jueves, 25 de abril de 2019

(Día 814) Aldana va a Cali. En otra zona, Peransúrez encuentra tantas dificultades en su expedición que, por no perecer, ordena dar la vuelta.


     (404) Está claro que Aldana sabía jugar los tiempos, guardando pacientemente silencio por mucho que dejara intrigados a los españoles que iba encontrando a su paso: “Los vecinos de Popayán, viendo que solo mostraba poder de juez de comisión, se asombraban de que un hombre de tanta valía e tan serio, viniese con poderes tan cortos desde tan lejos. Y lo que les hacía creer que traía más poderes era ver que en todo  mostraba querer intervenir y hablar a los indios, pues esto nunca lo quiso disimular. Después de pasar en Popayán unos catorce días, se partió para la ciudad de Cali”. Todas eran ciudades minúsculas y recién fundadas, pero firmemente asentadas, con todos los servicios esenciales y las autoridades correspondientes, de manera que los soldados salían a sus conquistas, pero siempre quedaba una población estable y bien defendida.
     Como tiene por costumbre, Cieza, obsesionado con la sincronía para una mayor claridad, interrumpe ahora su relato para enlazar con lo que iba contando anteriormente sobre la expedición de Peransúrez. Ya vimos que el valiente capitán se había adelantado para ver si más allá de las terribles montañas había alguna tierra acogedora que les compensara de tantas calamidades. Llegaron a una zona llana y agradable donde esperaban encontrar algún poblado acogedor y avisar a los españoles que habían quedado atrás. Pero estaban gafados: “Mas no hallaron lo que pensaban, encontrando solamente algunos yucales cortados, porque los indios, como tenían noticia de la venida de los españoles, escondieron la yuca y se ausentaron. Mas, como el hambre sea cosa tan fuerte de sufrir, se confortaron con las raíces de la yuca como si su fueran manjares muy preciosos”. Peransúrez y su destacamento de treinta hombres iban de decepción en decepción. Mandó al capitán Juan Alonso Palomino que se adelantara con doce de a caballo para ver si tenía más suerte su búsqueda. Volvieron al cabo de un tiempo sin haber encontrado la salvación, pero con informes esperanzadores de algunos indios que les aseguraron que, siguiendo adelante, llegarían a un auténtico paraíso. Conscientes de que no podían apostar su vida dando por buena la información, siempre dudosa, de unos indios, Peransúrez y los suyos se volvieron al campamento en el que habían dejado el grueso de la tropa. Y llegado allá tuvieron que tomar una decisión frustrante: “Se pusieron en consulta, y ya el temor que tenían era mucho por verse metidos en parte tan peligrosa, y que el invierno se acercaba y los ríos crecían. Mirando que el único remedio que tenían para evitar la muerte de tanta gente de servicio como venía con ellos, e de los mismos españoles, acordaron volver a Chuquiavo”.
     Ya no luchaban con ilusión para enriquecerse, sino con desesperación para salvar sus vidas y las de los indios de servicio: “Los fatigados españoles nunca dejaron de utilizar hachas y machetes para abrirse camino con sus debilitados brazos. Mas, como la gran constancia que tienen en sus hechos sea tan grande como otras veces he referido, sufrían aquellos trabajos con gran paciencia”.

     (Imagen) JUAN ALONSO PALOMINO aparece ahora en 1538, entre angustias y desesperación, durante la campaña de Peransúrez. También sabemos que fue el primero de la flota de Hinojosa que se pasó, diez años después, al bando de la Gasca. Pero antes de que abandonara la demencial rebeldía de Gonzalo Pizarro, se vio envuelto en un feo asunto. En 1551, el Doctor Francisco Pérez de Robles, Oidor de la Audiencia de Panamá, les reclamó a Hinojosa, a Pablo de Meneses y a Palomino daños y perjuicios. En el texto de la imagen se ven algunos de sus argumentos (que parecen verosímiles). Cuenta que él organizó la defensa de Panamá. Al saberlo Gonzalo Pizarro, envió su armada con los tres capitanes, que llegaban dispuestos a cortarle la cabeza. Robles animó a la gente a que les impidiesen la entrada (por estar en rebeldía contra el Rey), pero, como todos tenían miedo a sus represalias, no le hicieron caso, y él tuvo que huir a Cartagena de Indias, adonde llegó un año después Pedro de la Gasca. Se puso a su servicio y le hizo saber todo lo ocurrido. A él le habían requisado todos sus bienes, pero lo peor ocurrió después. Dice Robles que Hinojosa, Pablo de Meneses y Palomino “le cobraron tanta enemistad, que en el Perú le dieron garrote y mataron a Doña María de Calderón, su hermana, mujer del capitán Jerónimo de Villegas, y a Cosme de Robles, hijo de otra hermana”. Seguro que, pasándose después al bando de la Gasca (el representante del Rey), los tres acusados habían quedado ya purificados. Pero dos años más tarde (como vimos recientemente) el último rebelde, Francisco Hernández de Girón, mató a cuchilladas a Palomino, precisamente por ser fiel a la Corona. Todo muy propio de una tragicomedia.



No hay comentarios:

Publicar un comentario