martes, 10 de agosto de 2021

(1490) Los guaraníes ya eran indios amigos de los españoles, pero Cabeza de Vaca, con suerte y habilidad, logró que también lo fueran los feroces guaicurúes, e, incluso, que hicieran la paz entre ambas tribus.

 

     (1080) El principal afán del gobernador Cabeza de Vaca era pacificar tribus de indios, para lo que, sin duda, le valdría su tremenda y positiva experiencia con las del territorio del sur de Estados Unidos. Y tuvo confianza en conseguirlo de los guaicurúes, aunque los acababa de derrotar en alianza con sus enemigos, los guaraníes, siempre leales a los españoles:  "Después de haber castigado a los agaces, el gobernador mandó que los indios principales guaraníes entregasen todos los guaicurúes que habían apresado cuando fueron derrotados. Cuando los españoles encargados de hacerlo volvieron con los  cautivos,  el gobernador les recordó a sus hombres que Su Majestad  tenía mandado que ninguno de aquellos guaicurúes  fuese esclavo, porque no se habían hecho con ellos las diligencias que se habían de hacer, por lo que procedía darles libertad. Entre los tales indios prisioneros estaba un muy gentil hombre y de muy buena presencia, al que el gobernador lo mandó poner en libertad. Luego le mandó que fuese a llamar a los de su tribu, porque él quería hablarles en nombre de Su Majestad, para recibirlos como vasallos suyos, y que, en cuanto lo fueran, él los defendería, y les daría siempre regalos. Tras entregarle algunos, partió muy contento adonde los suyos, y volvió a los cuatro días trayendo numerosos guaicurúes, muchos de los cuales estaban malheridos".

     Contando la historia Cabeza de Vaca por medio de figura interpuesta, su secretario Pedro Hernández, se está, sin duda, haciendo una apología de sus actuaciones como gobernador, pero, mientras no se demuestre lo contrario, habrá que dar por válida la mayor parte del relato. Ahora le va a salir redonda su estrategia diplomática con los temibles guaicurúes: "Cuando llegaron los indios a la orilla del río Paraguay, se colocaron debajo de una arboleda, y, sabido por el gobernador, mandó pasar muchas canoas con cristianos e intérpretes, para que los trajesen a la ciudad. Atravesado el río, se presentaron veinte guaicurúes ante el gobernador, y, en su presencia, se sentaron sobre un pie, como es su costumbre. Entonces le dijeron que ellos eran indios principales de la tribu de los guaicurúes, y que ellos y sus antepasados habían tenido guerras con todas las demás tribus, así de los guaraníes como de los imperúes, agaces, guatataes, naperúes, mayaes y de otros muchos pueblos, y que siempre los habían vencido y castigado, pues ellos no habían sido vencidos por ningún pueblo. Pero que, como habían hallado otros más valientes que ellos (los españoles), ellos venían a ponerse bajo su poder y a servirlos. Y añadieron que, por ser  el gobernador, con quien hablaban, el principal de los españoles, le pedían que les mandase lo que habían de hacer. También hicieron referencia a que bien sabían los indios guaraníes que ellos no podían vencerlos solos en la guerra, y que ellos (los guaicurúes) no los temían ni tenían en nada, pues no se habrían atrevido a enfrentarse a ellos, si no fuera por la ayuda los españoles; y que sus mujeres e hijos quedaban de la otra parte del río, y venían a dar la obediencia y hacer lo mismo que ellos. Terminaron asegurando que, en nombre de todo su pueblo, habían venido a ofrecerse al servicio de Su Majestad".

 

     (Imagen) Al parecer, el  gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca tenía especial interés en pacificar el mayor número posible de pueblos indios, y, con los temibles guaicurúes, logró un éxito redondo: "Oyendo el gobernador lo que los indios guaicurúes le dijeron, y sabiendo que una gente tan temida en aquellas tierras venía con tanta humildad a ponerse bajo su poder (lo cual causó gran admiración y temor en todo el territorio), les dijo que él había llegado allí por mandato de Su Majestad, y para que todos los naturales conociesen a Dios nuestro Señor, y fuesen cristianos y vasallos de Su Majestad, y a ponerlos en paz con todos, así como para hacerles el bien y darles buenos tratamientos. De manera que, si ellos dejaban de hacer la guerra a los indios guaraníes, los ampararía y tendría por amigos, y siempre serían mejor tratados que los otros pueblos nativos. Luego les prometió entregarles los prisioneros que en la guerra les habían tomado, tanto los que tenían los cristianos en su poder, como  los que habían quedado en manos de los guaraníes, que eran muchos. Y, poniéndolo en efecto, se trajeron todos ante el gobernador, y se los entregó. Tras recibir libres a los indios de su tribu, los guaicurúes afirmaron otra vez que ellos querían ser vasallos de Su Majestad, dándole ya desde entonces obediencia y vasallaje, y que se apartaban de la guerra contra los guaraníes. El gobernador se lo agradeció, y les repartió a los principales muchas joyas y regalos. Quedaron entonces concertadas las paces, y, desde ese día, siempre las guardaron". Fue, sin duda  lo más importante del logro de Cabeza de Vaca, porque fue un prodigio de pacificación. Así se cuenta, al menos, en la  crónica: "Los guaicurúes fueron muy obedientes a las normas, y traían muchas cosas para mercadear con los guaraníes, siendo muy apacibles con ellos. Para este mercadeo, pasaban el río hasta doscientas canoas juntas, y verlas era la más hermosa cosa del mundo. Como remaban con tanta prisa, algunas veces chocaban, y toda la mercancía iba al agua, lo cual hacía reír tanto a los indios, que les duraba el regocijo mucho tiempo. Muy pintados y empenachados por el río abajo, se afanaban en llegar con sus canoas los primeros, que era la causa de que chocaran. En los tratos gritaban tanto, que apenas se oían los unos a los otros, y todos estaban muy alegres y regocijados". Pasaron, de ser brutales enemigos, a disfrutar los guaicurúes y los guaraníes de una vida tranquila bajo la autoridad de los españoles, que ya habían aceptado estos últimos anteriormente.




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