sábado, 6 de abril de 2019

(Día 798) Alonso de Mesa prepara un motín. Pizarro se entera con alegría de la derrota de Almagro, y, simulando que tiene mucho interés en que no le pase nada, decide ir al Cuzco. Los capitanes que salieron del Cuzco en campaña, se encuentran con Pizarro en Jauja.


     (388) El doloroso fracaso iba a tener consecuencias posteriores: “Los españoles de Pedro de Candía venían muy resentidos de que Hernando Pizarro les hubiese mandado por aquellas tierras, y el capitán Alonso de Mesa tenía la intención de buscarle la muerte y soltar a D. Diego de Almagro de la prisión en que estaba”. Sobre la biografía de Alonso de Mesa, hace un comentario curioso el cronista Pedro Pizarro: “Como los hombres de Candía no lograban hallar otro Perú, un tal Mesa, mulato y hombre valiente, que iba como maestre de campo y había estado luchando en Italia, y al que Hernando Pizarro había traído como capitán de artillería (se supone que de España), preparó un motín”. Se estaba, pues, fraguando una rebelión de las muchas que veremos en las guerras civiles.
      Nos lo contará Cieza enseguida, pero ahora va a dar  un salto hasta Lima para que sepamos lo que allí pasaba en ese mismo tiempo. Como vimos, Pizarro recibió un ‘alegrón’ al enterarse de la derrota y apresamiento de Almagro, y se dispuso a ir al Cuzco. Nuevamente le acusa Cieza de fingimiento (parece absurdo que algún historiador le achaque falta de objetividad por un deseo de adornar la imagen de Pizarro): “A los pocos días de recibir la noticia, determinó salir de la ciudad de los Reyes para ir a Jauja, y de allí al Cuzco, haciendo público que lo hacía para salvar la vida del Adelantado Almagro, mas no lo tenía él en el pensamiento, porque se acercaba ya el tiempo en que había de morir con muerte tan repentina y cruel, que lo podría evitar si mandara que a Almagro no lo mataran entonces. Y partió de la Ciudad de los Reyes habiéndole dicho antes el obispo fray Vicente de Valverde que no permitiese que se matara a más gente de la que ya había muerto. Y, asimismo, que se acordase de la amistad que hubo siempre entre el Adelantado Almagro y él, y, puesto que lo tenía preso y él había recuperado la ciudad del Cuzco, tuviere piedad de él, y así sería tenido por clemente, y no por riguroso y vengativo”. Pizarro le contestó a todo, con efusivas pero retóricas palabras, que así lo haría, y que ese era su mayor deseo. Luego partió hacia Jauja, dejando en Lima como su Teniente de Gobernador al licenciado Benito Suárez de Carvajal.
   Por entonces salieron del Cuzco para iniciar sus respectivas expediciones los capitanes Alonso de Alvarado, Alonso de Mercadillo y Pedro de Vergara. También a estos les dijo Hernando Pizarro que “tuviesen especial cuidado de que los españoles que iban con ellos no hiciesen ningún daño a los nativos, ni les llevasen presas a sus mujeres”. Entre sus acompañantes estaba Diego de Almagro el Mozo, y se encontraron con Francisco Pizarro en Jauja: “Recibió muy bien a los capitanes, e lo mismo hizo con D. Diego, el hijo del Adelantado Almagro, y fue informado de la manera en que se dio la batalla de las Salinas, y de las otras cosas que habían pasado en el Cuzco. Así supo también que Hernando Pizarro estaba haciendo un proceso contra el Adelantado D. Diego de Almagro, y que, una ver terminado, le sentenciaría conforme a justicia”. Pizarro no va a mover ni un dedo para  evitar aquella maniobra ‘de una muerte anunciada’, aunque tuvo tiempo de sobra. O fue suya la orden de acabar con Almagro, o se plegó a la voluntad de su autoritario y vengativo hermano.

     (Imagen) Eran tiempos tormentosos, de un ‘sálvese quien pueda’. Tomemos de ejemplo la deriva de BENITO SUÁREZ DE CARVAJAL. Pizarro lo favoreció mucho, hasta el punto de haberlo dejado como su teniente de gobernador en Lima. Aunque Benito, siempre nadando entre dos aguas, estaba enterado del plan que tenían los almagristas de asesinar a Pizarro y se lo advirtió, no le hizo caso. Sin duda, Benito olfateaba los peligros, era muy vengativo y sabía lavarse las manos como nadie. Veamos cómo amarraba las cosas. El documento de la imagen (fácil de leer) es de junio de 1538, cuando un nuevo conflicto iba a estallar, y nos muestra que el Rey ordena, a petición suya, que, “el que es o fuere Gobernador de Perú (Pizarro o Almagro)”, no le quite, sin razones suficientes, su encomienda de indios. Ese jugar a dos bazas, sería un privilegio imposible si no contara con la influencia de su poderoso hermano, el obispo Juan Suárez de Carvajal. Benito, siendo todavía almagrista, se hizo pizarrista, uniéndose a Vaca de Castro en la batalla que supuso la derrota y muerte de Almagro el Mozo. Recordemos también que, cuando llegó el virrey Núñez Vela, sospechó de la lealtad de Illán Suarez de Carvajal (hermano de Benito) y lo mató.  Entonces Benito estaba incorporado al ejército del rebelde Gonzalo Pizarro, quien derrotó al virrey, ocasión que aprovechó nuestro ‘héroe’ para vengar la muerte de su hermano ordenando a un criado suyo que lo liquidara. Nadie le castigó. Pero el saltimbanqui, según cuenta Inca Garcilaso de la Vega, tuvo un tropiezo fatal el año 1549, tras haber participado junto a Pedro de la Gasca (otro cambio de chaqueta) en la batalla que le costó la vida a Gonzalo Pizarro. Lo cuenta así Inca Garcilaso de la Vega: “Murió de una caída que tuvo desde una ventana, por el servicio e amores de una dama, y yo le vi enterrar”.



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