jueves, 4 de abril de 2019

(Día 796) Candía va a fracasar, y Cieza considera que le faltaba capacidad de mando. Se vieron atrapados en zonas tan difíciles que tenían que subir los caballos alzándolos con sogas.



     (386) Dejando a Villahoma dispuesto a seguir batallando, la mayoría de los indios acompañaron a Manco Inca, “para ir en voluntario destierro, pero con gran aflicción, acordándose de los placeres que habían tenido en el Cuzco y en otras partes del reino”. Cieza da otro detalle complementario: “En aquella zona de los Andes hay grandes provincias, con muchos indios, y estaba por allí hecho un tirano un tal Villatopa, del linaje de los Incas, al que le obedecían muchos orejones, y andaban maltratando a los nativos y arruinándoles los pueblos”.
     Luego se centra en la triste aventura de Pedro de Candía y su tropa. Obedeciendo el mensaje de Hernando Pizarro, se pusieron en marcha tras la prolongada estancia en el valle de Pacual: “Anduvieron hasta llegar a la espesa y grandísima cordillera de los Andes, e halló que el camino que seguían era tan malo que parecía cosa infernal y por donde solo los de la nación española podrían andar (Cieza exagera, pero admiraba sin medida las proezas que había oído y visto hacer).  Muchos caballos se despeñaban, y a veces los más torpes pasaban adelante, mientras que algunos muy ligeros que querían seguir con rapidez, se hacían pedazos. También hubo españoles que se lastimaron cayendo” Define a Pedro de Candía en su faceta negativa: “Era extranjero (hay dudas de que fuera griego o español de padre griego). No tenía su persona reputación suficiente para que los soldados le temiesen. Era de poco entendimiento, y tomaba las cosas con tan poca decisión, que yo creo que, aunque diera en buena tierra, no serviría para lograr que la gente alcanzara buenos resultados. Y, si hubiese buscado otro camino mejor, habría encontrado más allá de los Andes grandes poblados proveídos de ganados, según me informé más tarde de los que vinieron del río de la Plata pasando por las Charcas el año mil quinientos cuarenta y ocho (diez años después)”.
     Igual que le pasó a Almagro en su terrible y fracasada expedición a Chile, también ahora los Andes van a resultar mortíferos para los españoles (y más todavía para los porteadores indios). “El capitán Pedro de Candía se vio atrapado al meterse con sus hombres en montañas tan temibles, en las que el sol jamás es visto, ni las nubes dejan de estar negras, ni deja de llover. Habló con sus capitanes si pasarían adelante o se volverían atrás. Se encontraban en gran confusión, pues les parecía que tampoco podrían dar la vuelta por donde habían entrado, y estaban muy arrepentidos de haberlo hecho por tan mal camino. Determinaron seguir adelante como pudiesen. Llegaron al paso más áspero e trabajoso que habían visto, estando en peligro de perder los caballos, porque era peña viva, por lo que recurrieron a una gentil invención. Hicieron unas grandes sogas con bejucos muy largos, luego fueron unos mancebos ligeros por la peña arriba, y ataron las sogas a los árboles. Las ataron después a los cuerpos de los caballos, y los subían de esta manera, lo que no era pequeño trabajo para los españoles. Pasadas las malas peñas, llegaron a unos valles calientes que se llaman Abisca”.

     (Imagen) No solo le faltaban a PEDRO DE CANDÍA cualidades de líder, sino que, además, la campaña que va a dirigir será una repetición de las tragedias que vivieron antes en los terribles Andes Pedro de Alvarado y Diego de Almagro. Uno de sus acompañantes, Pedro de León, da un detalle escalofriante en su memoria de servicios. En el documento de la imagen, dice que “fue con el capitán Pedro de Candía a las provincias de los chiriguanos, en la cual jornada padecieron grandes y excesivos trabajos, porque, de 300 hombres que allá fueron, murieron 220”. Sin embargo, Pedro de Candía, además de tener un valor excepcional, resultaba imprescindible por su famosa pericia como artillero y fabricante de armas. Ya en 1529 el Rey le había nombrado Capitán de Artillería de la provincia de Túmbez y regidor del cabildo, “facultándole, además, para renovar los tiros que se quebraren y disponer todo lo necesario para el servicio de fuego y pólvora”. Ese mismo año, el Rey lo premió por ser uno de los Trece de la Fama, como dice el encabezamiento de la cédula real: “Se les concede a los compañeros de Francisco Pizarro, Bartolomé Ruiz, piloto, Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Domingo de Bralugo, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Halcón, García de Jaén, Antonio de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre, que el que sea ya hidalgo pase a ser caballero armado, y el que sea ciudadano pechero pase a hidalgo de solar”. Pedro de Candía tuvo la fatalidad de que, en 1542, el trágico y vengativo Diego de Almagro el Mozo, a punto de ser derrotado y pensando que le traicionaba, lo mató.


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