lunes, 15 de abril de 2019

(Día 805) Durísima crítica de Don Alonso Enríquez de Guzmán al juicio contra Almagro, que suplicó piedad y apeló la sentencia (inútilmente).


     (395) Don Alonso Enríquez de Guzmán va a coincidir ahora con Cieza en que el sumario del proceso fue extensísimo porque Hernando Pizarro se amparó en declaraciones de testigos muy numerosos (por supuesto, tendenciosos): “Le fue hecho a Almagro proceso por Hernando Pizarro, negándole sus derechos, abreviándolo y dándole prisa. Y, por mucha que le dio, duró tres meses, y se hizo de alto como hasta la cintura de un hombre. Las acusaciones que le ponían eran maldad y envidia del juez (era el mismísimo Hernando Pizarro; juez y parte al cien por cien) y de los testigos, unos, por intereses de ser premiados por Hernando Pizarro, y otros, porque eran vecinos de esta ciudad y tenían miedo de que les quitase los indios que tenían para dárselos a los que consigo había traído. Posponían el temor a Dios y al Rey. Alegó don Diego de Almagro que no reconocía a Hernando Pizarro como juez, por ser teniente gobernador de su hermano, pues, al ser él adelantado y gobernador, solo podía ser juzgado por el Rey. También dijo que siendo su enemigo porque él (Almagro) lo había tenido preso, no podía tener el pecho sano ni ser juez, ni tampoco juzgar en casos criminales porque era de la Orden de Santiago, pues está prohibido en Derecho. También alegó otras cosas evidentes”.
     Hernando Pizarro ni se inmutó, y llegó el juicio a su premeditado desenlace: “Habiéndose hecho gran junta de gente armada en el cuarto donde estaba preso el Gobernador Almagro -al cual podemos llamar justamente príncipe por los señoríos de gente y tierra que él había descubierto, conquistado y poblado-, se le notificó una sentencia de muerte. El desventurado, teniéndolo por cosa abominable, contra ley, contra justicia y contra razón, se espantó, y respondió que la apelaba ante el Emperador y Rey don Carlos”. Sigue el relato en términos muy parecidos a los de Cieza. Almagro suplica que no le maten, pero Hernando Pizarro le dice: “Morid tan valerosamente como habéis vivido, que eso no es de caballeros”. Almagro se confesó e hizo testamento. Ya sabemos que la mayor parte de sus bienes se la dejó al Emperador. Enríquez precisa lo que destinó a su familia: “A su hijo  natural, don Diego, al cual quiso como a sus entrañas, tenido en estas tierras con una india, le dejó trece mil castellanos, y a una hija llamada doña Isabel (también mestiza), mil castellanos para que se metiese monja. Dejó por albaceas a Diego de Alvarado, a Juan de Guzmán, Al doctor Sepúlveda, a Juan de Rada, su mayordomo,  y a mí. Y por ello, junto con mi vida, escribo parte de la suya, y de su muerte, pues, en la una y en la otra, tanta presencia tuve”.
     Llegó el momento de su ejecución, que había de llevarse a cabo bajo el mando del Alguacil Mayor Alonso de Toro. Cieza nos contó que Almagro se dirigió a él con ironía diciéndole que ya podía comer de sus carnes.


     (Imagen) El desamparado Diego de Almagro ve ya el rostro de la muerte y nombra albaceas de su testamento a algunos incondicionales. Entre ellos estaba el doctor HERNANDO DE SEPÚLVEDA. Se llevaba bien con Almagro, pero tuvo que apreciarlo mucho Pizarro porque, además  de ser en Lima su médico personal, también fue, curiosamente, albacea de su testamento. Llegó como médico a la isla de Santo Domingo en 1528. Pasó a Perú en 1534 con el ejército de Pedro de Alvarado. Tenía madera de científico, observaba las costumbres de los nativos y valoró positivamente el uso que daban a las plantas medicinales. Ejerció el cargo oficial de ‘protomédico’, cuya función principal era la de otorgar el título oficial de médico a quienes pasaban su examen. Consta que en 1539, quizá huyendo del desastre de las guerras civiles, consiguió un permiso para trasladarse a España, y también que murió poco después. Hay un documento muy curioso (el de la imagen), en el que se aclaran circunstancias confusas. Cieza decía que, cuando escaparon de la cárcel Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y otros compañeros, nadie en el Cuzco opuso resistencia. Y no la hubo militar, pero sí jurídica. En el escrito se ve que un letrado levanta acta de que el doctor HERNANDO DE SEPÚLVEDA y otros protestan oficialmente porque los escapados les han robado caballos y armas. Y da la fecha exacta: 24 de setiembre de 1537. Otra cosa extraña es que en 1550 (Sepúlveda llevaba más de diez años muerto), se ordenaba que se requisaran en Lima libros suyos “tocantes a las Indias”. O eran muy interesantes, o rozaban lo prohibido.



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