miércoles, 17 de abril de 2019

(Día 807) Don Alonso Enríquez de Guzmán parte para España. Hernando Pizarro, tras comunicar a Pizarro la ejecución de Almagro, va al encuentro de Candía para neutralizar el motín que allí se preparaba (gran preocupación de los cabecillas al saberlo).


     (397) Veamos un párrafo de la carta que le había enviado el Rey a Enríquez: “Don Alonso Enríquez de Guzmán: por cuanto conviene que salgáis de esa tierra en el primer navío que viniere a estos reinos de España, ponedlo pronto por obra, quedando advertido de que, si así no lo hicierais, mandaré traeros preso”. Cumplió la orden, y, en cuanto llegó a España, lo apresaron por viejas denuncias. Gracias a sus habilidades e influencias del más alto nivel, superó este episodio. Como no podía ser de otra manera, su vida siguió siendo aventurera, y contada con el mismo peculiar estilo. Nadie sabe cómo murió, pero lo más probable es que terminara luchando con alta graduación militar en las guerras de Flandes. Abandonamos en este punto su sabrosa autobiografía, pero, puesto que más adelante menciona sus diferencias con Hernando Pizarro en España, y aporta también algunos datos de las guerras civiles de Perú, volveremos a escuchar sus palabras.     
     Dejando ya atrás el trágico episodio de la ejecución del ‘sin ventura’ Diego de Almagro, lo que toca ahora es continuar por la horrible senda de las guerras civiles de Perú. Conocida la de las Salinas, entraremos enseguida en la de Chupas. Pero Cieza aplaza un poco el tema, según su costumbre de narrar acontecimientos simultáneos para que tengamos una visión global de aquel puzle. La situación no podía ser más inquietante para todos los protagonistas, y quien, sin duda, estaba soportando mayor tensión era Hernando Pizarro, como metido en un polvorín que podía volar de un momento a otro. Al ejecutar a Almagro, no solo había mostrado la fuerza que le daba la rabia, sino también la osadía propia de un gran capitán, puesto que ya contaba con las graves consecuencias. Y sabía qué era lo más apremiante. No se lo pensó dos veces: “Escribió cartas al Gobernador, su hermano, dándole cuenta de lo ocurrido, y procuró hacer amigos suyos a los capitanes Juan de Saavedra y Vasco de Guevara, así como a otros principales de los que habían estado con Almagro en Chile. Sabiendo que Pedro de Candía estaría ya cerca, salió del Cuzco  a su encuentro con más de cuatrocientos españoles de a pie y de a caballo, diciendo que llevaba tanta gente para que no se pusiesen en armas en el Cuzco los de Almagro por haber sido ejecutado. Todos creyeron que esa era la causa”. Pero, en realidad, lo hacía porque necesitaba tener fuerza suficiente para sofocar el motín que, como ya sabemos, se estaba fraguando entre los hombres de Candía. “Llegaron a un pueblo que en aquel tiempo lo tenía como encomienda de indios Gómez de León, y que estaba solamente a media legua del campamento de Pedro de Candía, el cual y todos los que estaban con él sabían ya la venida de Hernando Pizarro, porque los indios lo contaban, diciendo también que había ejecutado al Adelantado Almagro. Villagrán y Mesa se turbaron mucho al saber que Hernando Pizarro venía, y más al saber la muerte de Almagro. Y aunque tenían este temor, no osaron ausentarse, para no descubrir lo que pensaban hacer, que ellos creían muy secreto, y acordaron los dos llevarlo adelante, y, cuando viesen la oportunidad, matarlo”.

     (Imagen) ALONSO DE TORO (del que ya hablé) estaba, al parecer, marcado por un mal carácter. Le acabamos de ver, como Alguacil Mayor del Cuzco,  encargado de dirigir la ejecución de Almagro. Cuando ya iba a proceder el verdugo, mostró Almagro un siniestro sentido del humor dirigiéndose a Toro y diciéndole que poca carne tendría en él que comer porque era todo huesos, y Alonso le contestó con desprecio. Era de Llerena, como Cieza, dato que el cronista no menciona, quizá por los puntos negros de su biografía. Tampoco en Llerena quieren recordarlo. Vimos que su suegro mató a Alonso de Toro por haber maltratado a su mujer, Paula de Silva. Ella se casó después, no queriendo tropezar en la misma piedra, con un personaje de gran valía, el licenciado Pedro López de Cazalla, completamente diferente al difunto, ya que siempre estuvo al servicio de la Corona y fue el hombre de confianza de muchos ilustres de las Indias, como Pizarro, Vaca de Castro, Lorenzo de Aldana y Pedro de la Gasca (ya casi nos parecen de la familia); y, además, por si fuera poco, primo de Cieza. Alonso de Toro hizo un viaje rápido a España. En el texto de la imagen se ve que volvió a Perú en 1534 con un hermano llamado Fernando (a quien luego mataron los indios). Ahí es donde consta que eran naturales de Llerena, y que, cosa sorprendente, iban hacia Perú con cincuenta mil maravedís cada uno teniendo la autorización del Rey para ello, quien, además, le dio a Alonso, en otro escrito, una recomendación para presentársela a Pizarro, con quien ya había estado cuando apresaron a Atahualpa. Tras la muerte de Alonso de Toro, y dado que alternó sus lealtades en las guerras civiles, el Rey dio orden a Pedro de la Gasca de que “se informe si el difunto Alonso de Toro, que estaba al mando en el Cuzco, fue seguidor de Gonzalo Pizarro, motivo por el que habría que confiscarle sus bienes”.



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