lunes, 9 de agosto de 2021

(1489) Costumbres de los temibles guaicurúes. Mientras los guaraníes se mantuvieron fieles a los españoles, los agaces se rebelaron. El cronista se esfuerza en dejar claro que Cabeza de Vaca los castigó con absoluta legalidad.

 

     (1079) Después de señalar la derrota que sufrieron frente a los españoles y los guaraníes los guaicurúes, sus enemigos, el cronista incide en la singularidad de estos indios: "Tras haber sido desbaratados, y yendo en su seguimiento el gobernador y su gente, uno de a caballo que iba con el gobernador fue atacado por un indio enemigo, el cual se abrazó al pescuezo de la yegua del español, y, con tres flechas que llevaba en la mano dio por el pescuezo al animal, pasándolo por tres partes, sin que dejara de pelear hasta que allí lo mataron, y, con tal coraje, que, si no se hallara presente el gobernador, la victoria por nuestra parte habría estado dudosa. Estos indios son muy grandes y ligeros, muy valientes y fuertes, viven como nómadas, y nadie les había vencido hasta que lo hicieron los españoles. Tienen por costumbre entregarse como esclavos cuando son vencidos. Cualquier hombre que los suyos hubiesen cautivado, queriéndolo matar, si la primera mujer que lo viera quiere liberarlo, deja de ser preso, y, si quiere vivir entre ellos, lo tratan como si fuese uno de ellos mismos. Y es así porque estas indias tienen más libertad que la que dio la reina doña Isabel, nuestra señora, a las mujeres de España".

     Ir tras los  los guaicurúes para darles un mayor castigo suponía ya demasiado esfuerzo, aunque no van a dejar de molestar: "Cansado el gobernador y su gente de seguir al enemigo, se volvió hacia el campamento, donde recogió a la gente con buen orden y comenzó a caminar, para llegar la ciudad de Asunción  (imparable errata que repite el cronista, o algún copista, diciendo siempre 'Ascensión'). Yendo por el camino, los indios guaicurúes los atacaron muchas veces, lo cual dio causa a que el gobernador tuviese mucho trabajo en tener recogidos a los indios guarsaníes, porque tienen la costumbre de que , en cuanto cogen cualquier cosa de sus enemigos, se vuelven para su tierra solos. Y ya había ocurrido que veinte guaicurúes habían matado a unos mil guaraníes, tomándolos solos y divididos. El gobernador y su gente habían apresado en aquel enfrentamiento a unos cuatrocientos guaicurúes, entre hombres, mujeres y muchachos. Por el camino, los de a caballo alancearon y mataron muchos venados, de lo que los indios se maravillaban viendo que los caballos eran tan ligeros que los podían alcanzar.

     La tropa española y los guaraníes continuaron avanzando: "Otro día siguiente, siendo de día claro, partieron en buen orden, y hora y media antes de que anocheciese llegaron a la ribera del río Paraguay, donde había dejado el gobernador los dos bergantines y las canoas, comenzaron a pasar a la otra orilla,  y, tras terminar de hacerlo, continuaron su camino hasta que llegó el gobernador con su gente a la ciudad de  Asunción, donde había dejado para su defensa doscientos cincuenta hombres. Allí estaba como capitán al mando Gonzalo de Mendoza, el cual tenía presos seis indios de los que tienen por nombre yapirúes, los cuales son una gente crecida, de gran estatura, valientes hombres, guerreros y grandes corredores, que no labran ni crían ganado, sino que se mantienen de la caza y pesquería. Estos son enemigos, tanto de los indios guaraníes,  como de los guaicurúes".

 

     (Imagen) Habrá cambios, para bien y para mal, en la relación de los españoles con los indios (salvo con los fieles guaraníes). Lo peor fue que los agaces, que eran amigos, rompieron su compromiso de paz, y se lo contó Gonzalo de Mendoza al gobernador: "Le dijo que el día que partió de la de Asunción para hacer la guerra a los guaicurúes, habían venido los agaces a hacerles la guerra a ellos, y que, al ser descubiertos, huyeron y atacaron las haciendas de los españoles, tomándoles muchas mujeres guaraníes que les servían y eran cristianas nuevamente convertidas. También contó que hicieron el ataque porque las indias agaces, que ellos había dejado como rehenes cuando prometieron estar en paz, habían huido, y les habían dado aviso de que en la ciudad quedaba poca gente, y que era buen tiempo para matar a los cristianos. Y, oído esto por el gobernador, llamó a los religiosos, a los oficiales de Su Majestad y a los capitanes, y les pidió que diesen su parecer sobre lo que había ocurrido. Platicado el negocio entre todos ellos, le aconsejaron que les hiciese la guerra a fuego y a sangre, y, siendo este su parecer, lo firmaron con sus nombres. Y, para probar más sus delitos, el gobernador mandó hacer un proceso contra ellos, y, hecho, lo juntó con otros cuatro que se habían llevado a cabo contra ellos por los males que en la tierra continuamente hacían. Tras ver el gobernador que eran culpables de muchas acusaciones, mostró a sus consejeros todos los documentos que daban fe de los robos y muertes que habían hecho, y, nuevamente con su conformidad, el gobernador condenó a muerte a unos catorce indios agaces que tenía presos. Cuando entró en la cárcel su alcalde para sacarlos, los indios dieron ciertas puñaladas a personas que entraron con el alcalde, y los habrían matado si no fuera por otros españoles que con ellos iban y los socorrieron. Para poder defenderse de los agaces, les fue forzado echar mano a las espadas que llevaban, y los acorralaron de tal manera, que mataron a dos de ellos y sacaron a los otros para ahorcarlos en ejecución de la sentencia". Nos ha mostrado el cronista a un Álvar Núñez Cabeza de Vaca muy meticuloso en el cumplimiento de la legalidad. Sin embargo lloverían después sobre él muchas denuncias, al parecer, con poca base. Entre otras cosas, se le reprochó que, en su escudo de armas familiar (el de la imagen), hubiese puesto el  águila bicéfala imperial.




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