sábado, 13 de abril de 2019

(Día 804) Inca Garcilaso de la Vega habla de la ejecución de Almagro y, con sincera valentía, hace un gran elogio de su persona. También lo hará Don Alonso Enríquez de Guzmán.


     (394) Habla finalmente Garcilaso de la ejecución de Almagro, y tiene antes el buen gesto de despreciar los rumores sobre su origen familiar y de ensalzar sus virtudes: “Los que decían que nunca se supo quién fue su padre, y hasta que fue hijo de un clérigo, debían de ser algunos envidiosos que, no pudiendo deslustrar sus grandes hazañas, hablaron con lenguas ponzoñosas. Los hijos de padres no conocidos deben ser juzgados por sus virtudes, y, si sus hechos son como los del Adelantado y Gobernador don Diego de Almagro, se ha de decir que son muy bien nacidos, porque son hijos de su valor y de su brazo derecho. De manera que podemos decir con mucha verdad que don Diego de Almagro fue hijo de padres nobilísimos, los cuales fueron sus obras. Este hombre tan heroico fue ahogado (mediante garrote) en la cárcel –que ya bastaba- y degollado en la plaza, para mayor lástima y dolor de los que le vieron. Allí estuvo mucha parte del día, sin que hubiese enemigo ni amigo que de ella le sacase, porque los amigos, vencidos, no podían, y los enemigos, aunque muchos se dolieron del muerto, no osaron hacer nada por él. Ya bien cerca de la noche, vino un negro que había sido esclavo del pobre difunto, lo envolvió en una triste sábana, y, con ayuda de algunos indios que habían sido criados de don Diego, lo llevaron a la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Los religiosos, usando de su caridad, lo enterraron en una capilla que está debajo del altar mayor. Así acabó el gran don Diego de Almagro, de quien no ha quedado otra memoria que la de sus hazañas y la lástima de su muerte. La cual parece que fue un modelo de la que, en venganza de ella, le dieron después al Marqués don Francisco Pizarro, para que en todo fuesen iguales y compañeros estos dos ganadores y gobernadores de aquel grande y riquísimo Imperio del Perú”. Habrá que entender que, de acuerdo con lo que explicaba Cieza, el negro y los indios llevaron su cuerpo, antes de ser sepultado en la iglesia, a la casa de Hernando Ponce de León. Almagro nunca fue rehabilitado oficialmente, aunque Hernando Pizarro pagó su muerte con más de veinte años de cárcel. Del ejecutado, hay en los archivos, inevitablemente, mucha documentación relativa a su protagonismo en Panamá, Perú y Chile, pero, al parecer, ningún monumento posterior que ensalce públicamente su brillantísima biografía.
     Nos queda por conocer la emotiva y furibunda versión que hizo de este episodio Don Alonso Enríquez de Guzmán. Lo vivió directamente y, si le quitamos a su relato algunos condimentos excesivos, logrará transmitirnos la real emoción del triste final del Adelantado y Gobernador don Diego de Almagro. Don Alonso Enríquez de Guzmán, aunque abandonara a Pizarro de forma calculadora, pensando que le convenía unirse al vencedor ocupante del Cuzco, y porque no soportaba la soberbia de Hernando Pizarro, tuvo, sin embargo, un sincero afecto por Diego de Almagro y le dolió en el alma que fuera ejecutado de manera tan injusta y miserable. Hay pruebas de que fue así. En cuanto llegó a España, se empeñó obsesivamente en conseguir que Hernando Pizarro pagara un alto precio por la muerte de Almagro, peleando jurídicamente contra él, y logrando, con su impulso y el de otros denunciantes, que pasara largo tiempo en la cárcel. Además, en su afán de desprestigiar su memoria y reivindicar la de Almagro, escribió años después un breve poema centrado en lo que ocurrió, dejando clara su expresa intención de divulgarlo.

     (Imagen) HERNANDO PIZARRO iba en 1539 hacia España con la intención de ganarse la voluntad del Rey, temiendo su ira por la  reciente ejecución de Almagro. Para aplacarlo, le llevaba mucho oro del ‘quinto real’. De camino, le escribió una carta (en la imagen, la primera página). Hernando estaba sufriendo las impopulares consecuencias de la muerte de Almagro. Le explica al Rey que “el juez que estaba en Panamá, con palabras de grande infamia, decía que me había de cortar la cabeza si por allí fuese, y yo, por evitar escándalos, acordé irme por la  Nueva España (México), por no verme en poder de hombre que ha dado crédito a informaciones de mis contrarios, ni verme con cadenas otra vez, ni que me anden cocando (amenazando) con la muerte (como le había pasado durante siete meses con Almagro)”. En la página siguiente, Hernando ‘saca pecho’. No le falta razón al exponer el calvario que había sufrido y los méritos que tuvo. Presume de haber pacificado con su hombres las tierras, “cansados de llevar las armas de noche y de día para defender el Cuzco del cerco de los indios, y, tras haberlo remediado, vino Diego de Almagro de Chile, y fue peor lo que hizo él que el cerco de los indios”. Le indica que lo entenderá todo leyendo el texto que le adjunta del proceso al que fue sometido Almagro. Pesume de haberlo solucionado todo después, logrando la paz, y dice que, por sus méritos, “debe ser gratificado con obras y no insultado como lo ha hecho el juez”. Termina la carta con una frase que parece un desesperado intento de contentar al Rey: “Se están descubriendo en aquellas tierras muchas minas de oro y plata, de lo que se beneficiará la Corona”.



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