miércoles, 6 de diciembre de 2017

(Día 557) Cieza defiende a Caracuchima, a quien Pizarro ordena encadenar por instigador. Almagro va en vanguardia, ejerciendo, ya para siempre, como capitán. Ven por el camino más de 4.000 cadáveres de las guerras incas. Llegan al valle de Jauja.

     (147) Luego Cieza, en su frecuente actitud de ser comprensivo con los incas, hace un comentario favorable a Caracuchima que parece ingenuo, porque, en realidad, era un temible maniobrero, sanguinario y muy ambicioso: “Uno de los que fueron con el hijo de Huayna Cápac logró escapar y volver adonde Pizarro, a quien avisó de lo que había pasado, y como el valor y la autoridad que tenía en el reino el gran capitán Caracuchima eran muy grandes, bastaba saber que había junta de gente para creer que por él se ponían en armas, levantándole otro testimonio como se hizo  con Atahualpa, y de los mismos indios había algunos tan malos y mentirosos, que se lo certificaban a Pizarro, el cual lo mandó prender. Prosiguieron después el camino por aquella tierra, que parecía llegar a las nubes y bajar por los hondos valles otra infinidad; pero el camino real de los incas está tan bien hecho que casi no se siente la aspereza de las sierras. Pasáronse unos puertos nevados, que dieron alguna congoja a los españoles. Cerca de ellos había capitanes y orejones del linaje de Huayna Cápac determinados a dar guerra a los nuestros, pero se retiraron a Jauja pensando que sería más cordura pelear con los españoles en aquel valle. Pizarro con su gente caminaban muy en orden, llevando siempre la vanguardia Almagro con algunos caballos”.
     Se acabaron, pues, los tiempos en que Almagro estuvo de ‘chico para todo’ yendo y viniendo de Panamá con barcos y provisiones, superando obstáculos y zancadillas de los gobernadores, especialmente de Pedrarias, y viendo que los Pizarro le iban rebajando la categoría que le correspondía como socio igualitario en la campaña de Perú. Desde ahora, y hasta su triste final (cinco años más tarde), va a ejercer su título de capitán de tropas en situaciones extremas y aventuras heroicas, pero con poca fortuna.
     En Tarma, los indios, deseando que los españoles salieran de su pueblo, les hicieron creer que venían grandes escuadrones para atacarlos: “Creyendo que era verdad, se pusieron todos en un páramo frío. No tenían refugios, si no fue uno en el que cupieron Pizarro y fray Vicente. La noche fue temible de agua y gran frío, tanto que pensaron perecer porque no tuvieron otra guarida que las barrigas de los caballos y los hierros de las lanzas. Cuando fue de día, se reformaron de la  noche tan trabajosa y prosiguieron el camino hacia el hermoso valle de Jauja. En Tarma habían hallado algo de oro puro, pero no procuraban por entonces plata ni oro, sino solo poder ser señores de la tierra, señorear la ciudad del Cuzco y poblarla de cristianos. Almagro, como tengo dicho, llevaba siempre la delantera; vieron en Yanamarca más de cuatro mil hombres muertos del tiempo en que tuvieron la guerra Huáscar y Atahualpa.
     “Determinó Pizarro que Almagro, Juan Pizarro y Hernando de Soto se adelantasen hasta llegar a Jauja y mirasen lo que hubiese, porque parecía que allí la gente estaba juntada contra los cristianos. Vieron tan hermoso el valle y tan bien poblado que se admiraron. Llegaron los primeros Diego de Almagro, Pedro de Candía y Quincoces (quien, probablemente, sería del burgalés valle de Losa)”.


     (Imagen) Cuando llegaron los españoles a Jauja hubo, como siempre, batallas con los indios, pero los ahuyentaron,  y pudieron disfrutar del valle más amplio de los Andes, rico en provisiones y de clima delicioso. Establecieron una población (la segunda en Perú, tras la de San Miguel) y la llamaron Jauja (Xauxa), quizá porque, después de continuas fatigas y calamidades, tanto bienestar repentino les trajera a la mente los idealizados piropos que en la literatura española se dedicaron a la cordobesa Jauja de España, fundada en el siglo XII por los musulmanes. La una o la otra han dado origen a la expresión “¡esto es Jauja!”. Sin embargo, pese a los encantos de la Jauja peruana, los nativos seguirían recordando el horror que vivieron sus abuelos cuando el Inca Pachacútec, el que inició la enorme expansión del imperio, hizo una masacre con ellos por rebelarse: cortó las dos manos de todos los hombres y la mano derecha de las mujeres. En Indias se suele dar el nombre de ‘plaza de armas’ a la plaza mayor de sus viejas ciudades, y se puso de moda en Perú, a principios del siglo XVII, colocar en ese lugar un tipo de fuente o pileta como la que vemos en la imagen de la peruana Jauja, que a veces se remataba con una figura a la que llamaban el Ángel de la Fama.


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