briceño para que investigue y haga justicia “sobre las cosas que Belalcázar, gobernador de Popayán, haya podido hacer  en deservicio de Dios nuestro señor y en el  nuestro, y en daño de los naturales de aquella tierra (prueba de que se les protegía)”. En nombre del rey, firma su secretario, Juan de Sámano (pariente de Sancho Ortiz de Matienzo). La acusación principal era haber ejecutado  a Jorge Robledo, un conquistador ejemplar, pero que se metió en su zona. El mismo Cieza le disculpa, ya que le había advertido a Robledo, su capitán, que no era legal penetrar en esa demarcación. No obstante, en el juicio lo condenaron a muerte. El rey admitió una apelación de Belalcázar, y en 1571 emprendió viaje hacia España para efectuar personalmente su defensa. Cuando llegó a Cartagena de Indias (Colombia), enfermó, y se le acabaron sus días a la edad de 71 años.


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