lunes, 29 de abril de 2019

(Día 817) Iban despacio para que los más deteriorados pudieran seguirles. Murieron 143 españoles y muchísimos indios, la mayoría de hambre. Se comieron 220 caballos. Fue en su ayuda Gaspar Rodríguez de Camporredondo, hermano de Peransúrez.


     (407) Todos sufrían, pero algunos estaban en las últimas: “Había más de cincuenta españoles enfermos que no podían andar. Mirando Peransúrez que, si los llevaban en los caballos, morirían todos porque los necesitaban para llevar las provisiones, los juntó y les dijo que tenía gran compasión de verlos enfermos y tan afligidos, y que, estando ya cerca la tierra de Perú, donde serían remediados, que se esforzasen hasta salir de los montes. Los enfermos respondieron que veían bien lo que les decía, y que diesen jornadas cortas para que pudiesen andar con ellos. De allí partieron sin caminar mucho cada día, por amor de aquellos españoles que venían enfermos; por el camino, algunos de ellos se quedaban muertos, y al cabo de algunos días llegaron al río Tacana”. Nueva dificultad: la corriente bajaba muy crecida y tuvieron que pagar un alto precio: “No se atrevieron a pasar a la otra orilla porque hacía más de seis meses que los caballos no comían maíz. Tras esperar  ocho días para ver si menguaba, procuraron pasar a la otra parte, y se hizo con grandísimo trabajo, ahogándose en el río siete españoles, a los que no pudieron salvar. Ya no tenían ninguna comida”. El desánimo era total y el hambre hacía estragos: “Algunos cristianos, suplicando comida, se quedaban muertos arrimados a los árboles. Otros lamentaban que no fueran dignos, antes de morir, de verse hartos del pan que en España se solía dar a los perros, y diciéndolo, se morían también. Era gran lástima también oír los clamores que hacían indios e indias; el camino quedaba cubierto de muertos, y los vivos comían a los muertos, como hemos dicho. Algunos españoles sangraban a los caballos e bebíanse su sangre. Llegaron a un pueblo que se llamaba Quiquijana. Fueron catorce españoles a ver si podían hallar algún bastimento, mas no hallaron ninguno. Entonces ya faltaban sesenta españoles que se habían muerto”. Patética tropa de soldados desarrapados, torturados por un largo ayuno forzoso, y hasta escasos de armas.
     Fue una campaña totalmente fracasada, tras seis meses de andadura. Curiosamente, también había mercadeo de alimentos bajo promesa de pago: “Cuando se mataba algún caballo, se vendía cada cuarto a trescientos pesos, y las tripas e inmundicias del vientre valían doscientos, y quien lo compraba hacía escrituras públicas tan firmes, que después bien por entero se cobraba. Muy grande fue la propiedad que se quedó en esta campaña, y muchas vajillas de plata y ricas piezas de oro. No se halló ningún género de comida en este pueblo. Viendo los cristianos que no había ningún remedio para seguir adelante, mataron catorce caballos, comiéndolos sin quedar ninguna cosa, hasta los miembros de ellos, que hartas ollas eran menester para cocerlos, según son de duros. Así pudieron pasar adelante. Habían muerto hasta aquel día ciento cuarenta y tres españoles, y más de cuatro mi indios e indias, y se habían comido doscientos veinte caballos,  que habían costado la mayoría seiscientos pesos (más de dos kilos de oro). En tres jornadas llegaron al primer pueblo por el que habían entrado, llamado Ayavire, donde hallaron a Gaspar Rodríguez de Camporredondo, hermano de Peransúrez, que venía en su socorro con setenta españoles y mucha comida, con la cual se restauraron, pues estaban tan fatigados, desfigurados y descoloridos que casi no se les podía conocer. Y dejaremos de hablar de ellos por ahora”.

     (Imagen) Tras salir de su encerrona andina los hombres de Peransúrez, llegó hasta ellos con abundantes provisiones su hermano, GASPAR RODRÍGUEZ DE CAMPORREDONDO. Como sabemos, a Peránsurez lo mataron los piratas 4 años después. Tras otros dos años, le llegó también su hora de forma trágica a  Gaspar. En cuanto se estableció en Lima el Virrey Blasco Ñúñez Vela, empezó la rebelión de Gonzalo Pizarro, y le nombró a Gaspar como uno de sus principales capitanes, quien no tardó en ver que era una insensatez, y le mando recado al virrey pidiendo para él y otros muchos implicados el perdón. Les fue concedido, pero, en el camino, interceptó Gonzalo los documentos oficiales y ejecutó a todos los indultados, menos, de momento, a Gaspar. El cronista Inca Garcilaso de la Vega, que conoció a algunos de ellos, explica lo que ocurrió: “Gaspar Rodríguez estaba en el mismo campo por capitán de casi 200 piqueros, y, por ser persona tan principal y rico y bien quisto (querido), no osaron ejecutarlo públicamente. Entonces Gonzalo Pizarro llamó a sus capitanes diciendo que les quería comunicar ciertos despachos que había recibido de Lima. Cuando vinieron todos, y entre ellos Gaspar Rodríguez, Gonzalo Pizarro se salió de la tienda, que estaba cercada, fingiendo que iba a otro negocio. Quedando todos los capitanes juntos, llegó (el terrible) Francisco de Carvajal, y, con disimulación, le puso la mano en la guarnición de la espada a Gaspar Rodríguez, se la sacó de la vaina, y le dijo que se confesase con un clérigo que allí estaba porque había de morir. Y, aunque Gaspar Rodríguez se ofreció a dar grandes disculpas, ninguna cosa aprovechó, y así le cortaron la cabeza”. Ocurrió a finales de 1544.



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